Capítulo 39. Laia #4
Estábamos en agosto en una piscina salada. El cuerpo me dictaba una coreografía apresurada, inexperta. Se oía agua a lo lejos, detrás del tambor del corazón.
Había besado a Diana tantas veces, en una premonición que se interrumpía, una imagen que se me aparecía mientras besaba a otras personas.
Su nariz en mi mejilla y el olor del suavizante de sus padres.
Sus manos calientes y con prisa, incapaces, también, de no parar de pedir permiso.
Quería decirle todo eso: que había estado paralizada en ese momento durante cinco meses y que todo lo demás era mentira, pero lo que hice fue besarla y besarla y apartarle el pelo y estirarme de puntillas, y Diana me agarró la cintura y nos dimos contra los azulejos, y el detector de movimiento encendió el secador y…
La puerta se abrió.
Nos separamos rápido, sin aire, recolocándonos la ropa. Inma entró en el baño, pálida y cargando las tres mochilas, y sus ojos parecieron atravesarnos las caras.
—Perdón —dijo—. Es que me desmayo.
Lo hizo, efectivamente, así que tuvimos que llamar al hospital.
Ese día se me repite ahora como una mancha de encargados de Isla Mágica y camillas de ambulancia; de nosotras, desconcentradas y en crisis, con el pulso desbocado y decidiendo el motivo.
No recuerdo cuál fue el diagnóstico oficial del patatús de Inma.
Exceso de centrifugado en lanzadera. Una mezcla entre bajón de tensión, adelanto menstrual y reflejo vasovagal con retraso.
Al volver en sí, cuando ya estábamos en urgencias del hospital Macarena, nos contó que esto, lo de resucitar, era algo que le pasaba a menudo.
Al parecer, ser postulante era opositar para ser monja de no clausura.
Sus padres, sin embargo, tardaron tres horas en atender la llamada, así que echamos la tarde acompañándola mientras la confirmaban como milagro.
Cuando salimos de allí, chispeaba sobre Sevilla y era de noche ya. La calle bajo las farolas se teñía de amarillo, y Diana y yo nos miramos, junto a un paso de cebra, agotadas y sin saber qué decirnos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora qué.
El semáforo se puso en rojo. Diana se acercó y estiró una mano. Coló los dedos en mi pelo y extrajo, como en un truco de magia, un tornillo de detrás de mi oreja.
—Señor… —murmuré tapándome los ojos—. ¿Cuánto lleva eso ahí? Como un árbol de Navidad…
—Nadie lo ha visto. Parecía solo un pendiente.
—¿Podía salirme esto peor?
—Bueno —sonrió—. Siempre escoges grandes momentos.
Mi mano buscó, a tientas, enredarse con la suya.
Durante un minuto, su índice me trazó una letra ininteligible en el dorso.
La lluvia de aspersor, casi un humo, nos erizó las muñecas y las puntas del pelo, y Diana bajó su frente a la mía y yo alcé el mentón para recordarla ahora: el arco de cupido y la curva de sus pestañas.
La mancha sobre el párpado como un trozo de tarta de queso.
Pero cuando fue a besarme y yo fui a besarla a ella, retrocedí.
—No —dije—. Tengo que… Había estudiado. Déjame hacerlo bien.
Diana volvió a mirarme confundida.
—¿Qué?
—¿Podemos fingir que esto ha sido un circo? No, escucha —la corté cuando abrió la boca—. ¿Puedo repetirlo un día que parezca por fin una cosa en serio?
—¿Cómo parecería «una cosa en serio»?
—No nos cae un diluvio en La Macarena. Vamos a… Te llevo al cine.
—Al cine —repitió Diana, y nunca la había visto reírse tan de cerca.
—Es importante. Vale, te cachondeas de mí.
¿Y qué hace la gente para salir? ¡No te cachondees!
He estado… —Eché todo el aire—. Yo tampoco me entero de nada.
Esto es una cosa muy mía, este nivel de pena, y lo de la botella fue porque Cristóbal…
Olvídalo. Déjame hacerlo bien. Diana, quería…
Tendría que haberlo hecho antes. Quería hacerlo hace mucho tiempo.
Diana agarró mis manos y las calentó entre las suyas. Se humedeció los labios y pareció considerarlo, pero luego se quitó su chaqueta y me la colocó.
—Sigo enfadada —fue lo que dijo—, porque vas por ahí conduciendo sin carné.
Fuimos al cine al día siguiente. La idea me pareció considerablemente peor tras el bajón de adrenalina.
Cogiendo el bus ese domingo, con los nervios cerrándome la garganta, me arrepentí de no haberla besado en La Macarena como quien arranca una tirita.
Quiero decir: no es que yo hubiese practicado nunca el deporte internacional de las citas.
Lo más similar había sido quedar para pegarse; mi estratagema principal, hasta ese momento, había consistido en tropezar por casualidad con la cara de la gente.
Al ver a Diana en la parada, esperándome con su paraguas, el asunto se manifestó de repente más importante que el evento de mi comunión.
Dudé si abrazarla y dudé si llevarla de la mano.
Hice la mitad de ambas, que fue más bien recolocarle la camisa.
Diana y yo nos habíamos abordado físicamente de una forma tan distinta durante tantos años, que necesitaba y me asustaba de la misma forma la estupidez supina de tocarle el cuerpo.
Mirando la cartelera del Nervión Plaza, con su brazo pegado a mi brazo, la mirada se me nubló y nadie dijo nada durante tres minutos de contemplación de pósteres.
—A lo mejor la de… —propuso ella—. Dicen que está muy bien esta nueva de La La Land .
—Sí, yo había visto… O bueno, o mejor tiene que ser romántica.
—No tiene que ser romántica.
—Claro, debería. Vale, ¿cuál es la hora que echan «Tralará»?
—Laia —se rio—. Puede ser la peli que tú quieras. Con que no sea una de terror de tripas… —Solo le hizo falta mirarme—. Habías visto una peli de tripas.
—¡Pero no importa! Y vamos a ver la que me digas tú. Si la cuestión hoy no es venir a ver nada. —Cuando alzó las cejas, me corregí—. Me refiero a…
—Entendido.
—Capulla, que me refería…
En ese momento, escuchamos una voz. Unos pasos que casi reconocí y los ojos de Diana miraron tras mi espalda. Junto a la taquilla del cine, en la cola para las entradas, Oli nos saludaba con César colgándole de un brazo.
—¡Ay! ¡Pero bueno! Pero ¿qué hacéis vosotras aquí?
Diana y yo nos alejamos un paso. Giramos sobre nuestros pies, esperando algo de la otra y luego del cielo, como una lluvia ácida de repente.
—¡Anda! Pues vamos a…
—Pues…
—Ratito de cine.
Oli preguntó:
—¿No se iba hoy a las cataratas de Isla Mágica?
—Eso fue… Se canceló. Por la lluvia. ¿Y vosotros qué hacéis?
—¿Tú no tenías un herpes? —preguntó Diana, buscando mi herpes inventado en la cara de Olivia.
Para mi tranquilidad, ella se tocó el labio y pareció dispuesta a encontrárselo.
—Ay, calla, que me sale… Que ya está saliendo. Cesi, ¿tenemos la cremita?
—No sé… —murmuró César, que empezó a hurgar al fondo de su mochila.
—Es que es nuestro aniversario —nos anunció Oli—. De cuando hicimos la cartulina del trabajo de Historia de España. ¡Pues qué cosas tiene la vida! ¡Y nos encontramos aquí! ¿Vosotras qué venís a ver?
Ambas miramos en la cartelera qué nos delataba menos.
—El…
— King Kong —decidió Diana.
—Sí —asentí—. Un bicho. Que se pega.
—¡Anda! —exclamó Olivia, ilusionada—. ¡Pues como nosotros dos!
Mi primera cita con Diana fue ver El retorno de King Kong junto a César y Olivia. Cualquier posibilidad de besarla se desvaneció en la taquilla. Durante dos horas, ninguna se atrevió siquiera a despegar los ojos de la pantalla.
Fue lo más parecido ir a la misa del gallo, con el añadido de que a veces la interrumpía un mono.
Si había un escenario peor que un baño de Isla Mágica, que una piscina por limpiar en medio del monte, seguramente era ese: mi prima con palomitas en mi visión periférica y un niño pegándole patadas a mi asiento.
Mi mano tanteando, inútil, una estratagema sobre el reposabrazos.
Un calambre vergonzoso subiéndome hasta la coronilla cuando Diana puso la suya sobre mi muslo.
En este punto, la cosa ya se convirtió en personal. No podía salirnos mal para siempre.
El fin de semana siguiente, diseñé un paseo por el centro que empezaba merendando en una cafetería.
Iba a llevar a Diana al mirador de las Setas cuando cayese el atardecer y luego le enseñaría mi cuarto en el nuevo piso.
Pero cuando salí al portal para recogerla en el parque, me llegó un trompeteo inconfundible: era pleno Domingo de Ramos.
Las calles de Sevilla estaban colapsadas, en el furor de la Semana Santa, y el centro apestaba a incienso y cera.
No pudimos llegar a la cafetería porque en su puerta estaban recibiendo una Virgen.
Nos quedamos atrapadas en la marabunta, sin poder avanzar ni tampoco huir.
Eso acabó siendo nuestra segunda cita: coronillas y puntas de capirote.
Una sesión forzada de aplausos a los costaleros que levantaban La Borriquita.
Cuando me atreví, a mitad de tarde, a aceptar la situación y coger su mano, un nazareno repentino se nos acercó desde la procesión.
—¡Chavalas! —gritó Cristóbal Conde—. ¡Qué emoción que os hayáis venido!
Esa noche, dejándola en la parada de bus, le dije a Diana que lo más sensato era que no me hablase nunca más.
—Laia, escúchame, ¿qué importa? Escucha, mírame: ha sido bonito el paseo. Ha sido cultural.
—Mira, prefiero que me mates con un sacacorchos.
—No tiene que ser de ninguna forma —me repitió—. Eres tú. Yo ya te… Nos conocemos de toda la vida.
—Vas a irte a tu casa y vas a olvidarte de mí. Vas a bloquear mi número.
—Pero si acabo de conseguirlo.
La tercera vez, quedamos en lunes para estrenar la feria. Diana se pasó dos semanas ocupada con parciales y solo nos vimos fugazmente en la puerta de la urbanización.
Para cuando acabó su encierro, a mí se me había deshecho la vergüenza y solo me quedaban las ganas. Hacía un año, desde la graduación, que no me pintaba los labios y me ponía un vestido, y Diana demostró tener el mismo juicio pésimo cuando se trajo una cámara a un tour de coches locos.
—¿Y con esto dónde te voy a subir?