Capítulo 24. Diana #2
Álvaro la guardaba en su garaje, tras una puerta con mando, en una casa ocupada por él y sus padres.
Era un recorrido imposible de alarmas, vivas e inertes, y ni teníamos las llaves ni nunca estaba sola.
Nada de eso podía parar el empeño incansable de Laia Bayón, la ladrona de redes de piscina: estudió las ventanas que dejaban abiertas.
Intentó arrancar la moto con un alambre el día que la limpiaron y la encontró aparcada.
Me decía como a un walkie, cuando la oía llegar a lo lejos:
—Está fuera. Está fuera.
—Laia, ¿y no podemos dejarlo y pedirle a tu padre que nos acerque en el coche?
—Ese no es mi padre. Ese es el tío Ángel.
—¿Y si hoy no y hoy sí que es tu padre?
—Entonces fingirá que no lo es —me aseguró—, y dirá que es el tío Ángel.
Durante la primera semana, mientras ocurría esto y los alegatos de Olivia contra el encarcelamiento masculino, yo bajaba la cuesta a eso de las diez de la noche a llamar a mi novia desde el único punto de cobertura.
Inma estaba entonces de campamento cristiano, siendo instructora de niñas y compartiendo un teléfono comunitario con las Carmelitas.
La mitad de las veces era imposible localizarla, porque estaban lidiando con la consecuencia de alguna gincana religiosa.
Las pocas veces que sí que la localicé, no tuvimos ni idea de lo que hablar, así que la llamada duró menos de tres minutos.
—Y estamos organizando una actividad especial que tiene que ver con interpretar los mandamientos. La hemos llamado God Talent .
—Anda, qué chulo.
—¿Y por allí tú qué tal?
—Pues tranquilamente, nada más. Mañana empieza la feria.
—¿Del sitio?
—Sí.
—Anda. ¿Y qué querías hablar?
—Nada, por ver cómo estabas. Así que… Y hoy ¿cuál era el mandamiento?
—No robarás.
—Anda. Qué chulo.
La primera noche de feria en Cazalla, la madre de Olivia cedió a la insistencia de su hija y nos acercó a todos al pueblo. Se lio a bailar, sorprendentemente, con un puñado de conocidas que la convencieron de tomar una tapa. No volvimos al cortijo hasta la mañana siguiente.
La plaza de Cazalla estaba repleta y coronada de las luces de los farolillos.
La cacofonía de la ristra de casetas, cada una con su ecosistema de flamenco, se amalgamaba a la del escenario donde pinchaban la música frenética de los cacharritos.
Era una verbena que solo se parecía a la ciudad que Sevilla montaba y desmontaba cada abril en el patrón de rayas rojas y blancas, pero la gente se conocía y se abrazaba, incluso sin conocerse.
Los amigos de Álvaro nos invitaron a dos jarras con hielo de rebujito.
Lo que recuerdo de esa noche es que bailamos y nos gritamos para entendernos sobre la música (el ruido de carpa de feria) (el silencio de las carpas del campo) y Oli insistía «¡Vamos al Lametón!
¡Vamos al Lametón!», que al parecer era una atracción brillante en una esquina.
Cuando salimos del sube baja, creímos que iba a vomitar sobre César.
Le soplé el sudor caliente de la cara. Me dejé mecer por la marea de cuerpos, y sonaba Estopa y luego reguetón (los cristales con sangre de la furgoneta).
Bebí más de lo que debía, pero no lo suficiente como para no vigilar a Alma. ( ¿Al m a ? ¿Alma? ¿ Alma? ¿Alm… ).
Teníamos ya casi dieciocho y Laia Bayón era un punto como una llama en la periferia de un ojo.
Laia pasó la noche intentando tirarle los trastos a Álvaro, que era la opción desesperada a la que me había dicho que recurriría para robarle la llave de la moto.
Se arrimó a él bajo el ruido de la música.
Le rio las gracias y midió su mano contra la palma de la suya, en un meticuloso ritual de seducción.
—¿De dónde te has sacado ese bíceps? ¿Te estás chutando? Danonino petit suisse. Tío, si el año pasado parecías un paragüero.
—¿Un paraguas de qué, illa? Tú no te callas na.
—No se calla na, hermano —corroboraba Cristo—. Está muy subidita.
—¿Tú qué dices? —le chistó Laia, empujándolo—. ¿Tú qué haces aquí? Vete a pastar.
—¡Layita, anda que eres malaje! ¡Anda que eres saboría, con lo que tú y yo hemos tenido!
Pero por más que lo intentó, Álvaro ya estaba a otra cosa: a hablar sobre motos con Cristóbal Conde. A dejarse llevar por Alma hacia los baños y salir al rato sin fuerza en las rodillas.
Se rindió y acabó tirándole el vaso a los amigotes de Álvaro, que la llamaban codeándose la PeloPony. Luego se sentó a mi lado en la acera en la que César y Olivia cabeceaban, apretujados, como dos niños tratando de sobrevivir al sopor del sueño. Bufó de frustración cuando vio que le sonreía.
—Cállate —me avisó, muerta de vergüenza.
—Qué bonito.
—Cállate. Esto es un caso insoportable. Parece que estoy intentando colarme en el Parlamento. Tenía las llaves en el culo que se las puede quitar cualquiera, pero ¿qué hago? ¿Le agarro el culo?
—Quizá es mejor que cargues el cortacésped.
—Pues normalmente me funciona, ¿vale? Y además voy ciega… ¿Se me nota? ¿Tú has bebido? —Le enseñé mi copa—. No se te nota nunca nada, señor… Vete tú a sacarle las llaves del culo.
La noche estaba llena de luces confusas y aplanadas y Laia se desenredó la melena de su laberinto de pendientes. Aún llevaba, siempre llevaría, un clip insensato y valiente colgándole de una oreja.
—Déjate ya por hoy —la avisé cuando bebió de mi copa—. Se acabó.
—Quería esa bicicleta. Diana, pues la he estado queriendo de verdad. A lo mejor… A lo mejor voy y me muero, si termino el verano sin bicicleta.
—Me temo que eso no va a pasar.
—No sé qué voy a hacer cuando llegue septiembre —dijo, que era lo que realmente quería decir—.
Si le pido la bici a mi padre, va a decirme: «¿Y tú no estás estudiando?
». Y entonces habrá que contarle lo de la Selectividad y…
Yo qué sé. El equilibrio de mi vida estaba en una bici que se cayó al río.
—Se giró hacia mí, como cayendo en la cuenta de algo—. ¿Qué empiezas tú?
—El grado en la US de Derecho.
A Laia se le llenó la cara de una mueca de espanto.
—¿Qué coño me cuentas?
—Hay mucha gente que repite Selectividad —le respondí, cambiando de tema—, y el mundo no se acaba. Se la sacan otro año.
—¡Tenías que meterte a Cine y Películas!
—No existe «Cine y Películas».
—¡Existen cosas!
—Podemos buscar en Sevilla una bicicleta. Hay más bicicletas en… —Le agarré el brazo cuando me robó de nuevo el vaso—. No más por hoy, Laia.
—Todavía no eres juez. ¿Quién te crees que eres?
—No sabes beber.
—¡Ah! ¡Pues vete a la mierda! Mira, estoy ahogando mis vergüenzas… —empezó—. ¿Por eso no te has traído la cámara al campo? Tienes un asunto tuyo de perro policía, escucha, y rechazas lo que eres, ¿te digo por qué? Por llevarme la contraria a mí…
El vaso de cubata se rompió. Era un tubo de plástico, un envase sin consistencia diseñado para durar un botellón solo. Vi la sangre incluso antes del escozor: un corte invisible en el pulgar y luego una pompa oscura.
—Dios —se rio Laia atontada—. ¿Te has cortado? Diana, Diana, perdón…
—Por esto se llevan tiritas.
—No te manches con eso. Trae aquí, espera.
—¿Tienes clínex? Alma tiene…
—Trae aquí.
Y, en un impulso, Laia agarró mi mano y se metió el pulgar en la boca.
Estábamos borrachas en una acera oscura de pueblo. Luego, más tarde, me convencí a mí misma de que eso era lo que había pasado: no lo había pensado siquiera.
Laia cerró la boca alrededor de mi dedo y yo sentí el tacto repentino y húmedo de su lengua.
Nos miramos a los ojos. Nos enrarecimos.
Debió durar un segundo, nuestra intimidad y nuestro espanto, pero alteraron el lugar y el orden en el que poníamos nuestras extremidades: mi dedo índice sosteniéndole el mentón.
Su boca sobre mí, y la boca se me abrió y mis ojos bajaron.
Un año atrás, antes del descubrimiento del lenguaje del sexo, eso habría supuesto la misma intimidad que atarnos un bañador en el río, pero en ese momento fue como si el aire alrededor se volviese denso.
Ambas esperamos, paralizadas. Mi mente proyectó los ojos de Laia sobre una cama; la cama de la abuela de Inma con el murmullo de fondo del televisor.
Estábamos borrachas, a un movimiento de acercarnos y a otro de correr, y de la nada se oyó la voz de Cristo, bajando la calle.
—Coño, que Oli le ha potado en lo alto al César.
Laia se apartó. Yo me aparté.
—¿En serio? —dijo ella acelerada.
—¿En serio? —dije yo también, y nos pusimos en pie para ir a buscar a su tía Luisa en direcciones opuestas.
Pero eso lo cambió todo.
Al mediodía siguiente, cuando me desperté en mi cama, estaba sola bajo la luz de la habitación.
Las demás ya desayunaban, resacosas, en la cocina.
Laia me evitó los ojos y yo temí las consecuencias de lo que sea que hubiese pasado, pero al sentarme frente a ella, aún sin mirarme, rozó sus tobillos con los míos.
—Estoy pensando, tías —declaró Alma, mientras vaciaba la cafetera—, que a lo mejor me doy al hombre rural y no jodo. He tenido una vida larga. Pienso que he visto ya mucho y que hay negocio en asociarse a un niño con finca. Oye, pero ¿dónde están los niños? ¿Y César?
Olivia respondió, dramática:
—Lo hemos dejado.
Alma balbuceó un atropello indescifrable de palabrotas.
—¿Qué? ¿A santo de qué?
—Que le he vomitado encima, Alma. Por favor. Yo ya no puedo ni mirarlo…
—Tú eres tonta de capirote.
—¡Pues vale! ¡Pues estoy sufriendo este verano, Alma, con mi madre y todo! ¡Y todo es una lucha por nuestra relación! ¡Pues a lo mejor me he cansado!
—¿Dónde lo has metido?
—Sigue en la habitación —murmuró—, porque me va a respetar el desayuno y a lo mejor volvemos por la tarde… Y Cristo tiene infección de orina. Se lo ha llevado al pueblo Álvaro.
—Señor… —Alma negó patidifusa—. ¿Este es el plan que se nos queda cuando os saco a que os dé el aire? Y vosotras, ¿qué?
Laia desenredó sus piernas de mis piernas. Yo agarré el ColaCao de Olivia y me lo bebí del susto. Carraspeamos como atragantadas, pilladas no haciendo nada.
—¿Qué de qué? —dijo ella.
—¿Qué os pasa? ¿Adónde estabais anoche?