Aunque se acabe el mundo Capítulo 26
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Capítulo 26

El día que rompí con Inma en la habitación de la casa de su abuela, era domingo y habíamos ido juntas a misa de tarde.

Ella me pidió que grabase al coro de señoras con mi NIKON recién estrenada.

Le había avisado ya de que no cantaría, porque me lo impedía el nudo en la garganta.

También tuvo algo que ver que no cabía en el banquillo con las muletas y la escayola.

—Qué emoción este recuerdo —nos dijo el cura luego, cuando le enseñamos el vídeo—.

Hacedme el favor de pasármelo… Siempre se nos va alguien antes de la Cuaresma.

Cuando menos te lo esperas… O alguna se retira a cuidar al marido.

Es un regalo que el Señor nos haya regalado las cámaras.

No es broma, Inmaculada; sí, sí. Pues eso es lo bonito de las cámaras y el tiempo de ahora.

Las cámaras son el ojo del cielo que nos recuerda siempre con vida.

Mi cámara, entonces, era mucho más y mucho menos que eso: era un bulto en un cajón que intentaba ignorar. Un corazón que había guardado en la nevera porque había decidido estudiar Derecho.

El discurso con el que rompí con Inma sonó así:

—Por esto prefería no ir a misa, porque…

Pero hoy era el día que me podía acercar mi padre.

Y no quería tampoco que vinieras a casa, o sea, ni tampoco que pareciese que te he mentido en la misa…

—Al parecer, en clase solían elegirme a mí para dar discursos porque no se me trababa la lengua—.

Inma yo… Tenía que habértelo dicho. Por el teléfono de las Carmelitas, y no sabía cómo hacerlo y luego no he sabido cómo hacer nada.

Entiendo que después de esto no quieras saber de mí.

Pero para mí también eres mi amiga… —¿Estaba siendo cruel y fría queriendo redirigirla a una amistad?

—. Fue algo que pasó e intenté que no pasase, pero era Laia y es complicado.

Laia es… una persona muy importante. Pero no quería romper nuestra relación por teléfono y luego pasó. Y aquí estoy.

Inma me miraba, sentada en la cama, como se escucha a un profesor explicar ecuaciones: por encima de su atención absoluta había una capa gruesa, evidente, de que no entendía una información indispensable.

—Diana —me respondió. Yo me planteé en ese momento que iba a llorar y empecé a planificar las diferentes formas de consolarla con un pie escayolado—. Perdona, pero me he perdido, creo. Pero —y preguntó—: ¿qué relación?

Yo pestañeé, sentada en la silla de su escritorio.

—La nuestra.

—¿Cuál nuestra?

—¿Qué? —susurré—. ¿Cómo?

—¿Lo de…? O sea, nos vemos mucho.

—Nos vemos, sí. Desde hace medio año. Nos… Venimos aquí y, bueno…

—Pero ¿cuándo me has pedido salir?

Boqueé desorientada. Ella tomó la palabra cuando vio que yo no respondía.

—Diana, lo siento —dijo, y de pronto era Inma de los Santos la que me estaba dejando a mí—.

Yo, por mi situación, no puedo verme ahora en nada serio.

Yo empiezo el noviciado el año que viene, pero a lo mejor tú esto lo veías de otra manera.

A lo mejor no me he explicado, cuando me expliqué…

En ese caso, tengo que decirte que no estamos saliendo.

A veces conozco personas, pero soy sincera con mi situación, y he estado conociendo a más personas aparte de ti, también.

Pero la verdad que no muchas. Ahora entiendo por qué me llamabas al campamento…

Diana, perdón. Pero sé que algún día, en algún momento, harás muy feliz a otra persona.

En mi mente, mientras Inma hablaba, yo cogía asiento frente a una pantalla y veía ese momento en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla.

Era el corto ganador del concurso por el Desarrollo Sostenible y estaba formado de siete tomas en silencio, de dos personas que caminan juntas y no hablan, que se desnudan juntas y no se miran, y que al final descubren, en un giro premiado, que ni siquiera habían estado juntas.

—¿No eres mi novia? —musité perdida—. Y entonces… Entonces ¿qué es lo que estoy haciendo?

Inma malinterpretó mi crisis nihilista con una ruptura de corazón.

—Diana —me repitió, y me acarició la mano a modo de consuelo—. Para mí también eres mi amiga. Eres una buena persona, pero nadie puede competir, por muy bueno que sea, con el amor de Dios.

Salí de esa casa y corrí de vuelta al patio.

Esto, por supuesto, no fue así: tenía el tobillo roto.

Mi padre me hizo esperar en un banco mientras él terminaba su compra en El Jamón.

Pero dentro de mí yo ya había echado a correr; yo atravesaba la avenida de la Palmera como si hubiese alzado el vuelo, por el carril bici, sin mirar los semáforos, hasta la rotonda luminosa de la fuente.

Mientras mi padre guardaba las muletas en el maletero, yo habría jurado que estaba ya muy lejos de allí, llegando al porterillo y andando sobre el agua estanca de la piscina, para pulsar el timbre de la casa de Laia.

Ella me abría y no le daba tiempo a hablar antes de que la besara.

Le decía: «No te vas a creer lo que ha pasado.

Soy estúpida y nadie se ha dado nunca cuenta».

Pero lo que pasó fue que tenía el pie roto y mi padre me devolvió a casa cuando ya se hacía de noche. Llegué a su puerta, paralizada y ansiosa, y me abrió su madre cargando una caja.

—Hola —jadeé como si acabase de atravesar Sevilla en un esprint—. ¿Está Laia?

Ella miró mi cara y luego mi escayola, evaluándome.

—¿Ha pasado algo de la comunidad de vecinos?

—No. Soy Diana. Vivo enfrente, soy amiga de…

—Ah, Diana —asintió, aunque la madre de Laia contenía algo que Laia también había heredado: estaba en tres misiones distintas a la vez. Era hermética, transparente, pero inescrutable—. Perdona, me pillas despistada ahora con la mudanza. Diana la vecina… ¿Y qué pasa?

Mi atención se fue a otro sitio, a la caja que colocaba sobre el resto de las cajas con objetos embalados. Un tornillo dentro de mí se cayó y rodó sobre el suelo.

—¿Os mudáis?

Por un segundo, ella pareció desconcertada porque eso me importase, pero eso, quería decirle, lo era todo para mí: nuestro mundo meticulosamente cartografiado.

—Sí. Es una cosa de última hora… ¿No te ha dicho Laia? Nos vamos a un piso en el centro, por allí por la Puerta de la Carne. Laia no está aquí. Está en Cazalla con su padre, trabajando.

—¿Trabajando? —repetí, idiota—. ¿Se ha ido a trabajar?

—Sí. Bueno, se ha empeñado su padre cuando le ha contado lo de las notas.

—Ah.

—Cuando él se canse, ella ya verá lo que hace… Tú la ayudaste con las notas, ¿no? Bueno, Diana, te tengo que dejar. Está mi pareja ahí desmontando el sofá. ¿Te ayudo a bajar los escalones?

—¿Y cuándo vuelve?

—¿Quién?

—Laia. —Pero no aquí, a otro lugar. A un piso indefinido que contendrá otras Dianas—. ¿Cuándo vuelve de Cazalla de la Sierra?

—Pues a lo mejor para Navidades. Su padre quiere que se quede allí. Bueno, a ella siempre le ha gustado el campo.

La madre de Laia me ayudó a bajar las escaleras de su entrada y luego se despidió y cerró detrás de mí. Oí cómo trasteaban con el sofá, cómo plegaban el toldo a mi espalda. Solo me di cuenta de que llovía cuando Nico abrió la puerta y me llamó desde casa.

Las muletas se me clavaban como un ancla en la piel mojada sobre los codos.

En un mundo paralelo, Laia Bayón me respondía a un beso justo ahí, contra el alambre de la valla de la piscina.

Me decía: «¿Cómo hemos tardado tanto?», pero en ese mundo estaba lejos de nuevo, hasta Navidades, y volvíamos a pertenecer a hemisferios diferentes.

«La veré en clase», pensé, pero había acabado para siempre el instituto.

«La veré en el patio», pensé, pero pasaría a ser de otra gente, la ventana de sus padres que se veía desde la ventana de mi cocina.

Desbloqueé mi móvil con el pulgar y la llamé.

—Este teléfono está apagado o fuera de cobertura.

La llamé.

—Este teléfono está apagado o fuera de cobertura.

La llamé.

—Este teléfono está apagado o…