Aunque se acabe el mundo Capítulo 29. Laia #3
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Capítulo 29. Laia #3

Rondaban la bombilla y se escondían en el gotelé.

Se estrellaban contra las paredes y volvían al techo.

Tuve que ponerme en pie, medio dormida, y estamparlos contra las superficies a almohadazos.

Otra versión de mí, mirándome desde una sombra, habría pensado que bailaba sevillanas; otra versión de Diana, la que me acompañaba en la vigilia, decía: «No has pensado en sus madres».

«No has pensado en las novias en Alemania de los mosquitos».

«Laia». «Laia». «¿Qué estás haciendo?». «¿Por qué no eres capaz de mirar a Oli? ».

—Eso no suena a algo muy de Diana —me dijo César a la mañana siguiente—. No la he visto nunca vacilar a nadie. Si nos la imaginamos ahora, si estuviera aquí… ¿Qué diría de verdad Diana?

Yo miré la cúpula en el horizonte mientras preparábamos las tostadas.

—Que habría que grabarla —respondí—. La maldita luz del cielo.

Olivia siempre estaba mirándome desde el otro lado de la ventana. Ojos y boca. La nariz aplastada contra el cristal en una contorsión.

Tuertón, como a sus dueños, le maullaba una exigencia a la que no reaccionaba. Porque Olivia, incluso con el ruido del cortacésped, incluso si caía un rayo, hubiese jurado que me miraba a mí.

Una semana después de llegar al cortijo, me subí al coche de nuevo y me fui al pueblo de Cazalla.

—No dejes que se coma la pasta de dientes —le recordé a César—. Si no vuelvo, deja que cace ratones y se las apañe. Es gordo. Vivirá lo que le apetezca. Pero se va a morir si se come la pasta de dientes.

—Sí, sí…

—Cierra la cancela si no vuelvo para la noche.

—Voy a esperarte en la cancela. Me estoy terminando ya mi librito.

—César, hazme el favor.

—Eres muy ordenanta…

—Apaga el ventilador. Deja la luz del porche encendida. Creo que por eso le ha salido el herpes, he pensado… —Evité los ojos en el cristal—. Porque le da miedo la oscuridad. Y también los ventiladores.

Había salido solo una vez a darle la vuelta a la carretera estrecha que bordeaba el monte.

Un vistazo rápido, hasta la rotonda, para ver si encontraba los restos del accidente.

Pero la tía Luisa y el tío Ángel no se habían matado en el camino al pueblo.

Y mi padre, ¿había existido mi padre? En mi vida había sido un turista, un tren que pasa, alguien que me escupía sobre la tierra y me dejaba solo dos ojos azules. ¿Cómo se encuentra eso en el monte?

El pueblo de Cazalla estaba en silencio, estático en el tiempo.

El ruido del motor del coche reverberó por las calles, pero no pareció atraer a ninguno.

Vi la plaza vacía, con las sillas de plástico tiradas junto a los muros; los establecimientos abiertos, que le daban un aspecto de belén de arcilla, me recibieron sin ninguna violencia, como si acabase de entrar por accidente en un compartimento del cielo.

Sigo pensando que están todos allí. Que la mitad no se podrán mover, quizá, por el hambre. La otra mitad son demasiado mayores, la última generación que no emigró a Sevilla.

Las gaviotas seguían criando sobre el campanario.

Paré frente a la casa de la abuela, que sigue cerrada desde que nadie vive allí.

Había vuelto a su puerta alguna vez, a recoger cachivaches y papeleo de la herencia, pero cada vez que estaba dentro me espantaba esa sensación horrible: la de que estaba caminando sobre los huesos de alguien.

Ahora los huesos estaban en cualquier lugar.

La casa de la abuela seguía cerrada, un poco antes de la curva donde se encajaba el autobús, y eso significaba que ningún integrante de la familia Bayón había llegado a tiempo de esconderse en ella.

El coche de la tía Luisa estaba aparcado junto al centro de salud.

Cuando lo vi, me quité el cinturón y dudé si bajarme, si poner un pie en el suelo alteraría la paz.

De niña había desafiado la consistencia del columpio en el parque junto a la entrada del centro.

Había escalado a pulso las celosías de las ventanas.

La valentía se me ha desinflado dentro en el momento en el que parece ser útil, o más bien solo la he manifestado, en el fondo, cuando sabía que no servía.

Apagué el motor del coche. Salí a la calle con pasos lentos.

El Seat de la tía Luisa, un monstruo gris salpicado de barro, había sido cerrado antes de abandonarse y aún tenía la pegatina en el culo de «Bebé a bordo».

Arrodillada junto a su morro, pude ver la entrada del centro de salud.

Un reguero de sangre seca bajaba hasta la acera.

El bar de la esquina tenía las puertas cerradas, pero las tapas antiguas de boquerones en vinagre aún seguían descomponiéndose sobre el aluminio.

Tragué saliva. Me enmarqué la cara para mirar tras el tinte de los cristales.

Mi familia no estaba metida a presión en el interior de un Seat León.

Eso es lo primero. Secretamente, yo había esperado que encontrar el coche me lo devolviese todo: al tío Ángel y la tía Luisa, pero sobre todo a otra Oli, sentada en el asiento del copiloto.

Estaba sola frente a un cachivache vacío.

Forcé la puerta por idiota y estalló la alarma antirrobos.

Fue un chirrido como una sirena de los coches locos.

Di un paso atrás, tropezándome.

Volví corriendo, casi gateando, de nuevo hasta mi coche.

Giré la llave y arranqué temblando, y miré las consecuencias por el espejo retrovisor: el silencio había sido interrumpido.

Las puertas del centro de salud se abrieron solas.

Cuando creí que entonces vendrían, los que estaban esperando para matarme —el pueblo entero—, una figura grande e imposible emergió de la oscuridad.

Era la vaca marrón. La que intenté liberar aquella noche en la campiña.

Yo la contemplé con los ojos como platos, mientras ella me miraba; pareció mirarme. Desde lo alto de las escaleras, la vaca apareció y mi vida pareció doblarse por el centro como los acordeones.

Luego se giró y se marchó caminando calle arriba.

El año que cumplimos nueve y las plantas dejaron de ser lechugas, me fugué un día a la nave de las puertas y decidí que iba a vivir allí para siempre.

No llegué a la verja siquiera, porque eché a andar sin bici, como había visto que hacían las figuras inspiracionales como Pingu.

A la tía Luisa casi le dio el derrame cuando notó que no estaba en el cortijo.

La abuela llamó a la policía y me encontraron por la tarde en un arcén, comiéndome las nueces que, según mis cálculos, tenían que durarme hasta la edad adulta.

En ese momento, la exposición pública de mis planes de independencia fue un bochorno estrepitoso, un fracaso que me enrabietó, además, porque ese verano tampoco había conseguido liberar ninguna vaca.

Pensé que, después de eso, yo también tendría que viajar en un Seat que rezaba «Bebé a bordo».

Pero mis padres no se enteraron de que me había ido hasta que terminaron la cena, cinco años después de que otros me devolvieran a casa.

—Porque estaba yendo a un sitio para mudarme —le expliqué a Oli esa noche, en el cuarto oscuro—, porque mis padres me han dicho que en este invierno nos vamos a separar. Entonces ¿qué va a saber la abuela, que es cansina?

—Pero ¿cuándo va a pasar eso? —preguntó Olivia—. ¿En medio del cole?

—Y más que en medio. En la mitad.

—Pero… Eso no se puede.

—Que sí, Oli. Que se llama divorcio y pasa con los padres.

—¿Y no te dejan tu casa? ¿Y te encanta mucho la nave?

—La nave es un asco, pero no tengo más dinero guardado en Cazalla.

—«Claro», respondió Olivia, que sabía que yo tenía múltiples dineros en mi hucha de Sevilla—.

Y si no hay mucho rato para encontrar un sitio…

Ahora tengo que apechugar. Tengo que dejar unos planes que yo tenía, ¿sabes?

De la natación en mi patio y todo, pero ya soy mayor y la nave es una herencia.

Es una cosa que es para mí y eso la abuela ni lo sabe.

Olivia me miró desde su cama, con sus ojos de búho asomando bajo su fuerte contra los mosquitos. Hizo un cálculo en el silencio, asimilando mi divorcio como una maldición compartida.

—¿Y a dónde nos vamos a duchar —preguntó— cuando nos mudemos a los ascos de la nave?