Aunque se acabe el mundo Capítulo 40. Diana
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Capítulo 40. Diana

El pelo de Laia me roza los ojos.

Es un filtro de luz, una cortina de todos los colores. Fuera es tan de noche que ya hace frío. Tras los cristales del coche de su madre se oye un latido incandescente: las sirenas superpuestas de los cacharritos. La respiración de la feria, mi ciudad, Sevilla, y su murmullo concreto de caracola.

Tú eres ella, pero ya no eres ella; ella está a punto de cumplir los diecinueve.

En el asiento trasero, Laia me ladea cabeza y me lame el cuello.

Su lengua es una pastilla efervescente. Yo soy yo, pero aún no soy yo: soy alguien a quien ella agarra de las muñecas para enseñarle dónde quiere las manos.

Laia está sentada sobre mí, clavándose el anclaje del cinturón en una rodilla, y mientras me besa yo intento descifrar el mecanismo de sus medias.

—Da igual —jadea impaciente—. Da igual. Puedes…

—No quiero romperlas…

—Por Dios, quítamelas.

La oigo coger aire cuando consigo bajarlas. En el contraluz de la farola, en medio de este descampado, alza las cejas como tú, abre la boca como tú. Te echo de menos y me recuerdo asintiendo, a la espera de lo que sea que me pidas tú.

—¿Bien?

—Sí —dice—. Voy a… Espera. Mejor te… Me voy a mover.

—¿Menos?

—No —me ordena sujetándome el codo—. Sigue. Sigue.

Es un acto necesario e impráctico. Es lo único que está ocurriendo en el mundo.

Laia deja caer la frente sobre mi hombro, murmura un gemido y su cuerpo es una fogata.

Mi cuerpo debajo es un charco de cera. Cuando se pelea con el cierre de mi pantalón, me da vergüenza que lo note (que soy suya y fácil) y a la vez me muevo y la busco.

Intentamos encajarlo todo, pero mi brazo entorpece el movimiento de su brazo.

Nos reímos un poco y lo olvidamos al instante.

Laia me besa sin delicadeza, dice en mi oído, bautizándome:

—Diana.

Yo abro la boca sobre sus clavículas.

Pero todo lo que sale de mí es un chorro de

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