Aunque se acabe el mundo Capítulo 28. Laia
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Capítulo 28. Laia

La ropa en el armario de Diana seguía oliendo a Diana.

El cuarto de Diana, con la segunda cama que solía ser de Nico, parecía que iba a reinventarla frente a la mesa estudiando alguna asignatura insoportable.

Teoría de la Imagen. Derecho Constitucional II.

Durmiendo allí, soñé que Diana estaba sentada bajo la luz del flexo y que se volvía para decirme:

—Laia. Laia, nos tenemos que ir ya, mi vida.

Yo le decía:

—¿A ir a dónde?

—A abrirle la ventana a tu madre.

¿Cuánto de inquietante es encerrarse en el armario de alguien a asfixiarse entre una cortina de camisas de cuadros, de vestidos sin estrenar y capuchas de abrigos?

Diana olía a algo recién hecho, a colchón y humo de arroz, a viruta extraída de un sacapuntas.

Estar en el cuarto de Diana era como confirmar: efectivamente, Diana ha existido y, en consecuencia, tú estás volviéndote loca.

El lunes al amanecer escribí la nota en la otra cara del pósit. Guardé al gato en la mochila. Me marché en coche hacia el cortijo de Cazalla.

Era la decisión que había tomado al arrancar, pero no entonces, sino en el aparcamiento de mi madre, en el portal gritándole a Andrés Rey que era un verdadero hijo de puta: que Sevilla era un matadero y allí no me quedaba nada que no fuese esperar.

El foso del Rectorado, el punto de encuentro, aún no era el espacio que veía en mis sueños.

Este es un detalle importante sobre mí: no se me da bien esperar nada.

Mi novia, que huele a sacapuntas, dice que tiendo a precipitarme por las ventanas de los sitios.

Este es otro detalle: no me gustan los polideportivos vigilados por la policía.

David Mena, porque yo lo conocía bien, iba a agarrarme de la sudadera si me encontraba en su casa y asegurarse de no soltarme hasta que se cayese el cielo.

Pero los Bayón no crían gente a la que amamantan, no saben esperar a que se encarguen otros.

Era verano y el cinturón ardía y todo eso, desde siempre, me había conducido hacia Cazalla.

Atravesé el Guadalquivir por el puente de las Delicias. Pasé por la avenida junto a las casetas, el esqueleto de una Feria de Abril que siempre se celebraba a principios de mayo.

La portada estaba a medio construir y habían empezado a instalar la noria, que parecía un ojo destripado por el que salía el sol.

Eso era ahora Sevilla, una maqueta, y saliendo a la autopista, dejándola atrás, pensé que no existía una ciudad más irreconocible que la nuestra sin el ruido de la gente en la calle.

Pero sí que había ruido, aún quedaban murmullos: la de los autómatas que seguían, como moscas, el zumbido del motor del coche de mi madre.

En la guantera encontré una ensalada de discos.

Cogí el primero: Fito y Fitipaldis. El segundo: pirateado y vacío, un concierto de Mecano en los noventa.

Los metí y los saqué, mientras el Torto mordisqueaba los desechados en el asiento del copiloto.

El quinto, un flauteo soportable, me pareció una buena banda sonora.

— I'd rather be a forest than a street… Yes, I would… If I could…

Siguiente canción.

— Cecilia, you are breaking my heart! You are…!

—No, por Dios —mascullé y apagué la música de un golpe.

Había aprendido a conducir a los dieciocho por las salidas de esa misma carretera. La Algaba y luego hasta Cantillana, y ahí empezaba el camino al monte.

El otoño que mi padre me puso a trabajar con la furgoneta de la nave, decidió, en una de sus tacañeces, que entregaríamos las puertas en sus direcciones por uso de la gracia divina.

Era su época pre-Google Maps, en la que aún se empeñaba en gastarse dinero en un GPS, pero el último se le había derretido durante el verano sobre el salpicadero.

Juan Bayón, hecho del material opuesto a David Mena, se sentaba junto a su hija de dieciocho años a la que acababa de enseñar a arrancar y se dormía, confiado en que llegaríamos con vida, para entrenarme el instinto.

Así que esto me queda a mí: un conocimiento muscular de la sierra de Sevilla. Una brújula de supervivencia, como la que manejan los animales, los que viven en el monte, los que mueren en la carretera.

El pueblo de Cazalla seguía blanco y estático como un decorado.

El cortijo me recibió tras quince minutos y una docena de curvas de montaña.

La señal triangular, con la silueta negra en el centro de una vaca, lo confirmaba en el mundo como la bandera de un barco.

La puerta de la verja no tenía candado. Las piedras crujieron bajo las ruedas cuando cogí la rampa y descendí.

Aparqué en el hueco vacío entre las dos casas. Apagué el motor.

Cuando llegué a Cazalla, me recibió un viento templado y el silencio del bosque plagado de insectos.

No había nadie. Yo había esperado que la tía Luisa saliese de su casa con una escoba y el rostro poco sorprendido, a otra cosa, del tío Ángel.

Pero el cortijo estaba vacío, como una fotografía, y ninguna voz salió a recibirme.

Tuertón bajó de un salto a la tierra. Parecía fascinado y aterrado a la vez de que lo hubiese liberado en el campo de pronto.

—¿Papá? —llamé apoyada en el capó—. ¿Oli?

Silencio.

Me guardé las llaves, pero no cerré, y subí las escaleras que daban al porche.

Las macetas seguían en su sitio, ahogándose de agua de lluvia. La barbacoa contra la pared estaba llena de carbón mojado. Al empujar la puerta de la casa, me recibió el eco frío de los cántaros.

—¿Papá?

Silencio. Entré en el recibidor. La nevera, en la oscuridad de la cocina, emitía su traqueteo centenario. Había electricidad.

—¿Hola?

Claro que tenía un mal presentimiento, incluso antes de llegar a la cancela, pero la cabeza hace algo interesante cuando has perdido a tu madre: te asegura que, por un tiempo, no deberías perder nada más.

Durante esas semanas, había imaginado Cazalla como un espacio al que no podía llegar la cúpula, inalterable en su eterna infancia, que era lo que siempre había sido.

Mirándola entonces, en la oscuridad de la cocina, la cúpula parecía que iba a tragarse el monte entero.

«¿Por qué?», fue lo que pensé, como si el cielo hubiese decidido ser injusto conmigo.

¿Por qué mi familia se estaba escondiendo?

Una manta deshecha sobre el sofá. La chimenea olía a fuego todavía, o quizá me lo estaba imaginando.

La imagen de otra versión de esa casa se me superponía a lo que veía y era incapaz de enfrentarme a la diferencia, así que recorrí las habitaciones sin darme cuenta de cómo me crecía dentro el miedo: la habitación de mi padre.

El baño. El cuarto (mi cuarto con Diana) de las dos camas con la cómoda vieja.

La casa estaba vacía. Tenían que estar en la otra.

—¡Oli! —grité cuando salí al porche—. ¡Luisa! ¡Estoy aquí, soy Laia! ¡Olivia!

El gato había vuelto a meterse en el coche y me miraba desde el otro lado de la ventanilla. Sus ojos me siguieron, como diciéndome «¿Qué haces? Te van a matar», pero ese no era el mundo en el que la gente estaba matando.

—¡Oli!

Llamé al timbre de la casa de mis tíos. Silencio. Golpeé la puerta.

—¡Oli! —seguí diciendo, pero fue más bien un intento desesperado de volver a otro lugar; de que saliesen con confeti y me felicitasen el cumpleaños—.

¡Ábreme! —Forcé el picaporte con la mano.

Oí algo detrás. Un jarrón que se volcaba—.

¡Oli, te estoy oyendo! ¿Qué haces? ¡Esto no hace gracia!

¡Oli, ábreme! ¡Papá! ¡Tengo aquí aparcado el coche… ! ¡He traído el coche!

Algo tiró de mí.

Lo sentí primero como una presión al fondo del esternón, un rayo que caía del cielo y me maldecía.

Luego tuvo extremidades. Una mano me tapó la boca.

Me arrastró hacia atrás, y yo me revolví, y nos caímos frente a la casa pataleando el polvo.

Intenté golpear, por instinto, y empujar con los codos, pero el corazón desbocado me decía: «Te ha encontrado. Ha vuelto mamá».

Mordí la mano.

—¡Ah! —siseó, y no era mamá. Era una voz que me devolvió a la noche de la motillo y la escopeta. Nos empujamos y me atrapó los brazos, tratando de calmarme—. ¡Laia! ¡Laia, tranquila! ¡Laia, soy yo!

Jadeé, sin aire:

—César.

César Parra, con el pijama cubierto de tierra, me rodeó los hombros por la espalda y me inmovilizó en el suelo junto al coche.

El pelo castaño, liso, le llegaba ya a la camiseta y el bigote le tapaba el labio.

Pero era César, solo, y estaba allí, sano y salvo, y me abrazó contra su pecho como acunándome.

—No grites —me pidió en un susurro—. No grites.

Yo miré al frente y entonces la vi: la figura menuda que nos vigilaba entre las cortinas.

Las moscas le caminaban sobre la cara y rebañaban los restos de comida del mentón. Nos siguió, atenta, mientras retrocedíamos juntos. Durante un segundo, no la reconocí siquiera, porque tenía un gesto colectivo, inhumano, en el que había perdido la marca de los hoyuelos.

—No grites —repitió César—. Se estampa la cabeza. Se hace daño. No grites. No grites.

Eran al fin casi azules, bajo ese sol. Los ojos vacíos de mi prima Olivia.