Capítulo 29. Laia
El año que cumplimos nueve y las plantas dejaron de ser lechugas, Olivia hizo una lista en una servilleta de todas las cosas que le daban miedo.
Yo la había convencido de esta ceremonia para que se deshiciera de su mal de ojo, que era un concepto que había aprendido y necesitaba utilizar lo antes posible.
A Oli le había vuelto a salir el bicho categórico, el herpes sobre el labio que arrastraba desde la cuna, y eso, concluimos, tenía que responder a alguna clase de maldición.
—Esto está mal —le dije después de leer la servilleta—. No se puede tener miedo de verdad por los ventiladores.
—Pero del techo, Lilia. Porque si se cae, te corta la cabeza.
—Tienen que ser cosas de verdad. Como la bruja Lola o el demonio Belcebú.
—Yo no conozco a esa gente…
—Pues la magia se puede enfadar.
—¡Pues si es peligrosísima la magia, pues me da miedo también! —Olivia bufó, frustrada, y le dio tres vueltas a la servilleta—. ¿Qué me quedo? Si no me puede dar miedo nada… ¿Cómo se escribe el Belcebú?
—Con uve doble porque es de los alemanes.
A Olivia le daba miedo la oscuridad. Las plantas con pinchos.
Los lunares con textura y las hormigas grandes y rojas.
El Ratón Vacilón (la segunda caída). Los petardos y el ojo viscoso que se descubre en los platos de pescado.
Si pasaba mucho tiempo sentada en el váter, la empezaba a atormentar la posibilidad de que le mordiera en el culo una culebra venenosa.
Oli contenía todo este temor por el mundo que plegamos dentro de una servilleta y tiramos juntas desde el puentecillo sobre el río.
—¿Y ya se va? —me preguntó, al terminar.
—Hasta que llegue a los confines.
—Pero se ha quedado ahí. Se ha quedado pegado en esa piedra.
—Es un ritual que se arrastra con el río, Oli. No se puede estar mirando. —Y ella me obedeció y cerró los ojos mientras yo la agarraba de los hombros quemados. Le hice con una mano la señal de la santa cruz—. Ya no vas a tener más guarrerías guarras.
—Amén.
—En una semana se va el mal.
—Amén —suspiró Olivia, como si acabase de deshacerse de un peso imposible.
Luego se tocó el herpes, que seguía intacto en su guarrería, y sonrió—.
Ay, Lilia… Que creo que se ha ido. ¡Ya ha funcionado!
Mira, se ha puesto duro. Mira, y ha pasado en un momento, es una sorpresa total.
¡Y no estoy llorando ni nada por las hormigas de mi chancla!
Si había algo más grande a los nueve que el miedo de Olivia, era su fe inquebrantable en que yo podía salvarla.
César le daba de desayunar cada mañana a las nueve.
Seguía un proceso meticuloso, para cuando llegué, madurado durante más de cincuenta desayunos: primero, bajaba el cortacésped desde la sombra del cobertizo.
Después lo encendía y lo dejaba rugiendo frente a la casa con la alberca de la tía Luisa.
Oli, encerrada dentro, aparecía tras la ventana con una fascinación imantada, una sed constante e instintiva de ruido.
Se quedaba pegada al cristal. Mientras, César rodeaba el jardín con la bandeja sobre la que llevaba el plato de tostadas.
Hacía esto tres veces al día con una paciencia tan grande que parecía mecanizada.
Había entrado en otro automatismo distinto y su ruido de cortacésped era alimentar algo, activarse para proveer, como un comedero automático para mascotas.
Llegaba a la puerta trasera y la abría con la llave, que de vieja estaba torcida y se atascaba en la cerradura.
Cuando dejaba el desayuno en el suelo, se erguía y la llamaba. Y luego cerraba de nuevo.
César untaba las tostadas que Oli se estrellaba contra la cara como si rellenase la tela de un lienzo: una capa gruesa de mantequilla. Dos capas de su mermelada de naranja amarga.
—Es mejor llamarla —me explicó—, cuando dejo la bandeja, por si se queda en la entrada esperando hasta la noche.
A veces no come, si se le descuadran las comidas…
Y se acumulan las bandejas, porque no las ve.
Bueno… Pero otras veces, con que entres ya se entera, y da igual si voy pisando huevos, ¿sabes? Porque… A veces me espera.
—¿Y cómo la llamas?
César me miró a los ojos como si no me entendiera.
—La llamo por su nombre.
Mi padre no había estado en el cortijo la noche que apareció la cúpula.
Había sido un evento silencioso, me contó César, y solitario, como todo en el campo.
El tío Ángel llevaba días sin dormir por el dolor de una migraña.
La tía Luisa declaró, la mañana que lo vio llorar, que le estaba dando al fin el esperado derrame; el derrame que se pronosticaba a sí misma cada día de su vida.
Se lo llevó en coche al pueblo al mediodía.
Por la noche, aún no habían vuelto y Olivia atacó a César con el mango de un cepillo.
Él regresaba del monte de cuidar las higueras y Oli solo se había quejado de tener la vista borrosa.
Me había escrito a mí, esa mañana: «Papá a lo mejor sí tiene gripe. ¿Las gafas me harían cara de melón?».
César sabía poco de lo que estaba pasando ahí fuera: que había una cúpula y a veces brillaba.
El comunicado nacional que se reproducía en la tele.
Se había quedado solo cincuenta días en un cortijo en medio del bosque, sin coche, sin cobertura, sin forma de pedir ayuda, y eso habría vuelto loco a cualquiera; pero Oli había elegido años atrás al chico que se dormía en clase de Historia.
No era muy avispado, le achacaba Luisa, y no había ido a la universidad.
Ese chico, que aceptaba el vómito de rebujito en la camiseta, la mantuvo viva y la llamó siempre por su nombre, porque nunca se planteó si Olivia ya había empezado a ser otra cosa.
—Tenemos placas solares que llevan al generador… —dijo mientras yo ojeaba las provisiones del cobertizo—. Las puso el Ángel hace dos veranos, pero mantienen poca cosa. Ya no molesta tampoco ducharse con la manguera… Ya llega la calor. Y es mejor, además, dejar la luz para el frigo…
Yo giré una lata de lentejas en mi mano.
—Esto es de la mili. Esto no es ni de papá, César. Es de cuando el abuelo se creía que nos iba a conquistar Marruecos.
—No saben a la mili ni nada.
—Están ardiendo. ¿Esto no ha criado algo?
—He gastado solo una a la semana. Por si acaso. Por no quedarnos sin… —murmuró él—. Pero saben a lentejas normales.
—¿Una a la semana? ¿Y qué estás comiendo?
Pestañeó, empanado, y luego señaló una caja grande de higos.
Observándola desde el capó, enmarcada tras el cristal de la ventana, Olivia parecía un maniquí de tienda, un muñeco de plástico pintarrajeado por un niño. Morado en la frente de estrellarse contra la puerta. Rojo en el herpes perenne de la boca.
Yo no podía mirarla más de cinco minutos sin que me invadiese una angustia que me hacía vomitar sobre la cuesta, que me despertaba hasta la urgencia de arrancar.
¿Dónde debía estar llevándola? ¿Qué podía hacer con ella que no fuese tenerla allí muriéndose de infecciones?
Los primeros días no dormí, vigilándola de cerca.
Los siguientes días no me atreví a mirarla; solo vi a César hacer su ritual de cortacésped y alimentación.
Olivia nunca creería (nunca habría creído) que ella había inventado el mundo para mí.
Estaba en mi cara y en mi vocabulario y en los bebés secretos de la sombra de mis rodillas.
Hemos heredado (habíamos) una maldición Bayón de hermanos gemelos: no podía imaginar un momento en el que yo me había movido y Olivia se había quedado quieta.
Pero Olivia estaba quieta mientras yo la miraba, sentada sobre el capó.
Olivia era la reproducción de cera de alguien a quien yo había perdido y no dejaba de perder continuamente.
—¿Le coges los pies? —me pidió César, cargándola a la bañera—. Si me dejas la toalla… Ahí, vale… Ya estoy. Ya te puedes ir…
—No me da asco. Me puedo quedar contigo.
—No es por asco, Laia.
—Me puedo quedar.
—No puedes estar vomitando toda la comida que te comes.
—No voy a… No vomito. No estoy vomitando ya.
—Vas a vomitar.
Cada tres días, César machacaba dos diazepanes y los metía en el desayuno de Oli. Entraba en la casa a limpiarla y le cambiaba la ropa cuando se desmayaba de no dormir. La encontrábamos desplomada junto a un radiador, bajo el efecto del sueño y el polvo de pastillas. Nunca cerraba los ojos.
Pasándole a César la crema para herpes, yo solo podía ver la ristra de arañazos secos sobre sus brazos, los colmillos de Olivia intentando asesinarlo a mordiscos. El cerebro me regalaba esa imagen cada vez que intentaba comer: piel tierna, hundida, sangre, sarro.
Pasados seis días, me desmayé yo de un bajón de tensión cambiando carbones de la barbacoa.
—Le di con el portátil —confesé, cuando César me forzó a cenar esa noche—.
Creo que no la maté, pero la cuestión es que estuve dispuesta.
Le reventé la cabeza, ¿no? Y es… mi madre.
A lo mejor la maté. —Tragué saliva, mirándome el hueso blanco de los nudillos.
Esa semana estaba segura de que lo había visto en la cocina: el cadáver de mi madre que nunca he encontrado—.
Sevilla está llena y son todos así. No corren, tampoco.
En las películas daban miedo, pero aquí cada día están…
más podridos. Aquí son… Lo que dan es pena.
¿Qué habría hecho Diana con su madre? O con quien sea. Diana no… No es capaz. No es capaz.
Contemplando el campo desde el porche, César meditó un rato su respuesta, que era más bien la pausa de serenidad que precedía a todas sus palabras.
—De chavales… —empezó—, yo pensaba que Diana era una profesora. Que venía a clases a darnos las prácticas de inglés.
Me froté las lágrimas, bufando una risa.
—Si te oyera… Odia que se lo digas. Tenía catorce.
—Pero es algo que pensé ya luego.
—¿Cuándo?
—Cuando se peló. Cuando pareció otra y durante un poco me confundí…
—Nunca pareció otra lo suficiente como para confundirse.