Aunque se acabe el mundo Capítulo 23. Diana #2
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Capítulo 23. Diana #2

Durante un rato, eso fue suficiente para calmar mi miedo: que ni la destrucción de todas las cosas pudiese llevarnos a imaginarte cayéndote de una bicicleta. Masajeé en la oscuridad la muñeca derecha de Alma, porque le aliviaba el dolor fantasma de los dedos perdidos.

—He visto vacas ahí fuera —le conté—. Mirando la luz. Pero los animales están bien y la cúpula no les habla.

—Diana, no vamos a estar pensando en Crónicas Marcianas. Duérmete.

—Tendremos que hablarlo.

—No. No te viene bien pensar en voces de Allah que vienen de una nube.

—Si lo que está pasando…

—Hay miles de animales que no ves. Duérmete.

—Si hay otro brote y me transformo, quiero que sepas que no lo quiero —le comuniqué—. Quiero que me prometas que te encargarás de matarme.

Alma suspiró hundiendo la cabeza en la almohada.

—Mira, Diana —dijo—, vete a la puta mierda.

Klaus apareció el mediodía siguiente con una tijera para el pescado escondida en el calzoncillo. Era lo único que había logrado robar de su turno de lavaplatos, y nos la enseñó, bajo la luz del baño, supongo que para que nos decepcionásemos las tres juntas.

— Putain de merde… A lo mejor sí que hay que hacerme catapulta por la valla.

Con eso establecido, empezamos los turnos para vigilar la vuelta de la electricidad del campo.

Dormimos poco y mal, atentos al encendido nocturno de las farolas.

Durante el día, estábamos atentos a otras cosas: si la puerta automática del cuartel se había cerrado.

Si funcionaba de nuevo el agua caliente.

Preparábamos los músculos para echar a correr, el silbato del árbitro al comienzo de un partido; pero no ocurrió nada durante una semana, al menos, y sentí que en su lugar gastábamos nuestras fuerzas.

Cada tres días, antes de la comida, hacíamos la fila larga y lenta para las inyecciones rutinarias. Ahora sabía lo que entraba en mis venas: la sangre destilada de una piara de prisioneros.

—Era una residencia para críos en Würzburg —les explicó Jolie en inglés—. Tenía mi triunfo, ma clientèle , ¿no? Écoute : gran pérdida. No quiero hablarlo más.

Uno de los guardias se rio.

—¿Qué hace nadie estudiando en Würzburg?

—Estaba terminando un máster de Administración.

—Bueno, no estás tan mal ahora. Aquí hay mucho cliente, ¿has visto la carpa uno? Putas ratas… —dijo el otro toqueteándose la nariz—. Bruda , cómo pega esto. ¿Y no jode más esnifarla?

— Trop pas, así va a directa a la cabeza. Esa es su casa natural —dijo Jolie—. Hay que esnifar hasta pastilla de ibuprofeno.

Aprovechando el ruido de la cháchara de colocados, Alma y yo abrimos la ventana de ventilación.

Dentro de la hornacina del generador había poco: el espacio agobiante de un ascensor apagado y una caja de herramientas abierta en el suelo.

Entramos con cuidado a un calor horrible, asfixiante, que nos creció como vapor dentro de la ropa, y salía del cacharro encendido en el centro de la oscuridad.

El generador eléctrico parpadeaba como fuegos artificiales, como el brillo nocturno y molesto de un rúter.

La luz había vuelto al anochecer en el campo de refugiados de Estrasburgo.

La gente en las carpas había aplaudido y se había felicitado, el inocente júbilo de la perspectiva de una ducha caliente. Según mi móvil, que esa noche gastaría su batería, era 17 de mayo. Tuve el pensamiento tonto de que ya se habría acabado la Feria de Abril en Sevilla.

Mientras Jolie distraía a los guardias, nosotras nos colamos tras la estructura y forzamos la ventana oscilobatiente que evitaba que el generador echase a arder.

Nos quemamos las puntas de los dedos tanteando sus botones.

Los ojos se nos cerraban solos, por el aire de fuego, y nos goteaba de las pestañas un líquido salado.

Alma lo rodeó, impaciente, tratando de encontrarle los cables.

—Atrás —dijo sin sonido—. El enchufe. Voy atrás.

—Alma, espérate. Alma…

Tropezó con la caja de herramientas. Una familia de destornilladores cayó al suelo.

—¿Qué es eso? —dijo uno fuera, y de repente unas llaves en la puerta—. Eh, espera. ¿Se ha colado algo?

Yo agarré a Alma y nos pegamos a una esquina. Le tapé la boca con la palma de la mano. Sentí su respiración acelerada, el sudor de su cara, calándome la piel.

La puerta se abrió.

— Es ist wahrscheinlich eine Fledermaus und sie wird dort sterben! —dijo el otro, y luego a Jolie, en inglés—: Murciélagos. Se cuelan por tontos. Putas ratas…

—La ventana está abierta —avisó el primero.

—Claro, se abre por arriba.

—Pero está abierta…

— Écoute, Anna Frank —dijo Jolie, y supo disimular, no sé cómo, el miedo en la voz—. No me traigas aquí un murciélago que contagian el tifus.

El guardia de fuera se rio, colocado, hasta que lo invadió una arcada. El de dentro, confundido y alerta, siguió observando.

Su linterna iluminó la ventana, pero muy rápido, como con miedo a encontrarse con la criatura.

La dirigió al generador, a los destornilladores desparramados sobre el hormigón del suelo.

Yo cerré los ojos, esperando el tiro que callaría a los grillos.

Las piernas de Alma estaban fallando e iba a desmayarse.

Alma no podía respirar del calor. La sostuve contra mí y no vi la cara del chico en todo ese proceso, pero intuyo que fue la de alguien que acepta lo que le digan, por menos temor a la violencia que a los murciélagos.

Porque se ha esnifado media pastilla de morfina.

Oímos sus pasos, uno hacia delante, dos hacia atrás. El chasquido de la puerta.

— Ich hasse diese Schicht …

Cerró de nuevo.

Alma cayó de rodillas y gateó hasta la ventana, desesperada, para coger aire. Yo miré la máquina y tomé una decisión: despulsé los botones. Giré las ruedas y volví los parámetros del revés. Las luces se apagaron en algún momento. El generador emitió un último suspiro y dejó de funcionar.