Aunque se acabe el mundo Capítulo 24. Diana #4
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Capítulo 24. Diana #4

Álvaro cerró las habitaciones y lo vimos pulular de un lado para otro riñendo a los graciosos que tocaban las estanterías. Un chico preparó una cachimba en la mesita de café junto a la chimenea y César se la fumó sobre la madera, manchándose de ceniza negra el culo del bañador.

—Pues me voy a quedar aquí… —me dijo con su lentitud pacífica—. En Cazalla. ¿Qué te parece? No ahora, pero… Puede ser. Voy a aprender del campo en la recogida de la aceituna. Y Oli quiere ser profesora en el pueblo… ¿Tú qué opinas?

—Que tienes a una madre bastante en contra.

—Ya, ya… —murmuró—. Yo también lo he notado…

Cristo abrió la manguera del jardín y empezó a regar a la gente.

Álvaro fue el único que le rio el chiste, pero un grupo de chicas tomó la decisión en ese momento de que lo mejor era marcharse a su casa.

La fiesta había derivado a un amodorramiento, a un movimiento constante pero lánguido de extremidades, cuando Laia me bajó a su altura rodeándome los hombros.

—He encontrado el cuarto, que es en el otro piso, en el piso de arriba, y escucha: súbete tú primero y nadie se entera.

—No —intenté pedirle—. No.

—Si es buscar un llavero. Tú me cubres nada más.

—Laia, esto está petado. Estamos robándole en su propia casa.

—¿Te achantas ahora? ¿En el mejor verano de mi vida?

Diez minutos más tarde, me vi mirando el pasillo oscuro del segundo piso.

Dentro del cuarto de Álvaro, Laia abría y cerraba cajones mientras buscaba las llaves de la moto.

Una chica subió, creyendo que allí había otro baño, y se quedó a hacer cola a mi lado hasta que mi mirada pareció asustarla.

Nada más se fue, abrí la puerta y entré a la oscuridad.

—¡Van a subir! —le susurré.

—¡Mira el pasillo! —me susurró Laia de vuelta.

—¡Estás tardando! ¡Estás desordenando todo y quizá aquí no están!

—¡Estaba ya desordenado!

—Dios mío, Laia, deja que… —mascullé, y me tropecé con unas mancuernas cuando intenté llegar hasta el escritorio. Laia abrió una mochila de gimnasio y hurgamos en su interior—. ¿Has mirado en los pantalones?

—¡He mirado en todo! ¡Hay hasta bolas de pelusa con pelos! Hay un ecosistema en una lata de Monster…

—Tiene que estar en los pantalones —insistí, y me incorporé para ir hacia el armario, pero de repente se acercaron las voces.

Alguien subía por las escaleras. Se estaba riendo de algo y el ruido de sus chanclas era un latigazo inconfundible de plástico: Álvaro Alcalá venía hacia su habitación.

Laia y yo nos miramos. Entramos en un pánico inútil y silencioso.

Palpamos la oscuridad de la habitación y ella intentó abrir una ventana atascada.

Yo empecé a sacar los abrigos del fondo del armario, pero eran una masa negra, infinita, inagotable.

Cuando la mano de Álvaro giró el pomo de la puerta, Laia tiró de mí y me arrastró al hueco bajo la cama de matrimonio.

El envés del somier se desveló entonces como un almacén de zapatos y casas de Playmobil.

Las empujamos para caber a manotazos y un golpe contra una pata me hizo sisear de dolor.

Laia se colocó sobre mí para taparme la boca, así que esta fue la situación: había abierto los ojos y tenía a Laia Bayón encima.

La fiesta vibraba bajo mi espalda, a través del suelo; su pelo, que de apenas rojo había pasado a apenas rosa, era una cascada que bloqueaba la luz y me hacía cosquillas en la frente. Su respiración me golpeaba los labios.

—Entra, entra… —oímos decir a Álvaro muy borracho—. Echamos el pestillo… ¿Quién va a subir? Cierra, dale…

El clic de la puerta y el chasquido de un beso. La cara nos cambió al instante: Álvaro había subido con Alma.

—Espera, que tengo hecho un nudo… —dijo él, y entendimos que se desnudaban—. Espera… Qué asco este bañador.

Las sombras de cuatro pies se acercaron a los bajos de la cama. Alguien se sentó sobre el colchón y este golpeó a Laia en la coronilla. Ella apretó la nariz contra mi cuello, y eso lo habría ocupado todo, si yo no hubiese estado pensando que iba a tener que oír a Álvaro montándoselo con Alma.

—¿Tenemos que usar condón? Por si se pega… Yo qué sé.

—¿Cómo se va a pegar? —dijo Alma con una voz que me sonó ronca, impropia.

—Yo qué sé. Si no otra rápida y ya está…

—Pero si dijiste que esta noche. Venga ya… Álvaro, hermano… —¿Hermano?—. ¿Qué se va a pegar? Es una cosa rara de la orina. Es una cosa que va por otro lado.

Giramos las cabezas a la vez: la persona en la cama no era Alma.

Álvaro estaba besando a Cristo.

—No me jodas —jadeó Laia.

Le tapé la boca de vuelta, pero fue tarde. Los tobillos se volvieron. De pronto, uno de ellos se fue a comprobar la ventana y el otro se puso en pie y removió las sábanas de la cama.

—¿Quién está ahí? —exclamó Álvaro—. ¿Quién coño está?

Laia y yo nos miramos y, antes de que encendiesen la luz y nos pillasen, ella tomó otra de sus decisiones por impulso: se me quitó de encima y se puso en pie con los brazos en alto.

—Perdón. Soy yo solo. Perdón.

—¿¡La puta PeloPony!?

—¡Coño! —gritó Cristo, buscando algo con lo que cubrirse—. ¡Coño! Pero ¿y tú qué haces ahí metida?

—He subido un rato —improvisó ella—, a mi… A buscar aquí un cargador.

—¡Esto estaba vetado! —la riñó Álvaro fuera de sí—. ¡Esta es mi habitación y te vas a tomar por el culo! ¡Estás como una puta cabra! ¡No te arreo porque eres una niña!

—¡A ver, te me vas bajando dos tonos! ¡Te me bajas que tampoco quiero hablar del pitorreo que os traéis, que si se entera Alma os mata!

—¿¡Cómo!? ¿¡Me estás amenazando!?

—Layita… —balbuceaba Cristo—. Vamos a ver. Me estaba dejando un bañador. Tú te estás equivocando y también tú entiendes lo que quieres…

—¿¡Tú me estás amenazando, tía!? ¿¡Y qué cojones me importa a mí Alma!?

Un golpe en la puerta. El giro de la manilla.

—Álvaro. —Alma estaba llamando a la habitación—. ¿Vas a bajar? Te estoy oyendo, ¿qué gritas? ¡Álvaro!

Los tres se sobresaltaron y corretearon los unos contra los otros. Álvaro se apresuró a intentar despacharla tartamudeando disculpas contra el pestillo. Laia buscó un hueco al fondo del armario mientras Cristo lloriqueaba buscando sus calzoncillos.

—Voy a abrir —susurró Álvaro—. Voy a abrir. Se está catando.

—¿Qué me cuentas? ¡Que estoy en pelotas!

—Sabe que me las traigo.

—¡Álvaro, que te juro que nos mata!

Cristo sacó a Laia de un empujón y se metió en el armario cuando Álvaro ya abría. Ella se desplomó sobre las mancuernas del suelo.

—Holaaa —lo oí canturrear, mientras Alma entraba.

—¿A ti qué te pasa? ¿A quién tienes aquí…? ¿Laia?

—Holaaa.

—Estábamos —explicó Álvaro—, charlando un poco na más, gorda.

—¿Charlando de qué? Álvaro, ¿estás aquí en paquete con una tía? —Alma tardó un instante en encenderse. La rabia le burbujeó hasta la nariz y pegó el primer empujón—. Me cago en todo, ¡y que la tienes tiesa!

—No, no, que es un cargador…

—Pero, bueno, ¿yo me chupo el dedo? ¿Aquí qué está pasando?

—¡Gorda, cálmate! ¡Calma, calma…!

—¡No es eso! —gritó Laia—. ¡Alma, escucha!

Una fuerza más allá de mi control, garabateada en las instrucciones de mi cuerpo, desafió mi inteligencia entonces: salí de debajo de la cama y atrapé a Alma por la cintura.

—¡Alma, no!

—¿Diana?

—¡Pero…! —jadeó Álvaro, consternado—. ¿¡Y esta otra dónde estaba metida!?

La puerta del armario cedió. Cristo cayó sobre los abrigos, sin aire y completamente desnudo, y se cubrió la cabeza con las manos.

—¡Era una paja nada más! ¡Era una paja compartida de chavales!

La fiesta cazallera se acabó. Los invitados fueron devueltos a sus pueblos y el altavoz de bluetooth regresó en un maletero a Constantina.

Media hora más tarde, estábamos los siete tras la valla de las vacas mientras Cristóbal Conde se colocaba una rebeca de primera comunión.

Este castigo, apodado por las primas como La Penitencia, fue lo único que convenció a Alma de no recurrir esa noche al doble homicidio.

Aún pasarían años hasta que Alma descubriese, en un giro de rodilla, la fórmula aritmética para la torsión testicular, pero empezó a calcularla entonces.

Sin mucha ceremonia, salimos en tropa hacia el cortijo y luego bajamos con la rebeca por la cuesta.

Álvaro había exigido que la ceremonia fuese privada, en la oscuridad del monte.

Habíamos tenido que espabilar a César y Oli, que se habían dormido de nuevo contra una pared y los ojos se les cerraban del sueño.

Furiosa, humillada, todavía aturullada y borracha de rebujito, Alma obligó a los chicos a ponerse en paredón y observó cómo Cristo aguantaba la tortura.

—¿Ya?

—Ya mis cojones. ¿Cuánto le queda?

Yo miré mi móvil.

—Diez minutos y treinta y cinco.

—¿Cómo que diez minutos? —se quejó Cristo—. Alma, carajota, por Dios, por lo que más quieras. Que me está saliendo una soriasis mala.

—Y siete te tendrían que salir. Y nueve, por Judas.

Cuando le tocó el turno a Álvaro, este serpenteó mientras intentaba subirse la rebeca por el brazo.

Iba aún en calzoncillos y, del shock , la erección le volvía y se le iba a cada rato, una sangre desorientada.

Pero por más que intentó encajarse en el trapo, la tarea se certificó como imposible de cualquier manera: Álvaro era enorme y la rebeca no aguantó el tirón entre sus omóplatos. Se rajó en dos.

Olivia, que dejó de pronto de estar sonámbula, corrió a por ella.

—¡La Penitencia! ¡La Penitencia de la abuela de toda la vida!

—¡Ea, se acabó! —dijo Alma—. ¡Me lío a hostias! ¡Aquí no se ha cumplido nada y yo me lío!

—¡Alma! —la paré yo—. ¡Alma, no!

—¡Quítate! ¡Quítate, que reviento! —Lanzó un gancho al aire y este le dio en la cara a César—. ¡Maricardos!

—¡Alma! —grité—. ¡Que haces daño!

—¡Alma! —gritó Laia—. ¡Homofobia, no!

—¡Como me hayáis pegado la infección de orina…!

—¡Que eso no se pega! —se defendió Cristo—. ¡Que eso es por otro agujero!

—¡Illa, que estás loca de la puta cabeza! —dijo Álvaro—. ¡Que fue una paja de chavales de las que nos hacemos!