Aunque se acabe el mundo Capítulo 23. Diana
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Capítulo 23. Diana

El plan para escapar del campo acabó siendo el siguiente: que Jolie Lemaire le traficase más opiáceos a los militares.

—Los alemanes todos chupan morfina —nos instruyó la tarde que nos encerramos en el baño de discapacitados a deliberar—.

Es lo más fácil que te dan en la consulta.

Por quoi? Porque les cocinamos morfina. Francia y España, la industria de la jeringa de Europa.

Entonces, nada de pedir pastillas para gases del ombligo porque el Estado se lo ha gastado en morfina.

Y cuando estás en silla de ruedas, estropié , tu vois?

Nadie cree que puedas hacer nada más. Así que, si gritas, me dan morfina.

Y las guardo aquí —añadió señalándose el hueco que le separaba las paletas.

Habíamos decidido que nos escaparíamos el día de antes, cuando yo les había confesado en la carpa nueve las pruebas encubiertas para el desarrollo de la vacuna.

Todos ellos, especialmente Alma, ya habían dispuesto que se irían una semana atrás.

Ni les hacía falta el descubrimiento, ni tampoco les indignó mucho, pero estaban esperando a que yo encontrara mi propio motivo para organizar un plan que nos lanzara de nuevo al terror de las gasolineras.

—Pues está hecho —declaró Alma—. Después de una cena, de noche, y tracatrá. Y si les haces un cóctel, a lo mejor es mejor que los tumbes.

—Alma, no vamos a matarlos de sobredosis.

—Que no es matar. Que es dejarlos fritos.

—Son dos chavales —la reñí—, que por lo que sabemos podrían estar en bachillerato.

—Digo que quizá nos tenemos que asegurar de que no entren con rifles a terminar bachillerato a donde estemos cometiendo un delito.

—Yo me encargo de cóctel y bachilleggatos —atajó Jolie. Se había encendido el porro con lo que en ese momento habría jurado que era la peste a orina—. Vosotras a estudiar las matemáticas de máquina de electricidad. Allez, allez.

Nos lanzó el libro que había robado, que decía que era el manual de uso del generador. Mientras yo lo abría y ojeaba las fotos, Alma señaló la puerta con la barbilla.

—¿Y el tío ese?

Al otro lado, Klaus vigilaba que nadie nos oyera como un imperturbable segurata de discoteca. Jolie respondió tras la calada:

—Es mi señor emocional.

—Pero ¿quién viene siendo este? —me preguntó entonces a mí, y me hubiese encantado no responderle:

—Su señor emocional.

—¿Y qué aporta? Diana. Vamos a ver, ¿podemos fiarnos, siquiera?

—No va a hablar —le aseguré—. La verdad es que no habla y empiezo a temer que tampoco nos entiende.

— Quoi? ¡Klaus entiende todo! —dijo Jolie—. ¡Es hombre de continente, viajero gitano! Klaus encuentra los alicates para agujero en la valla, después que vosotras apaguéis la máquina de electricidad.

—¿Qué agujero? —preguntó Alma—. Oye, pero que cuando apaguemos la máquina no estaremos para fiestas. ¿Qué agujero? Hay que saltar.

— Mâ raleuse —rio Jolie—, ¿me ves con piernas de saltar nada?

Así que ese era nuestro plan: Jolie iba a venderles morfina a los guardias nocturnos que custodiaban el generador eléctrico.

Eran un par de adolescentes ya adictos, insensibles al peligro por dormir con armas.

Dos semanas atrás, nos habían disparado dardos sedantes junto a las puertas del autobús de FlixBus.

El generador, según Jolie, era un armatoste metido en una hornacina de hormigón a la sombra caliente del edificio del hospital.

Los parpadeos de las luces marcaban el breve espacio de tiempo entre que la luz se iba en el mundo y el generador se activaba.

Pero ni en ese minuto fugaz, aterrador, en el que en el campo de refugiados se podía respirar la oscuridad absoluta, habríamos conseguido abrir un agujero en la valla electrificada.

Por seguridad, esta dependía exclusivamente del generador.

Todo esto sabía Jolie Lemaire, que parecía haber aprendido a escaparse de Estrasburgo antes incluso de haber sido retenida. Así que Alma y yo entraríamos a apagar la máquina. Luego Klaus haría un agujero en la valla.

—Hay que esperar que la luz vuelva para no apagar también hospital. Si apagásemos l’hôpital en directo, mon Dieu … Habría que dar gracias por morir de un tiro.

Mientras organizábamos ese imposible que era más bien una misión suicida, yo no dejé de mirar a la gente al otro lado del ventanuco del baño: el silencio secreto, oscuro, del granero escondido tras la cordillera de carpas.

Llevaba cuarenta horas sin dormir, pero esa noche me desmayaría en la litera de pura fatiga.

En las cabezadas accidentales, torpes, cuando bajaba los párpados un par de segundos, lo veía otra vez.

La luz de mi linterna iluminando un ramillete de ojos ensangrentados.

—Los vamos a dejar aquí —murmuré—. A todos ellos.

Alma dejó de hablar y se frotó de nuevo las cejas.

—Diana, mira… —suspiró—. Por Dios te lo pido.

—Tú no los has visto. Hay niños, Alma, también, y gente mutilada. Están en jaulas pudriéndose, están… Los están torturando en vida. Tú no viste a Blaz y que habló, en Múnich. Algunos de ellos puede que sientan lo que les está pasando. Están enfermos. Blaz casi hablaba y puede que muchos…

—Diana —me repitió—. Ya hemos hablado de esto. No podemos desalojar un puto campo de concentración.

—Podemos avisar a alguien.

—¿A quién? ¿Y cuánto van a tardar en rastrearnos por eso? Sé realista, por Dios te lo pido.

—¿Y vas a vivir con que los mataron? ¿Con que lo permitimos y ya?

—¿Y qué hago? ¿Qué te sientes que eres, Jesucristo Superstar?

—No los has visto.

—Voy a vivir con que no te mataron a ti —dijo ella—. Eso es lo que yo puedo hacer: sacarte de aquí y correr para casa.

Nos miramos a los ojos, dos instintos contrarios toda la vida, hasta que se oyó el golpetazo de un puño llamando a la puerta. Jolie le gritó a Klaus, finiquitando su porro:

—¡Ya va, ya va! ¡Las paellas están terminando de discutir!

Pero Alma tenía razón, Laia. Teníamos que abandonarlos a su suerte porque quedarse allí solo conseguía que nos condenasen a la misma. Ni siquiera sabíamos cómo íbamos a sobrevivir nosotros si conseguíamos alcanzar el bosque que se extendía, infinito, tras las vallas.

Los días en los que esperamos a empezar el plan, los estuve observando para no olvidarlos: familias descompuestas y hombres aislados, mudos.

Las mujeres cargaban a un anciano o jugaban a distraer las preguntas de un niño.

Había universitarios interrumpidos, pero éramos pocos, porque la gente que incluso en esas atraviesa una frontera ha vivido suficiente vida como para irse por algo; así que la mayoría eran viejos y los demás demasiado jóvenes.

Al mirarlos, imaginaba un líquido caliente y corrosivo que latía en todos ellos, que latía en mí.

Más me perseguían aquellos a los que no miraba, las figuras atrapadas tras los barrotes del granero.

Al cerrar los ojos, encendía la linterna de mi móvil y las veía.

Me acercaba para tocarlas e iluminaba a una chica que tenía tu cara.

— Ça va? —le pregunté a Nadine una tarde, en lengua de signos. Era la tercera vez que la veía sentada frente a la valla del campo—. ¿Puedo sentarme contigo?

La niña me miró, con las mejillas sucias y llenas de un sarpullido rosa. Negó.

—Vale. ¿Quieres que arreglemos tu pelota?

Negó.

—Vale.

Fui a sentarme sola unos metros más allá y tardó cinco minutos en sentarse a mi lado.

La última semana en el campo de refugiados no hubo visitas al amanecer a la consulta de Mirelle. Por protocolo, estaban esperando para poder extraerme más sangre. Estaban intentando que la bolsa de mi cuerpo se rellenase sola.

Salvé la pelota de Nadine, que se había agujereado por un guijarro afilado, con el vendaje del brazo que llevaba sucio desde la gasolinera.

La herida de la garra en las escaleras, de la noche en la residencia, había cicatrizado y parecía tan antigua que ni asustó a la niña; carne roja, seca, el mismo material que mi mancha del ojo.

Esa niña, aun así, se habría asustado con poco y ese era otro tipo de tragedia.

Me recordaba a lo que habías sido tú en el estirón de los ocho años, libre y solitaria y con tierra hasta al fondo de las uñas. Yo quería lanzarla sobre la valla para que cogiese impulso y huyera.

—¿Qué es lo que miras siempre aquí? —le signé.

Los pájaros planeaban bajo la cúpula. Los mosquitos nos picoteaban la piel de las manos. Nadine señaló algo más allá del alambre, un punto marrón que a veces se movía.

—¿Qué es?

—Las vacas —me signó.

—¿Vacas? —No sabía si la había entendido. Repetí el signo—. ¿Dónde hay vacas?

—Están siempre ahí arriba y me miran. Yo las miro para que no vengan. Porque, si vienen, las van a matar con pistolas.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque aquí hay pistolas.

A lo lejos, en lo alto de una explanada sin árboles, vi un par de vacas solas y separadas que a lo mejor sí que nos miraban de vuelta. Me imaginé que se preguntaban, al vernos tras nuestra valla: «¿Se dan cuenta de que están encerrados y de que nadie podría pararlos, si se fueran?».

—Puedes pedirle a tu tía que te pidan unos audífonos. ¿Me entiendes? Audífonos.

Nadine me respondió:

—¿Te ha enseñado mi madre a hablar con las palabras de las manos?

Esa noche, en el silencio comunitario de la carpa, le pregunté a Alma:

—¿Te acuerdas del sueño de Laia?

Nadie había llenado la segunda cama de la litera desde la muerte del hombre que dormía arriba. Alma nunca se la apropió. Nos acurrucábamos igualmente, incómodas, sobre mi colchón bajo el que escondía la chaqueta de Bartek.

—El de la culpa cochina.

—Todo ocurría igual, Alma. Era el fin del mundo como es este.

Laia… Soñaba con la cúpula y los enfermos y que estaríamos…

—«lejos»—. Siento que están tratando de hablarnos desde hace mucho, que es como si su voz se nos atascase en la cabeza y nos la averiara.

He estado pensando que quizá hemos convivido durante años con la cúpula.

Y pienso que… Si Laia era alguien que los oía…

Alma me calló, viéndome venir:

—Tu novia podría cagarse en el fin de los tiempos.