Capítulo 24. Diana #7
—No voy a mentirle a Inma —la corté—. Yo también estaba ahí. Yo soy la persona que se lo debía a otra persona. Y también te debo… ¿Qué dices? No he sabido ni cómo mirarte a la cara. Pensaba que estabas enfadada, pensaba que…
—¡Dios, Diana! —exclamó de pronto—. ¡Enfádate! ¡Enfádate conmigo!
Se hizo un silencio de un segundo entonces, mientras a Laia le bailaba la respiración en los labios. Los ojos le brillaban por mi falta de ira, de algo que había aprendido a esperar, entendí, de otra voz.
—¿No te das cuenta? —dijo—. Todo lo que hago…
¡Todo lo que he hecho mal este año he acabado haciéndotelo a ti!
Me he cargado lo que tenemos y lo he convertido en…
Mario ha… ¡Enfádate! —me ordenó, y me empujó el pecho—.
¡He sido una egoísta contigo! Mi vida es…
Pues a lo mejor no sé quién soy. Me dijiste que soy fácil de querer, el día del Rectorado, pero la verdad es que soy…
No sé cómo tener cerca a nadie. Te doy pena porque estoy sola de verdad, Diana.
No sé qué voy a hacer en un mes cuando todos estéis empezando la carrera y ya me quede atrás, en un arbusto para siempre, y te he…
Te voy a perder por esto. Y me importas tanto, infinito más que esto, Diana.
Diana —musitó—, eres mi única amiga. —Le asomaron lágrimas en las esquinas de los ojos y se las rebañó abochornada—.
Dios, y eso sí que ha dado pena. No… Perdón.
No, no me consueles. Perdón… —Yo le agarré la cara igualmente y le limpié el llanto con los pulgares—. Por favor, para.
—Laia.
—Está Oli también. O sea, pero eso es como contar en la lista a tu abuela…
—Laia.
—Y sí, y me… Y quería besarte. —Se rio, como si fuese una broma de mal gusto—.
Porque eres como… Alguna clase de profeta, ¿qué le hago?
Caes continuamente frente a mí de algún lado del cielo.
Estás hecha de crema para el sol, como de…
churro de porexpán. ¿Cómo se puede…? ¿Cómo no iba a quererlo?
—Cayó de pronto en lo que estaba diciendo y retrocedió.
Se limpió con la mano—. Pero es algo… que me parece bien como sea.
O sea, estar contigo, ser tu amiga. Y no quiero perderte y ayer pensé que ibas a…
Y yo también quiero ser para ti eso, ¿vale? Algo bueno, un churro o algo que…
Paralizada de culpa (incapaz de desafiar la culpa, tampoco entonces, para besarla), solté las mejillas de Laia y la abracé contra mi pecho.
Pegué mi boca a su pelo. Cerré los ojos con fuerza, desesperada.
Ella no supo dónde colocar las manos y las dejó quietas entre nosotras, al final de mi camiseta, un tirón que me hundía en la tierra.
—Laia —le pedí—. Por favor. —Y tuvo que sonar a una súplica muy rara—. Déjame hablarlo con Inma. No vas a perderme, no estoy enfadada, ¿cómo voy a estarlo? Tú eres… Eres Laia Bayón. Yo no sé caer del cielo en ningún otro sitio.
Laia apretó su frente contra mí. No nos movimos, por miedo a no saber qué pasaría si nos mirábamos.
Mi cuerpo y su cuerpo se convirtieron en un solo peso en la balanza del mundo, en un extremo de una roca en la sierra de Cazalla; y de repente la roca, como había estado avisando, se ladeó un poco y cedió.
Una nunca espera, de todas formas, que una roca de cien kilos sea capaz de girar sobre sí misma y echar a andar por el campo.
La roca rodó.
Perdió el punto de apoyo, como el mecanismo de balanza de un tiovivo, y lo primero que sentí fue que me caía sobre Laia.
Para cuando quisimos reaccionar, estábamos estrellándonos en el barro caliente y nos habíamos raspado con las zarzas, e intenté agarrarme a un tronco para evitar el descenso, pero no lo conseguí.
La piedra bajó la ladera y se estrelló en un salpicón contra el río. Laia llegó más tarde y su cuerpo se enredó entre las ramas de un matorral. Yo acabé tumbada en la ribera, con un dolor punzante, un pulso ácido, latiéndome en el pie.
—¡Diana! —la oí gritar. Cuando levanté la cabeza, me estaba apartando el pelo de la cara. Se había raspado la frente, pero me miraba como si el desastre solo me hubiese ocurrido a mí—. ¿Estás bien? Dios, ¿qué ha…? ¿Cómo se cae una puta roca?
—Estando coja, la roca…
—¿Estás bien? ¿Estás bien?
—Creo que… —Me intenté poner en pie, pero el tobillo se quejó—. Mierda. Me he hecho algo.
—¿El qué?
—Un esguince. Quizá un esguince.
—¿Lo puedes apoyar?
—Es… Está complicado. ¿Estamos lejos del cortijo? ¿Dónde estamos?
Laia me miró a los ojos con sus ojos enormes de gato callejero: no tenía ni la más remota idea de dónde estábamos. Contemplamos nuestro alrededor, el bosque tremendo y desconocido, que de repente parecía habérsenos puesto en contra. Ella se puso en pie y lo evaluó.
—Vale —dijo, cuando volvió de pasearse hasta lo alto—. Se tiene que volver a donde sea si seguimos el curso del río.
—¿Cómo? Pero ¿yendo por el río?
—El río es el río. Pasa al lado del cortijo y tenemos que llegar.
—¿Qué? Yo no sé si puedo… Va a anochecer y hay piedras, Laia.
—No puedo subirte a pulso al monte.
—¿No podemos avisar y que vengan? ¿No podemos llamar? —pregunté, pero mientras sacaba el móvil ya lo había recordado: en Cazalla apenas había cobertura.
Cuando volví a mirarla, Laia se estaba remangando los pantalones del peto.
Se subió la tela vaquera hasta lo alto de las rodillas y quise preguntarle qué estaba haciendo.
Le sangraba una herida en la pierna, pero solo se quejó por el agua helada.
Esta la empapó hasta la cintura, pero ella se puso de cuclillas para que le llegase a los hombros.
—Venga —me ordenó, decidida—. Súbete.
Yo, media cabeza más alta, coja y perdida al final de la cuesta, tardé en reaccionar.
—¿Qué?
Laia me llevó a caballito por el río hasta que vimos sobre la ladera las luces del porche del cortijo.
Fue una travesía de cuarenta minutos en la que nos anocheció y el agua pasó de un brillo a un murmullo, a un conjunto de obstáculos que solo palpábamos.
El cosquilleo de los peces en la piel. La vegetación pegajosa y húmeda que también nos palpaba.
Laia no paró más de tres veces a coger aire e incluso ahí no se quedó quieta: subió la cuesta para otear el horizonte.
Si no nos hubiese llevado a casa, habría conseguido descubrir otra.
No puedo olvidar esa tarde ahora. No sé cómo lo hizo con las rodillas dobladas, los zapatos de ambas al cuello como dos alforjas.
Laia Bayón parecía haber nacido preparada justo para eso, para las cosas de verdad, y aunque le dije que podía andar con ella, se negó y me llevó a la espalda.
Yo tenía que pesar más de la mitad de una estantería incluso en el agua, más que un pedrusco que sería muy buena idea tirar al río en el corto del Desarrollo.
—No puedes dejar que se ponga peor —me dijo—. Te lo tienen que ver. —Mi tobillo hinchado e inútil que había durado solo una caída—. Porque se te puede romper y es un peligro. Agárrate. Te estás cayendo.
—Esto es un peligro.
—Agárrate bien de una vez.
—Te me puedes romper tú.
Laia sonrió y yo le vi el perfil iluminado por el último rayo del sol, veinte minutos antes de que nos desplomásemos juntas sobre la hierba.
La tía Luisa y César me llevaron al cortijo en volandas.
El médico me diría, ya en Sevilla, que me había roto un trozo de fíbula.
Pero esa tarde que no olvido, subida a su espalda con los sentidos saturados, Laia me rescató del río como una avispa perdida en el agua.
—Yo voy a durarte —me respondió—, por lo menos hasta el fin del mundo.
Una b o lsa en la ca b eza y un pi n chazo en e l