Capítulo 25. Diana
tobil l o . El quejido de la cicatriz. El fantasma de una roca del campo que me reconfiguró el hueso a los diecisiete.
El dolor solo volvía cuando me temblaban las piernas del pánico: parando el coche en el arcén de la autopista. En una turbulencia en el avión a Berlín. El día que operaron a mamá del quiste y tardó en despertarse de la anestesia. Digiriendo, bajo una bolsa, que quizá Alma ya estaba muerta.
El rugido de la furgoneta. La presencia silenciosa, invisible, de otros siete desconocidos siendo transportados en su propia oscuridad.
Los dientes me castañeaban, pero no hacía frío, y sentía que me convulsionaba a golpes el centro del abdomen. El aire de mis pulmones, que se escapaba por los agujeros, olía a sudor y a chaleco reflectante. A sangre en las ventanas.
Quería llorar, pero no podía pestañear siquiera.
La última vez que había llorado había sido tres años atrás, en una discusión con Emma por su actitud durante la semana de las vacaciones.
«Emma estará muerta», pensé. «Mamá estará muerta».
«Alma está muerta y pudriéndose junto a los surtidores».
«Laia —te dije en mi cabeza—, me duele otra vez.
Me está doliendo la fractura del tobillo».
Un bache ruidoso.
El temblor me decía que aún no habíamos llegado a carretera asfaltada.
Debían haber pasado diez minutos desde que habíamos abandonado el campo de Estrasburgo y yo me había hundido en esa parálisis.
Ahora solo tiritaba, solo peloteaba entre dos hombros sin cara en un asiento.
Nos llevaban como al ganado, con la cabeza cubierta, a otro lugar que nadie nos había dicho cuál era, pero ¿qué importaba?
Ni siquiera podía señalar de dónde veníamos.
Aún me perseguía la prisa, la prisa de una tarea que había dejado a mitad: «Tengo que abrir un hueco en la valla».
«Tengo que entregar el lunes la práctica de Realización».
— Brigade en route pour Haguenau —dijo una voz en el asiento del piloto—. Échange à Haguenau, me recevez?
Murmullo de estática. Alguien carraspeando, otro emitió un bostezo y el crujido metálico de la recolocación de un rifle. Música de CD .
«Tengo que limpiar la sangre de Alma».
— Reçu —respondió la radio—. Nous Transfert d’animaux pour test. Protocole.
— Oui, reçu.
Un pinchazo como una inyección en la base de las manos.
Tardé un rato en entender, porque me sentía embalsamada, que no podía ser una prolongación mágica del fantasma de mi tobillo.
Desperté del letargo y me asusté: alguien estaba presionando algo cortante contra la piel de mis muñecas.
¿Un cuchillo? No. Era torpe y más grande.
¿Alicates? El instrumento templado se movió contra mi piel.
Se coló entre ella y el plástico de la brida.
Mi respiración se aceleró bajo la bolsa, pero no hice un ruido.
El clac me reverberó en los nervios, pero fue imposible de oír tras el estruendo del motor.
El plástico cayó al asiento y me liberó. Pensé: unas tijeras de la cocina.
Klaus me subió de un tirón la bolsa de la cabeza.
El aire limpio me sorprendió de pronto y me descubrí absorbiéndolo, como si acabase de descubrir que me estaba ahogando.
La luz fue la peor parte, que era gris y azul tras los cristales tintados; la furgoneta militar se bamboleaba a nuestro alrededor, campo a través, camino de algún lugar en la frontera de Francia.
Klaus me acababa de liberar en silencio en medio de una cárcel móvil.
Había un rifle sobre el militar dormido en el asiento del copiloto.
Un rifle cargado en el salpicadero. Un rifle oculto en algún otro lugar, seguramente, y en ese momento habría jurado que me apuntaba a mí.
Nos miramos.
Klaus, para no variar, no dijo ni una sola palabra.
De repente, recordé lo único que yo sabía de ese hombre mudo y gigantesco: que respondía a un nombre que le había puesto alguien y que no era el suyo en realidad.
«Vas a hacer esto conmigo —pareció decirme, en un asentimiento—.
Vas a jugarte la vida, porque los perros descarriados no abandonamos a Jolie Lemaire».
Lo que sentí, sin embargo, fue miedo. Cuando me liberó los tobillos, aunque me avergüence reconocerlo; las piernas me pidieron que no. No estaba preparada. Para este momento y la violencia que requerirá a partir de aquí, para ser otra persona.
Miré las espaldas tras la celosía de metal que separaba a los militares del grupo de trasladados, los dos hombres uniformados que conducían la furgoneta. En varios futuros, los matábamos. En otros, moríamos.
«Tengo que volver a por Alma».
«Tengo que pedir en orientación el formulario de traslado».
«Tengo las extremidades de porexpán. Nunca he protagonizado nada. No choco los vasos en la mesa, no se sabe nada del día que nací».
— Cecilia —cantaba el CD —, you are breaking my heart! You are shaking my confidence daily!
Klaus se puso en pie. Fue con cuidado hasta la puerta trasera. Manoseó el cierre para abrirla mientras el conductor tarareaba. Me dirigió una última mirada y yo me bajé la bolsa sobre la cabeza.
Cuando abrió y se volvió a sentar en su sitio, cuando me llegó el viento y el ruido atronador de las ruedas, empecé un teatro en el que fingía que yo era tú.
Estábamos en el río y yo tenía las agallas para domar la sierra de Cazalla.
Lo que habría hecho mi novia en esa situación es remangarse el peto vaquero y girar este coche para volver a por Alma.
Tener la seguridad templada, serena, de que solo me mataría el final del mundo.
— C’est quoi ce bordel? —se quejó el conductor. Paró en seco, en una neblina de tierra—. C’ est ouvert. Hey! Wake up! Tu dois descendre.
El otro se espabiló, asustado.
— Das?
— Albert, connard. It’s open . Go out and close it.
— Verdammt…
Albert se bajó del asiento del copiloto.
Estaba confundido, tambaleándose de su siesta, y yo lo reconocería luego: era el chico que había entrado la noche de antes en la hornacina oscura del generador. Aún le pesaba la resaca de la raya de morfina y el murciélago, así que se acercó a las puertas sin mucho interés.
Ojeó el cierre. Nada se había roto.
Nos echó un vistazo, o eso imaginé por el silencio; que nos observaba como se analiza un gallinero lleno de gallinas, mientras a mí me latía la garganta bajo la bolsa.
Luego, cuando él agarró la puerta para encajarla, Klaus se deshizo de la suya y lo tumbó de una patada en el pecho.
— Putain! Le fusil! —gritó el piloto, saliendo—. Le fusil!
— Mein Gewehr! —gritó Albert, y luego, en inglés—: He’s free!
Klaus lo tiró sobre la tierra. Le rompió la boca.
— Fils de pute!
Los siete trasladados agacharon la cabeza al oír el primer disparo desde detrás de sus capuchas.
Ahogaron un grito, confundidos, y yo me quité la mía y salí.
Esa era mi señal. Me asomé a la furgoneta para ver dónde forcejeaban y salté para correr hacia la cabina por el lado contrario.
Me escondí bajo la ventanilla cuando reverberó el segundo tiro. El conductor ya había ido a por Klaus.
— Call for back up! —gritó alguien—. La radio, putain!
Abrí la puerta y llegué frente al volante. Era grande y desconocido, pero tenía aún las llaves puestas. Moví la palanca de cambios, como comprobándola. Encajé mis pies sobre la presión de los pedales.
Antes de arrancar, me descubrí a mí misma luchando estúpidamente con el cinturón: estaba en Múnich conduciendo un autobús de carretera.
Estaba en Cazalla siguiéndote con una Vespino.
Tú acelerabas por el monte oscuro y yo te seguía, Laia, como si me estuvieses enseñando a andar sobre el mundo.
Este es el mundo para el que me has preparado.
— La bagnole!
El motor rugió. Se oyeron gritos de confusión y otro estallido.
Yo pisé el pedal y giré el volante, esperando oír que los había atropellado y que eso me acompañaría toda la vida.
La furgoneta se precipitó hacia los árboles.
Marcha atrás. Retroceso. Media vuelta. Volqué mi cuerpo como equilibrando ambos lados de un balancín.
Albert, golpeado y ensangrentado, saltó y rodó para que no me lo llevara por delante, y nunca vi el cuerpo del otro, pero ya no gritó.
Apreté el pedal.
—¡Klaus! —lo llamé para que subiera—. ¡Klaus, ya, ya, ya!
Metí las marchas de forma automática. Klaus saltó dentro mientras las puertas traseras se bamboleaban por el viento.
El tal Albert corrió detrás, una mancha tras la tierra amarilla, pero era tarde para él.
La furgoneta se precipitó en sentido contrario, saltando sobre los pedruscos.
Los pobres esposados detrás se chocaron y cayeron.
Klaus fue liberándoles los tobillos y las caras, pero les dejó atadas las muñecas para que no nos impidieran volver al campo.
En el otro asiento, a mi lado, aún brillaba un rifle y el cristal frente a mí estaba plagado de moscas.
Yo solo me movía bajo los efectos del vértigo: el subibaja de El Lametón.
El robo de una motillo. Era una canción que ya conocía y reorganizaba en mi cabeza, y en la radio de la furgoneta sonaba así:
— Oh, Cecilia, I’m down on my knees! I’m begging you please to come home!
Atravesamos la valla del campo a ciento cincuenta kilómetros hora.
No puedo explicar aún lo que pasó ese día.
Lo cubre una calima roja, una contusión contra el salpicadero. Hicimos el prometido agujero, supongo. La tumbamos y el alambre crujió bajo las ruedas, y seguí acelerando hasta el hospital, hasta que mi adrenalina se acordó de que tenía que frenar yo.
Nos estrellamos.
Rompimos la puerta automática y arramplamos con la primera consulta.
Cuando me espabilé sobre el volante, con la frente sangrándome y los ojos nublados, se oía una alarma a lo lejos. Empezó a rodearnos un trote militar. Tosiendo, me escondí en el hueco de los pedales, pero no era una alarma, Laia. Eran las voces de más de trescientos refugiados.