Aunque se acabe el mundo Capítulo 25. Diana #2
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Capítulo 25. Diana #2

Los secuestrados del campo, que todavía estaban abandonando el comedor, entraron en pánico cuando oyeron el estruendo del accidente.

Luego comprobaron que la valla ya no estaba electrificada.

Se precipitaron a huir, o eso era lo que había ocurrido cuando yo salí.

Se habían derramado, como la apertura de una presa hidráulica, por el hueco abierto hacia la espesura del bosque.

Los militares no tuvieron tiempo de reaccionar.

Quiero decir, sí, claro que reaccionaron: apuntaron a la gente indefensa. Se precipitaron a perseguirlos, pero ya habían perdido el control, porque de pronto el campo se deshacía y la autoridad se les agotaba, y la gente corría y eran demasiados. No podían dispararnos a todos.

— Avertessiment d ’incendie! —gritaba la verdadera alarma—. Avertessiment d’incendie!

Me desplomé sobre las baldosas de una enfermería destruida.

Una fuerza más allá de mi control, garabateada en las instrucciones de mi cuerpo, desafió mi inteligencia entonces y me impulsó: gateé.

Me puse en pie y me corté la cara con la puerta acristalada.

Fui a por Alma. Tenía que llegar a Alma.

¿Dónde estaba Alma? Junto a las mancuernas.

Había que evitar que cometiera otro acto concreto de violencia: romperle la nariz a Álvaro. Sangrar. Morir.

El campo se había transformado en un concierto de gritos. El hospital ardía.

Lo noté cuando ya estaba fuera de él, porque durante un rato creí que el humo era algo que expulsaba mi cabeza. La gente corría bajo el cielo encapotado y había gente noqueada en el suelo, militares que me empujaron sin verme. Había llegado, al fin, el apocalipsis.

Yo volví cojeando hasta el comedor. Ya no había nadie allí, solo el alarido insoportable de la alarma.

El fuego empezó a extenderse hasta el cuartel y entré por las puertas mientras los soldados salían.

Me lancé al incendio, tragando más humo, y nadé en él buscando el calabozo.

Allí encontré un cuerpo fresco, reciente, tapado con una lona sobre una camilla.

La melena oscura y larga se vertía bajo el plástico.

El corazón me dio un vuelco («No»).

Se me doblaron las rodillas («No»).

—¡Diana!

Levanté la cabeza. Alma estaba agarrada a los barrotes de una celda, con la cara hinchada de habérsela roto contra el suelo. El cadáver del chico joven, el accidente que regó las ventanas de la furgoneta, se deslizó entre mis brazos y me devolvió una mirada vacía.

—¡Diana!

—Alma —jadeé, asimilándolo, y solo entonces entendí que me bailaba la vista. Estaba intoxicada. Alma, al fondo del pasillo, parecía una alucinación—. Alma…

—¡En la mesa! ¡Diana, escúchame! ¡Coge las llaves! ¿Me estás escuchando? ¡Mantente en pie por mí! ¡Las llaves de la mesa!

Volví hasta la salita que antecedía el calabozo.

Abrí los cajones y toqué las paredes hasta encontrarlas («Tienen que estar en los pantalones de Álvaro»).

Luego volví a internarme en la niebla negra hasta que Alma me agarró las muñecas, hasta que me ancló a la tierra de nuevo.

Mientras buscábamos la llave correcta, yo hubiese jurado que me mantenía pegada a ese momento como se mantiene un globo amarrado a un hilo.

Alma siempre me había querido así: con los puños preparados. Pasándome la pelota en baloncesto.

Cuando abrimos la puerta, me saltó a los brazos y me sacó a rastras por el pasillo, por la salita, hasta la ventana.

—Dios, mi puta madre… —sollozó, tosiendo saliva sobre el suelo.

Yo veía puntos blancos sobre mí nada más; las aristas, como estrellas, de los cuadros de la cúpula.

Estaba tirada sobre la tierra del campo y el aire era limpio otra vez.

Alma me intentaba contener la brecha en la cabeza—.

¿Qué has hecho? Diana. Diana, mírame. Mueve los ojos. Mi puta madre… ¿Qué está pasando?

—Estás viva —repetía yo, tocándole la cara—. Estás viva.

—¿De dónde sales?

—Hemos tumbado la valla. Klaus tenía la tijera y volvimos con…

—¡No, no, no! ¡Abre los ojos! Diana, te voy a partir la cara si hace falta. Diana, no te putoduermas, ¿me oyes?

—Tengo que —jadeé ronca— llevarle la chaqueta. A su hija.

—Tenemos que salir de aquí.

—La cámara de Laia…

—¡Eh! —oí, pero la boca de Alma no se había movido.

Una militar extraviada se acercó a nosotras entre los edificios.

No vi lo que pasó entonces, porque aún me estaban volviendo los sentidos al cuerpo: el olfato saturado de humo; el golpe en la cabeza; la fractura del tobillo.

Alma puso las manos en alto y la chica se nos acercó, también herida y perdida en medio de un desalojo, y luego oí el ruido de un forcejeo.

Un cuerpo que se desplomaba. Alguien tiró de mi mono gris y me sentó sobre el campo. Alma tenía ahora un rifle en las manos.

—¿Dónde está? —me ordenó, más que preguntarme—. ¿Dónde has dejado el coche?

—Ardiendo. No lo sé… No sé dónde fue Klaus…

—¿Dónde están tus cosas? —me cortó—. ¿Dónde las guardaste?

Alma me agarró del brazo y tiró de mí hacia la explanada de las carpas.

El cielo estaba escarlata, o eso parecía, con la mancha del fuego que se lo comía todo.

Las primeras habían empezado a arder, pero aún la novena se mantenía intacta, indiferente al caos en su interior.

Desde su oscuridad ya conocida, agazapados, nos observó una pareja de marroquíes temerosos.

Hurgamos bajo el colchón y la encontramos: mi chaqueta grande de Bartek, sucia ya, de nuevo, desde que la había lavado en una gasolinera.

La cámara sin tapa y mi móvil, otra cámara sin tapa. Alma les intentó avisar:

—¡Va a arder! —añadió, en árabe—: Alhaql kuluh yahtariq!

Pero ellos negaban, abrazándose:

— Astaghfirullah. Astaghfirullah.

Salimos corriendo de allí y nos apresuramos hacia el bosque.

Los militares salían en coches, abandonaban el cadáver del campo de refugiados a su incineración.

La hornacina del generador estaba destrozada.

El comedor y los árboles estaban siendo digeridos por las llamas.

Las puertas de la valla, donde antes aparcaban los furgones, estaban ahora abiertas y vacías, y la mayoría de los soldados que quedaban rondaban el agujero y cargaban cuerpos de detenidos.

Alma y yo corrimos hacia el extremo del granero.

Cuando apoyamos las botas en el alambre, un grupo de ellos nos vieron y comenzaron a venir.

Alma agarró el rifle y lo alzó, pero temblaba y no sabía cargarlo.

« Stop! », nos avisaron, « Stop! » y alguno, nervioso, apretó el gatillo.

Iban cargados de nuevo con dardos sedantes.

A mí me dolía el cuerpo entero, pensé entonces que habían escapado todos, para nuestra ironía, y nosotras seguíamos aún allí. La vista se me pixelaba.

En ese momento, como un rayo del cielo, se oyó el rugido y Alma tiró de mí, y nos caímos juntas al suelo. Cuando abrí los ojos, entre nosotras y los militares había un monstruo verde descomunal: un autobús de carretera de FlixBus.

— Espagnola! — me gritó Jolie, asomada a la puerta. Klaus ni nos miró, agarrado al volante—. ¡Feliz Navidad!

Alma soltó una carcajada nerviosa. Me aupó y luego corrió hacia las escaleras, agotada, y subió al autobús para escapar del campo.

Yo giré sobre mí misma antes de subirme.

El granero de madera, una estructura invisible, ya ardía en sus esquinas por las antorchas que antes habían sido árboles.

Di un paso hacia él y miré dentro: los ojos que esperaban a que alguien los recordara me miraron de vuelta.

El aire trajo consigo el olor a podrido, a cuerpos humanos.

Su vida, a punto de desaparecer, me revivió de un golpe las neuronas olfativas.

Era una peor imagen bajo la luz, Laia. Tenían los dientes arrancados, las costillas rotas, los dedos negros y partidos.

Busqué con la mirada la forma de ayudarlos, el candado que romper para abrirles las jaulas, pero, mientras el techo del granero se desprendía, entendí que morirían allí y que lo más piadoso que podía hacer ahora era permitírselo.

Que este era el mundo en el que se salvaban.

—¡Diana! —me gritaba Alma detrás—. ¡Diana, por favor! ¡Vámonos! ¡Diana, nos tenemos que ir!

Yo saqué la cámara de la chaqueta y la encendí.

Apunté a sus caras.