Capítulo 39. Laia #5
—Tiene funda —me argumentó, y yo dejé de oírla cuando me sentó sobre sus piernas en el autobús—. Mira… Este es el foco. Es de carrete de las malas, no se va a romper. Tendrías que ver el manchurrón que revelé con Nico el otro día.
Estaba decidido que sería esa noche: el encendido de la portada a las doce. Las luces de la calle Infierno, un centrifugado de ruido que casi emborrachaba.
Pululando entre las atracciones, el miedo a tocarnos se transformó de pronto en una carrera.
Una mano en la espalda. Su barbilla apoyada en el hueco de mi hombro.
Diana no me soltó ni para avisar a su padre de que yo tenía coche, ni leyendo boletos de tómbola para ganar un jamón que ninguna quería.
Los ojos le brillaban y no miraba nada más.
Quizá ahí dejé de entenderla sin eso; sin el impulso discreto, obvio, que la empujaba a tocarme.
—¡No hay tripas en el tren del terror!
—Hay cosas peores —me avisó—. Te pegan con una escoba.
—¡No te pegan! ¿Qué información es esa, si no sabes nada?
—Hago un ruido muy vergonzoso cuando me asustan.
—Ah, ¿sí? ¿Y me lo voy a quedar sin ver?
—Te estoy avisando.
La rodeé con los brazos. El grupo que terminaba de comprar sus entradas se giró entonces hacia nosotras.
Tardamos tres segundos en vernos y reconocernos entre todos: Álvaro y Cristo.
César y Olivia. Alma y su novio el heavy que ya no era su antiguo novio el heavy , sino el batería suplente de la banda heavy .
Pensé: «Esto es coña». Diana y yo nos separamos, pero nadie se había fijado en que estábamos demasiado juntas, porque todos estaban incómodos, balbuceando excusas, por haber sido pillados en la feria sin nosotras.
—Ojú —dijo Álvaro—. Qué patinada…
—Vamos a ver —dijo Cristo—. Vamos a ver. Que es que ya no había invitaciones para mi caseta.
—Tú te crees que te compramos ayer —dijo Alma—, y que esta gente no sabe que no tienes caseta.
—¡Es la caseta de mi padrino!
—Ay, Lilia —se lamentó Olivia mortificada—. Ay, ¿qué dices? Mira: que como habíamos quedado el miércoles… Como había ya el miércoles un plan de todos, que no os hemos dicho nada porque era un pescaíto de parejas.
«Esto es coña», debió de pensar Diana, mientras yo asentía a su lado, disociando.
—Oli, nos vemos el miércoles. No pasa nada, de verdad.
—No, hombre, no. Ya venirse. ¿Cómo no os vais a venir?
—Qué patinada… —cotorreaba aún el idiota.
—Bueno —propuso Alma, que pareció descifrar un jeroglífico en la cara de Diana—. Que a lo mejor tienen algo ya y ellas se quieren ir.
—¿Cómo se van a ir, Alma?
—Yo puedo —propuso Cristo— hablar con la caseta de un compadre.
—Va a llover el miércoles… —añadió César.
—¿Cómo se van a ir?
—No pasa nada —seguí murmurando—. Oli, pero… Oli, que no.
Se canceló nuestra tercera cita. Volvieron a hacer la cola para conseguir nuestras entradas.
Mirando la fachada del tren del terror, con la vista desenfocada en un payaso que colgaba de una soga, concluí que esa era mi naturaleza y que ya lo había adivinado una roca en agosto. Diana, un paso delante de mí, no dijo nada. Se mantuvo en silencio, toqueteando la rueda de su cámara de carrete.
Nos sentamos juntas al final del tren y este arrancó. Álvaro emitió un aullido y Olivia se asustó antes de tiempo.
Pero cuando dejamos de vernos y entramos a la oscuridad de la atracción; cuando la tarde ya estuvo arruinada, a punto de condenarse; Diana se giró de pronto y me atrapó la cara. La cámara rebotó en el banco. Estalló un flas, y luego la boca de Diana encontró mi boca.
Fue un evento tan impredecible, su impulsividad, si es que Diana de pronto podía desarrollar una.
Diana me estaba besando. Su cuerpo se apoyó sobre mí, me atrapó contra el respaldo incómodo.
Me pasaría los siguientes seis años recordándole ese instante: el día que algo más grande que su prudencia la poseyó.
Yo hice todo lo posible para devolverle el beso y seguirle el ritmo, y alrededor ocurrían luces y truenos artificiales, gritos de Cristóbal Conde y mi corazón; Diana, apresurada, encontrando el piercing en mis labios.
El tren salió por la fachada. Nos propulsamos en direcciones opuestas.
—¡Lilia! —se rio Olivia, cuando llegó la luz—. ¡Ya ni te asustas! ¿Te han pegado? ¿No pasa nada de nada por atrás?
Nuestros cinco amigos se giraron para mirarnos y de repente les cambió la cara.
—Coño —musitó Alma, y nos hizo un gesto como de sonarse con un pañuelo.
Cuando me volví para mirar a Diana, tenía la mitad inferior de la cara cubierta de mi pintalabios.
Olivia necesitó una conversación de una hora bajo el repertorio de eslóganes del Ratón Vacilón.
Hablamos del verano por primera vez y de la noche que lloré frente a la chimenea; de lo mucho que había sufrido al perder el loro de Enrique.
Me dijo, en definitiva, que tenía que estar segura de que no iba a arrebatarle otro loro.
La tarde se transformó tras eso en una cosa distinta, en lo que podría haber sido siempre: un establecimiento de obviedades.
Cristo hizo tres bromas fuera de lugar. César se enteró de lo que había pasado al mes siguiente.
Fue horrible, quiero decir, y no importó en absoluto.
Ahora no recuerdo ese mundo y a la vez lo recuerdo.
El tiempo pretérito en el que alguien aún podía no imaginarnos juntas.
Al irse el sol, subimos a la noria antes de colarnos en una caseta. Sevilla se veía infinita desde lo alto, una reunión de faros. Parecían llamar a algo que aún estaba por llegar, una persona que aún seguía conmigo.
—¿Está enfadada Oli?
—Qué va a estar enfadada… Es un tema. Le irá perdiendo el asco —le aseguré—. Porque creía un poco, en realidad, que éramos un grupo de tres primas.
Diana, sentada frente a mí, se pinzó la nariz.
—Y se lo he explicado. Que te conocía porque vivíamos al lado…
—Tú se lo habías contado a Alma.
—No. Alma lo intuyó ella misma.
—¿Cuándo?
—En tercero de la ESO .
Nos miramos, con las cabezas apoyadas en el cristal frío de la cabina.
—Y ahora ¿qué?
—Ahora qué.
Diana me sonrió.
Era transparente, una emoción que la desbordaba.
¿Había sido siempre evidente que me quería?
Diana la niña cargando mi estantería hasta la puerta.
Diana entonces, los ojos tras la cámara apuntándome a mí.
Quería decirle que la estaba viendo, que me había inventado viéndome y que estaba enamorada de ella, pero me resultó una confesión demasiado apresurada para gente que solo lleva enamorada diez años.
Me arrimé para besarla y la cabina se inclinó.
Sevilla estaba llamando a alguien, pero era imposible mirar a Sevilla.
—Como te vayas a Córdoba…
—No me voy.
—Quiero decir —aclaró ella—, puedes irte a Córdoba. Tendrás que irte a estudiar Veterinaria. Pero si mañana cambias de opinión y no quieres…
—Diana.
—Si me dices que…
—Diana —la interrumpí a un palmo de su cara. Había alcanzado el momento, en el que estiraba la mano y la atrapaba—. No voy a irme a ninguna parte. Vas a tener que quedarte conmigo.