Capítulo 24. Diana #6
—¿Cuál es mi premio? —preguntó, y fue entonces cuando me di cuenta de dónde estaba colocada yo (frente a Laia) y de dónde estaba Laia (arrinconada contra el bordillo de una piscina).
Entenderlo pareció romper o comenzar alguna clase de hechizo. Sus hombros bajo mis muñecas. Su aliento acelerado enfriando mis clavículas. Nos paralizamos un segundo y existió el instante en el que pudimos apartarnos, pero no ocurrió. Nos miramos como en la feria, de los ojos a la boca.
De pronto, sentí sus manos tirar de mi cintura.
—Laia.
Laia se mordió los labios y me acercó. Yo respiré hondo, existiendo dos segundos antes y dos segundos después de cada movimiento.
—¿Qué?
—Laia —le supliqué, mientras me cedían los párpados—. No me hagas esto…
No sé quién besó a quién.
Su boca encontró mi boca.
Había imaginado tantas veces ese momento y en ninguna de ellas estábamos allí, contra el borde áspero y frío de la alberca.
Laia separó los labios y sabían a agua limpia y a chicle de menta; a algo tierno y resbaladizo y autoritario.
Noté su mano subir hasta mi mentón. Me abrió la boca y mi lengua trazó un camino desde su piercing del labio hasta su lengua.
Había imaginado esto: que si ocurría sería dulce, un beso de juego de la botella, un descubrimiento primerizo.
Cuando ocurrió, fue casi con prisa, la explosión de algo embotellado.
Su piel contra mi piel, y manos, y dientes, y mi cuerpo agarrando su cuerpo y subiéndola de un impulso a mi cintura.
Laia me rodeó con las piernas. Yo pegué su espalda a los azulejos con una urgencia que no reconocía, que no tenía nada que ver con lo que yo sabía del hambre.
Si eso era besar, era la primera vez que besaba nunca.
Me latía en el estómago una nueva carrera: la boca de Laia.
El ruido que le salía de la garganta y chocaba con el ruido de la piscina.
Los dedos de Laia bajando al cierre de mi sujetador.
Sin verla, entendí entonces; sin ojos, podría haber adivinado siempre que estaba besándola a ella. Supongo que fue eso, que no podía ser otra, lo que en algún momento me paró. El recuerdo de la inacción. El silencio de Inma. Estaba engañando a Inma, y la culpa, la culpa, la cul…
—No —jadeé de repente, y me separé. Mi voz salió extraña, temblorosa. Qué arrepentimiento estúpido, cuando ya estaba todo hecho—. Laia, no… —fue lo que dije—. No puedo. Esto… No puedo. Perdón.
Las manos de Laia retrocedieron.
Durante un segundo, nos quedamos así, con mis brazos de nuevo a ambos lados de su cabeza. Miré el agua y sus hombros por no mirarla a ella, por no ceder o no hacer real que había sucedido. Laia respiró hondo y luego preguntó:
—¿Quieres…? —Carraspeó, pequeña—. ¿Te traigo una toalla y la ropa de…?
—No, voy a… No hace falta.
—Salgo y te traigo una toalla.
—No hace falta.
La cabeza de Laia se hundió frente a mi cuerpo y luego apareció junto a las escaleras de la piscina. Se ató el bañador y se colocó sus Nike, todavía chorreando. Volvió al rato y me dejó una toalla delante, doblada, seca, sobre el bordillo.
Laia se fue en silencio y yo me quedé en la alberca contemplando el agua.
La segunda mañana después del escopetazo, Álvaro Alcalá, el hijo de los vecinos, apareció en el cortijo para explicarle a Alma la práctica histórica de las «pajas de chavales».
Venía con un discurso, y me hizo escucharlo a mí también, sobre la Antigua Roma y la estimulación de la testosterona mediante rituales masturbatorios. Esto, según él, era cultura del hombre, un acto de virilidad que las mujeres no comprendíamos.
Álvaro no volvió a intercambiar palabra con Cristo el resto de días que nos quedaban allí, que tampoco fueron muchos. Se mirarían de lejos, con una ira indescifrable, que vagaba entre la frustración, la aversión y el anhelo.
—Mira, chaparrón —le respondió Alma—, aún te la vas a llevar. ¿Qué coño quieres? ¿Tú te crees que yo voy a ir a tus colegas de Constantina a chivarles como la gran cosa que te ponen los tíos? Mira: si te ponen los tíos, fenomenal. Si te ponen, lo entiendo, y ya somos dos con dos desgracias.
Mientras hacíamos la ronda de vigilancia frente a la puerta de Olivia, Alma me ofreció por primera vez un cigarro, que le rechacé, y luego hizo algo menos predecible y me trajo un Aquarius de la despensa.
—Tengo fatiga.
—Tendrás que beber —me argumentó—. Tía, ha pasado lo que ha pasado. ¿De qué te sirve la tortura?
—Yo qué sé…
—Ya ha pasado.
—Yo nunca… —murmuré saboreando mis náuseas—. No sé ni cómo lo he hecho. No dejo de pensar en cómo será cuando se lo diga.
—Le dices: «Estoy a otra cosa». «Era verano y llevamos un mes». —«Llevamos cinco», la corregí, y Alma chasqueó la lengua y se pasó una mano por el pelo—. Diana, no es que haya sido esto una cosa ilógica con una prima de alguien. O quizá es una prima de alguien, coño… La cuestión es que la quieres.
—Eso es una idea que dices tú.
—¿No la quieres? —preguntó ella casi riéndose.
Yo pensé que responderle a eso, que ya estaba respondido, era un aumento secreto e imperdonable de mi traición. En su lugar, le rebatí:
—¿Y qué justifica eso? ¿Qué quita eso de hacerle daño a Inma?
—Que eso es lo único que te importará dentro de cinco años. —Éramos incapaces de imaginar lo que importaría ahora—. Porque creo que ocurre algo asqueroso aquí y es que os estáis queriendo todos… Y a mí sí que se me está quedando cara de prima.
De repente, se abrió la puerta de la habitación y Olivia salió con el pelo rubio enredado. Alma y yo nos incorporamos, expectantes, mientras ella cerraba y negaba en silencio: había fallecido el enfermo del hospital.
—¿No va a pasar?
—No va a pasar —dijo acalorada—. Yo ya iba, ya le había perdido el susto y… Bueno. Ha tenido un accidente.
—¿Fuera o dentro?
—A la mitad. En el pellejito.
Laia se acercó a mí esa tarde.
Habíamos dormido a una cama de distancia la noche anterior, tan cerca que podíamos oírnos no dormir, pero nos habíamos estado obviando de forma casi coreografiada.
Ella salía y yo entraba. No podíamos darnos más espacio en un cuarto lleno de vergüenza y maletas por cerrar.
Apareció en la ventana cuando yo recogía mis pijamas del armario y me preguntó:
—¿Podemos hablar?
Yo la miré por primera vez desde antes de besarla.
—Sí.
Laia echó a andar al monte y la seguí unos pasos por detrás, cuesta abajo.
Aunque no lo dijo, entendí la parte en la que primero teníamos que buscar cierta soledad a una distancia prudencial del cortijo.
Pasamos el terreno vallado de las vacas.
Llegamos a las higueras bajas del tío Ángel.
Pensé que pararía allí, que nos frenaríamos como la noche que cayó la tormenta, pero conforme Laia andaba y andaba, el paseo se convirtió en un peregrinaje y entonces entendí, quizá tarde, que estaba huyendo de mí.
Laia había venido a buscarme, pero huir al monte era lo único que había ensayado.
—Oye —la llamé precavida—. Laia, escucha, ¿no estamos muy lejos?
—¡No, qué va! —me respondió—. ¡Es que es un sitio que yo me sé! Es… ¡Estamos ya aquí al lado! ¡Es un sitio que…!
—¿Tan lejos?
—¡Es un sitio!
Laia dedicó veinte minutos de camino a fingir que buscaba un sitio mientras buscaba las palabras y luego paró en seco en cualquier lado. Miró alrededor, nerviosa, buscando algo en donde sentarnos. Encontró una roca grande en la bajada al río y se instaló en ella.
—Aquí es.
—¿Aquí? —Me senté al otro lado y la roca entera bailó—. No sé si es… Parece que está coja.
—No, así son todas las rocas. Es una sensación de roca.
—Vale —asentí, tragando saliva—. Vale.
Nos quedamos frente a frente, contemplando el bosque y el moreno de la piel de nuestras manos. Hacía un calor insoportable, pero ambas evitamos quitarnos las camisetas, como si nos hubiésemos desplazado a una roca a tener una reunión formal.
—Diana, yo…
—Perdón por…
Nos interrumpimos y nos callamos. Entonces, por fin, sonreímos un poco.
—¿Puedo empezar yo?
—Empieza tú.
—Porque creo que… —siguió Laia—. Porque si no lo saco ya, creo que voy a tirarme al río.
—No te tires al río. Por favor.
—Diana —empezó ella, y abrió y cerró la boca tres veces antes de concluir—: Genial.
No sé empezar tampoco. Señor mío, qué bochorno…
Qué inútil; no, porque te juro que venía con la copla y lo he pensado; no, no, espera.
No me cortes, dame un segundo. —Y tomó aire hasta el fondo de los pulmones.
Yo pensé que ahí estaba el momento: la decepción que me merecía y con la que me echaría en cara que no le había hablado, que no la había mirado siquiera, después de besarla contra el bordillo.
Pero, en su lugar, dijo—: Inma no tiene que enterarse.
Diana, yo no… No se lo digas a Inma. Esto puede no haber pasado.
Pestañeé, sin reacciones. Laia siguió su discurso en un atropello:
—Porque creo que es bueno e importante lo que tienes con Inma, y es mi culpa, lo que ha pasado. Y no lo sabe nadie más. Y yo te comprometí, Diana, vale; es mi culpa que…
—Laia —dije confundida.
—Pero creo que es alguien con quien eres feliz, y sé cómo eres, y no quería fastidiártelo. No quiero que… Para mí, lo que quiero…
—Laia —volví a decir más alto para que frenara—. ¿Qué dices? Ayer no… Eso no ha sido así.
Laia sacudió la cabeza.
—Diana —insistió—. Te he mareado.
—Eso no ha sido así.
—Venga, ¿y cómo ha sido? ¿Y nos hacemos las gilipollas?
—No es una cosa tuya. Es… No es algo que hayas hecho solo tú .
—Me pediste que parara —me recordó—. Te he arrastrado a robar una moto, por Dios… Te he dado pena todo el verano. Te doy pena desde siempre y me lo toleras, y aquí te tengo ahora por esto.
Fruncí el ceño, patidifusa.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que lo que siento por ti es pena?
—Diana, joder… —Laia chasqueó la lengua y se frotó los ojos—. No jodas eso. Lo que tienes en Sevilla… Lo que tienes con Inma…