Aunque se acabe el mundo Capítulo 43
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Capítulo 43

Cuando era pequeña, intenté liberar una vaca en el monte.

Me colé de noche en la finca del vecino y abrí las puertas tras las que dormía el ganado.

La seleccioné por dispuesta, a la que guie fuera, pero ya fuera me di cuenta de que tampoco ella me había entendido.

Traté de explicarle que tenía que irse. La vaca no se inmutó, porque ninguna lo haría; las vacas no están hechas para irse a ningún lado.

En la oscuridad de Cazalla, mientras yo esperaba que desarrollase alas, ella permaneció quieta, mirándome de frente, y cuando se hizo el silencio me pareció oír:

—Laia.

En el sueño, estoy frente a ella. La vaca no se mueve, pero dice mi nombre.

Unos pasos más allá, tras el viento en los matorrales, oigo a Olivia:

—¡Laia!

La busco con la mirada y de pronto me asusta un tiro de escopeta. Caen las perseidas de agosto tras las nubes. Dos figuras corren por la cuesta para resguardarse de la lluvia.

—¿Laia?

Cuando despierto de la caída, no estoy en el monte ni veo la luz ya: la vaca marrón está en el campo, frente a mí, y ha empezado de nuevo el sueño. Puedo tocarla si me acerco y a la vez está demasiado lejos y yo la miro desde la valla. Diana me ofrece un bocadillo.

—Vamos a hacer esto —dice—: no vas a irte a ninguna parte.

Extiendo la mano para tocarla, pero tengo las uñas llenas de barro.

—No —murmuro—. Esto no fue así.

Dos brazos tiran de mi cabeza y me vuelcan sobre la alfombra de la casa de mi madre.

Llevo soñando algo toda la vida. (Salto el sofá y tropiezo con la mesa).

Alguien me persigue. (Se cae el cristal y estalla en más cristales).

Fuera, el cielo está dividido en cuadrados que cambian de color según los ojos que los miran.

El mío es un bañador bajo unas gafas de buceo.

Un paraguas. Una mancha de tarta sobre la piel roja del párpado.

En el sueño, todo ocurre desde el final y también desde el principio: ahora, mañana, un futuro que requiere un plan para el día en el que cumpla los veinticinco.

Me lanzo hacia la puerta de casa.

Esto es el sueño: un espacio en el que me lo cuento todo como si la vida necesitase un narrador.

—¡Laia!

Estoy en el centro de Sevilla. Veo a Mario bajar con pienso hasta los gatos del foso. Estoy pedaleando con todas mis fuerzas y me siguen treinta autómatas. Tengo siete años y Olivia me grita porque acaba de encontrar un escarabajo negro y grande en el barro.

Derrapo sobre las rocas y me caigo al agua. Agarro el manillar de una bicicleta que se hunde, que se me escapa, hasta el fondo oscuro del río Guadalquivir. Busco la superficie y aparezco en la alberca, atrapada frente a Diana, y cuando abro la boca está llena de sangre.

—Esto no fue así.

Nado, desesperada, hacia un lugar que no tocar con este nuevo cuerpo, algo a lo que volver que todavía no esté manchado, pero me duelen los cristales clavados en las manos, me duele el hambre en la habitación de Julia, trato de pisar el acelerador de una furgoneta que parece atascada y ¿dónde estoy, si esto es todo?

¿Dónde estoy, si esto es todo? ¿Dónde estoy, si esto es todo? ¿Dónde

—Laia.

Una mano me agarra del hombro.

Vuelvo la cabeza y sigo aquí: frente a la valla de las vacas, en el campo de Cazalla.

—¿Mamá?

Mi madre me recoloca un mechón de pelo desteñido tras la oreja. Sonríe, como si nos acabáramos de encontrar en una parada de autobús.

Yo me veo, de pronto, haciendo algo extraño, que quizá no he hecho nunca: me lanzo sobre ella y me agarro a su cuello. La abrazo tan fuerte que empequeñezco, que la voy a romper, pero ella está hecha de la solidez secreta de las madres.

—Mamá —sollozo—. Mamá —Y mamá me acuna y me sostiene entera, a la niña en pijama que ha tenido una pesadilla. Huele a sábanas y a una casa vacía, a las hojas de una caja para insectos—. Mamá, cuando tú… —intento—. No sabía qué pasaba, y yo no sabía qué hacer… Cuando me fui, no sabía cuánto…

—Lo sé.

—Y me daba miedo…

—Lo sé —me susurra tranquila.

No sé cuándo me asusto, pero en el siguiente instante me estoy asustando. Me aparto y la miro a los ojos.

—La luz… No eres tú. Esto es el sueño. ¿Quién eres tú?

Ella me escucha con los ojos de mi madre.

—Hemos tomado esta forma —me dice— porque creemos que así te será más fácil.

Mamá nunca ha mirado las vacas conmigo. Mamá es lo primero que he perdido en la vida, mucho antes de perder el resto del mundo; una pugna entre huir al bosque y buscar el camino de vuelta a mi establo.

—¿Estoy muerta? —le pregunto—. ¿Qué es esto? ¿Qué…?

—Esto es un mensaje —responde— que recibiste cuando tenías nueve años. Ahora mismo tienes nueve años, Laia, aunque lo oirás otras veces. Has venido a rescatarnos y una de nosotras ha decidido hablar contigo.

Si miro al cielo, es de noche y es de día también. Cada segmento tiene un sol diferente, pero en uno a lo lejos puedo distinguir la luna: una niña saca una vaca al campo y soy yo. Le explica que ahora es libre, que se llama Laia Bayón y que la ha visto algunas veces tras la valla.

—Un mensaje —sigue diciendo mamá— es una piedra que cae en un río. Es un pulso magnético que vosotros solo podéis desgranar en el subconsciente. Para las personas, hemos descubierto, descifrarlo os puede tomar las ondas de toda una vida.

—¿Dónde estoy?

—Dentro de ti.

—¿Cuándo…? —intento abrumada—. ¿Qué es esto?

—Un mensaje —me repite—, porque la Laia que eres ha agarrado la piedra al fondo del río.

Está pasando todo a la vez: un chapoteo azul en una piscina. En la periferia de mis ojos, el salón de actos del instituto reproduce un corto silencioso sobre Cazalla. Una vaca me observa mientras le grito sola a la luz. Vacas en la calle, en el monte, en el pueblo.

—¿Por qué? —le pregunto—. ¿Por qué me lo enseñáis a mí?

—Porque queremos avisarte. De lo que viene, de que os hará daño, cuando llegue el momento y todo tenga que suceder.

—¿Sois vosotras? ¿La cúpula es vuestra?

—No —dice—. Nosotras fuimos las que los llamamos.

—No lo entiendo —murmuro—. No lo entiendo.

—Está bien. No todo está hecho para que sea entendido por ti.

Una luz multicolor brilla en el horizonte. En el horizonte, veo lo que me parece la silueta de una gasolinera, lo que me parece un fuego que se come los árboles, y luego un centenar de vacas en la autopista.

—La Tierra se acaba —continúa—. Lo hemos notado en el agua.

Lo notamos en el olor que desprende la hierba.

La Tierra en la que podemos habitar se está marchitando, y nacerá una Tierra nueva, como otras veces ha ocurrido, donde la vida tendrá otra forma que no podemos imitar.

Nosotras los llamamos para que vinieran y nos auxiliaran.

—¿Y van a destruirnos? —le pregunto—. ¿Van a reiniciar la Tierra?

—No. La luz del cielo es tan solo un vehículo —sonríe—. Cada cuadrado está diseñado para extraer a una de nosotras y luego desaparecerá. No es destructiva.

—Pero nos ha destruido.

—Sí. —Mi madre toma un escarabajo del suelo y lo deja correr sobre sus manos—.

Ellos no la crearon pensando en vosotros, igual que una carretera que se construye en el monte mata sin querer a las colonias de hormigas.

La energía de la luz afectará vuestros cerebros y cambiará la naturaleza de vuestra conducta. Por eso os avisamos.

—¿A mí? ¿Por qué me avisas a mí?

—A ti no. A muchos. A todos aquellos que creímos que escucharían.

En las señales de la carretera, el grafiti de una nave alienígena extrae una vaca con un rayo de luz. En un programa de televisión, juran que los ovnis solamente se avistan en la oscuridad del campo. El dueño de las vacas me observa recogerlo de la cuesta como si ya supiera que eso iba a pasar.

—Pensamos que lo podríais entender y prepararos a tiempo, que os organizaríais para hoy, pero sois criaturas diferentes.

Individuales. Aquellos a los que hablamos fueron aquellos que están cerca de nosotras.

Los que están cerca de nosotras, hemos descubierto, sois aquellos de vosotros a los que nadie más oye.

—¿Y ahora? ¿Qué pasará?

—Ahora nos iremos.

—Pero… ¿Y ellos? Y después de esto… ¿No van a hablarnos? ¿No vamos a verlos?

La vaca marrón miró en los ojos de la niña.

—Laia —me llamó, me llama—. Las personas sois criaturas diferentes.

Fugaces. Ávidas. Os hemos observado mucho tiempo, más tiempo del que vosotros nos habéis observado a nosotras.

Conocemos el vínculo que tenéis con este mundo.

Creéis que os pertenece y por eso os sentís solos.

Soñáis con el día que llegue algo del cielo que os diga que no es así; una compañía que merezca compartirlo.

Pero nunca estáis solos. Estáis rodeados de vida.

Entendemos que es doloroso saber, tras este sufrimiento, que esto es todo, pero esto es.

Nadie viene a hablaros. Nadie viene, tampoco, a destruiros.

Emigraremos con ellos y vosotros os quedaréis aquí, y este sufrimiento no habrá sido más que una casualidad.

Una pisada accidental sobre un hormiguero.

Delante de mí se manifiesta un futuro, la onda de otra Laia que aún no soy: una cara que me busca en el foso.

Mi padre vaciando higueras, o quizá es el tío Ángel; un hombre que se turna, a partir de entonces, en ser los dos y cubrir el hueco.

Álvaro Alcalá durmiendo con Cristo en la hamaca de su jardín. La tía Luisa saliendo de un refugio.

—¿A dónde iréis? —le digo, porque siento que esto termina—. ¿A dónde vais ahora?

—A otros cielos.

—Pero —me sale decirle desesperada—, no me imagino ese mundo. Pero… Creo que estoy muerta, en realidad, y que nunca me despedí de Diana. Creo que, si despierto, no voy a recordarlo.

—Lo recordarás. Llevas haciéndolo toda la vida.

—¿Volverán? —casi le pido—. Si se acaba la Tierra. Si algún día lo necesitamos, ¿volverán también a por nosotros?

—No podemos saberlo. Pero sabemos que podéis oír, aquellos que sabéis que no estáis solos. Sois jóvenes y en vuestra madurez os descubriréis pequeños, menos importantes. Y quizá entonces nos volveremos a ver, Laia, mucho más allá de la luz de las estrellas.

—Pero —le digo llorando— no me imagino ese mundo, mamá. Mamá, cuando estaba en el piso… Me daba miedo volver y no sabía cómo, no sabía porque a lo mejor seguías pegada en la puerta, pero luego… ¿A dónde te vas a ir, mamá? Mamá, no te vayas.

Ella me limpió las lágrimas con la mano, sonriendo.

—No te preocupes, gusanito —dijo—. Vamos a intentarlo otra vez.