Aunque se acabe el mundo Capítulo 30. Diana #4
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Capítulo 30. Diana #4

—¡Marsella es segura! ¡Hay un…! ¡Las cosas están volviendo!

—La luz no se va porque ya llega el final; el final de la cúpula o de nosotros—.

Hay radio y la canción es una señal de supervivientes.

Puede que estén a una semana de avisar, de arreglar los trenes.

Puede que la solución no sea lanzarse a…

—Diana. —Alma tomó aire, tratando de improvisar su paciencia—.

Llevamos un mes atrapadas en Francia. ¿Tú piensas que van a reparar el mundo para el amigo el inmigrante?

Diana: estás jugando a tu juego de lo seguro y tu miedo no me sirve de nada.

Hay doscientos coches ahí fuera. O rompemos una ventanilla y nos vamos a tomar por culo, ¡o das el móvil roto y nos vamos a España!

—El móvil da tono.

—¡El móvil está roto!

—¿¡Y si podemos hablar ahora, despedirnos ahora!? —estallé finalmente—. ¿¡Y si el móvil es España, Alma!?

Esa noche, mientras el autobús se llenaba de un calor encapsulado, yo calculé en mi cabeza si eras de Orange.

Había arreglado dos años atrás el rúter de Orange de tu madre, pero quizá tu móvil no era de Orange, y había un universo ahí fuera en el que eso era lo que nos seccionaba.

La decisión podría considerarse hasta estúpida y por supuesto que la tomé: a la mañana siguiente, cuando Jolie se levantó delirando por la fiebre, decidí que nos íbamos.

Los estaba condenando allí a todos ellos.

A Alma taponándose los oídos con servilletas y a Jolie incubando un cáncer entre canutos.

Agarré el volante del autobús y volvimos al chiringuito, y pagué el móvil un día después, en un extremo del muelle, subiéndome con Alma a la patera.

Supongo que todo este tiempo que he estado corriendo no he temido tanto morir, Laia; he dado por hecho, quiero decir, que moriría.

Mi miedo es no dejar nada atrás que pueda confirmarte que lo he intentado.

Una cámara llena de carreteras. Un teléfono que transporta mi voz y te dice: «Ya son las diez.

He cambiado de opinión: voy a ir a Sevilla para tu cumpleaños».

—Vuelve a Lyon —le ordené a Jolie la madrugada del viernes en la que nos despedimos junto a los barcos—. Prométemelo, que vas a ir a donde haga falta. A tu familia. A donde sea.

Ella se rio, abrazándome por primera y única vez.

—Bla, bla, bla. Vete ya. Quedamos en paz: te he robado unos euros.

—Prométeme que vas a sobrevivir.

—Qué estupenda.

—¿Cómo voy a saber que has sobrevivido?

— Aucuné ideé. ¿Cómo lo voy a saber yo? —respondió y me sonrió, brillante, desde su silla—. Bon voyage , Napoleón. Lo descubriremos en la siguiente gasolinera.

Había nubes de lluvia esa mañana y la marea mecía el muelle. El cielo auguraba algo, que era agua y más agua, y cuando nos sentamos en la lancha me golpeó la certeza de que sabía menos del mar que de lo que sea que nos miraba desde arriba.

—Es un buen tío —murmuró Alma, mirando la figura de Klaus de pie junto a la carretera—. ¿De dónde salió?

—Yo qué sé.

—¿A dónde va?

—Yo qué sé.

—Ya —suspiró—. Me lo tendría que haber tirado.

La lancha arrancó en un petardeo insoportable.

Éramos nueve en el colchón gris de la proa cuando nos alejamos para siempre del puerto de Marsella.

Nadie entendía español, o tampoco lo comprobé, porque no hablamos entre nosotros: el hombre robusto que dirigía la embarcación y su hijo, que guardó mi móvil en una bolsa; una mujer negra con una anciana y tres chicos desconocidos.

Nos observaban desde el extremo opuesto de la lancha como si en cualquier momento fuéramos a atacarles, o quizá esa es la forma en la que nos miramos todos ahora.

¿Hubiese cambiado algo si nos hubiésemos mirado diferente?

Lo que yo sé es que miré los muelles justo antes de que empequeñeciesen en el objetivo rayado de mi cámara de vídeo.

El borrón lejano de nuestro autobús verde, fosforescente, y dos figuras imposibles a las que ya no veríamos nunca más.

A veces siento que las he soñado. Thelma y Louise . Frankenstein y su monstruo . Dios, fumando, desde la máquina.

— Please, silence and don’t move —nos pidió el hijo del capitán—. No walk here, only when we say. Welcome, thank you.

Salimos del sur de Francia y nos internamos en el norte del vacío. El viento nos azotaba la cara con tanta fuerza que todo lo demás era difícil de ver.

La lancha cogió tracción rápido y hubiese jurado que íbamos a salir todos despedidos de ella, que rodaríamos sobre la cubierta y caeríamos en el reguero de espuma.

Pero cuando la anciana vomitó en su ropa, pálida del mareo, lo que salió de ella no se alejó de nosotros en doce horas.

Estábamos pegados a esa gravedad. Nos movíamos a la velocidad de la luz y no era cierto: eran solo sesenta kilómetros por hora.

Fue fácil, en la lancha, olvidarse de pronto de cosas esenciales como el fin del mundo. Todo parecía estar ocurriendo en un ahora amenazante. Luego atardeció y se hizo de noche. Para ese entonces ya nos habíamos olvidado de todo: solo existía el azote doloroso del frío.