Capítulo 39. Laia
Las manos de Diana me agarraron bajo el agua.
Era de noche en Cazalla de la Sierra y la alberca estaba negra y nos cubría hasta los hombros. Diana me besó. Su piel sabía salada, no sé bajo las leyes de qué ciencia; musgo y ranas naciendo en el musgo. El comienzo cíclico de la vida.
A mí me movía una impaciencia adolescente, recién descubierta, a acelerar el momento con la palma de las manos.
Recorrí la forma de sus clavículas. Diana abrió la boca sobre mi boca, sobre mi lengua, me subió a su cintura.
Sentía las extremidades ardiendo y dormidas, desconcertadas.
La espalda arañada por la piedra del bordillo.
No hubo nada entonces que yo no hubiese estado dispuesta a hacer allí con ella. Había orquestado ese segundo, en el que extraía de Diana una versión desesperada, sin aliento, mía; y arqueé la espalda y busqué el cierre de su sujetador, y bajé los labios hasta su…
—No.
Lo oí antes de que el aire me diese en la cara. Abrí los ojos y la miré, pero Diana ya no se atrevería a mirarme.
—Laia, no… No puedo. Esto… No puedo. Perdón.
El juego se acabó.
No el de ese día, que había acabado con el luto de otra bici, de otra pantomima mía que salía mal. Uno más largo en el que utilizaba las reglas que había aprendido con Mario, y el amor era un impulso egoísta que luego duele.
—¿Quieres…? ¿Te traigo una toalla y la ropa de…?
—No, voy a… No hace falta.
—Salgo y te traigo una toalla.
—No hace falta.
Metí los pies empapados en mis deportivas.
No pegué ojo sobre mi cama el resto de la noche.
En la habitación oscura, pestañeé vuelta hacia la ventana mientras el pánico me cerraba el estómago.
Planifiqué una vida entera en la que no volvía a hablar con Diana.
Ella se explicaba («Estabas muy sola. Me confundiste.
Siempre te he visto tan sola») y no volvíamos a vernos hasta que cumplíamos los treinta y cinco y coincidíamos en el rodaje de un anuncio de Decathlon.
Yo era una mujer desenfocada junto a la zona de las bicicletas. Diana no me reconocía.
¿Quién era yo?
Había sido tan fácil, durante todo ese tiempo, el ejercicio de desapegarme de los demás, de pasar rápido y difuminada por las vidas de los otros.
Era la libertad de los escarabajos en los tarros, que existen sin futuro, solo para enseñarlos una vez.
Pero Diana había buscado conmigo al gato; Diana había tenido la mala costumbre de verme, y verme y verme.
La idea de perderla entonces, de solo saber hacerle daño, pareció de repente volverme translúcida.
Lo que quiero decir es que llevaba siete meses regurgitando una maldición: que el problema, incluso sin Mario, no se fuera y viniese en realidad conmigo. Que lo único que supiese hacer con el amor fuese embestirlo o esquivarlo.
—¿Esto qué es? —me preguntó mi padre la tarde siguiente—. ¿Cómo me entero yo ahora de que has repetido el cole?
Mi ropa goteaba sobre el suelo de la cocina y él descifraba el jeroglífico de mis notas en su portátil.
—No es el cole —murmuré—. La prueba de Selectividad.
—Le estaba pasando a tu madre el dinerito —continuó él—, y ahora me dice que no hay matrícula ni nada. ¿Tú te esperas que yo no me entere de nada, que le paso todos los meses a tu madre el dinerito?
—Son notas públicas.
—¿De dónde vienes así?
—Nos hemos perdido en el campo —le expliqué—, y he tenido que llevar a Diana a cuestas por el río.
Él suspiró, no muy serio, ni tampoco especialmente enfadado.
—Bueno, que no me cuentes cuentos. —Y entró en el bucle inútil de empañarse y limpiarse las gafas—.
Vamos a ver qué hacemos contigo, porque lo vamos a tener que ver.
De primeras, te vas a venir para la nave.
No, pues si no das un palo al agua, te quedas a aprender un oficio, ¿te enteras bien?
¿Tú con estas notas a dónde te crees que vas, Laia? ¿Qué crees que va a pasar?
Yo lo miré casi atravesándolo.
—El tiempo.
Dos semanas más tarde, me subió a la camioneta por primera vez y me enseñó a no estrellarla por una rotonda que daba a un barranco.
Me quedé en Cazalla de la Sierra sin decírselo a nadie, un poco en mi línea, por vergüenza o porque siempre había creído que acabaría así: comulgando con la indiferencia peripatética de las vacas.
Unos días después de la travesía por el río, los demás hicieron las maletas y se marcharon a Sevilla en el Seat León.
El cortijo se quedó en silencio, desconocido, y por primera vez esperé al otoño sentada en su porche, creyendo que antes de alcanzarlo el tiempo se detendría en una paradoja de verano.
Un mes después, casi al comienzo de octubre, César Parra volvió al campo para la recogida de la aceituna.
Tras la sorpresa de encontrarme aún allí y un par de miradas incómodas, me preguntó, con la boca pequeña, si al irse todos en agosto se habían olvidado accidentalmente de mí.
—¿A dónde vas? Llévatela —le ordené a Diana el último día de vacaciones. Iba cojeando hacia el coche con las maletas y había abandonado la muleta en la puerta—. ¿Y yo para qué quiero esto aquí? ¿Cómo eres así de bruta?
—Es tuya.
—Era de mi abuelo o de alguien cojo que ya ni está.
—No puedo seguir robándole a tu abuelo —sonrió cauta—. Aún puede caerse otra roca.
Luego se hizo un silencio extraño, mientras ella sacaba los auriculares de su riñonera. Yo, con tal de no mirarla, fingí que tenía que atarme los zapatos otra vez.
—¿Te vuelves en septiembre? —me preguntó—. ¿Para el cumple de Oli?
—Claro —le mentí.
—Puedo pasar por tu casa a recogerte.
—Claro.
—Puedo meterte en el chat del grupo.
Al otro lado de la ventana, la tía Luisa emitió el bocinazo que comenzaba el tetris de carga del maletero. Yo le encajé la muleta bajo el codo y me eché su mochila a la espalda.
—Venga, que se van sin ti, abogada del diablo.
No volví a hablar con Diana Mena durante los siguientes cuatro meses.
No hablé con mucha otra gente, tampoco; con desconocidos que encargaban puertas de una nave llena de puertas y me deletreaban el DNI mientras mi padre las descargaba.
Fue un tiempo que no sé ordenar en el que la vida se transformó en otra cosa, una más mecánica y simple, quizá, y todo lo que importó entonces fue desclavarse astillas de los dedos. Aún puedo conjurar el olor a goma de esa furgoneta y el que vino luego en noviembre, de avería en la calefacción.
Había cumplido los dieciocho años, ¡los dieciocho!
La edad para la que yo había previsto que, como mínimo, sabría todo de todas las cosas, porque había nacido sabiendo la mitad y a los dieciséis se me reveló el resto.
Pero de pronto se abrió un telón enorme, se aparcaron las bicicletas, y descubrí, para sorpresa de nadie, que nunca había sabido mucho.
Era el momento de las grandes decisiones: despegar y elegir un futuro y una ciudad, y todos empezaron un grado universitario.
Alma se resignó a Ciencias del Deporte. Olivia se matriculó en primero de Magisterio.
Yo la recibía, varada en Cazalla, en el mismo sitio desde los nueve años.
Yo me había matriculado en una seguridad infantil, la confianza engreída que caduca al final de la adolescencia, y crecer se me reveló, en realidad, como saberme una niña.
Pero parecía tan tarde ya, y a la vez tan pronto, para decidir quién ser, si tenía que ser otra.
—Y vinieron a la facultad —me contó Oli cuando subió por su cumple—. Con disfraz y todo, con peluca de calvita. Porque ¿yo te he contado la historia de que Alma me hizo una calva? Sí, en primero de la ESO . Bueno, pero tú imagínate qué vergüenza. ¿Tú te imaginas la imagen?
—A Cristo sí, porque ya clarea.
—¿Qué dices, Lilia? Tiene pelazo, Cristo. Y me cantaron todos en el pasillo… Y luego nos fuimos a la Alameda y Alma estaba venga que dale, venga que dale, pero yo agüita con gas. No, porque yo ya, si poto en la Alameda, me muero para siempre. Y vino Álvaro, ¿sabes?
César le recordó:
—Si nos acercó Laia al bus a los dos.
—Y el novio de Alma, que es otro nuevo que es heavy metal. Y vino Inma, ¿sabes Inma?
—Claro —le respondí.
—¡Pues no entiendo qué tenías que hacer aquí, si lo que pegaba es que estuvieras en mis dieciocho años!
—A veces se nos escapan las puertas. Hay que perseguirlas hasta lo alto del monte.
—Lilia, que te lo digo en serio, jolín.
—Son un peligro para el ecosistema.
Algunos días, cuando Oli venía de visita al cortijo, me poseía una valentía que ni conocía y acababa dándole alguna cosa inútil para Diana. Un bote limpio con una tapa interesante. Un tornillo cruciforme. Una bolsa de higos.
Le di las vueltas suficientes a la conversación sobre la roca como para llegar a la conclusión de que me había declarado accidentalmente a Diana.
En mi cabeza, ella me había abrazado de vuelta como se perdona un traspié: «Bueno, no vuelvas a enamorarte de mí».
«No te preocupes, es algo que le puede pasar a cualquiera».
Lo que yo sabía entonces de Diana era que estaba en algún lugar con Inma, porque Olivia lo mencionaba a veces, y que yo había dado un espectáculo bochornoso antes de romperle un tobillo.
Creo que no le hablé porque estaba esperando a que pensar en ella no me devolviese a ese momento, no al golpe, sino a la alberca.
Quería extraerme el recuerdo de su boca con un tenedor.
Supongo que estaba intentando ofrecerle a Diana alguien que era capaz de ser su amiga, pero sin hablarle en absoluto, una habilidad que yo había ido perfeccionando durante toda la vida.
Cuando acabó la temporada en el campo, César fue contratado por el tío Ángel y empezó a repartir conmigo las puertas.
Era mucho mejor que mi padre, porque se dormía disponible, con los ojos medio abiertos, y traía siempre en el abrigo un puñadito de frutos secos de los que se comía solo las pasas.
Empezamos a desayunar juntos en la misma cocina.
Nos rulábamos el único par de guantes que había en todo el cortijo.