Capítulo 24. Diana #3
—¿Anoche cuándo? Por ahí. Yo es que bebí… Diana se acordará mejor.
—Qué va —respondí—. O sea, de poco. Del lametón.
—¿Del lametón? —preguntó Laia.
—La atracción de la feria. El cacharrito.
—Claro, eso. El Lametón.
Alma evaluó en silencio el clima de la mesa y tomó un sorbo de su café.
—Mejor me voy a ir —declaró—, a ver si se os pasa de una vez esta mierda de resaca.
Algo estaba pasando con Laia Bayón.
Primero fue una bicicleta, un ansia temeraria de tierra prometida. Luego fue un ladeo de cabeza. Una mirada atenta desde la silla de enfrente.
Estaba en la forma en la que comenzó a colocar su cuerpo cuando se paseaba en bikini y pantalón, como cubriéndose y siendo consciente a la vez de lo que enseñaba; como inclinándose hasta que yo lo viera.
Una mano en la pierna. Una petición inusual para que le echase crema para el sol.
Si algo sabía yo de Laia era que no se había echado crema en la vida.
Se humedecía los labios lento (¿lo había hecho siempre?) mientras me escuchaba hablar.
Se colaba en mi cama, pero rehuía del evento antes natural de dormir juntas.
Eso puso el foco en el evento, en su significado, en lo que podía desencadenar si pasaba.
A mí me ardían las manos mientras le extendía la crema sobre la curva de la cintura.
La siguiente vez que bajamos a la feria, pegó la espalda a mi cuerpo al bailar. Midió su mano contra mi mano y yo fingí que no estaba funcionando conmigo lo que tampoco había funcionado con Álvaro.
—¿Qué dices? ¡Jura! ¡Pero si antes eran iguales! Si tampoco eres tan alta.
—Te saco una cabeza.
—Ponte recta, ponte. —Se estiró frente a mí de puntillas—. Eso no es nada. Tienes dedos largos de electricista profesional.
—¿Y eso qué significa? ¿Eso es algo malo?
—No sé —me respondió—. ¿Los aprovechas?
Algo estaba pasando con Laia Bayón.
No era algo nuevo, pero era más obvio. Era incandescente y pesado como una ola de calor.
Parecía un desafío y de pronto estaba convencida de que me lo estaba imaginando: era solo un efecto del rebujito.
Era la amistad que había malinterpretado el verano pasado en la noche de la botella.
La tarde que nos tocó el turno de vigilancia en la puerta, me preguntó:
—¿Fue decepcionante también con una tía?
Todos los días de ese verano, de cuatro y media a cinco de la tarde, el grupo entero hicimos turnos por parejas frente a la puerta de Oli para que ella y César pudiesen magrearse.
Nos alternábamos para sentarnos en el pasillo y avisar con los nudillos si rondaba la tía Luisa.
César y Oli, que tardarían en perder la virginidad otro año completo, nos aseguraban cada noche que a la siguiente sesión ya era, que una tarde más y lo conseguían, como si estuviesen finiquitando un trabajo grupal o esperando en un hospital a que alguien se muriese.
—¿Fue decepcionante con un tío?
—Te he preguntado yo. —Laia sonrió empujándome con sus deportivas—. A ver, no es como en los anuncios de colonia. Le pillas el punto y todo eso, pero Oli va a odiarlo.
—Al final te oirán.
—Pues que me oigan. Que arranquen ya y que chuten. —Golpeó la puerta con el puño. De dentro nos llegó un murmullo de «¡No abras! ¡No abras, Lilia!» y el movimiento de unas sábanas mezcladas con pasos—. Madre mía… Yo no sé cómo lo aguantan.
—¿Que se lo estropees?
—Alargarlo. No quitárselo de encima. Hacerlo y ya, ¿no? ¿Qué más da? Es peor así, con los vigilantes de la playa de la tía Luisa. Tendrían que irse al campo, que no te ve nadie en la cuesta que baja al río. —Me vio alzar las cejas—. ¿Qué? ¿Y qué va a pasar, Diana?
—No te voy a dar una charla sobre genitales y la cuesta llena de hormigas.
—Se está estupendamente. Solo te estoy dando un dato.
La idea de una Laia que descubría esa cuesta el mismo verano que yo esperaba mi primer beso me subió por la columna como una vergüenza secreta. Había hecho tal ridículo en el universo alternativo en el que me besaba a mí.
—No fue decepcionante —le contesté—. Bueno, me hubiese gustado… Qué sé yo. Yo quería que ocurriera más poco a poco. Lo había imaginado de otra manera, que creo que eso es lo que pasa siempre. Pero cuando pasó, Inma pensaba…
—O sea, que fue con Inma.
La sonrisa se me ensanchó.
—Eso sí te ha resultado decepcionante.
—Qué va. Idiota. ¿Qué problema hay? ¿Qué pensaba Inma?
—Que yo era muy leída del tema y sabía lo que tenía que hacer.
Laia miró nuestras piernas enredadas y se humedeció de nuevo los labios.
—Es que tienes cara. Quiero decir, que te pasa esto… Que no te imagino empezando algo —«que te imagino»— y descubriendo de pronto que no se te da bien.
Algo estaba pasando con Laia Bayón.
Algo estaba pasando con Laia Bayón.
—Oye —me dijo Alma en el porche—. ¿Tú eres consciente de que Laia Bayón quiere contigo?
Yo alcé la mirada de mi libro mientras ella se liaba el cigarro. Durante un segundo, me invadió un pánico estúpido que me hizo cerrar de golpe la ventana que tenía más cerca.
—¿Qué dices, Alma? —la reñí susurrando—. ¿Cómo gritas esto? ¿Esto es por lo de ayer? Somos muy amigas.
—Y tú crees que no se ve cuando Laia está intentando llevarse a alguien pa lo oscuro.
—No está pasando eso.
—Anoche en la feria por poco te muerde.
—Ha pasado un mal año —le expliqué— y está bebiendo. En la feria bebe, que ella no es de beber. Está… Necesita apoyo y yo estoy aquí, Alma. Somos muy amigas.
—¿Y yo de muy amiga te piensas que no te conozco? Estás graciosa últimamente. Yo solo te aviso de que se te viene. Yo solo te digo que lo iría dejando con la Virgen María.
Esa conversación despertó algo en mí finalmente: ¿qué estaba haciendo?
¿Por qué seguía en una relación con Inma de los Santos?
Los últimos cinco meses, una secuencia de equivocaciones y conformidades, se sintieron de pronto como un malentendido.
Supongo que en el fondo había estado esperando a que se deshiciese solo, a que hubiese un motivo grande y definitivo que nos impulsara hacia la ruptura.
Así había entendido que ocurría: un desencuentro, que llevaba a una conversación, pero Inma y yo ni siquiera conversábamos; evitábamos el silencio como si hubiéramos coincidido en un ascensor.
Inma y yo reconcentrábamos un tipo de pasividad que solo se aprende en la iglesia o en la familia.
Habíamos estirado lo nuestro como una goma entre los dedos y, cuanto más retrocedía, más miedo me daba que soltarla escociera, pero Alma me instauró entonces en el cuerpo un miedo mayor: que un día me despertase con Laia Bayón encima y no pudiese evitar abrir la boca para ser yo la que le lamiese los dedos.
—Hola, soy Diana —le dije al teléfono—. Llamo por Inma, ¿se puede poner?
—Hola, niña. Pues la verdad que estamos todas con lío tras la gincana… ¡A ver si te llama ella luego, porque yo ahora no la ubico!
Pasó un día.
—Hola, soy Diana. ¿Puedo hablar con Inmaculada?
—¿Con Inma? Si se han ido hoy todas de piragua, están acampando hasta el lunes donde el arroyito.
Pasaron dos días.
—Hola —murmuré agotada—. ¿Está Inma para hablar?
—¡Inma! —la llamaron—. ¿Dónde está Inma? ¡Llama a las sores del comedor! ¡Pues que la está llamando su amiga! Niña, perdona: la Inma se nos ha perdido.
La llamé cinco días seguidos y no hubo manera alguna de dar con ella.
Tampoco sabía bien qué iba a decirle. Dejarla por teléfono se me hacía un acto frío y cruel; no dejarla prolongaba una mentira terrible que me estaba torturando.
Confesarle que quizá estaba tonteando con Laia, quizá enamorada de ella desde los diez años, era como pedirle que me dejase por teléfono ella a mí, lo cual se me hacía también frío y, consecuentemente, cruel.
Tras la sexta llamada, cuando ya había vuelto a casa y charlaba con los chicos, de pronto sonó el móvil y lo cogí. Inma me dijo, al otro lado:
—¿Diana? Hola. ¿Te pillo mal? Que me han dicho que has llamado antes.
La voz se le entrecortaba por la mala cobertura.
Yo me puse en pie como un resorte, nerviosa, y empecé a pulular por el salón mientras organizaba qué decirle. ¿Iba a dejarla por teléfono? No podía dejarla por teléfono. Tenía que quedar con ella a la vuelta, en el momento adecuado, en Sevilla.
—¡Sí! Inma. Hola, espera… Dame un segundo. Espera que quizá se corta.
—¿Te pillo mal?
—No, o sea, es que estoy en la casa. Estaba hablando con Cristo y no esperaba que…
—Ay —dijo ella—. No, qué alegría. No, pues te dejo hablando con el Señor, Diana. Ya charlamos otra noche.
Yo me apresuré a aclararle:
—No, no, Jesucristo no. Cristo mi amigo. Cristóbal Cond…
Pero Inma me colgó.
El segundo fin de semana en Cazalla de la Sierra, Álvaro Alcalá, el hijo de los vecinos, organizó una fiesta nocturna en su cortijo aprovechando que su familia se había ido de romerías.
Los amigos repartidores de rebujito se personificaron allí con otros amigos del pueblo.
Los amigos del pueblo trajeron a otros de otros pueblos, de San Nicolás del Puerto, de Constantina y del Pedroso.
Antes de llegar nosotros, el ruido a juerga ya se oía desde nuestra habitación: un burbujeo de voces, de música distorsionada de altavoz portátil, y el crujir de la gente contaminando el campo.
—Podemos quedarnos —le recordé a Laia en la habitación—. Da igual lo que diga Cristo. No tenemos que ir. No me gusta que esa gente te llame cosas raras.
—¿La PeloPony?
—Es bullying .
—O quizá lo soy. Quizá soy una PeloPony, Diana.
—¿Por qué vamos a ir?
Ella me pulsó la mancha.
—Porque hoy es el día —decretó— que voy a robarle por fin esa motillo.
Álvaro nos recibió abriéndonos la valla ya sin camiseta y empapado de sudor.
Rodeó con un brazo a Alma y nos condujo hacia el salón, en el que habían encendido un cañón de luces led.
La gente se pasaba los vasos de tubo agrietados que yo habría jurado que reutilizaban desde la feria, y había una treintena de personas allí, entre las de fuera y las de dentro y las que se perdían entre los árboles.