Capítulo 41
Me desperté vomitando agua sobre la arena.
La sal del mar, ácida y cicatrizante, me desolló la piel de la laringe. Salió de mí antes de que saliese yo. Una presión que me bombeaba el pecho, el chasquido rítmico de mis costillas paró de pronto y yo tosí y me la escupí encima: agua y agua y más agua de la que cabe en mí.
—Diana —jadeó Alma sin aire, y ya no era tu voz—. Diana, joder. Respira. Respira.
Aún veía en mis ojos, como el negativo de una foto, la luz azul y cegadora de la cúpula.
Estábamos vivas tras el naufragio en un extremo de una playa.
No sabía cuánto llevaba allí cuando Alma me reanimó.
El sol había salido ya del todo y las moscas me rondaban el líquido de las heridas.
Recordaba la cúpula encendiéndose y extrayéndonos en un muro de agua de mar; la cara del hombre que me soltó y que se volvió, absorto, hacia la llamada de su zumbido.
Luego caímos y el cambio en la marea formó una ola de cuerpos descarriados.
Un rayo de dolor me recordó la última parte: tenía mi navaja de gasolinera clavada al final de la espalda.
—¿Qué hago? —preguntaba Alma, sin atreverse a moverla—. ¿Qué hago?
Yo, tosiendo aún, le alcancé la cara y se la embadurné de arena.
—¿Cómo estás?
—¿Eso me dices, hija de puta? Dios mío, Diana… Estabas muerta. Te he visto y estabas muerta. Si te la saco, ¿te voy a…? ¿Te vas a desangrar?
—No lo sé…
—Te la voy a sacar.
—Alma, ¿dónde estamos?
—Tengo mis pantalones. Hay que hacer un torniquete y de este modo puedo… —me interrumpió, ahogada por la prisa—. Si se hace un nudo…
—No la saques. Alma, no la saques, no la saques. Por favor.
—Perdón —dijo, aunque aún ni la había tocado—. Perdón.
Miré el sol arriba, escondido tras las nubes. El día limpio, de verano, y la cala plana que nos rodeaba. En la cuesta del acantilado a lo lejos, sobre un camino de piedras en el que empezaba la vegetación, vi los restos pintarrajeados de la torre de un castillo.
—¿Es España? —pregunté, como si eso pudiese confirmarlo.
Alma se improvisó un hiyab con su camiseta.
—Es el puto planeta de los simios.
Nos pasamos la siguiente hora evaluando la basura enterrada bajo las sombrillas.
Alma me cubrió con una toalla abandonada para salvarme de una insolación.
Yo intenté que no notara que estaba goteando sangre mientras me sentaba contra las rocas del desfiladero.
Teníamos la ropa mojada aún, bajo el pelo salado, y los cortes en mis brazos me recordaron que había perdido el abrigo.
Bebimos de una botella caliente manchada de los restos de un Calippo de fresa.
Recolectamos tres móviles a los que ya no les quedaba batería.
La playa estaba vacía.
Ellos, los que habían venido a matarnos, habían dejado de nadar tras la aparición de la luz. Recordaba esto: diez cuerpos reseteados, rectos, mirando la cúpula sin pestañear mientras ascendíamos. Sus cadáveres se mecían ahora, a la deriva, como un muestrario de flotadores sobre el rompeolas.
Alma encontró una caseta de socorrista abandonada junto al acantilado.
Llegar hasta ella se sintió como regresar andando a Francia.
La mitad del camino la hice cojeando y en la segunda mitad perdí la fuerza y me desplomé.
Ella tuvo que arrastrarme tumbada sobre la toalla y luego, cuando me subió a la camilla sucia, gastó la última gota de alcohol en desinfectarse un padrastro.
—Voy a la de tres —declaró, pero volvió a dudar otro minuto de cómo agarrar el mango de la navaja. Yo sentía la hoja quemándome, echando raíces; todo lo demás importaba poco—. Gírate. No, acércate.
—¿Está muy profunda?
—No —me mintió.
—Si encuentras una carretera… —volví a repetirle, desconcentrada—. Si te vas tú ahora y antes de que se vaya la luz…
—Cállate la boca.
Alma arrancó la hoja y fue como cortar el nudo de un globo de agua.
La sangre se desatascó, una presa inmensa, y la sentí brotar y calar el bolsillo donde yo aún guardaba un ibuprofeno.
Alma gastó un rollo de papel tratando de cortarla, correteando con las manos caladas para evitar que me desangrase.
La cuestión era que yo estaba desangrándome ya.
El interior de la caseta me bailaba, bajo el objetivo difuminado de una cámara de carrete.
Creí verte en ella, dándole vueltas a un tornillo.
«Si esto es España… —pensé—, qué ridículo. Qué ridículo».
—¡Joder! —bufó Alma, y le asestó otra patada a la cajonera—. ¡El hilo de los huevos! Se me ha salido otra vez, se me sale…
—Tienes que…
—Ya lo sé, joder.
—Hazle un nudo.
—No puedo hacer nada con este muñón de mierda.
Mientras el brazo le convulsionaba, balanceando la aguja entre sus dos dedos, Alma lloró aquella tarde unas lágrimas grandes, silenciosas, como si coserme a mí le doliese más que coserse a ella misma.
Se turnaba con la izquierda, pero por diestra era aún peor.
Era un trabajo de Historia y ella no tenía pulso para las cartulinas.
—Te estoy matando —la oía sollozar—. No puedo, Diana. No puedo hacerlo.
—Sí puedes —le decía yo. Era un baño del recreo y ella iba a salvar a Olivia—. En casa… De pequeña te regalaron la Barbie peluquera.
—No puedo.
—Vas a ser una estrella del boxeo.
Dormimos doce horas completas en la oscuridad de la playa.
Alma se arremolinó en el suelo de la caseta, sin soltarme, y yo no la solté tampoco mientras depuraba una balsa caliente de dolor.
La carne mal cosida me ardía y se repetía como una lluvia de agujas en todas partes. Bajo el pelo. Entre los dientes.
Fue tan cansada, mi muerte allí, que ni la temí mientras se acercaba y después se me iba de nuevo.
Menos heroica que en un campo de refugiados.
Menos apropiada que nadando hacia ti. La muerte olía a madera, a algo antiséptico y reconfortante, y en un delirio de fiebre miré por el ventanuco y creí verlo venir: un tronquito pirata que venía a recogernos para llevarnos a las dos a las cataratas de Isla Mágica.
Cuando volvió a salir el sol, resultó ser mi impermeable atascado entre las rocas.
Alma se subió al saliente e hizo malabares para rescatarlo.
Le sacamos de un bolsillo un ramillete de algas negras y un porro remojado de Jolie Lemaire.
Al abrir la cremallera del otro, descubrimos dentro la cámara de vídeo, que se encendió, seca, con el menú de la pantalla configurado en alemán. Nos miramos, sin palabras.
—Y funciona.
¿Dónde estábamos, Laia?
Primero pensé que en la costa de Valencia, en alguna playa virgen que solo conocen los senderistas. Luego pensé que quizá Marruecos y que los de la lancha nunca nos habían entendido. Habíamos descubierto un nuevo continente, Alma y yo. El mundo que empezaba al otro lado de la cúpula.
Nos lanzamos al camino que bordeaba el acantilado. Las botas se me resbalaban en la tierra mientras Alma me anclaba el brazo a sus hombros.
Anduvimos una hora, quizá dos, pero al subir no encontramos ninguna carretera: la vegetación se transformaba en la linde de un bosque de pinos.
Avanzamos campo a través. Teníamos sed y sueño y hambre.
Parábamos cada diez minutos para respirar y recuperar un trozo de vida, hasta que mi herida, aún abierta, empezó a empaparme la camiseta de sangre.
Alma no podía cargar con mi peso a su espalda.
No había señal de la existencia de otras personas, y al final de la peregrinación imposible, como una ironía del destino, nos tropezamos con el límite de una valla de alambre.
—No me jodas, no, no, no… —Alma se arrimó a ella y la zarandeó con los brazos—. ¡Eh! ¡Eh! ¿¡Hay alguien!?
Nadie nos oía desde allí.
Yo me dejé caer junto a la valla y me grabé su patrón en la piel de la frente. Intenté, de nuevo:
—Vete a…
—¡Que te calles!
—No vas a tener fuerzas —le avisé—, si te quedas conmigo hasta que no tengas fuerzas. Alma… Llévale a Laia…
—¡No! —me gritó—. ¿Puedes dejar de una vez tus testamentos de mierda?
¡Prefiero…! ¿Te enteras? ¡Prefiero morirme contigo de hambre!
Tú me dijiste… —balbuceó—. Que de coger la lancha pasaría esto, que esperásemos a que acabase en Marsella, y te he hecho esto, te he…
Otra puta valla, no me jodas ahora. ¡Otra puta valla!
Alma la embistió. Sobre mi cabeza, tras unas ramas, algo se desprendió del alambre y cayó al suelo.
Yo me reincorporé, alarmada, buscando una amenaza imposible como el hombre que habíamos dejado muerto en la orilla. Pero lo que vi fue un cartel de latón en el que se leía: « ZONA DE CONTENCIÓN ».
—Alma —murmuré, ronca, pero ella ya no contestaba—. Alma…
Alma tiró de mí y se interpuso entre la valla y mi cuerpo.
Sí nos oían.
Al otro lado del cerco, aparecieron las sombras de cinco cabezas.
Se acercaron como una manada entonces, el déjà-vu de otro momento: un grupo de militares nos apuntó con rifles a través de la red.
Mientras nos ordenaban algo, nosotras no levantamos las manos siquiera; en ese segundo, tuve la certeza desesperada de que seguíamos en Alemania.
No habíamos escapado y quizá no se podía escapar, porque todos los caminos que trazáramos acababan en una valla, en el olor a surtidores, y si me volvía entonces y miraba, si encontraba una carretera y me atrevía a mirar, todavía seguiría a treinta y siete kilómetros de la residencia de estudiantes de Wurzburgo.
—¡Nombre y apellido! ¡Alto! ¡Nombre y apellido!
Alma retrocedió e intentó salvarnos. Coló un brazo bajo mis piernas, pero no pudo levantarme y tropezamos sobre el suelo.
Los militares ajustaron sus armas.
Cuando creí que dispararían, uno de ellos levantó una mano. Abandonó la formación para acercarse y su compañero le ordenó que retrocediera. Él dio un paso hacia nosotras, de pronto, y dejó caer su rifle. Hasta ese momento, yo ni siquiera había digerido que estaban hablándonos en español.
—¿Qué haces? —le gritó el cabecilla—. ¡Tú! ¿Estás loco?
El militar buscó el cierre de su casco y se deshizo de él con las manos temblorosas. El sol le iluminó la cara y el rubio sudado del flequillo.
Al otro lado de la valla, Cristóbal Conde, Cristo, que había opositado a policía, nos miraba con los ojos como platos y nos encontró a punto de morir en Granada.
—Chavalas —fue lo que dijo—. La madre que me parió.