Capítulo 21. Diana #6
Laia había sido abducida por un campo electromagnético y estuvo viviendo esos meses una experiencia contraria a la mía: al otro lado de la urbanización, Laia se dejaba la voz en Mario.
Yo no sabía, en mi lado, qué voz proyectar para hablar con Inma.
Ambas cosas ahora parece que saben a lo mismo, a la experiencia equivocada y necesaria para entenderlo todo y estar aquí.
Laia.
—Vas a tener que ir ensayando otra cara, porque vas a ganar.
Laia.
—Si sientes que te la tienes que ganar o algo, Diana, o lo que sea que sientas, pues graba con ella. Tú le vas a dar el mejor uso, eres… Tienes mucho talento.
Laia.
—¿Estás bien? —le dije la tarde en la cafetería, cuando llevé a Inma por primera vez.
Le di un golpecito en la pierna, pero Laia solo sonrió, como dándome el aprobado que yo nunca le había dado a sus acompañantes.
—Sí. Bueno, yo puedo —bromeó—, pero es una estantería.
Laia.
—Oye, ¿y el premio? —me preguntó, hombro con hombro—. ¿Qué te dieron en el batallón por el Desarrollo?
Estábamos lanzándole los restos del jamón york a los gatos del foso, sobre el puente del Rectorado oscuro ya al final de tarde.
—Perdí.
—No me vaciles.
—Ni mención honorífica. —Le sonreí—. Gané una palmadita en la espalda y un boli de Caja Rural.
—Pues eso es ganar. Esa es la gloria.
—Pero alguien me dejó un comentario —continué, apoyándome en la barandilla—, que decía que estaba amañado el asunto. Que los votos están comprados. Me puso que soy la mejor promesa de Sevilla, pero que hubiese sido mejor… Escribió: «Hubiese sido muy valiente si hubiesen tirado el pedrusco al río».
Laia sonrió de esa forma que le llenaba la cara y siguió alimentando a los gatos.
—Quién sería.
Laia.
—D-anna —me llamó Nico dos días antes de Selectividad, cuando me encontró dormida sobre el libro de Historia de España.
Me espabilé, confundida, y descubrí que llevaba un rato intentando moverme el hombro de esa forma en la que Nico movía a las personas: como con miedo a la vibración de un crujido.
Me dijo, ya con las manos: «Ven al cuarto.
No digas nada que te oigan». Recorrimos juntos la casa hasta nuestra habitación compartida, que dejaríamos de compartir ese año, cuando Emma se independizase con Carlos Regalito.
Al otro lado de la ventana, tras la niebla de las cortinas, estaba Laia Bayón.
Se había subido al alféizar y por un segundo casi creí verla en una ventana futura y en otra ventana pasada; unos días atrás, Alma le había roto la nariz a Mario.
Unos meses atrás, había pensado que Laia me besaría.
Unos años atrás, parecía haber estado ahí mismo, enarbolando una caja de escarabajos, pero en ese momento tenía en las manos otra caja distinta, y en unos años treparía una ventana en Alemania ante los ojos asombrados de Jolie Lemaire. Yo susurré:
—¿Qué…?
—¿Estabas sobando? —susurró ella de vuelta—. Dios, Diana, que son las once.
—No estaba… Es por la Selectividad. Estaba estudiando Historia.
—No menciones al demonio ahora.
—Laia, ¿cómo…? —intenté, y Nico detrás no nos ofreció ninguna intimidad—. ¿Qué haces ahí subida?
—No puedo llamar a la puerta. Tu padre me ha denunciado a la comunidad de vecinos. El portero me persigue si me ve, porque me denunció tu padre por discutir a la una en el portal. Diana, tu padre me odia.
—Ya lo sé.
—Así que tengo que darte esto ya, porque además ya lo he visto verme, al portero, y está atento a las cámaras como un obsesionado…
—¿Darme el qué?
Me tendió entonces la caja, que seguía ahí embalada entre nosotras, pero yo estaba aún medio dormida y concentrada en las formas de su cara.
Laia hizo un movimiento de cuello como ordenándome que la abriera, así que la abrí.
Rebañé el celo y leí bajo la luz de las farolas el nombre de una marca y un número: NIKON .
—¿Qué…? —empecé, y la miré—. ¿Cómo…?
—Cállate —dijo ella—. Primero que todo: sé lo que vas a decir.
Sí, he vendido cosas. Una mierda de BMX …
Unas cosas. No te importa. Segundo que todo: es de segunda mano, bueno, pero dijeron que era buena.
Mira, no me dejes confesarte más. No puedes ir por ahí sin cámara, Diana, pero con doscientas cajas de tiritas.
Tiene una ruedita aquí con cosas que tú vas a entender.
Tiene un flas… ¡Tachán! Tiene un pantallón retráctil.
Bueno, me voy a ir; no vuelvas, por Dios, a encararte a un tío de dos metros delante de la Charo de Matemáticas.
No hagas eso por mí. No quiero… Gracias —barbotó—.
Por todo, o sea… Por lo del otro día, por lo de siempre, por…
¿Sabes qué he pensado? Que cuando me trajiste ese día el escarabajo, cuando me encontraste la primera vez, ya fuiste un poco como un ángel de la guarda.
Pero me refiero… O sea, no tipo de Dios, sino…
Ay, mira, esto se me da de culo. Me voy ya, ¡no puedes descambiarla!
¡Viene con el cargador, está en la bolsita!
Y desapareció. Dio un salto y se escabulló corriendo entre los arbustos y al fondo oí al portero gritándole: «¡Oye, tú!» y la piscina llenándose de agua.
Creo que fue entonces cuando lo entendí, si no lo había entendido, en el fondo, desde el primer momento: que antes de los diecisiete yo ya lo había sabido todo sobre el amor porque llevaba enamorada de Laia desde el comienzo de mi vida.