Aunque se acabe el mundo Capítulo 22. Laia #2
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Capítulo 22. Laia #2

En mi último audio de WhatsApp a Diana, podía escucharlo todo detrás: la calle amortiguada, pacífica.

Una risa lejana. El mundo entero a un cuarto de hora de cambiar.

Mi cadencia dolida, cuando no había sabido lo que era el dolor realmente; una cría, como siempre, buscando la excusa para ser atendida, y me torturé con la imagen de Diana escuchando eso como su extremaunción, el hueco que dejaba mi voz cuando evitaba un «te quiero».

—Avisa, si es muy tarde. Y eso.

Y eso. Y eso. Y eso.

En ese momento aún estaba decidiendo qué hacer, tras encontrar las llaves del coche bajo la mesa de la cocina.

Apoyé la espalda en la manivela de la ventanilla y solo hice eso: oír audios viejos, los que el móvil tenía descargados de las últimas semanas, y no quise ver ni una sola foto por no sollozar con un autómata vigilándome desde otro coche.

—Me han mandado unos deberes horribles que son verme todo Polanski.

Y es que no sé… Hi! Danke! —le decía Diana a alguien—.

Perdón. Que si no estás de prácticas en la granja hoy, que podrías llamarme, por favor, y contarme otra vez lo de los testículos del toro.

Por no enterarme de lo que cuenta Polanski. Me dices. Un beso.

—Te quiero, te quiero, se ha cortado. Se ha ido la luz otra vez. Te llamo luego.

—Laia Bayón, ¿puedes no pasarme esas fotos? Son las ocho de la mañana. Buenos días.

—No soy una vieja con los audios; me despido en los audios porque es educado. No es boomer , es algo de mi educación. Conozco a mucha gente que se despide… Me pides que mande audios y te ríes de mí. Vale, cuídate. Tuya, cordialmente.

Sollocé igualmente en el aparcamiento con un autómata que quería matarme en el coche vecino.

El Torto me aplastó el pecho con sus ocho kilos y me rebañó las lágrimas a lengüetazos de lija.

Lo hizo casi con prisa, como exigiéndome un poco de decoro.

Cuántos de ellos, incluso ese hombre que ya se moría; cuántos de los que quedaban, hablasen o no, querrían haber sollozado conmigo.

Salir del aparcamiento del bloque de mi madre requirió tirar manualmente de la puerta.

Esta tarea fue lenta e imposible de hacer sin provocar ruido, y de hecho la finiquitó un chirrido de metal que atrajo a tres de ellos andando desde el bar.

Para cuando llegaron a la rampa, yo ya había arrancado y estábamos saliendo con el motor encendido.

El gato de los cojones decidió, entonces, hacerlo mucho más emocionante.

Nos calamos.

Yo farfullé y luego agarré, asustada, un cuchillo que había cogido en casa, pero ninguno de los tres hizo nada, plantados frente al capó, mirándome a los ojos. Parecían un coro de iglesia a punto de echar a cantar. Parecían la imagen menos humana que había visto nunca.

—Miau.

—No, ahora no me jodas. Ahora esto es por ti. Cállate. Cállate.

Esperamos dos horas en pendiente a que otro ruido les llamase la atención. Se hubiesen dejado atropellar como los conejos que nacen junto a la autopista.

Cuando salimos, un nublado de lluvia se había comido los rayos de sol.

Yo rodeé los accidentes de la rotonda donde había volado con Rey, junto al parque del Prado, y seguí hasta la esquina en la que se alzaba el Costurero de la Reina.

La avenida de la Palmera estaba desértica como un martes de madrugada.

Bajo las nubes de tormenta, la gente tirada en la carretera eran bultos difíciles de esquivar, fáciles de confundir con bolsas de basura.

Un ciclista de Glovo tumbado. Nazarenos aplastados. Los restos de cirios tras un paso de Semana Santa abandonado en una esquina.

Tenía gasolina para irme de Sevilla, pero primero, o por instinto, fui al inicio del mundo: a la urbanización en la que habíamos crecido y aprendido a nadar.

Me metí a Tuertón en la mochila. Aparqué en la acera para trepar la valla.

Era como si allí, de todos los lugares, mi instinto salvaje y de supervivencia tuviese un poco más de sentido.

Vi un cuerpo inerte junto a los aspersores.

Sangre en los cristales de la caseta del portero.

Pero todo seguía idéntico a como lo había dejado siempre, con los arbustos verdes comiéndose los árboles.

El césped y las casas y la piscina con agua verdosa.

Empezó a chispear y me apresuré a llegar a la puerta.

Encontré la llave en mi llavero, agobiada, mientras el resto campaneaban y podían costarme la vida.

Claro que los oía: habían formado una procesión de caras tras el rugido del motor del coche.

No cabían todos en el reflejo del retrovisor.

Venían, altos, chicos, débiles, fuertes.

Giré el picaporte.

Al entrar en casa de Diana, no pensé siquiera en la posibilidad de que me atacase nadie allí.

Ella también tenía una madre (todos tenemos una madre), pero para mí estaba hecha de cereales con leche.

David, su padre, era el soldado de paz de la urbanización.

Nico ni siquiera oía sin los audífonos. Aun así, nada de esto se me pasó por la cabeza porque yo estaba allí para encontrarlos a ellos, y no me planteaba la idea de encontrarlos en mis retrovisores; porque eran mi familia y fui a recogerlos, y por la esperanza absurda, a lo mejor, de que hubiesen construido de nuevo a Diana en el centro de su habitación.

—¿Cata? —tanteé en la entrada—. ¿David?

Mi voz subió como un globo hasta el segundo piso.

La familia Mena había desaparecido.

Le eché una ojeada al salón: el televisor grande, el ordenador de mesa empotrado en una esquina.

La luz blanca, de la lluvia que ahora caía tras los cristales, y todo seguía siendo de ellos, pero ahora solo estaba yo.

La niña que robaba la red de la piscina.

Me acerqué a la cocina y en la ventana me pareció entender una mancha a contraluz. Era una nota.

La cogí entre las manos y acaricié la tinta bajo los pulgares.

Quise, en un impulso de falta de sueño, metérmela en la boca y masticarla.

Estaba desnutrida y desesperada por algo familiar desde hacía un mes; llevaba un mes entero, entendí entonces, sin saber si seguía existiendo alguien de toda la gente a la que yo quería.

«Vuelvo a por ti», releí y releí, y me invadió un alivio que me desplomó sobre las rodillas. Cuando el gato me lamió la barbilla, supe que estaba llorando otra vez.

Al otro lado de la ventana, como si de pronto se me revelase el secreto de la otra perspectiva, vi la ventana de mi antigua casa, el cuarto con la cómoda que había pertenecido a mis padres.

En él, casi distinguí unos ojos, el movimiento de una sombra: la niña encaramada que firmaba en el vaho.

Yo, sucia y sola, estaba hecha de trozos de cortina. Yo era su fantasma.