Capítulo 39. Laia #3
Solo en ese momento me paré a imaginar los últimos meses desde su perspectiva: al final de agosto, Diana volvía a Sevilla.
Lo retomaba con su novia, a la que no le hablaba del beso, y se arrepentía de todo lo ocurrido durante ese verano.
Se le gastaba su empatía de san José por mí.
De pronto, reaparecía yo en febrero, el recuerdo del error como un anuncio de bomba.
Quizá era desconfianza lo que le había visto, pero lo que no sabía Diana era que yo ya no era yo: yo había pasado los últimos seis meses haciendo un entrenamiento militar para ser su amiga.
¿No había sido yo siempre, en realidad, amiga de Diana Mena?
Más o menos. Diana ocupaba en mi vida un extraño y muy obtuso espacio de intimidad.
Pero había decidido, en mis propósitos de año nuevo, que lo traduciría en ser una buena amiga para ella.
Una semana después, pulsé los botones de su telefonillo.
—¡Hola! ¿A qué estás?
Había aparcado el Sevici junto a un naranjo y el portero me miraba confundido, sin saber si debía abrirme.
—¿Laia? —dijo la voz de Diana al otro lado—. ¿Qué haces…? ¿Estás en serio ahí fuera?
—¡Hombre, pues no habría otra!
—Laia, estoy… Me estaba duchando. ¿Pasa algo? Me ha avisado mi padre.
—No, bueno, es que no tenía tu móvil —le expliqué—, porque es que cambié de móvil y no tengo guardado ninguno.
—¿Cuándo?
—Hace un año o así.
Se hizo un silencio en el que temí que me hubiese colgado, así que volví a llamar.
—Laia, sigo aquí, sigo aquí… No puedo salir a la puerta. Estoy en toalla en medio de la cocina. Son las nueve de la noche, y Emma… Mira, ¿puedes volver otra…?
—¡No, espera! ¡Te lo digo rápido! ¡Espera! —le pedí, arrimándome al interfono—. Tengo unas entradas de una cosa. Es un regalo de Reyes del tipo de mi madre; el Avelino me dio unos vales para el parque de atracciones y he pensado que podemos ir a las cataratas.
—¿A Isla Mágica? —preguntó Diana, dudosa—. ¿A las cataratas en febrero?
—Bueno, abre en marzo o por ahí. Yo te digo por ahí.
—Mira, tengo que… ¿Podemos hablarlo otra…?
—¡Se viene Oli! —improvisé—. Diana, y te lo digo porque quiero que te traigas a Inma. Son cuatro entradas, pues nosotras e Inma.
—¿A Inma?
—Claro, que a Oli le cae fenómeno —mentí, aunque con suerte eso aún podía ser cierto—. ¿Qué hago con las entradas, si no? ¿Me las frío y me las como?
Al otro lado de la línea, casi pude oírla frotándose la cara.
—Laia, ¿para qué ibas a invitar a Inma a esto?
—Hija, pues vaya caso eres. Porque quiero conocerla.
Fuimos a Isla Mágica el primer fin de semana que abrieron del año. Esto, sobra decir, fue una idea nefasta que no parecía haber tenido nadie más en toda Sevilla.
Para excusar la ausencia de Olivia, les conté que se había caído del plan por un brote de herpes (« Oli v ia no vie ne porque va a m orir. El herpes del labio se está comiendo a O livia »), así que al final conseguí que fuésemos nosotras tres: Diana, Inma La Novia y yo.
Era principios de abril y hacía un frío de nubarrones, de restos de invierno aún por rebañar.
No hubo manera de reunir el coraje de montarnos en un tronco y bajar por una catarata.
Deambulamos, en su lugar, buscando una atracción que no incluyese empaparse, pero el sitio se reconfirmó oficialmente como «Isla Mágica»: toda su oferta eran reconstrucciones de barcos, espectáculos de barcos y un láser tag puñetero en el al final te escupían un chorrito.
En mi defensa, yo lo había recordado más diverso e interesante, que es lo que suele pasarles a los parques de atracciones.
Acabamos subiendo tres veces a la lanzadera y luego Inma se mareó y solo nos quedó hacer cola en el cine 3D. Durante la última hora nos agarramos al tiovivo y giramos y giramos hasta que cultivamos, como en un robot de cocina, nuestros propios herpes.
Diana e Inma no se cogieron de la mano. No se rozaron ni una vez durante toda la mañana.
Yo las analizaba de cerca, acelerando el paso por si era por mí, pero Diana e Inma no se tocaban daba igual lo que yo hiciera.
Aun así, La Novia se me reveló ese día como alguien impecable.
Nada tuvo el poder de parecerle mal. Sonrió hasta cuando nos anunció que quizá se desmayaba por vértigos y definió mi transición al vegetarianismo como «una cosa muy bonita».
Era tan diminuta como la recordaba, un adornito de llavero de tienda.
Fingió que no le preocupaba que yo condujese el coche sin carné.
—No hay Veterinaria en Sevilla —le conté cuando nos sentamos a almorzar—. Supongo que me iré a Córdoba, que está aquí al lado y eso… Pero la verdad es que yo en Córdoba no conozco nada. De Córdoba me suena el flamenquín. ¿Sabes qué más no hay tampoco? Logopeda.
—Anda. —Inma asintió como si le interesante—. ¿Y por eso repites?
—No, repito por cafre.
—Anda.
—Porque en Selectividad no evalúan el recreo. ¿Y tú? ¿A qué carrera?
—No, no, yo estoy yendo ahora para postulante. Se estudian las Escrituras, pero es más el modo de vida.
Yo entendí con eso que estaba iniciándose en las juventudes del PSOE . A su lado, Diana parecía la proyección de otra Diana que se encontraba a cien mil kilómetros de allí.
—Bueno, y… —carraspeé recolocando mi cuerpo sobre la silla—.
¿Cómo pasó? Quiero decir… ¿Cómo os conocisteis?
Que a esta de siempre no hay manera de sacarle nada.
—Este era un intercambio que yo había planificado, capaz de redimirme de todos mis errores—.
Yo es que llego ya tarde y no me sé la historia. ¿Cuánto lleváis?
Inma tardó en responder, limpiándose la boca.
—¿El qué?
—Juntas. O sea, saliendo.
—¿Saliendo a dónde?
—De novias, quiero decir.
Durante un segundo, pareció mirarme como no sabiendo si le hablaba a ella.
—Ah, no —acabó diciendo—. Diana y yo somos amigas.
Casi me atraganté con mi Fanta naranja. El gas me subió hasta la nariz y me escocieron los ojos. Boqueé, estúpida, y las observé entonces esperando el chiste; a Inma La Novia dejando de ser novia de nadie y a Diana cogiendo aire como si eso ya lo hubiese vivido.
—¿Qué?
—No —dijo Inma mirándola—. Bueno, al principio, cuando quedamos… Estuvimos quedando un poco, pero ahora sobre todo coincidimos en el comedor.
—¿Qué?
—Yo es que estoy yendo ahora para postulante.
—Pero —la corté, reseteada en mi banco, y de pronto me vi a mí misma dando otro espectáculo ridículo—. Perdona. ¿Quién…? Tú fuiste al cumple en la Alameda. Perdón, ¿no eras tú? Yo te conocí… Eras la novia de Diana.
Diana me miró solo entonces a los ojos.
—¿Cómo va a seguir siendo mi novia, Laia?
Se hizo un silencio tras eso que pareció cubrir Isla Mágica entera. Yo plegué mi servilleta tres veces, entrando en un bucle heredado de mi padre. Inma me pidió la Fanta para tomarse una pastilla, y luego, cuando me invadió el impulso, me puse en pie.
—Voy al baño, ¿puedes…? —dije—. ¿Vienes?
—Voy al baño —dijo Diana.
—Vale.
Echamos a andar hacia algún lugar que tardó tres señales en definirse como una puerta.
Diana entró detrás de mí en el baño público y se cruzó de brazos junto al lavabo.
Mientras esperábamos a que una señora apurada terminase de usar el secador, yo me puse de rodillas para comprobar que no había nadie en el resto de los cubículos.
—¿¡Qué me estás contando!? —le grité en un susurro—. ¿¡Qué estamos haciendo en Isla Mágica si Inma tu novia no es tu novia!?
—Te has empeñado en traerla a Isla Mágica —dijo Diana—, así que eso hacemos…
—¡La llevaste al cumple de Oli!
—Se lleva fenómeno con Oli.
—¡Estaba intentando conocerla para que, para…! ¡Por ser tu amiga y saber de ella, Diana! ¿Y no me dices nada de esto que ha pasado?
Eso consiguió despertar en ella la emoción extraordinaria, la cara por descubrir, que le había visto en la cafetería: Diana estaba enfadada conmigo. Le sentaba extraño, como unos zapatos de otro número, y se parecía más a un formato horrible de decepción.
—Te llamé —contestó—. Diez veces.
—¿Qué?
—Te llamé para decírtelo y has desaparecido.
Yo me congelé junto a los azulejos.
—¿Cómo? A ver, ¿cuándo?
—En septiembre. En octubre.
—¿Cuándo?
—Me dijiste en Cazalla que volverías a Sevilla.
—Estaba… —improvisé abochornada—. Primero: cambié de móvil en un punto de abril.
—Vale. —Ella se frotó los ojos y creí que cogería la puerta y se iría—. Vale…
—¡Estaba muerta de vergüenza en septiembre!
Diana, Dios, espera, he montado esta chorrada…
Mira, okey, la estoy cagando. La he cagado, ¿no tiene pinta de que lo sé?
He comprado estas entradas… Mi idea era compensártelo, porque de verdad que lo he pensado, porque quería demostrártelo y que veas que no me importa…
—¿Qué quieres de mí, Laia? —me interrumpió Diana, y de pronto era la primera vez que estaba viendo su impaciencia.
Su voz se llenó de una urgencia torpe—. Porque siento que estoy perdida todo el rato.
Me dices… Me besas en verano y ahora actúas como si no me hubieses besado en verano.
Hace año y pico, en la botella… Te juro que pensaba que me elegirías a mí.
Todo el rato tengo la sensación de que entiendo lo que pasa y luego lo que pasa es que no lo he entendido.
¿Qué quieres de mí? No sé de… Desapareces durante meses y ahora me entero de que no tengo tu número.
Lo que sé de ti es que estás en Cazalla de la Sierra, lo que me llega de ti son…
—sacó algo de su bolsillo—, tornillos. Tarros de higos que me trae Olivia.
Yo los miré, perpleja, sobre la palma de su mano.
—¿Has guardado los tornillos?
—Laia, Dios mío… —bufó Diana, casi incrédula—. Lo guardo todo de ti. Te dije… Y si lo que quieres ahora es ser mi amiga, si a eso viene esto, vale, y necesito un tiempo para pensarlo. Necesito que respetes eso un segundo y que de verdad me digas…
La besé.
Recorrí el baño de dos zancadas.
Diana chocó con el filo del lavabo y respiró hondo, sorprendida, y luego enmarcó mi cara entre sus pulgares.