Aunque se acabe el mundo Capítulo 24. Diana
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Capítulo 24. Diana

El segundo agosto que pasamos en Cazalla de la Sierra, Álvaro Alcalá, el hijo de los vecinos, se había comprado una motillo de desguace que escupía humo y sonaba como el proceso de demolición de una tienda de castañue las.

—Es una Vespino —nos contó, cuando apareció la primera tarde en un derrape—. Está como nueva prácticamente. Coge los ciento diez hasta por el monte cuesta arriba. ¿Pues no tira hasta con aceite de girasol? —Se carcajeó encantado—. Mira qué caras de tontos. Que me estoy quedando con tos ustedes.

Alma decidió que se enrollaría con él en el momento exacto en el que lo vio.

Ese año había cortado seis veces con Joaquín Martínez y otras dos con un cani pincharruedas de su barrio.

Álvaro Alcalá, que había vomitado tras besarla el agosto pasado, se convirtió de repente en el candidato perfecto para su rollo de verano, porque había echado cinco kilos de músculo en cada hombro y abría las cervezas con las muelas del juicio.

Parecía que lo hubiesen cambiado por un hermano mayor, un veinteañero descomunal, con la sombra perenne y rasposa de una barba.

Mientras hacía cabriolas subido a la moto, ella lo miró con el cigarro derritiéndosele en la boca.

—Hay que ver lo que se comerá aquí —murmuraba—. Los mamotretos repentinos que echa el campo.

A su lado, Cristo también asentía, embelesado con el espectáculo de virilidad.

—Totalmente. Vaya joya torera esa pedazo de Vespino.

La tarde que llegamos al cortijo, Laia ya me había preparado un hueco en el armario de su habitación. Se ausentó durante la cena, cuando de pronto recibió un mensaje de Mario, y esa noche la oí revolverse y no pegar ojo sobre su cama.

Al amanecer, ya se había desvanecido tras la ventana que daba a la sierra. Yo la estuve buscando el día entero, por el porche y la piscina, y no apareció ni para comer con el resto del grupo.

Solo la encontré al caer el sol, masticando un chicle sobre la valla que daba al terreno de las vacas. Me coloqué a su lado y las miré también, tratando de no espantarla. Desde lo alto de la cuesta nos llegaba el murmullo de las voces y la motillo.

—Iba a coger la bici para irme al pueblo —me confesó, de repente—. Le he robado a mi tía el dinero para irme en bus del pueblo a Sevilla. Pero luego me he dado cuenta… y te vas a cachondear de mí, de que no tengo bici desde hace meses. Ya por no tener, no tengo ni mi bici.

—¿Te robaron la bici?

—Qué va. La aparqué al fondo del río.

Apoyé los codos en la valla y desaté los cordones de mi macuto.

Saqué un bocadillo con la carne del mediodía y una botella de agua recalentada.

Laia se lo comió por concedérmelo, por la vergüenza de que se lo hubiese llevado hasta allí.

Había estado llorando, también, pero al notar que yo lo notaba me aseguró:

—No le he llamado.

—Lo sé.

—Se acabó de verdad y no es eso. No me iba a Sevilla por eso.

—Lo sé.

Empezaba a hacer viento en Cazalla, al comienzo de un agosto que se sentía como un epílogo.

—Vamos a hacer esto —le dije, al cabo de un rato—: no vas a irte a ninguna parte. Este es el plan: va a ser el mejor verano de tu vida.

—Sí, venga…

—Vas a dormir —continué—. Vas a comer. Esto no te lo estoy negociando. Vas a aburrirte y a achicharrarte, pero también te he traído crema para el sol… Vas a alimentar mosquitos. Ya verás que esto te suena. Vas a elegir otro tinte.

—No tengo bici —me recordó—, para ir a comprar tinte.

—Entonces te sacrificaremos.

—No se te ocurra hacer el numerito ahora de echarme una plasta de crema para el sol.

—Te has quemado los hombros.

—¿Y vas a hacerme otro pendiente?

—Eso no. Tampoco puede ser tan buen verano.

Laia sonrió un poco y se miró las piernas, los agujeros del peto vaquero en las piernas y algo que parecía estar escudriñándose más profundo en el cuerpo.

—Diana —me dijo, al final—, soy un muermo ahora mismo y sé que te estoy amargando.

Mira: puedes pasar de mí y de verdad que no me importa.

Te juro que me he pasado la vida dando vueltas sola por aquí por las higueras.

Te estará pareciendo… que soy un muermo y que no hay quien me entienda, que estoy lamentable y que soy una…

—Me está pareciendo —la interrumpí— que no estás sola.

Laia se apretó el piercing negro entre los labios. Se volvió entonces y nos miramos, como la tarde en la que atardecía sobre la piscina y las tumbonas mojadas de la urbanización. De pronto, alargó una mano y me acarició la mancha, el final de una acción que había empezado diez años atrás.

—Me gusta así —murmuró—. Que ya no la tapes.

Pero en ese momento en el que nos tocamos, en el que me latió la piel bajo la piel de sus dedos, el runrún de la motillo se calló y se oyó desde el cortijo:

—¡Olivia Bayón! ¿¡Que has metido aquí a este niño sinvergüenza!?

La madre de Oli encerró a los chicos todas las noches de ese verano con un candado alrededor del pomo del cuarto de arriba.

Lo echaba a las doce de la noche y lo quitaba a las ocho de la mañana.

Aquella tarde, cuando descubrió a César escondido en un matorral, se estuvo peleando tres horas con su marido para que los devolviera en coche a Sevilla.

Pero él se negaba a hacer el viaje para dejar en su casa a dos chavales.

«¿Y qué van a hacer, los chavales? —decía—.

Si aquí, con este calor, no apetece ni el rato de un magreo».

Luisa cedió a lo inevitable: los chicos se quedaban en Cazalla.

Cristo y César, que tenían miedo de ser desterrados a dormir en el campo, se adaptaron sin rechistar a la rutina de cárcel, y también debían mantener la camiseta puesta al bañarse y no coincidir a solas con ninguna chica, lo que le dio a Alma la excusa perfecta para atormentarlos persiguiéndolos por los pasillos.

—¡Mamá, pues si ya entro en Magisterio! —lloriqueó Olivia esa cena—. ¡Pues así no se puede vivir! ¡Lloro pero de rabia, porque me fastidias todo y me dejas mal con mis amigos! ¡César y yo somos novios y nos vamos a casar!

—¡Tú con este niño ordinario no te vas a ninguna parte!

Los gritos de guerra duraron hasta bien entrada la madrugada. A las dos, cuando la casa ya estaba en silencio, volví a mi habitación de consolar a Olivia y me dormí de pura fatiga sobre la cama hecha. En algún momento, me zumbó en el oído un:

—Diana.

Una mano me zarandeó el cuerpo.

—Diana.

Abrí los ojos y vi la lámpara. Luego la luna en el cielo medio mordida.

Laia estaba allí, encaramada, como siempre, al alféizar de la ventana.

—¿Qué…? —musité confundida—. ¿Te has salido?

—Diana, que ya sé lo que vamos a hacer. Que sí que tengo una bici en la nave de mi padre.

—¿Qué?

—Que la tienen encadenada allí comiéndosela el asco. Diana, que me ha venido una luz mental y esto vamos a hacer: vamos a robarle al Álvaro la motillo.

Eso me espabiló como una bofetada. Me intenté incorporar y objetar algo, pero entonces cayó una gota del cielo y Laia se la rebañó de la frente. Antes de que estallase el chorro, se oyó a Cristo desde la ventana de arriba:

—¡Quitaos de ahí! ¡Quitaos que esto no se corta!

Dos fuentes gruesas como de dos canalones estallaron contra el suelo de piedra del porche. Laia, horrorizada, trepó por la ventana como pudo.

—¡No te creo! ¡Cristóbal! ¡Me cago en Dios y en tu puta madre!

—¡Que estamos encerrados, tía! —gritaba él—. ¡Que aquí no tenemos ni váter!

Me costó toda la mañana siguiente convencer a Laia de que no podíamos robar porque sí la Vespino de otra persona.

Ni siquiera sabíamos cómo conducirla. «Una Vespino —me argumentó— es solo una bici metida de anfetas», como si una afirmación así tuviera el poder de tranquilizarme.

Pero el asunto de verdad era que Laia había recobrado de repente una energía, un empuje luminoso suyo, y parloteaba sonriendo mientras sus ojos llenaban la habitación.

La promesa de una bicicleta en el monte, de una hazaña personal como liberar a las vacas, le devolvió un anclaje a algo que estaba luchando por recuperar.

Hubiera sido más fácil decirle que no si yo no la hubiese conocido.

—Era a lo mejor de Oli, de cuando éramos pequeñas y le asustaba el timbre —me contó—.

A Oli lo de las bicis pues bueno, mientras no cogiese pendiente…

Alguna vez se pegó una torta. Y ahí se tuvo que quedar comiendo polvo, después de eso.

Quizá es pequeña y para niños, vale, pero escucha: nos vale para irnos al pueblo.

Aquí no se puede hacer nada sin bici, Diana, a pata a todas partes.

¿Y qué le hago si tenemos que robar la moto?

—Ir a la nave andando con las piernas.

—Está a media hora en coche, olvídate. Se nos hace de noche en el rato que volvemos. Y entonces ¿qué? ¿Nos perdemos? ¿Nos atropellan?

—Entonces no vamos.

—Robar la moto es la opción más razonable.

Después de horas de deliberación, convencí a Laia de que primero probase a pedírsela a su dueño. Fuimos juntas al cortijo vecino a hablar con Álvaro. Lo encontramos en el jardín, mojándose los pectorales con la manguera.

—¿Lo qué? —respondió—. ¿Tú quién eres, Laia la PeloPony? Pues vale. ¿Tú me ves a mí con cara de tonto? ¿Qué es el bombín ese que llevas en la cabeza?

—Me estoy tiñendo, capullo. Es un cacho de papel film.

—Que te he visto desde cría estrellándote como una bruta por ahí por la cuesta que baja al campo. ¿Tú conduces acaso? Si nos rompiste la valla con un quad.

—Eso no fue así. Era un cortacésped.

—Con dos cojones y medio —concluyó— voy a dejarte yo a ti mi moto.

Tras eso, no quedaron más opciones: Laia empezó su proyecto aspiracional de robo de la motillo.