Aunque se acabe el mundo Capítulo 30. Diana
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Capítulo 30. Diana

—¿En serio hay que joderse con esto, Diana?

El portal estaba abierto. Las escaleras estaban encharcadas de jabón y heces. Había estallado una tubería en algún punto de la primera planta y el estropicio aún supuraba como un grifo: un goteo limpio, constante, de agua turbia y amarillenta. Se confundía con el rugido lejano del mar.

A primera vista, entendí que el edificio llevaba desde abril sin repararse, y también que alguien lo limpiaba, porque habría olido peor de estar lleno de Ellos.

—Puedes esperarme en el bus —le ofrecí a Alma.

—Y una polla el bus. —Ella comprobó con el cañón del rifle los botones del ascensor—. Y nada, y por la escalera cochina… Diana, esta gente va a estar muerta. Lo mejor que nos puede pasar es que esta gente esté muerta y no nos maten. ¿Hay que hacer esto? ¿Se puede tener dos dedos de frente?

—Dame el rifle —le pedí— y vuelve al bus.

—Y una polla y media.

Subimos las escaleras sucias hasta el cuarto piso.

Reconoceré esto: hubiese sido más sensato si la hija de Bartek no hubiese vivido en lo alto del bloque.

El suelo estaba empapado, resbaladizo, y nos íbamos a despeñar si había que correr de vuelta al bajo.

Había electricidad en toda Francia esa semana y el agua había averiado el mecanismo del ascensor.

Como consecuencia, la luz del techo fue anunciando nuestro ascenso piso a piso.

Un escalón, y otro escalón, y nos alejamos más y más del murmullo de la calle.

Las puertas de los vecinos estaban cerradas.

Ya enfadada, o siempre enfadada, Alma apuntaba a nuestra espalda con el rifle como si no fuera de feria y no escupiera pelotas de plástico.

Llegamos a la puerta C, que era la dirección de la foto que había encontrado un mes atrás en la chaqueta, y entonces dudé de cómo llamar y qué era lo más cauto, ¿qué los alertaría menos, si estaban transformados ya?

Nada. ¿Qué evitaría que nos matasen? Nada.

No llamar a la puerta. Pero había atravesado Alemania; había arrastrado mi cuerpo desde los surtidores de una gasolinera para llegar ahí.

Le había hecho una promesa a un cadáver.

Alma rompió el pomo de un culatazo de rifle.

—¿¡Qué haces!? —le susurré cuando cayó sobre el felpudo.

—¡Que no se preparen! —susurró ella—. ¡Que no hagan tonterías!

—¡Iba a llamar! ¡Alma, acabas de reventarles la puerta!

De pronto, un eco de pasos. Voces que despertaron y nos buscaron por el edificio.

Una consecución de aspavientos de nuestros cuerpos, que se enredaron como títeres: Alma levantó y bajó el arma.

Yo saqué la navaja de la gasolinera de mi bolsillo.

La puerta se abrió a nuestra espalda y un grupo de personas corrió a esconderse en la cocina, porque un peligro estaba intentando entrar en su casa y el peligro éramos nosotras.

Nosotras echamos a correr escaleras abajo y resbalamos con las heces sin saber todavía de qué huíamos.

— Intrus! —gritaban—. Intrus!

Rodamos contra la barandilla mientras el rifle se disparaba solo.

Una pelota, un proyectil sin premio, dio en una pared y rompió una ventana.

Cuando intentamos incorporarnos, rociadas de cristales, un batallón armado de vecinos, más intimidante que una horda de transformados, nos acorraló y puso en pie a Alma.

Le colocaron una pistola en el centro de la frente.

— Qui es-tu!? —le gritó uno—. Eh! Qu’as-tu piqué!?

— S’il vous plaît! —jadeé yo, que era el único francés que recordaba en ese momento, o más bien sonó a—: ¡Sibuplé! Sibuplé…

Alma estaba aturullada, volviendo en sí después del golpe, así que dejó que le arrancaran el rifle y levantó las manos.

— I only have balls —fue lo que dijo en su inglés flamenco—. I have balls.

El hombre se volvió hacia otro:

— Que dit, la blaireau? [11]

— Ça a des couilles. [12]

— Va te faire foutre! Qu’est-ce que ça peut me faire!? [13]

— Ils attaquent les pâtes de maisons —dijo una tercera—. Nous ne pouvons pas les laisser partir. [14]

— Please —intenté yo, incorporándome con las manos en alto—. Nina Nowicki . We are not dangerous. We are looking for Nowicki…

Alma le dio un cabezazo en la nariz al hombre. La reverberación del chasquido se oyó en toda la planta y este sollozó y se tambaleó. Perdió el arma. Alma (maldita Alma, bendita Alma) se tiró al suelo y se lanzó a cogerla, pero otro de ellos le dio un palazo en los nudillos y luego la tumbó.

— Putain de voleur ! —gritó el herido.

— Tire, Lionel! —gritó la mujer.

—¡No! —grité yo, que de la contusión contra la barandilla veía doble y no entendía nada. Lo que entendía es que estábamos en las mismas desde el principio de los tiempos: en algún evento de violencia gratuita que empezaba y acababa en Alma—. Wait! S’il vous plaît!

—¡Suéltame! —pataleaba Alma—. ¡Os voy a matar! ¡Suéltame, hijo de puta!

— Arrêtez! —interrumpió, de repente, una voz que venía de arriba y que pareció descender del cielo.

Del segundo pisó bajó una persona difuminada, una silueta sobre la ventana llena de luz, con el pelo castaño y liso rozándole los hombros y dos surcos pequeños sobre las mejillas: los ojos de Bartek.

Su nariz grande y redonda. Nina me miró a mí, o en realidad nunca me miró a mí, sino el yin yang cosido en la espalda de mi chaqueta.

— C’est la veste de mon père ? [15]

Llegamos a Marsella tres días después de escapar del campo.

Durante el camino, dimos un rodeo para evitar las autopistas, por si nos volvía a parar (por si nos seguía) la sombra de un ejército furioso de Estrasburgo.

Pero el ejército pareció ser una pesadilla y no volvimos a verlos jamás, como si se hubiesen consumido entre las llamas del granero.

Aparcamos el autobús por la noche en medio del bosque.

Klaus se despegó del volante entonces, cuando le tocó bajar a hacer la ronda nocturna, y solo en ese momento le vimos la brecha que le abría la cabeza, un corte espeluznante del que no se había quejado en nueve horas.

—Nos van a meter tres tiros —declaró Alma, aún en shock y cubierta de tierra—. Están detrás. Estoy oyéndoles las ruedas desde hace un rato.

—Tú no oyes merde —le rebatió Jolie—, desde paliza bonita en el comedor. Oyes flujos cerebrales.

Jolie tenía razón: Alma había perdido un porcentaje importante de capacidad auditiva.

No sé cuántos golpes en la cabeza había aguantado para ese punto, no en Estrasburgo, sino en la prolongada pelea a golpes que era su existencia; pelotazos de baloncesto y rupturas con Joaquín, y aún estaba por caer una comunidad de vecinos.

Fue recuperando la audición en el trascurso de los siguientes días, pero a partir de ahí Alma empezó a oírnos menos a nosotras y más otras cosas que no estaban: pitidos de coches y zumbidos de ruedas militares.

La voz de su madre gritando por la casa el nombre de cada uno de sus hermanos.

Fue la primera vez que la vi agarrar una tela y apañarse un hiyab que le cubriese las orejas, porque la presión la aliviaba, decía, pero gracias a ello también cogió la mala costumbre de hablarnos a gritos.

—¿¡Qué vamos a ir a Marsella!? ¡Estamos en los Pirineos! ¡Estamos que porque sobrevivimos al Armagedón, Diana, y nos desviamos porque sí, por tu tontería con una jamba!

—Esto lo habíamos planeado, Alma, y así no se puede hablar contigo.

—¿¡Cuándo lo planeamos!? ¿¡En el régimen nazi!?

Con todo y tres dedos menos en una mano, Alma se orientaba mejor que Klaus y conducía mejor que yo, así que, refunfuñando y sorda, agarró el volante y nos llevó a Marsella.

Todavía se me confunden esos días cuando pienso en cómo sobrevivimos a un imposible, y se me escapan datos que permiten que el evento tenga sentido.

¿No estábamos sangrando? ¿Quién nos suturó?

¿Cómo encontró Jolie el autobús y dónde lo guardaban?

¿Y por qué no nos siguieron luego para recuperarlo?

Una parte de mí temía cerrar los ojos y despertar en la litera, con un militar llevándome a empujones a que me extrajeran sangre.

Para cerciorarme de que no ocurriría, grababa el paisaje que dejábamos atrás y que no podía no ser cierto; el paisaje gemelo al que habíamos dejado en Alemania y que conformaba este documental sagrado que estaba montando para ti.

Supongo que simplemente sobrevivimos y luego nos tocó seguir la marcha, fingir que continuábamos un viaje de carretera como la gente que se organiza para hacer el Camino de Santiago.

La vida continuó, en esa paz imposible, que no consiguió quitarnos nunca la prisa.

Un silencio incómodo y otro silencio más, y no supimos interrumpirlo para mencionar a los muertos.

—¿Vas a hacer chantaje a la hija y robar un coche? —me preguntó Jolie una de las noches, ambas sentadas en el hueco para equipajes—. Cuando des el abrigo que además huele a culo… Un poco de culo, ne le prends pas mal. ¿Ese es el plan de conquistar Polonia?

Tronaba bajo la cúpula y el bosque oscuro podría haber sido el de Cazalla.

Me aliviaba ese momento secreto, Laia, en el que me parecía que te encontraba en cualquier sitio.

Al fondo, proveniente de la radio, seguía sonando Cecilia de Simon & Garfunkel, que encendíamos a veces para comprobar si pillábamos otra señal mejor.

Alma nos la mandaba apagar al cabo de tres repeticiones porque alegaba que los bongós iban a «hacerla entrar en brote».

—No —respondí—. Le voy a dar la chaqueta a la hija porque es suya.

— C’est pas vrai … —se rio Jolie—. Diana Mena, Diana Mena…

—Cogeremos un tren.

—¿Ese es el gran plan?

—Está volviendo la cobertura. Las cosas están volviendo y volverán también los trenes. No voy a chantajear a nadie.

—¿No era un señor que te llevó en coche dos minutos? ¿Y entonces?

—Entonces hay alguien que esperará a su padre toda la vida, si yo no le llevo la chaqueta de su padre.

Jolie echó el humo, negando un poco con la cabeza.