Aunque se acabe el mundo Capítulo 21. Diana #5
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Capítulo 21. Diana #5

—No lo sé. Porque tiene más sentido. Porque no le he dicho a nadie lo de los vídeos, en verdad.

No lo sabe nadie, y mis padres no sé si piensan…

Tengo buenas notas. Hacer Audiovisuales es como malgastarlas.

—Luego añadí, más despejada—: Porque con Derecho y la lengua de signos puedo hacer algo, puedo tener un conocimiento importante para el mundo que le sirva a la gente como mi hermano Nico.

Inma guardó silencio y luego respondió:

—¿Tienes un hermano?

Nunca tuve mucho que hablar con Inma. No puedo reproducir ahora casi ninguna de las cosas que hablé con ella. Claro que hablamos, pero ¿de qué hablamos?

Recuerdo, sin embargo, como cristalino, el día que me pidió amigas voluntarias y yo enredé a Olivia pensando que echaríamos la tarde en el comedor.

La cosa se transformó rápidamente en la grabación de una propaganda para el canal de YouTube de la orden de las Carmelitas, que se estaban modernizando.

Olivia y yo acabamos disfrazadas de monjas, soltando eslóganes de reclutamiento de novicias, y luego nos regalaron unos mazapanes y nos dejaron en el patio mientras Inma montaba el vídeo.

—Pues bueno —carraspeó Oli bajo un hábito decimonónico—. Pues… Y este convento parece del Cid Campeador.

—Supongo que todos tienen la pinta.

—¿Y aquí vive gente?

—Toda esta gente.

—Por Dios… —musitó consternada—. Imagínate el frío…

La vi buscar las palabras correctas para preocuparse por mí, que era algo que nunca había ensayado.

—No sé, te lo voy a confesar… Que cuando dijiste que tenías novia, pero no te lo tomes mal, yo pensaba que iba a ser una chica como una médica cirujana.

Me tuve que reír.

—¿Qué? Oli, eso sería abuso al menor.

—¡Tú no eres tan menor!

—Oli, estoy sentada contigo en clase.

—Bueno, pero me refiero a que pensé —se explicó—, que sería una delegada o algo. O sea, Inma es buenísima gente, pero yo había pensado otra persona para ti más como tú. ¿Y de verdad se va a inscribir?

—A lo mejor —respondí—. Pero al final ha hecho la Selectividad.

—¿Y te da pena, Diana? Por si cortáis. Quiero decir… —Olivia manoseó su mazapán—. ¿Estás de acuerdo con eso? ¿Estás muy enamorada?

¿En qué consistía esa cosa mágica y obtusa, universal y certera, que era «enamorarse»?

¿Qué mecanismos movía? En qué cavidades se alojaba en mi cuerpo de carne.

Quería poder encontrarlo en los espacios entre mis costillas; quería extraerlo como un diente y colocármelo como unas gafas.

¿De dónde nacía la fuerza que movía el mundo incluso cuando el mundo se acababa del todo?

Tenía que ser algo magnético, capaz de averiar la electricidad de Europa: una cúpula alienígena en lo más alto del cielo.

Llevaba meses entonces tratando de encontrarla. ¿En qué consistía?

—Laia.

Era junio antes de los exámenes y la encontré empapada en los escalones frente a su casa. Quiso camuflarlo con la lluvia, pero yo siempre he sabido cuándo llora.

—Perdón —me dijo, sorbiéndose las lágrimas bajo mi paraguas—. No te preocupes. Es por la lluvia esto, que no… Se me han caído las llaves y no hay nadie en casa. Entonces estoy… Y he perdido hoy al gato que estaba…

—Eh. —La abracé—. Vale. Está bien.

—Es por la lluvia, no estoy lloran…

—Vale. Vale.

Laia me abrazó tan fuerte que me caló la camisa. La llevé a casa y le sequé el pelo en contra de su voluntad, que en ese momento era el suyo, sin tintes: castaño claro, mojado, casi rubio. La niña de la piscina que rescataba a las avispas.

Estuvimos buscando a Tuerto el resto de la tarde, otra avispa diferente, y realmente llevábamos casi dos meses sin hablar en absoluto.

Había intentado acercarme a ella en clase, pero dejó de ir a clase.

La había oído discutir con Mario en la urbanización de noche, pero había considerado que esa era una intimidad que no me pertenecía.

—Creo que se ha muerto de verdad —me dijo luego—. Estaba enfermo, que es lo que me ha dicho Mario. Que qué coño importa, si el gato ya estaba para morirse…

—Entonces espero que a Mario no le alcance la pulmonía que persigue sin camiseta en febrero.

Eso la hizo reír un poco, bajo los árboles goteando lluvia del Rectorado.

—Gracias —dijo y después—: Perdón. No sé ni qué decirte, Diana. Estás aquí conmigo, buscando a un gato cochino… Siempre sabes lo que hacer.

—¿Prohibirte tu propia pulmonía?

—También —murmuró jugando con mis botones—. También.

Le dolía algo más que un gato que no aparecía y yo no sabía cómo reparar esa parte, pero lo que se me ocurrió decirle fue:

—Puedes dejar abierta la ventana de tu cuarto. No sabes si se ha muerto; los gatos a veces se van, pero recuerdan los olores, y si lo has estado alimentando puedes dejar la ventana y siempre podrá volver algún día.

Me miró a los ojos con sus ojos de la luz de la cúpula.

—Vale.