Capítulo 30. Diana #2
—Diana, no se puede vivir siendo estupenda. No te van a, a… sanctifier , ¿cómo se dice? Cágate encima. No se puede vivir como si te vigilase Dios. Los trenes, escucha, son coches de otra gente, son también chantaje. Los trenes no son la pera limonera.
Yo me volví para mirarla, apoyada en la puerta del autobús.
—¿Se puede saber dónde has aprendido ese español?
Ella me ofreció su canuto, sonriente.
—De que no os calláis. Mi abuela era una vieja de la Isla Balear.
—¿De Mallorca?
—No, la otra.
Le di una calada al porro que pareció teñirme los pulmones de verde. Miré de nuevo mi móvil roto, que habíamos cargado sobre el salpicadero. Te había llamado veinte veces, pero solo respondía tu contestador.
—Lo que no entiende Alma —dije— es que da igual a dónde vayamos ahora.
París o Mónaco, o… Tenemos que entrar en una ciudad y buscar algo que nos ayude.
Algo como Bartek. O como tú. Alma cree que todo puede hacerlo ella sola y necesita un médico, no sé si la has visto, y no vamos a atravesar solas otra frontera, porque eso son los Pirineos…
Otra frontera. En Marsella tendremos, a lo mejor, a alguien de nuestra parte.
Y no he llegado hasta aquí para que todo esto no sirva de nada.
Jolie me observó un rato, sonriendo un poco.
—Mírate, Napoleón. Al final te has vuelto una capitana.
Pero yo podía verla entonces, compararla con otro momento, quizá: Jolie Lemaire estaba agotada.
Se desplazaba a cada hora con mayor dificultad, y solo durante esos días, de vuelta en la carretera, me pregunté si Jolie padecía en realidad un dolor crónico que calmaba con el humo.
Si era capaz de ser una invocadora de autobuses y al mismo tiempo una chica en silla de ruedas que tenía tanto miedo como yo.
—¿A dónde irás tú cuando nos dejes?
Bufó, burlándose.
—Al cinéma .
—No sé nada de ti. No sé ni siquiera de dónde eres.
—Soy de Lyon. Pero odio Lyon, non, non … Olvídalo. No volvería a Lyon ni cadavre . Creo que me voy a quedar en este lado de Francia. Me busco una playa. Es vacaciones. A lo mejor soy yo la que decidió que nos vamos todos a Marsella.
Nos miramos un rato más mientras amanecía y ella fumaba de una planta eterna.
—No sé nada de ti, Jolie —murmuré—, pero voy a recordarte toda la vida.
Jolie se carcajeó.
—Qué estupenda, calla, calla… Eres tú siempre muy de frases de la Biblia. No hay más que saber, Diana Mena, ¿qué quieres saber? Todo lo que somos, tu vois? Es lo que estamos siendo ahora.
Marsella era un mordisco de mar en la tierra, una medialuna de tejados que acababan en un muelle.
Llegar a ella fue como confirmar que seguíamos en el mismo planeta que antes del campo de refugiados.
A través de la ventanilla, vimos pasar los semáforos, las tiendas y los cajeros, como demostraciones fantásticas, extraídas de otro tiempo, y la imagen infinita y sobrecogedora del mar.
Había gente sana que caminaba por las calles.
Iban pegados a las paredes, en silencio, y entraban en los establecimientos de dos en dos para abastecerse.
Se saludaban con un asentimiento de cabeza y no mediaban palabra alguna.
Tenían pautadas unas reglas no escritas y cargaban los víveres andando para evitar el ruido de un motor.
Nos miraron todos cuando irrumpimos en la ciudad con nuestra orquesta de autobús.
Algunos corrieron a refugiarse a los portales.
Alma preparó entonces el rifle para la llegada inminente de un coche policía, pero la policía demostró estar formada por tres hombres, también a pie, que no parecían interesados en interrumpir el silencio por nosotros: nos frenaron, nos hicieron señas para que abandonásemos el centro y nunca más los volvimos a ver.
Marsella se nos apareció aquel día como la imagen de un mundo que ha aprendido a existir en los márgenes; que está dispuesto a enmudecer, con tal de existir. Recordaba menos a una ciudad y más a un hormiguero naciendo en el asfalto.
Fue fácil saber, solo con verlos, que los enfermos habían ido muriendo poco a poco durante el transcurso de las semanas.
Europa sanaba porque quedábamos menos y estábamos cansados.
Vimos tan solo a uno, desnutrido, tirado bocabajo en el centro de una acera.
Creí que era un cadáver hasta que entendí que se arrastraba para asesinar a la familia del anuncio de un escaparate.
Jolie volvió a tener razón: la estación de trenes estaba desierta.
—Si lo pides bonito y hablamos —dijo—, os llevo por el Pirineo hasta la casa en la Barcelona.
—Somos de Andalucía, Jolie. Vamos prácticamente a África.
—Ah, putain . Pues ni de coña.
Encontramos una guía telefónica en un quiosco saqueado. Así localizamos la dirección en la foto de Bartek, y así nos linchó una comunidad de vecinos.
La mañana que nos patearon en su escalera, Nina Nowicki sacó un mapa de las carreteras de Europa de la estantería de su salón.
Lo extendió sobre la mesa y luego pasamos los siguientes veinte minutos tratando de señalar el punto de Alemania en el que yo había enterrado a su padre.
Cuando llegamos a un consenso (esta altura de esta autopista en medio de este papel), se puso en pie y se fue a la cocina y oí sus tres respiraciones antes de que rompiese a llorar.
A mi lado, Alma tenía un párpado hinchado de un codazo en la ceja y nos habían roto el rifle de pelotas como condición para quedarnos en el edificio.
—Perdón… Perdón. ¿Tenéis hambre? —nos preguntó Nina en inglés cuando volvió al salón y vio que seguíamos allí, magulladas—. Tenemos galletas…
—¿Nos podemos ir? —murmuró Alma.
—¿Qué os puedo dar?
—¿Nos podemos ir? —volvió a murmurar.
—Alcohol —le dije, pero Nina no me entendió y volvió con una botella de vino—. No, no… Un medicamento. ¿Betadine? Para limpiar heridas.
—Sí. Claro, claro.
Estar allí fue mucho más incómodo de lo que había planificado en mi cabeza.
En mi cabeza yo llegaba hasta el piso de estudiantes de Nina y me abría la puerta Bartek con su gorra de banco.
Me agradecía que le entregara su chaqueta del yin yang como si yo fuese la recadera a domicilio de una tintorería.
Le pedía perdón por algo, no sé el qué. Pero Nina era una desconocida o, peor, yo era una desconocida que presenciaba la conmoción de su duelo.
Más que hacerle un favor, fue como regalarle un dolor perfectamente doblado, con sangre en las mangas, con un sobre con estradiol guardado en el bolsillo.
A mitad de este proceso, además, Alma decidió ponerse en pie y se mareó sobre la mesita del café. Tuvimos que tumbarla en la cama de su habitación mientras sus compañeras de piso cuchicheaban en el baño.
—¿De dónde sois? —me preguntó Nina—. ¿Has venido hasta aquí? ¿Vais por carretera a Italia?
—Somos de España.
—Se puede quedar, no hay molestias. Es un sofá que se abre, en el salón. Os podéis quedar.
—No pasa nada —les aseguré—. Tenemos abajo a nuestros amigos. Ahora nos vamos.
Pasamos la noche en el piso de Nina.
Fue un poco inevitable, porque tenían paracetamoles y una sopa milagrosa guardada en la nevera, y una de sus amigas estaba estudiando Enfermería y le diagnosticó a Alma un caso de vértigo por infección de oído.
Le hicieron un cóctel personalizado de farmacia.
Yo me duché con agua caliente, en una bañera con esponja y champú para pelo seco.
Fueron las horas más plácidas que había pasado en el nuevo mundo, y ahora las revivo y siento que me exfoliaron: me dejé arrastrar por sus manos hasta el pijama de otra persona.
Cenamos comida hecha ese mismo día y me froté las encías con pasta de dientes.
Fue como si me desgranasen, gajo a gajo, y me quitasen una angustia atascada en el estómago desde la noche en la residencia de Wurzburgo; y, aunque las chicas de Nina no nos querían allí, nos cuidaron como si lo hicieran.
Una de ellas nos metió en la mochila una caja nueva de tampones. Pusieron una lavadora con nuestra ropa.
—¿Te dijo que lo era? —me preguntó Nina de madrugada—. ¿Su hija?
Alma roncaba sobre el sofá cama y yo vigilaba que continuase haciéndolo.
—Eso es lo que me dijo de ti.
—Cuando me fui de Polonia, mi padre no llamaba por mi nombre aún.
Nunca. Él es bueno, buena persona. Pero…
Se enfadó porque me fui. Hui de la granja en la que vivíamos en Pila.
—La voz se le quebraba, pero siguió hablando—: No dijimos nada en dos años, ¿sabes?
Mi madre no me habla. Él vino a Francia a verme desde Pila.
Nunca lo oí que me llamase, que dijera «mi hija», ¿no? Nunca lo oí.
La luz de la lámpara de pie se apagó, pero la electricidad volvió en la casa al cabo de un minuto. La electricidad, de pronto, apenas se iba.
—Me dijo que te llamabas Nina. Tenía una foto de ti en el espejo del coche.
—¿Cuál?
—Una foto en una cabaña.
—Es injusto… —balbuceó frustrada—. ¿Entiendes? Es injusto… ¿Tu familia?
—No lo sé.
Incluso quieta, me sentía en movimiento; me siento. Carretera y disparos, y la visión cegadora del fuego, y correr, correr, correr.
—Él estaba intentando conmigo. Iba a venir a verme.
—Lo siento tanto.
—Tenía que perdonarle…
—Lo siento. —Por traerte esto—. No podías saber que iba a pasar.
—Sí sabía. Yo se lo dije. Que lo había soñado cuando nos enfadamos… Pero no… Seguro que lo pensó en el momento que murió. Pensó que yo le di esa maldición y que soñé la gasolinera.
Una emoción pastosa, que no sabía procesar bien a causa del sueño, me abrió los ojos de repente.
—¿La gasolinera?
—A ti —dijo—. Pero yo pensaba que yo sería tú. Que le hacían daño por mi culpa… Y yo pensaba que, sin mí, nada de esto le podía pasar.