Capítulo 30. Diana #3
Mi móvil brillaba entre mis dedos como una prolongación caliente.
Al mirarlo, descubrí que te estaba llamando otra vez.
Incluso dormida, tumbada en el bus, con los ojos cerrados, te llamaba y te llamaba por instinto a todas horas: por la mañana, al mediodía, en el baño, por la noche.
Probaba combinaciones de números con el único trozo disponible del teclado, obcecada en la empresa de ser respondida, aunque ya ni sabía qué era lo que quería decir.
Pero en ese momento tuve algo inmediato que contarte: que Nina Nowicki soñaba el mismo sueño que tú.
—¿Qué soñaste? —le pedí, desconcertada, y luego pensé que quizá era desconsiderado—. No es una maldición. A Laia… A mi novia le pasa. Sueña esto. Le pasa también y… Vio los cuadrados en el cielo antes de que se vieran. ¿Hay más gente así? ¿Conoces más gente que sueña eso?
—Son mensajes que vienen de Dios.
—O de otra parte. De algo que ha venido.
Pero Nina estaba ya ausente, medio borracha, y se dormía sobre mí.
—Sueño que mi padre se muere —respondió— y hay una luz que se lo lleva al cielo. Luego sueño que estamos otra vez en la granja… Mi padre me ayuda a sacar un ternero con las manos. Lo saca del vientre y me dice: «innie życie». —Me tradujo—: Otra vida más.
A la mañana siguiente nos despertó el pomo desprendiéndose de la puerta otra vez.
Yo me incorporé y estaba aún en el suelo.
Por el pasillo entró un hombre enorme, un terror que rozaba el techo, y era Klaus, pertrechado, que había venido a salvarnos la vida.
Solo entonces recordé que no les habíamos avisado de que no habíamos sido secuestradas.
— Au secours! —gritó una chica.
— Alertez le quartier!
—¡No, no, no! —les pedí, tropezándome—. He is a friend! Sibuplé! He is a friend!
La comunidad de vecinos se presentó de nuevo en el cuarto piso. Nos escoltaron hasta el portal y amenazaron con dispararnos si volvíamos por allí.
Antes de abandonar el bloque, todavía vestidas con las botas y el pijama de la enfermera, Nina Nowicki bajó corriendo por las escaleras y me dejó nuestra ropa mojada en las manos. Luego me tendió un folleto.
—Para volver a España, a lo mejor —me dijo—. Es un amigo bueno de Estel. Es Pépé. Tiene un bar en la playa en el que venden pasaporte. —Me abrazó y, por un segundo, fue como despedirse al fin de Bartek—. Buena suerte a casa. Muy buena suerte, Dianamena.
Pépé le Pew nos recibió a los cuatro en su autocaravana con espacio para tres, lo que supuso que la mitad de Klaus se quedase aparcada en la puerta.
Era un hombre escuálido, rubio y rojo de fumar bajo el azote del sol, que vivía tras su chiringuito en una cala minúscula, en un límite remoto y sucio del Mediterráneo.
Nos preparó una cachimba sobre una mesa y del humo cerrado al rato dejamos de verlo.
Seguramente no se llamaba Pépé, y lo que sabíamos de base era que delinquía, y nos costó encontrarlo un día entero porque solo aparecían mojitos en el folleto de su negocio.
—Marsella como siempre, la playa igual, les mouettes igual… Gatos del aire. Asco de bichos —le cacareó a Jolie, de lo que intuí yo, con mi francés de la ESO , de la conversación que mantuvieron entre ellos dos—. Aquí todo se come le caleçon y los calcetines. ¿De dónde venís? Perdona los pájaros.
—De un campo de concentración en la frontera de Estrasburgo.
—Aaah —asintió—. Couci-couça .
— Couci-couça .
—¿Qué está pasando? —me decía Alma—. ¿Qué dice ahora este notas?
—No hacemos pasaportes ya, chouchou —continuó él—.
Ha pasado esta cosa ahí fuera, ¿la has visto?
C’est quoi ce bordel … El capitalismo. No me acuerdo mucho de Estel.
¿Sigue viva? —«Sí, sí», decía Jolie, fumando distraída del burbujeo de la manguera—.
El negocio ha cambiado. No es seguro ya. Nos robaron la gasolina y un barco.
—¿Ya no te queda gasolina para los mojitos?
Pépé sonrió de oreja a oreja. Luego estiró el brazo para buscar en un cajón y sacó una bolsita de pastillas de colores.
—¿Hace cuánto empezaste? —preguntó—. Sé reconocer a quien toma.
Jolie le sonrió de vuelta y palmeó su silla.
—Tengo que conducir el Porsche. Otro día.
—¿Accidente?
—¿Cuánto cuesta la bateau de fortune ?
—¿Psiquiatra? —Pépé se levantó una manga de su kimono y le enseñó las cicatrices de quemadura que le cubrían las muñecas—. Una semana en hospital. 0,5 de fentanilo. Volví tres veces. Esto —aseguró palmeando la bolsa— te cura todo.
— Ami: tumeur vertébrale —dijo Jolie—. ¿Te queda pastilla para curar el cáncer?
Pépé chasqueó la lengua, contrariado.
—Pues como tienes pelo…
Y la conversación se interrumpió ahí porque Klaus empezó a pelearse con las gaviotas.
El dueño de estas, el camello más remoto de Francia, se puso en pie y lo obligó a entrar.
Preguntó: «¿Este no me va a robar?», y Jolie contestó, «Klaus mon pote», que parecía ser la solución correcta a cualquier conflicto.
Puede que ahora me esté inventando lo que hablaron, porque sé lo que ocurrió luego y cómo hemos llegado aquí; pero lo que sí que recuerdo es que estuve en esa caravana paladeando el hallazgo horrible del tumor de Jolie.
—El barco está en el puerto —dijo Pépé—. Puedo conectaros, pero solo caben dos. Cuatrocientos kilos. Solo mochila. Si pregunta la policía, yo nada de nada; c’est clair? ¿A dónde van?
—África.
—¿África dónde?
—Andalucía.
De repente, el hombre giró sobre sí mismo y me miró a los ojos.
—¿Quién eres tú?
Yo abrí la boca, volviendo a existir.
—¿Qué?
— Your name.
— My name? —repetí—. Diana.
— Oui , Dinana . —Pépé me extendió una mano y yo se la estreché, pero al parecer no era un ofrecimiento de saludo—. No, no, amiga. El móvil que tienes. Me dejas verlo. ¿No quieres pasaporte? Mi casa, tu casa .
Darle el móvil fue como traspasarle un bebé a un desconocido.
La carcasa ardía. La batería se había hinchado bajo el sol del salpicadero del autobús.
En ese momento, hubiese jurado que, en mi cachivache a punto de estallar, imposiblemente frágil, residía el futuro incierto del mundo, y mientras él lo giraba entre los dedos yo moví el pulgar, en el acto reflejo de llamarte.
—¿Qué hace? —se alarmó Alma—. ¿Qué está pasando?
—Tenemos dinero —ofreció Jolie.
—No, el dinero ya no vale —dijo Pépé—. No, ¿no ves que se roba la gasolina? —Tocó los botones del volumen y juzgó la pantalla rota como un mal menor—. Tiene señal. Pi, pi, pi… ¿Orange?
—Sí.
—Mala tarifa, pero ahora tienen señal. ¿Cuánto de ironía?
Lo único que le pude preguntar, tonta de la sorpresa, fue:
—¿Solo Orange?
Se oyó un ruido de algo metálico que caía al suelo donde la nevera. Pépé declaró, sin mucha ceremonia:
—Me está robando tu primo.
Salimos todos de la caravana mientras las gaviotas se quejaban y echaban a volar. Ya fuera, bajo el calor de verano, Pépé se metió en la estructura del chiringuito y nos ofreció un posavasos que debía ser el pasaporte del que hablaba Nina.
—Es una lancha que traen y llevan —me explicó—. Salen del puerto el viernes de madrugada. Si no les ofrezco el móvil, no van a hablar, porque ahora las cosas valen lo que valen. Así es el mundo. ¿Me entiendes, Dinana? Me prometes el móvil y yo hablo con mi gente. ¿Qué dices?
No quise darle el móvil.
Alma se puso furiosa, pero no tanto por eso, sino porque le dolía el fantasma de los dedos amputados. Porque no dormía por el pitido en el oído y no entendía nada en francés, y estábamos en Marsella sin saber todavía qué hacíamos en Marsella.
—¡Y no quieres robar un coche! —me recriminó—. ¡Y no se puede hacer nada de nada contigo! Vamos al felpudo de una tía de Polonia y no le pedimos a cambio ni la hora, y luego es más importante el móvil, el, el… echar el rato, ¡porque lo tenemos todo delante, pero vamos a palmarla aquí!
—No vamos a ir a los Pirineos —le repetí— para morir atravesando los Pirineos.
—¿¡Y aquí sí, Diana!? ¿¡Y eso tiene más sentido!?