Aunque se acabe el mundo Capítulo 29. Laia #4
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Capítulo 29. Laia #4

Si tuviese que hacer una lista con mis miedos, siempre me ha acompañado este: ser la hija de mi padre y la hija de mi madre y no saber cómo pertenecer a la vida del resto.

Huir por las ventanas, que es lo que hago; escapar, y escapar, y escapar, hasta que Diana Mena me encuentre con un paraguas chorreando frente a la piscina.

Pero Diana no está aquí ahora y me he pasado la vida siendo ensordecedora. Obvia. Solitaria. Desconocida.

Cuando volví al cortijo se hacía de noche y César seguía recogiendo en las higueras.

No sé qué me movió entonces, quizá una desesperación embotellada, algo que llevaba fermentando dentro toda esa semana: que Olivia y yo éramos las únicas supervivientes de una estirpe y yo la estaba dejando morir.

¿La estaba dejando morir? La aborrecía y la evitaba.

Me daba náuseas, pena y un puñado insoportable de coraje.

Estaba enterrando ya, antes de que se la tragara el herpes, a mi Oli, el último y el primer hueso de toda mi familia; así que eché en un plato los restos de ensalada.

Lo coloqué en una bandeja y metí un CD en el coche para que ella acudiese a la luz del ruido.

César dejaba la llave en el macetero frente a la alberca y podría haberlo esperado para que me ayudase.

Sentía que era mi deber esta vez: entrar en la casa y dejarle la cena.

Armarme de nueces y echar a andar hacia la nave.

Era una cruzada propia, egoísta, incluso en ese momento, porque necesitaba de pronto mantenerla con vida.

«Va a morir —me decía—. Va a morir, el insecto en el bote, la planta en el jarrón que contiene nuestras cenizas, las mías, las de mis padres, y los suyos, y los abuelos».

Metí la llave en el cerrojo y me la clavé en el pulgar.

La puerta se abrió con un quejido y entré al aire cargado del salón.

Las luces de fuera parpadeaban tras las cortinas, ya encendidas, pero dentro no se veía apenas nada: la mesita de café y los butacones. La puerta de la habitación frente a la que hicimos ronda para ocultarle magreos a la tía Luisa.

Dejé la bandeja de la cena en el suelo y lo sentí pegajoso y sucio en las uñas.

Había pegotes de mermelada en las baldosas.

Eran un camino de migas que entraba en la cocina y reaparecía misteriosamente junto a la chimenea.

Me erguí y miré la habitación, queriendo tocarla no sé por qué motivo, y no me di cuenta entonces de que tenía delante la bandeja del desayuno.

La pisé y volcó.

Un golpetazo. Un tintineo de vaso. Perdí el equilibrio sobre la puerta, que tenía la llave encajada en el otro lado y se cerró. Busqué con las manos, asustada, el pomo desatornillado por César.

Me acababa de encerrar en la casa.

«No», pensé, palpando las paredes como una idiota. «No, no, no…», y, antes de que pudiese correr hacia la ventana, Olivia apareció desde el fondo del pasillo.

Sin cristal entre ambas, sin la nariz aplastada, Oli era una imagen más terrorífica de la que había esperado: era Olivia Bayón.

Tenía el pelo más largo; la ropa manchada de restos de orina; la misma cara que todos nosotros, la familia que había residido allí, habríamos tenido de ser como ella: lisa, vacía, sin emoción, rubia, por un tatarabuelo que era británico y trabajó en una mina, con la melena espesa y la nariz redonda; un árbol genealógico del que solo quedaba yo.

Vino hacia mí. Yo la esperé, pegada contra la puerta.

Lo supe entonces, en ese mismo instante: que no podía estrellar nada contra la cabeza de Olivia. Que si la vida se terminaba ahí, habría sido la vida que habíamos diseñado, un trato justo y equilibrado, una rebeca a la que llamamos La Penitencia.

Tras la puerta, corriendo desde alguna parte, oí llegar a César, al que no le giraba la llave.

—¡Laia! —gritó mientras aporreaba la madera—. ¡Laia, corre!

Yo solo podía mirar a Oli, Oli, Oli.

Qué ironía y estaba ocurriendo, lo que había esquivado toda la semana: Olivia de pie en el pasillo haciendo un recorrido de ficha de ajedrez.

El suelo bajo sus pies descalzos era un tablero.

No tocó nada ni agarró el palo de metal junto a la estructura de la chimenea.

Lo haría con las manos, sus manos pequeñas por las que se escapan los bichos, que escriben listas sobre servilletas de papel.

—¡Laia!

Olivia venía y llegó hasta los restos pegajosos de mermelada.

Cuando creía que iba a matarme, de pronto, paró. Las cejas rectas, petrificadas, le temblaron sobre los párpados. Los brazos le tiritaron.

(Sigo recordando eso, eso lo recuerdo: su cara en blanco y lo de luego, pero sobre todo el minuto entero que no se movió).

Oli frenó a cinco pasos de mí, autómata, inexpresiva y, por un segundo, vi en su cara el parásito de otra Olivia que me quería, de una voz que le despertaba dentro.

Un músculo en el cuello se le contrajo. Abrió y cerró las manos en un espasmo como de coma.

Osciló sobre su sitio, tirada de dos imanes, y de repente los ojos le pestañearon.

Una lágrima grande y esférica le resbaló sobre la mejilla, bajó por el pómulo y se le metió en la boca.

Cuando separó los labios, emitió un silbido extraño, pequeño, que en realidad era su voz.

—Lilia.

César consiguió abrir la puerta y tiró de mi brazo.

Me sacó al patio.

Cerró tras de mí.

Perdí el equilibrio sobre la escalerilla y caí al agua de la alberca.