Aunque se acabe el mundo Capítulo 42. Laia
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Capítulo 42. Laia

Mi padre estaba transformado en la nave y alimentándose de serrín.

Si algo había construido mi padre durante toda su vida, era la llegada profética de ese momento: él solo en la nave de las puertas, rondando el eco de su propio ruido. Un cuerpo incapaz de fallarle mientras aún le quedase serrín y la promesa silenciosa de un hermano gemelo.

—La están poniendo en la radio —le conté al otro lado de la cancela—. Tu asco de canción. Laia Cecilia.

Mi padre no atacaba. El fin del mundo le había pillado con los tapones de los oídos que usaba para serrar. Había perdido las gafas y las vetas de la verja le confundían el instinto, así que no me veía y no me podía oír. Así que seguía siendo Juan Bayón, mi padre desinteresado.

Después de la tarde en la que habló Olivia, lo encontré en la nave desnutrido y corrí a casa para prepararle un táper de arroz con tomate.

Empecé la costumbre de lanzárselos, que era casi lo mismo que alimentar a los gatos con jamón.

Me pasaba los días hablándoles a los dos, tratando de extraerlos de donde sea que estuvieran metidos.

Oli pestañeaba y apretaba los puños. Mi padre, un ente indescifrable, me recibía cada mañana pisando el táper y masticando una pasta asquerosa de saliva y serrín.

El día que acabó el mundo, yo volvía con el coche de mi ronda en la nave de las puertas cuando encontré al dueño de las vacas tirado en la bajada que llevaba a su finca.

—¿Está bien? —le pregunté mientras lo ponía en pie—. ¿Está usted bien?

—Que me he acalorao… Suelta, suelta, si no es na. Que me he caído na más porque iba al pozo.

Lo subí al asiento del copiloto y lo llevé de vuelta a su casa.

La fachada nos recibió idéntica, igual a mi recuerdo hasta en los tiestos de flores, pero él parecía otro, un hombre mucho más viejo que el que me había mandado a estudiar Veterinaria.

Tenía aparcado un andador plegable en la entradilla.

Caminaba apoyándose, empapado de sudor, o también pudo ser la consecuencia de estar digiriendo aún el susto.

Yo le serví agua de una garrafa que encontré en su cocina, su cocina sucia y sola, un anciano sucio y solo en medio del monte.

—Tú eres la niña que vino a verme —me soltó—. La niña rubia de allí del Ángel.

—No, bueno —le corregí—. Yo soy la otra niña, la de Juan.

—Digo tu abuelo, que nos conocíamos de chicos.

Mientras él se recuperaba del golpe de calor, a mí me dio vergüenza preguntarle su nombre y confesarle que nunca me lo había aprendido, así que lo busqué por la casa. Sus estanterías solo contenían enciclopedias amarillas. Sobre el televisor, la filmografía de Cantinflas en VHS .

—Tenéis las higueras —continuó— que da pena verlas y no las soluciona nadie… Tenéis a las avispas desconcertás. ¿Tu padre dónde anda? Me ha dejado los trastos metíos en el terreno.

—Trabajando —le respondí, sin el valor suficiente para notificarle a ese señor lo que había pasado.

—Hazme el favor y tráeme el cacharro… Los ruedines de la puerta. Hazme el favor.

Yo le acerqué el andador y él lo palpó con las manos como para cerciorarse de que existía. Lo vi suspirar, más tranquilo.

—¿Está aquí solo?

—Hombre. Pues ¿y quién esperas?

—A su familia.

—La tierra esta no es mía, muchacha. Yo hacía… Pues cuidaba de esto temporada sí, temporada no, cuando tenía señora, que en paz descanse. Eso se hacía en Cazalla en mi tiempo, pero tu abuelo era un señorito. ¿Tú qué? ¿Estudiaste el ganao?

—Se acuerda de eso.

—Como pa olvidarse.

Desde la ventana de aquel salón se veía la cara oculta de la luna: el establo cerca y la valla de madera detrás, un hilillo insignificante, remoto.

—Estaba esperando verlas —le confesé—. Cuando vine. Les llevaba zanahorias a las vacas cuando vivía aquí. Para mí… El campo son sus vacas y los cencerros. —Lo volví a mirar y lo encontré también mirando—. ¿Las ha vendido todas?

—¿Yo? —dijo él—. No vendo carne desde que no echo toros.

—Pero no queda ninguna en la parcela.

—¿Qué tendrá que ver? No queda ninguna porque se han ido.

—Y lo comentó como si fuese algo que a veces, en esta época, ocurría.

El dueño de las vacas tosió sobre su sillón—.

Alguna arrancó más tarde… Qué sé yo. Por ahí me queda un ternero que no me sirve na más que pa aburrirme.

Pensé que no me tocaría verlo, fíjate, y ahora, cuando me he caído del pozo, he pensado: «Y con la puñeta pasará y me quedaré sin verlo».

Pero algo recordaba yo de la niña rubia que tiene el Ángel.

Yo le pregunté, patidifusa:

—¿Qué es lo que va a pasar?

Él se volvió hacia mí.

—Lo que ellas se han ido buscando.

Salí de allí a toda prisa, como si me hubiese olvidado algo en el fuego. Me metí en el coche y toqueteé el retrovisor, tratando de reiniciar lo que sentía como el inicio de la pesadilla. Pero era real y yo estaba allí, en el coche de mi madre con el murmullo de Simon porque la puerta estaba abierta y bailando entre el muro y el cuerpo de César tirado en el suelo.

—Dios —jadeé, y me lancé sobre él para girarlo—. ¿César? ¿César? —César tosió y no estaba muerto. No estaba muerto—. ¿Dónde…? ¿Qué ha pasado?

—Se ha ido.

—¿Qué?

—Me esperó… —mascullaba dolorido—. Tenía la bandeja de hoy y me ha dado.

—¿Dónde está?

—Para el monte. Vete al monte…

Me puse en pie. A lo lejos, un animal, una mancha brillante que se movía, andaba campo a través y se perdía entre la sombra de los árboles.

—¡Oli! —le grité, y eché a correr detrás desesperada—. ¡Olivia!

Olivia se iba.

¿Dónde se estaba yendo?

Me tropecé con la manguera desenrollada sobre el empedrado. Atravesé el terreno y llegué hasta la cerca, y un alambre me reabrió la cicatriz del tobillo.

Olivia no se giró con mi voz mientras se internaba en el bosque.

Se lanzó al río, al mundo sin mapas que había tras él.

Andaba rápido y constante; no corría, porque los autómatas no corren, pero yo hubiese jurado que volaba.

Iba descalza sobre las zarzas del bosque, con el pijama de Diana que le habíamos puesto.

Olivia, mi niña rubia del tío Ángel, a la que yo había estado despertando para que entonces decidiese morir.

—¡Olivia!

Bajo las nubes grises, el bosque se me apareció como un laberinto reconfigurado. Rompió a llover o ya llovía. Patiné sobre la tierra. Me levanté la piel con las aristas de los pedruscos.

El agua embarrada me manchó la ropa y se filtró hasta que el peto me pesó el doble.

Seguí corriendo tras ella. Olivia era borrón azul del pijama de Diana.

Diana, la canción de mi padre, lo que me queda aún de toda mi familia.

Olivia reaparecía como una mosca en la periferia de mis ojos, y subió por el monte y yo subí detrás.

Cuando creía que la alcanzaba, la veía más lejos.

—Oli… —balbuceaba sin aire—. Oli, por favor… Por favor…

Tardé dos vueltas en círculos en plantearme que me la estaba imaginando.

La había perdido ya. Olivia era el reflejo de la tormenta sobre el río.

Miré a mi alrededor, buscándola y buscándola, pero me había perdido yo también. Me dejé caer sobre el suelo mojado. Unos pasos más arriba, en el despeñadero, vi una silueta vuelta hacia mí: una vaca mirándome entre la maleza. La cúpula latía tras las nubes, el ojo que todo lo presencia.

—¿¡Qué quieres de mí!? —le grité, y de pronto estaba hablándole al cielo—.

¡Ya lo tienes todo! ¡Me lo has quitado todo!

¿Eso querías? ¡Para acabar lo que sea, para hacer lo que sea para lo que has venido!

¿¡Qué tengo yo que ver!? Y Diana… Diana no…

¿¡Qué es lo que quieres!? ¿¡Por qué me hablas a mí! ?

Si algo he construido durante toda mi vida, es la llegada profética de este momento: yo corriendo con el peto empapado. Yo gritándole a algo en el cielo y el cielo, de pronto, desarrollando una voz.

La luz de la cúpula se encendió.

Fue un fogonazo rojo que me dolió en las retinas, la apertura elástica de la boca de un animal.

Retrocedí asustada y gateé de espaldas. La luz tiró de mí.

Succionó las nubes y la lluvia subió como si naciese del suelo.

Me recogió entre sus manos y me arrancó como a un puñado de hierba.

Los castaños se pusieron de puntillas, pidiendo que también se los llevara.

Cuando la luz se encendió e invirtió el bosque, cuando mi cuerpo empezó a volar sobre los chopos, supe que esa vez me tragaría y que eso era todo.

Me habría arrepentido de retarla, si no hubiese ocupado cada hueco: una luz tan roja que importa más que yo.

Una mancha de tarta de queso sobre la piel de un ojo izquierdo.

La base de las muelas me ardió con un dolor pulsante. Una voz inexplicable, intraducible, volvió a hablarme desde el otro lado de la cúpula.

La había oído antes, con Rey sobre una bicicleta, en mis sueños, desde siempre, pero ahora estaba tan cerca que casi la pude entender: era la voz de Diana al otro lado del teléfono.

La voz de Diana de niña, una voz que había guardado al fondo de un bolsillo.

La voz de Diana en ese monte desgranando las estrellas.

—¿Piensas que habrá más gente? En el universo…

—… la tengo desde siempre, desde que nací…

—… cuando yo te imagino a ti, me parece que siempre empiezo por tus ojos…

—… creo que los escarabajos y las mariposas son…

—… ¿Laia?…

—… Laia, como alguien tan fácil de…

—… Laia…

—…eres Laia Bayón. Yo no sé caer del cielo en ningún otro sitio.

La luz engancha sus dedos en mis ojos y extrae el carrete completo de una vida con Diana.

Pero ahora

se apaga.

Cielo.

Caigo.

Hojas.

Suelo.