Capítulo 24. Diana #5
Y, de repente, se oyó la reverberación de un estallido. Yo levanté la cabeza y fui la primera que lo vi, viniendo como una sombra desde el lateral del establo: el dueño de las vacas, cargado con una escopeta de caza. Era un hombre robusto, vestido con pantalón de pijama, y pegó otro tiro al cielo.
—¡Fuera de aquí! —bramó—. ¡Fuera de mi finca, panda niñatos!
Echamos a volar como una bandada de palomas.
Nos empujamos entre nosotros, espantados, y miramos alrededor como buscando una puerta de emergencia.
Lo que había en su lugar era un campo enorme y oscuro, y en medio de ese caos Alma consiguió encasquetar alguna patada.
A Oli se le saltaron las lágrimas. Laia me cogió la mano y tiró de mí.
Me subió al galope por la cuesta de tierra.
Corrimos todos, tropezándonos con las piedras, y huimos hacia el norte hasta que alcanzamos los escalones del cortijo. Cristo se metió en la otra casa y César desapareció toda la noche y lo encontramos por la mañana durmiendo frente a la barbacoa.
La mano de Laia me llevó hasta el salto que requería subirse a una ventana.
Empujamos los cristales y entramos en el cuarto, y cerramos detrás como si nos persiguiera una guerra. Durante un segundo, nos miramos sin aire sobre la cama. Luego nos surgió una risa nerviosa, inevitable, que tuvimos que dejar de contagiarnos para no despertar a su padre.
—Diana. —Los ojos le brillaban, dilatados, por la impresión—. ¿Qué ha sido esto?
—Se me ha caído el móvil.
—Diana: Cristóbal Capirote. Madre mía… ¿Qué me dices? ¿Se habrán muerto por ahí o algo?
Me tumbé en el colchón. Sentía el pulso latiéndome desbocado en el pecho y una adrenalina que identifiqué que era prestada, que pertenecía a la vida de otra persona.
Habíamos arruinado la fiesta. Me dolía un raspón de tierra en el codo.
Me sentía pletórica y grande, como si el mundo estuviera escuchando; el mundo parecía mío bajo el chute caliente de la valentía.
Eso debía ser lo que se sentía al ser Laia Bayón.
Laia giró la cabeza sobre la cama y me enseñó algo.
—¿A dónde te llevo?
Me costó enfocarlas durante un momento: las llaves plateadas, brillantes, de la Vespino de Álvaro Alcalá.
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Cuándo…?
—Cuando nos hemos jugado el pescuezo. ¿Te parece poca cosa?
—Te va a matar. Mañana se va a dar cuenta y se lo huele.
—Pero mañana estarán puestas en su moto. —Laia sonrió y zarandeó las llaves sobre mi cabeza—. ¿A dónde te llevo, gorda?
Eran las cuatro de la madrugada cuando salimos al campo a robar la motillo.
El garaje de Álvaro seguía abierto después del final abrupto de la reunión y la alarma de robos estaba apagada.
Yo estaba llena de una euforia irreverente, del empuje de una niña que acaba de aprender un insulto.
Laia no tenía que convencerme de nada. Esa noche, podría haberme llevado a donde ella quisiera.
Había pasado el verano tratando de recuperar una versión de Laia que ella decía que había perdido y, por el camino, Laia parecía haberme recuperado a mí de algún lado; de una inmovilidad congénita, que volvería a mí la siguiente mañana, pero que entonces se sintió como un error.
De algo que nunca repetiría llamándola demasiado tarde desde Wurzburgo.
—Agárrame —me ordenó cuando ya habíamos arrastrado la moto hasta la carretera—. Diana, estás tiesa. ¡Si esto ya lo hemos hecho! No cabes detrás porque estás tiesa.
—Estoy tiesa porque no quepo.
—Agárrame.
—Nos vamos a matar. No tenemos ni casco. No se puede ir sin casco.
—Diana, ¿alguna vez has visto tú que yo me caiga?
—Doscientas veces.
—Pues eso es lo importante. Que aquí sigo.
Laia arrancó la moto y no sé aún por qué le confiamos nuestra vida. Éramos adolescentes, supongo. La vida tenía menos valor que el precio de ese momento.
El motor se encendió con el ruido de una caja de petardos.
Las ruedas nos propulsaron y luego frenaron, y nos movimos al unísono en un balanceo inestable.
Pero Laia arrancó la moto y su pelo me cubrió la cara cuando llegó el viento, cuando me subió el cosquilleo de la velocidad por dentro y tuve que recogérselo bajo la visera de la gorra.
Era una noche reluciente y solo se veía lo que ocurría en el cielo. Los árboles se habían fundido para ser la sombra de la luz de las estrellas.
Laia quizá derrapó y quizá en algún momento nos calamos y tuvimos que empezar otra vez.
No sabíamos si tendríamos la gasolina suficiente.
Confiamos en que la moto funcionase con aceite de girasol.
Podríamos habernos quedado tiradas en medio de la madrugada haciendo autostop, no sé si me explico; pero lo que ocurrió fue que llegamos a la nave de las puertas y yo lo acepté como una obviedad: no podría haber pasado de otra manera.
Sí que había una bicicleta pequeña, un fósil de metales, atada a un poste detrás de la valla.
—¿Cómo va?
—¡Va! —me respondió Laia, pletórica, mientras daba vueltas en ella y se le atascaban los pedales—. ¡No tiene luz ni nada, pero tú echas faro y yo te sigo! Dios, ¿oyes la cadena? Tocotró, tocotró … ¡Si cambio de marcha, esto se descuajaringa!
—¿Cómo que echo faro?
—Que iluminas con la moto.
—Laia. —La miré aterrada—. No voy a llevar yo la moto por la carretera.
—¿Y vas a llevar la bici? ¿O llevas la bici en brazos en un centímetro de moto?
—Prefiero llevar la bici.
—Pero no vas a llevar la bici, porque no tiene freno y yo mando en mi campo.
Volví al cortijo conduciendo una moto sin carné.
Hubiese sido el acto más intrépido de mi vida si no la hubiese llevado tan lento, pegada a la pared, que Laia se cansó de ir detrás y me adelantó, aunque no viese sin los faros.
Me acabó guiando ella a mí, más de media hora de curvas y curvas bordeando el contorno de los montes, y a veces apretó la velocidad para obligarme a acelerar.
Laia se quitó la camiseta y se la ató a la cintura sin soltar los pedales.
Llegó al cortijo a mitad de asfixia y ni con eso la convencí de que no hiciese un derrape por la cuesta.
Era un animal deslumbrante y testarudo, ¿cómo iba a acabar Mario con eso?
, pienso ahora. ¿Cómo va a acabar con eso el final del mundo?
Yo temblé todo el trayecto, aunque no nos cruzásemos con ningún coche, y temblé mientras apagaba el motor, y temblé mientras devolvía la moto al garaje.
Laia hizo un caballito sobre la rueda trasera, en la oscuridad del porche. Solo entonces, como programado para ese momento, la bicicleta pleistocénica cedió con un crujido y se desarticuló.
—Dios, Laia, ¿estás bien? ¿Estás bien?
—Joder…
—¿Estás bien?
Esa fue la media hora de vida de la prometida bici de la nave de las puertas.
Laia se cayó de culo a las baldosas y se incorporó como pudo, con el manillar en una mano. Iba a amanecer en menos de una hora y el cielo se estaba tiñendo de celeste. Nos miramos y, cuando creí que nos disgustaríamos, de pronto apretamos la boca y nos echamos a reír.
Fuimos a la alberca junto a la casa de Olivia a deshacernos del sudor en la ducha.
El agua densa, un pozo que reflejaba el cielo, estaba templada cuando nos sentamos a meter los pies. Mientras me humedecía la nuca y los brazos, Laia se deshizo de sus pantalones y se lanzó con una voltereta a la piscina.
—Me debes una carrera de natación —dijo.
—¿Qué dices? ¿Qué te voy a deber?
—Que hay que desempatar las carreras.
—No hay empate. Las gané yo todas. Laia… —Sacudí la pierna cuando intentó tirarme vestida—. Laia, que no tengo el bañador.
—¿Esta es la famosa heredera de Inés Aplauso? ¿El almacén de Peta-Zetas?
Me quité la camiseta y me dejé los pantalones. La alberca me recibió con un golpe frío y otro caliente, con el olor a cloro y a musgo, todo mezclado. Era casi cuadrada. Podíamos atravesarla ambas en cinco brazadas bien hechas.
Laia se pegó a la pared y la vi prepararse con una competitividad que ya conocía, que le había manchado la cara de cera a los nueve años. Cuando hicimos la primera ida y vuelta, casi se estrelló contra el bordillo. Pero le gané.
—¡No es justo! —se quejó—. ¡Tengo agujetas! ¡Eres una tía mucho más larga!
—¿No que era solo un cuarto de cabeza?
—¡Eres un churro a motor! ¡Vas embalada! Otra vez —sentenció, recuperando el aire—. Dame un segundo, que tengo flato.
Hicimos otra carrera. Laia perdió de nuevo.
Su problema consistía en que no se paraba a respirar: se peleaba a golpes con el agua hasta que esta le ganaba la pelea.
Al tercer fracaso, se desató la parte de arriba del bikini y declaró que le había amañado la victoria.
Se la quitó y la lanzó sobre la escalera, y ahora pienso, sabiendo lo que ocurrió, que fue un acto tan premeditado como de inocencia.
Que sabía lo que estaba haciendo conmigo. Que solo hacía lo que sabía hacer.
A la cuarta carrera, salimos del agua al mismo tiempo y se declaró empate. Nunca le reconocí que había sido por eso, porque estaba moviéndome en diagonal para esquivar su desnudez.
—La última —me exigió—. El desempate final.
—Te he ganado cuatro.
—Desempate final y esto lo decide todo en el mundo.
Hundí la cara en el agua. Me impulsé con los pies sobre los azulejos.
Con los ojos cerrados, el universo era una nada negra y estrepitosa: estallidos y burbujas.
La presión de una ola en lo alto del cráneo.
Cogí aire y di la vuelta cuando alcancé el otro extremo.
Cinco brazadas, una, dos, cuatro, cinco y me lancé a ciegas a por el bordillo y lo atrapé con ambas manos.
Cuando levanté la cabeza, Laia estaba frente a mí. No le quedaba oxígeno en los pulmones y era más alta que la urbanización entera.
—He ganado.
Yo le sonreí, sin aire. Me ardían los oídos y el bosque detrás giraba.
—Vale —jadeé—. Vale. Uno a cuatro.
—No, porque esta era la que valía. Si te das cuenta, esto es ganar del todo porque es quitarte el puesto a ti.
—Eres alucinante. Me has tirado de una pierna.
—Te lo inventas.
—Me has estafado.