Aunque se acabe el mundo Capítulo 45. Laia
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Capítulo 45. Laia

Despierto por segunda vez.

Es ahora y esto es lo que sé: luz. Estoy tirada en una cama, la cama junto a la ventana de mi habitación en el cortijo.

El aire enreda las cortinas entre mis pies.

En este segundo, tengo la seguridad de que acabo de cumplir nueve años.

Es la mañana tras la gran liberación de las vacas y aún me escuece el arañazo del alambre.

Luego oigo el maullido.

El cuerpo se me contrae y espabila. Tomo aire y me incorporo de pronto, bajo los surcos secos de las lágrimas.

—¡Mamá!

Una cabeza se levanta de mi regazo.

Tuertón salta del alféizar, asustado, y se marcha por el porche encharcado hacia la barbacoa.

Tardo un segundo en reconocerle la cara, no a él, sino a la persona que estaba durmiendo sobre mis muslos.

Tiene un manchurrón de crema blanca sobre el labio superior.

Los ojos se le contraen de una forma que había olvidado.

—¿Lilia?

Olivia se me lanza encima.

Yo solo sé tantearla con las manos temblorosas: es Olivia. Olivia está aquí. Mueve la boca y habla de nuevo, balbuceando palabras contra mi hombro. Sigue mojada de lluvia y sudor. Se ha recogido el pelo, que es un nudo rubio a la altura de la nuca.

—¡Lilia, creía…! No te levantes. Porfa, no, no te levantes, ¡César! Creía…

—Oli —le digo, repasando su cara.

—… que te había hecho muchísimo daño y yo no sé ni conducir al hospital. No sé ni conducir y César me ha dicho… Y le he hecho daño a César. Yo no quería… Me desperté en el monte y no sabía dónde estaba. Lo que quería era…

—Oli —la corto—. Te había perdido.

—Lo siento tanto.

—Te había perdido.

La estrecho contra mí y Oli solloza contra mi camiseta. Me han quitado el peto y solo llevo puesta la camiseta amarilla de la gamba. Fuera son las seis de la tarde, quizá las siete porque ya anochece, y de pronto sé que César entrará por la puerta antes incluso de que lo haga.

—¿Estás bien? —dirá, y, cuando aparece, primero dice—: Laia.

Pero yo estoy incorporándome igualmente.

Estoy mirando la cúpula luminosa que se marcha del cielo.

Sus aristas están difuminadas y palpita.

Ahora puedo recordarlo y, durante un instante, sé todo lo que va a pasar: en qué puerta de la nave encontraremos a mi padre dentro de dos días.

El primer telediario que hablará de los enfermos que eran conscientes y los enfermos que no lo notaron.

El luto y la reconstrucción, el año en el que no haremos nada, solo lamernos las heridas.

La cúpula en el cielo se cauteriza, se limpia, y una voz del cielo me enseñó a verla despertar.

Miro a César.

—Tenemos que irnos.