Aunque se acabe el mundo Capítulo 23. Diana #3
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Capítulo 23. Diana #3

Cuando salimos al terraplén y corrimos hasta unos matorrales, Alma se dobló por el estómago y vomitó saliva recalentada sobre la gravilla. Teníamos los monos empapados de sudor y cualquiera habría pensado que nos habíamos metido con ellos puestos en la ducha caliente.

—Ya está —jadeé, estupefacta.

—Ya está —jadeó Alma.

Tiradas allí, a la sombra del comedor y las estrellas, Alma y yo procesamos durante diez minutos un logro ridículo que no podíamos celebrar con una bolsa de Risketos. Nos iríamos al día siguiente. Solo faltaba que nadie notase durante diez horas que nos estaban temblando las manos.

El cielo, seccionado por la cúpula, latió en un cuadrado electromagnético azul.

—Si no les habla a los animales —dijo Alma—, ¿qué es lo que busca en el campo la puta luz morada?

A la mañana siguiente, tras la fila de media hora para el desayuno en el comedor, buscamos a Jolie con la mirada y la descubrimos terminándose una barrita al final de una mesa. No había ni rastro de Klaus. Nos acercamos con nuestro desayuno.

— Tranquillité —murmuró—, y hablamos en las duchas.

—¿Lo ha conseguido?

—Sssh. Tranquillité .

—Ayer casi la palmamos —masculló Alma—, así que déjate de tu gabachería…

—¿Puedo tomar la última cena en paz? Klaus está haciéndolo. Llevará horas. Es una tijera.

—Y yo digo que saltemos y ya.

—¿Cuánto de lejos vamos a llegar conmigo a la espalda? Pas de pa ni que . No eres tonta. Cada uno hace su parte y Klaus está haciéndolo. Hay que tener paciencia. Puede que esta noche, puede que en dos días.

—¿¡Dos días!?

—Alma, Dios… —le pedí, cuando un vigilante se volvió a mirarnos. Fingimos comer molletes de mantequilla sin sabor—. Jolie, ¿dónde está? Voy a ayudarlo. Tengo que sacar mi chaqueta y mi cámara. Tengo que dejarlas fuera.

—Klaus por su agujero. Está haciéndolo, tranquillité .

—Podemos ir más rápido si hacemos un sistema de relevos…

De pronto, las puertas se abrieron. Entraron en el comedor cuatro nuevos militares armados.

Habían interrumpido la fila de los que quedaban por desayunar y llevaban detrás a tres refugiados, una adolescente y una mujer castaña que me pareció, por un segundo, tu madre, y detrás estaba Klaus.

Klaus estaba allí.

La gente comenzó a hablar. Algunos se pusieron en pie. Todos ellos, los escoltados, tenían las manos esposadas con bridas de plástico.

—¡Lista de solicitudes! —bramó el militar en cabeza—. ¡Se marcha el grupo de solicitudes! Por favor, que se levanten: Alphonse Simon. Clarice Morel. Jakob Wolf. Diana Mena. Günther Becker. Anna…

«¿Qué?», pensé, mientras la imagen extraña me latía en los ojos.

Era imposible. Klaus estaba haciendo un agujero para escapar por la valla. Pero al mismo tiempo estaba allí delante y tenía una nueva pegatina de marcaje sobre su mono: «0+».

Una militar tiró de mí y me levantó de mi sitio. Me colocó la pegatina a mí también, en una sacudida que me despertó del sueño.

Quizá de no haber insistido tanto en el mostrador de orientación; de haber pasado desapercibida, me habría salvado de ese momento.

«¿Quién es Diana Mena? —habrían preguntado a la muchedumbre—.

¿Qué espacio ocupa en la mesa a la hora de la cena, en el coche de sus padres?

». Pero la militar que me encontró era la que me había negado la solicitud tres veces.

Todo esto, Laia, no fue algo en lo que pensase entonces, porque pasó tan rápido y entre golpes que no importó.

Solo entendí que me iba hacia la puerta.

Que no había agujero. Que me separaban de Alma.

—Alma…

—¿Diana? —preguntó ella—. No.

—Alma. ¡Alma! Wait! —les pedí, en inglés—. Wait, wait, I didn’t…!

—¡Diana! —gritó Alma, y casi corrió sobre las mesas para agarrarme, pero la tumbaron dos hombres entre los bancos del comedor.

La gente se apartó asustada. Un centenar de ojos nos miraron, algunos curiosos, otros aterrados, la colmena indefensa de cuerpos. Alma se revolvió incluso con dos militares encima, una fuerza ignífuga más fuerte que la de un generador. Se rompió la boca contra las baldosas del suelo.

—¡Suéltame! —gritaba—. ¡Hijos de puta! ¡Diana! ¡No! ¡No os la lleváis!

—¡Por favor! —le pedí a los militares, que me retorcían las muñecas—. ¡No, por favor, por favor, quiero quedarme aquí! ¿No puedo quedarme aquí?

—Se ha tramitado la solicitud —me dijo el hombre que llevaba la lista, y yo no había llegado a rellenar ninguna solicitud porque no me la habían dado nunca. Qué importaba la solicitud: tenía sangre y sangre que donar en otros campos. Siguió gritando nombres—: ¡Anna Zimmerman! ¡Mateus Nunes!

Los empujé al sentir la brida clavarse en mi piel. Me pegaron las muñecas a la espalda. Me estaban trasladando, y me giré cuando ya me arrastraban por la puerta, cuando ya era tarde para nada.

—¡Alma!

—¡Diana! —gritaba Alma, noqueada en el suelo—. ¡No! ¡No!

—¡Alma, salta la valla! ¡Díselo a Laia y vuelve, llévale la cámara a Laia! ¡Por favor, Alma, vuelve a casa y hazlo!

—¡Diana!

Alma consiguió ponerse en pie cuando ya me metían en la furgoneta.

Se oyó el estallido de un tiro.

Lo último que vi, antes de que me pusieran una bolsa en la cabeza, fue la sangre que regó las ventanas del comedor.