Capítulo 29. Laia #2
—Es algo que estaba dicho y todos lo hemos pensado siempre, ¿no?
Quiero decir… Que Diana sabe inglés. Y también que, de nosotros, es la que es capaz de todo lo que se pueda.
—Durante un segundo, que César me confirmase otra visión de Diana capaz de aprobar el apocalipsis por walkie-talkie me devolvió la comida al estómago—.
Pero pegarse, la verdad que la que se pegaba era Alma.
—Alma estará bien —le concedí.
—Alma estará bien.
—Estaba currando en Berlín. Imagínate Berlín…
—A lo mejor las dos se han encontrado.
—Eso sería —negué— un puto milagro de la puta Biblia.
—Bueno, tú me has encontrado a mí. A veces pasan. Los milagros.
El porche estaba iluminado por las velas de emergencia y Tuertón apareció desde el bosque y se me durmió sobre los muslos.
Cazalla parecía haber sido abandonada del todo, olvidada en una roca hasta en el fin de los tiempos, y aun así se la comía inevitablemente la vida: el canto de los grillos, las lagartijas de pared y la promesa futura, esperanzadora, de más gatos.
—¿Y pasaba algo que pasará? —me preguntó César—. En tu sueño de las visiones.
—Se acababa. Yo era yo, así que no falta mucho. Lo que pasaba era que… Se acaba y yo veo el final desde el foso. Bajan del cielo.
—¿Cómo son?
—No lo sé. —O sí lo sabía: eran puntos bajo la luz. Escarabajos mariposa—. O a lo mejor nunca lo he soñado y estoy viendo lo que me da la gana… A lo mejor esto es la vida ya para siempre. ¿Y si eso es Oli? Ya para siempre.
—Si eso es Oli —dijo él—, pues tendré que hacer muchas tostadas.
Me desperté a las tres de la madrugada gritando por mi madre en el centro de la cama.
Me sudaba el cuello y al pestañear vi la imagen invertida de todo lo que ya había pasado: Rey y la chica sobre el salpicadero del BlaBlaCar, y también cosas que no recordaba.
Un granero ardiendo. Un cadáver en una gasolinera, descomponiéndose sobre el asfalto.
Cuando alguien me abrazó los hombros, creí, por un instante, que tenía de nuevo dieciséis y estaba en el colchón junto a Diana, y me tocaba explicarle de nuevo: «A veces tengo un sueño.
A veces sueño que te pierdo», pero era César, y yo lloraba y estaba temblando; y él se quedó conmigo, me acunó entre los brazos como a los niños, me meció hasta que me rendí.
Al amanecer del día siguiente, me desvelé bajo la sábana. César roncaba a mi lado, tan caliente y plácido que parecía recién hecho.
Yo me aparté lentamente para no despertarlo y salí del cuarto.
Me sorprendió la luz dorada en el pasillo, el sol que lo pulía todo, sobre el sofá y las fotos enmarcadas.
En una, Ángel y Juan Bayón parecían un hijo desdoblado, indistinguible.
En otra, Olivia mellada en el río. La abuela con cada una de nosotras sentada sobre una pierna.
Salí y fui hasta la alberca, que tenía el agua estancada y verde desde el último verano.
Me senté en el bordillo para acariciar el fantasma lejano de un primer beso, de una vida entera que yo había esparcido allí.
El cortijo era una tumba y por él paseaban otras versiones de nosotros: adolescentes huyendo del fracaso de La Penitencia.
Rebañando el metal de unos pinchitos morunos.
Cazando insectos y, con el aire que llegó desde el monte, me alcanzó ese ruido y el murmullo ensordecedor de voces antiguas, de gente que ya no estaba, que no volvería, y la que sí que estaba aún, pero yo era incapaz de mirar.
La copia de mi prima mirándome tras los cristales.
Cuando César apagó el cortacésped y terminó el desayuno, vino a verme en silencio a la valla de las vacas.
—Hay muy pocas —le comenté—. He contado tres.
—Ya… Se han ido yendo. Se empezaron a ir cuando comenzó todo.
—¿A dónde?
—Yo qué sé. Les abrirían la puerta.
—Eso no funciona así. Las vacas no se van porque les abras.
Encima de nosotros, brillando sobre mis pantalones en un reflejo arcoíris, vi lo que me pareció un agujero pequeño en nuestro cuadrado cúpula: la muesca de un balazo que se había disparado hacía siete años.
—Es amarilla como del sol —dijo César—. ¿No es amarilla?
A lo lejos, el cielo se encendía en medio del monte.
—Yo la veo roja.
Fuimos a visitar a Álvaro Alcalá esa tarde.
Su madre también estaba allí, desconfiada y atenta, oyéndonos hablar desde la mesa del jardín.
Álvaro se había acercado al cortijo por primera vez desde abril hacía tan solo dos semanas.
Para ese momento, llevaban un mes seguros, por la calma tras la cerca, de que los Bayón estábamos todos transformados o muertos.
En mayo, se había lanzado a la aventura con tal de robarnos los restos de comida.
Lo que pasó es que se encontró a César en pelotas limpiándose los mordiscos bajo la manguera del patio.
Álvaro seguía siendo, incluso entonces, un engreído solitario, la cara que le surgiría a un armario, al que le había crecido una barba en esos meses que lo consagraba como cavernícola. Nos recibió bebiendo un mejunje de bote de proteínas y rompió en llanto a los diez minutos.
—Y yo le dije en Navidades —sollozó— que ya se acabó y que así no voy a estar.
Que yo a Granada no me voy… Y además esa es otra, que todavía vive con Sofía.
Le dije: «Cristo, a mí me has hecho ya mucho daño».
Pero como esté muerto… Como esté muerto, yo no tengo perdón de Dios.
Y podríamos habernos ido a Granada. Él sabía que, si me lo pedía, yo le sigo.
Viéndolo así, deshecho y sonándose los mocos, sentí por primera vez el instinto de quererlo y a la vez la necesidad enorme de huir de su casa. «Quedamos los peores», pensé, mirándonos sentados allí a los tres, la mitad de cada pareja que menos sabía cómo tener esa conversación.
Cristo y Álvaro llevaban de idas y venidas desde los diecisiete, a veces por la distancia, a veces por una lucha tremenda contra ellos mismos; pero se lo habían montado para seguir gravitando el uno alrededor del otro todo ese tiempo, y esa era una dedicación que yo entendía.
—Cazalla está muerta —nos contó—. Los que se han librado se han ido como ratas, pa’lla pa’rriba a San Nicolás del Puerto… Y lo nuestro a la ruina. Qué vergüenza. Bajo con el Honda al pueblo y es un descampao prácticamente.
—¿Y no has visto la furgo de mi padre?
—Y yo qué sé. No me acerco yo a la gente, illa. Cojo cacharros del súper y me subo otra vez.
—Algo puedes ver. Te sabrás de memoria el Seat de mi tía Luisa.
—¿Qué me cuentas? —Álvaro me miró de repente, casi ofendido—. ¿Qué Seat ni qué leches? ¿Tú no me ves que yo ya estoy jodido con lo que me toca? La PeloPony… ¿Pa esto vienes? Mi padre tampoco ha vuelto, ¿sabes?
—Mira, Álvaro… —le contesté—. Relájate. Que jodidos estamos todos.
—No me compares. No me compares…
—¿Qué coño dices? ¿Qué?
—Cristo es guardia civil. ¿Qué vas a saber tú? Tu novia la estupenda estará en Alemania, a tomar por culo librándose. Tu novia está librándose de ti. No me compares.
Me puse en pie. Me fui hacia él y César se apresuró a agarrarme de la sudadera. Álvaro pareció descubrir entonces, al encenderme, que estábamos de verdad allí y no éramos parte de un decorado catártico suyo. Levantó las manos, indefenso.
—Hijo de puta… —mascullé.
—Vamos a calmarnos —mediaba César—. Laia, Laia, cálmate…
—¡Repítelo! ¿¡Tú te has sacado alguna vez la cabeza del culo!? ¡Está pasando en todas partes! ¿¡Sabes lo que estoy viviendo!? ¡Le ha pasado a mi familia! ¡No sé nada hace dos meses de Diana! ¡He perdido…! Suéltame… ¡Repite eso! ¡Atrévete y repítelo!
—Perdón, tía —balbuceó Álvaro—. Perdón. Me he fumado una china… Escúchame, estoy fumado, Laia.
—Hijo de puta… —jadeé y me fui de un portazo.
—¡Laia! ¡No te pires! ¡Perdona! ¡Vamos a hablar, Laia, que me he colado!
Tuve que respirar quince minutos en su jardín antes de volver a la casa y sentarme otra vez. No fui capaz de mirarle a la cara durante el resto de la visita.
César y él charlaron y su madre nos ofreció una lechuga fresca de su huerto familiar.
Yo se la rechacé y me fui sin despedirme, pero esa noche cenamos higos mezclados con su lechuga.
Supongo que César y Álvaro y yo (vaya tres patas para un banco) éramos ahora todo lo que nos quedaba en el mundo del mundo que había habido antes, y lo único que nos mantenía amarrados a ese mundo era que los otros dos también lo podían recordar.
Nos dio de su garaje un bidón de gasolina para cargar nuestro coche. Allí estaba su motillo, un cacharro ya inservible y disecado; una reliquia incalculable para mí, y tuve que contener el impulso de abrazarla.
—Solo se ve esa cosa en el cielo —dijo mientras fumaba en la ventana—.
Y nos podrían estar engañando, ¿no? Porque hasta ahora no ha pasao na.
Nadie se lo explica. Podría ser una cosa de la guerra con los chinos, ¿se me entiende?
Si nos estuvieran conquistando, nos enteraríamos ya con los chinos en la puerta.
César movió sus fichas del parchís y respondió:
—¿Y qué van a querer los chinos de mi Oli?
—Parra, despierta. Que la vamos a palmar.
—Ya lo veo…
—Si nos creemos todo, estamos cabritos. Están secuestrando personas con la máquina de la luz. ¿Y los marcianos te parece una cosa lógica?
—Nada me parece una cosa lógica…
Yo tiré los dados sobre el tablero.
—La luz no secuestra a gente —intervine—. La cúpula hace algo, pero no parece que tenga que ver con nadie.
—¿Y eso qué significa?
—Que eres un racista.
—Pues a ti te tenía yo que ver en un comunismo andaluz.
—Es como un insecticida, a lo mejor —propuso César, con la mirada puesta en las nubes—. Han llegado a una nueva casa… A lo mejor. Y nadie quiere encargarse de los bichos.
Esa noche llegaron los mosquitos.
Me quedé dormida con la luz de la habitación encendida mientras analizaba el cielo en los álbumes de fotos. No había rastro de la cúpula entonces, pero a la vez podía imaginarla dibujada en una línea blanca tras las nubes. Un punto rojo que manchaba la lente.
Me desperté con el zumbido en la oreja una hora después. Había una veintena de mosquitos picándome las piernas.