Capítulo 22. Laia
Giré las llaves clavadas en la puerta (mis llaves).
Abrí una rendija a una casa en silencio (mi casa).
Había sangre ya seca en el suelo (mi sangre).
Esperé la embestida instantánea del monstruo (mi madre).
Mamá se mudó al centro el año en el que estuve trabajando para volver a presentarme a Selectividad.
Su argumento fue, en ese momento, que una casa de dos pisos nunca había tenido sentido para nosotras dos.
«Ni siquiera —dijo— hemos aprovechado la piscina de la comunidad».
Su novio Avelino tenía un amigo con un piso a la venta y la primera vez que dormí allí, cuando terminamos de amueblarla, ya se sintió como se siente ahora: la casa vacía de mi madre ausente.
Un espacio del que me iría y volvería a veces, de visita, para repostar, por las vacaciones, por cumplir, para que el mundo se acabara a golpes.
El bloque estaba abandonado. El ascensor se había estropeado en algún chisporroteo de vuelta de electricidad.
Entrar en el edificio requirió forzar la ventana de la portería; los autómatas de dentro se habían ido, o al menos me alivió no encontrarme con una familia de cinco cuando aterricé tras el mostrador. La portería, el bloque, había sido abandonado por los vecinos.
Al subir las escaleras, encontré mis llaves aún metidas en el hueco de la cerradura. Al lado, la puerta del 4.º B había sido cerrada por alguien.
Recuperé el aire que había perdido en la subida y abrí, pero sé que todo esto, por ser yo, por mi instinto de huida, mi evitación genética heredada de mis padres, me costó casi todo el día, hasta que casi fueron las ocho y anocheció.
Había dejado al Torto, el gato manso y esférico, mordisqueando en el bajo una bolsa de picos de cestita de bar.
Fue un ascenso aterrador, el que nos tocó hacer juntos esa mañana: el restaurante japonés, la iglesia, el quiosco.
El gato en mi mochila a punto de maullar a los muertos ya agujereados por las hormigas.
Rescaté la bolsa de picos de una mesa de aluminio tumbada.
Claro que los podía oír, claro que los oía: estaban viéndome moverme tras el reflejo de las ventanas.
Estaban esperando a que me tropezase y fuesen de nuevo un organismo de manos, una muchedumbre imparable; pero yo no podía morir ese día porque había un gato gordo esperándome en el bajo mientras mordisqueaba picos.
Lo había dejado ahí para protegerlo, me dije.
En realidad, ahora creo que lo dejé para tener un motivo por el que protegerme a mí.
—Ahora vuelvo —le susurré, acariciándolo—, pero por si no vuelvo: perdóname. Yo creo que me entiendes. Habrá moscas que cazar. Si no vuelvo, quiero que sepas que has sido mi gran compañía y, si consigues subir, puedes comerme la cara.
La casa de mamá estaba como siempre y como aquel día. Las chaquetas en la percha. La foto enmarcada que nos había hecho Diana.
Avancé por esa cuerda floja de cosas que me confirmaban lo no-peor: mamá no había acudido al tintineo de las llaves. Mamá aún no me estaba asfixiando contra la pared de la entrada. No olía a un cadáver descomponiéndose en el sofá con la cara empapada de agua de váter.
Me asomé al umbral que daba al salón.
El suelo seguía cubierto de cristales y el sofá estaba volcado sobre la alfombra.
Era un déjà-vu en pausa, un cuadro de tantas pesadillas: sangre en el suelo, pero ya seca y no mucha, y las zapatillas, el rúter apagado, la lámpara, las plantas agonizando en sus tiestos. Di dos pasos temblorosos dentro. No quise mirar los bultos flotando en la pecera.
¿Dónde estaba mamá?
Apreté entre mis manos el servilletero que había rescatado de la mesa del bar.
Planifiqué que aparecería de detrás de una estantería.
Me sorprendería como una araña que cae del techo, incluso si eso no pasa y las arañas nunca caen; tendría que esquivarla, primero, y luego golpearle la cabeza con el servilletero de aluminio.
Su cuerpo caería noqueado como quien toca el botón que para el lavaplatos.
Esto debía pasar así, porque yo tenía que conocer los botones secretos de la máquina de mi madre.
Su bolso no estaba por ninguna parte.
Tenía que encontrar las llaves del coche.
Desde el salón se veía el comienzo enmarcado de la cocina blanca: paquetes abiertos, comida desperdigada, regañás, fruta mordisqueada y podrida que había sido comida sin pelarse.
La nevera seguía intacta. Solo había podido comer, pero había comido, las cosas que habían estado disponibles a su vista.
¿Dónde estaba mamá?
Di otro paso.
Otro.
Otro.
Me agaché rápido, mirando a todos lados, para recoger mi móvil del suelo. Ahí estaba mi móvil, roto, desconchado y sin batería. Pulsé igualmente el botón de encender diez veces; qué euforia tan estúpida, la de recuperar una pantalla inútil manchada de huellas dactilares.
Un crujido me llegó desde la habitación.
Me puse en pie.
Me giré hacia el pasillo.
El pulso me recorría las sienes como un gusano y enarbolé de nuevo el servilletero. La oscuridad estaba vacía. Lo volví a oír, a lo lejos: un chasquido repetitivo y casi idéntico, el revoloteo lejano de unos cacharros.
Había algo más en la casa (peces muertos) (plantas secas) (cucarachas) (yo).
Por un segundo, preferí que fuera ella la que viniera a mí, que moviese antes su ficha. Dije, aunque creo que murmuré, aunque quizá no me salió nada:
—¿Mamá?
Cuando jugábamos al parchís en Cazalla, mamá me dejaba empezar a mí.
Yo hundía la mano primero en los cuencos compartidos de palomitas.
Mi madre había sido siempre, toda mi vida, un ente cómodo y a la vez indiferente al que me cuesta comprender que me uniera un cordón umbilical.
Había cuidado conmigo a mis insectos. Me había mandado a la piscina sin comprobar si yo nadaba.
Me había permitido ser lo que sea que yo quisiese ser, pero nunca me había preguntado: «Laia, ¿qué quieres ser?
», «Laia, ¿quién soy yo?», «¿Nos ha dado tiempo a conocernos? », «¿Nos conocemos acaso de algo?».
Mientras me acercaba, pasillo arriba, a la ramificación de habitaciones, me imaginé todas las posibilidades que llevaba imaginándome semanas: mi madre muerta en el centro de su cama.
Mi madre preparándome una emboscada tras una puerta.
Mi madre tan débil que ya no podía ni pelear, que de pronto era solo ella, de nuevo, y me decía:
—¿Cómo me has dejado aquí? ¿Cómo me has encerrado para que me pudra bebiendo del váter?
Yo le decía:
—No lo sé. Soy una cobarde.
—Pero liberaste a las vacas. Pero buscaste al gato enfermo que estaba ya muerto y ni conocías. Encontraste al escarabajo. ¿Por qué has sido capaz de dejarme?
—No lo sé —le decía—. No lo sé. Porque ninguna de esas cosas salvó nunca a nadie de nada.
Su habitación estaba impoluta, con las persianas echadas.
En los azulejos del baño aún brillaba algún charco de agua turbia.
Pero cuando llegué hasta el ruido, que venía de mi cuarto, y preparé el servilletero y mi cuerpo (para que ella lo matara), mamá no estaba allí y de la ventana abierta llegaba un aire que revolvía un libro.
Las páginas crujían y se pasaban solas. Era el libro viejo de bachillerato con la portada de Historia de España.
Eso había sido el ruido, y al otro lado de la persiana era mayo y Sevilla resplandecía con un olor como a ceremonia interrumpida.
Me asomé y miré abajo, acongojada. Pero no la vi.
Estábamos en lo alto de un cuarto piso.
Si sé algo de los autómatas es que no saltan.
Sé que no escalan y no se arrojan. No encadenan acciones tan simples como abrir una nevera.
Pero ese día de mayo volví a casa y no encontré ni rastro de mi madre.
Quise preguntarles a los vecinos si habían visto a mi escarabajo.
Me imagino a veces una casa dentro una caja de zapatos a la que se le ha perdido la tapa blanca que forma el techo.
Seguramente esté muerta y quizá no la vi, por no querer verla. Quizá obvié su cadáver o se había encerrado a morir en un armario.
Lo improbable ahora es que uno sobreviva, pero he decidido pensar esto: que la ventana de mi habitación siempre abierta para que volviera Tuerto la salvó, y que mi madre salió, no sé cómo, algún día.
Se encaramó a la barandilla. El sol le iluminó la piel de la cara.
Que cuando llamé a casa mi madre no estaba porque, incluso autómata, seguía siendo mi madre; así que desplegó unas alas grandes y voló hacia otra parte, hacia la luz roja e importante del cielo.
—No te afiles en la palanca. No te… Por Dios —mascullé, cuando el gato arañó la palanca de cambios y el coche se nos caló a mitad de rampa.
Dormimos esa noche en el coche cerrado en la oscuridad del aparcamiento.
Nos acurrucamos en los asientos traseros, de entre los que aún salían cacharros de Avelino: cables, unos alicates negros, guantes de cinta con velcro rasposo.
Me desperté cuatro horas más tarde con el ruido de una tos y una bola de pelo deslizándose sobre mis zapatos.
Cabeceé hasta el amanecer mientras Tortazo me pisoteaba los riñones, concentrado en una luz de emergencia tras la ventanilla.
Pero cuando salió el sol, entendí que no era una luz: en el coche de al lado, un autómata nos miraba de vuelta a dos días y medio de morir de inanición.
Tenía los restos de su última compra en el Mercadona desparramados sobre los asientos.
—Hola, eh… No me lo estás cogiendo. No sé si no tienes batería o qué, pero… Bueno. Llámame. Antes de mañana, ¿vale? Porque… —Otra vez—. Hola, eh… No me lo estás cogiendo. No sé si no tienes batería o… —Otra—. Hola, eh… No me lo estás cogiendo.
Cargué mi móvil en el coche con los cables viejos de Avelino.