Aunque se acabe el mundo Capítulo 39. Laia #2
87%

Capítulo 39. Laia #2

—Si heredo la nave —le dije el día que me preguntó qué haría—, voy a quemarla entera con doscientos mecheros.

Él murmuró poco a favor:

—Bueno… Hay puertas dentro que son muy buenas.

—Solo faltaría que fuesen un trapo.

—Y si no haces esto de tu padre ni nada, ¿qué es lo que vas a hacer?

Estábamos sentados junto a la gasolinera, merendando un trozo de pan con chocolate.

—Tener vacas —improvisé, pero César asintió y pareció tomarme en serio—. No sé cómo surge que acabas con la primera. ¿Es caro? ¿Será caro tener vacas y todo?

—No sé… Se ve que comen.

—¿Y tú qué?

—¿Yo qué?

—Lo que vas a hacer.

—No sé… —respondió él, más sincero—. Voy viendo un poquito y ya veré.

Yo le miré de reojo un rato, mientras él se peleaba por encajar un botón desprendido de su chaqueta. Pensé que nadie me había preguntado nunca qué era lo que quería hacer, y que tampoco había estado así de cerca de alguien a quien no quisiera besar.

—Oye, ¿yo cómo te caigo? —barboté y me arrepentí al instante—. Quiero decir… No por nada. Si me ves como una macarra, digo. O como una tía saboría. Yo qué sé… Olvídalo. No sé ni lo que digo… Olvídate. Que pensaba que no habíamos hablado nunca, ¿no? Hasta ahora y… Pues que estarás harto de verme.

—¿Y por qué me vas a caer mal?

—No es eso. Olvídalo.

César se lo pensó, como traduciéndome a su idioma, y luego sacó de algún lado otro puñado de kikos.

—Siempre me has parecido buena gente —dijo—. Pero ahora que nos vemos… Me pareces buena gente igual. Aunque no sabía que pasas mucho tiempo callada. Pienso que pasas más tiempo sola… del que yo me estaba imaginando.

Creo que fue en diciembre cuando Olivia me encontró llorando sobre el sofá.

Era la una de la madrugada de un sábado y aún olía a los restos del humo de la chimenea.

Oli se levantó para ir al baño y me encontró allí, pasando frío por pasarlo, en un ramalazo testarudo.

Recuerdo su cortocircuito nervioso y que me cubrió con tres mantas.

Viéndola frotarme con pánico, como si fuese un pájaro a punto de morir, caí en la cuenta de que era la primera vez que lloraba frente a mi prima.

—Ya está —repetía angustiada—. Ya está. Si es que yo voy a venir más veces. Yo en Navidades me las paso aquí, Lilia, y tú si quieres te vienes a mi casa…

—No es eso. —Sorbí—. No es eso.

—¿Qué ha pasado?

—Que llevo un tiempo… —balbuceé. «Perdida»—. Que he tenido un año que ha sido regular.

El mundo tiende a acabar, como los árboles, en los mismos sitios en los que empieza.

Nunca había visto nevar en Cazalla de la Sierra hasta ese invierno en el que volví a encontrar escarabajos atravesando el río.

Pero cuando los cogí entre las manos ya eran otros, y no parecían un milagro tan grande, o mis manos eran otras y yo ya no parecía yo.

Estaba mudando una piel, los últimos dientes de una niña a la que había dejado sola dando vueltas al patio.

En Nochevieja, bajamos con Álvaro a Constantina a una fiesta en el bar de un amigo.

El sitio estaba oscuro y húmedo, una marea de espaldas, y Olivia vomitó el champán que se había tomado con el bol de uvas.

Yo pasé la noche charlando con una chica que había venido a pasar el fin de semana en el campo, que me cogió de la cintura y me gritó al oído que estudiaba en Granada.

Solo cuando salimos a la calle y la iluminó una farola, caí en la cuenta de que había estado ligando una hora con Lucía Regalito. Se había cortado el pelo en un mullet porque estudiaba Bellas Artes y estaba esperando medio divertida el momento fatídico en el que yo la reconociera.

—¿Qué pasa? —se rio, y le brillaron los brackets —. ¿Te catas de pronto y te acojonas? Si no me conoces de nada. ¿Cuándo hemos hablado?

—Coño…

—¿Qué pasa?

—Si te ve tu madre, va a pensar que te he mordido.

Ella bufó ofendida.

—Anda, tía… Laia Bayón, y que tampoco eres tan importante.

Nos besamos con el sonido de los petardos de fondo.

Creo que lo hice yo, en un impulso por instinto; por comprobar, también, si no sabía al fantasma de un beso en una piscina.

Ya se sentía tan lejos el verano, una angustia rara que se me deshacía en la lengua.

Tuve la esperanza, en ese momento, de que el nuevo año era capaz de limpiarme y perdonarme todas mis maldiciones.

Cuando abrí los ojos, busqué las llaves de la furgo en mi bolsillo y le dije a Lucía que me marchaba.

—Pero ¿te has rayado?

—No, es que estoy… —le expliqué—. Es que esta parte ya me la sé y ahora estoy intentando otra cosa. Estoy como… esperando, en realidad. O algo así. A que llegue algo inevitable.

Ella se balanceó, medio borracha, y pareció pensarlo un segundo.

—¿Crees en los alienígenas?

Parpadeé.

—¿Qué?

—No sé. Ha sonado como que anuncias de repente unos alienígenas.

—Vale. —Tosí una risa, sorprendida—. Pues a lo mejor sí. A lo mejor eso será.

—¿Sabes qué? —canturreó Lucía antes de que me fuera—.

Cuando éramos pequeñas… ¿No te parece muy fuerte?

Me acuerdo de que yo te odiaba de pequeña por eso de las clases de natación.

Y yo pensaba que… estábamos compitiendo o algo porque a mí me gustaba Diana Mena.

¿Tú te acuerdas? Porque tuve este flechazo de cría con esta niña y yo siempre creí que le gustabas a Diana Mena.

Pero míranos aquí, ¿no? Y a saber dónde está.

Qué fuerte. ¿No te parece fuerte que haya pasado?

Yo le subí la cremallera del abrigo.

—No. A todo el mundo le ha gustado alguna vez Diana Mena.

A la mañana siguiente, mientras mi familia dormía y el monte parecía recién pintado, salí a darle zanahorias a las vacas tras la valla, que era una costumbre que habíamos pactado y para la que ellas se preparaban cada domingo.

El cielo estaba empañado y cubierto de nubes.

Desde allí miré la finca del dueño tras la niebla, las ventanas encendidas de los vecinos del establo.

De pronto me descubrí andando campo a través.

Subí una escalerilla de piedra y pulsé dos veces el timbre.

El campo campaneaba a lo lejos cuando alguien, al fin, me abrió.

—Hola —le solté, y entonces me sucedió que no había planificado nada.

Abrí y cerré la boca hasta que me salió, no sé por qué narices—: Quería decirle que un día le abrí la puerta a las vacas.

Soy de aquí al lado, o sea, de los Bayón…

Y quería pedirle perdón. Porque me metí un día donde duermen las vacas.

El hombre que tenía delante, robusto y no muy alto, pestañeó.

—¿Cómo? ¿Me has tocao las vacas tú?

—Bueno, no sé si estas —aclaré—, porque fue hace diez años, más o menos.

—¿Cómo, cómo?

—¿Puede decirme qué ha estudiado usted? —le pregunté, que era mi pregunta inicial y la pregunta más ridícula del mundo.

La que me conduciría hasta este futuro, hasta un cielo rojo y partido en pedazos—.

¿O se compran y ya…? Es que verá, es que estoy viendo a ver si me oriento para la carrera.

Y he pensado… Yo me entiendo con los animales, bueno, eso pienso yo.

Y de verdad que las miro y me gustan sus vacas.

Pero no las quiero robar ni nada… Pero no sé, por si acaso pregunto, si hay que estudiar una carrera.

Él me analizó en ese momento como si yo fuese, al fin, el alienígena profetizado.

—Niña, el ganao no se estudia. Si quieres ciencias políticas, vete a Córdoba a estudiar Veterinaria.

Para cuando volví a Sevilla en febrero, Cristo había dejado ADE y se dedicaba a narrar el evento como una gesta espiritual.

—No, porque he sabido ver lo que es lo mío —decía—.

Porque el dinero, para que me entiendas, es un deporte y yo soy del tiki-taka.

Te voy a apuntar un libro de un monje, Layita, que es una cosa de filosofía que te lo deja todo clarito, clarinete.

Yo soy pichichi y tengo cerebro de inversor, ¿no?

Y eso es algo muy nuevo que no te pueden enseñar en Administración de Empresas.

Alma me tradujo:

—Va a opositar a poli porque ha suspendido el cuatrimestre y por su amor a las porras.

—¡Qué graciosa! —se quejó él—. ¡Pues algún día me necesitarás! ¡No, no! ¡Ya verás ese día!

Oyéndolo justificar una decisión que vendría de sus padres, sentí un alivio malicioso por no ser la más desubicada del grupo y otro poco de terror a que, por amor a Álvaro, Cristo se me plantase en el cortijo.

Aquella tarde nos reunimos todos, tras tantos meses, en la cafetería de siempre en la que nos invitaban a churros.

Alma se presentó con el brazo en un cabestrillo.

César se arruinó los pantalones volcándose un café encima.

Diana estaba allí también, claro, con la mitad del pelo recogido sobre una camisa blanca; la miré, tratando de que no me viera mirarla, pero ella ni se volvió.

Parecía más mayor y más cansada que nunca.

Se pasó la quedada ojeando apuntes de Derecho en su móvil.

—¿Te dejo en la urbanización?

Mientras el resto terminaba de pagar, Diana se quedó esperando en la puerta y casi se espantó del susto cuando me oyó salir. Alzó las cejas, desorientada.

—Pensaba… —empezó—. Tu madre me dijo que os mudabais al centro.

—Sí, pero es que me ha dejado el coche. Lo tengo ahí, calentando una zona azul. Y como veo que vas sufriendo con eso… ¿Cómo vas?

—¿Qué?

—Las abogacías. Los apuntes.

—Ah. —Descubrió el móvil encendido en su mano y lo apagó—. Sí… Es un… Tengo un parcial. Son solo tres paradas de bus. Gracias, pero lo cojo ahora y llego en nada.

—Bueno —le sonreí—, pero es que me has robado una muleta.

Durante un segundo, vi una emoción en su cara que no supe cómo identificar y luego se acabó. Diana se ajustó la bufanda y recogió su mochila de clase.

—La tiene Oli —respondió—. Se la di a Oli en octubre.

Intercambiamos solo un saludo en el concierto del novio de Alma. Coincidimos en la urbanización el día que mi madre terminó la mudanza, pero fingió que no me había visto al otro lado de la piscina.

No hizo falta todo eso, de todas formas, para que yo notase que Diana me estaba evitando; que, en mi misión egocéntrica por dar un estirón, no había pensado en el estirón paralelo de Diana.