Capítulo 21. Diana #4
—Ya he visto tu corto —fue lo que dijo—. Muy bonito, con la niña del pelo fosforito. Y la iluminación de la tarde… ¿Usaste un foco?
—Qué va.
—Muy especial. Nosotras, para las Carmelitas, tuvimos que alquilar todo el Sevici de Plaza de Armas. Hubo que hacer cuentas y todo.
—Claro. Es que eran muchas.
—Claro.
—Era… Estaba muy bien. No sé si te lo dije. No sabía que podían participar organizaciones, pero se merecía ganar. —Se cuajó otro silencio tras eso, que para ese momento ya había entendido que no le importaba—. Oye, Inma, ¿eres…? Aún no me ha quedado claro del todo. ¿Es…? ¿Haces esto mucho?
—¿El qué? ¿Ir a misa?
—No, digo lo de… Que si este era el plan. O sea, tampoco dijimos un plan. Si quedas con chicas así o con chicos. A lo mejor no te he entendido y… A lo mejor me he equivocado.
Inma respondió pestañeando:
—¿No te gusta este bar?
Yo respondí, ya sin argumentos:
—Sí. Me encanta el bar.
—Qué bien. Pues genial.
—Genial.
Inma y yo nunca tuvimos mucho de qué hablar.
Quizá mi problema siempre ha sido que nunca he evaluado si yo debo tener algo de lo que hablar. «Jesús no te cae bien, pero eres tú», me diría Laia años más tarde, antes de que Jesús muriera acuchillado sobre una tortilla. He ido recopilando gente a la que grabar mentalmente, a la que solo oír.
Esa noche, dejé a Inma en la puerta de la casa de su abuela.
Cuando estábamos junto al telefonillo, recuerdo que pensé «Y esto es todo.
Y se ha acabado», con la angustia y el alivio con el que se arranca una tirita.
Pero luego Inma se volvió, ya con el pomo en la mano, y no sé ni cómo ascendió diez centímetros.
De pronto, me estaba besando.
Su boca se abría y nos besábamos, y sabía a obleas y a tinto de verano, a algo húmedo y torpe, a la sagrada comunión. Todos mis estudios sobre el tema se concentraron en ese momento en devolverle la lengua a la boca educadamente.
—¿Vas a subir? —me preguntó.
Yo la miré.
—Se me van a acabar los buses… A las once pasa el bus a mi barrio.
—Pero ¿subes?
—Vale —me sorprendí diciéndole—. Vale.
Lo que puedo decir de esa cita ahora es que me dejé guiar sin oposiciones: me dejé amonestar por un cura.
Me dejé pasear de un banco a una terraza, a un tercer piso apagado en el que solo se oía un televisor.
Inma cuidaba los fines de semana a su abuela, a la que nunca vi, o quizá sí vi, entre las abuelas de la curada sección de contraltos.
Me dejé besar junto a un escritorio. Me dejé guiar las manos sobre una camiseta.
Luego nos las quitamos, más bien como quien se prueba ropa en un cambiador, pero la desnudez no pasó de ahí.
—Voy a perder el bus de verdad —le dije, cuando ya había perdido el bus y estábamos besándonos encima de su cama. En realidad, lo que quería decirle era: «No he practicado esto aún con el dorso de mi mano».
Inma frenó, con las gafas empañadas.
—¿No quieres? —preguntó—. ¿Tienes la regla?
—No. Es que… No quiero hacértelo mal. Esto… Está pasando todo muy rápido.
—Ah.
—Perdón, ¿cómo te llamas? —me salió soltarle, y qué humillación, y de la adrenalina casi quería llorar—. Es que no sé… ¿Cuál es tu apellido?
—De los Santos.
—¿Qué apellidos tienen los santos?
—No, me refiero «De los Santos». Inmaculada de los Santos, es.
—Vale —jadeé—. Vale. Yo Mena.
—Vale.
—No pensaba que esto iba a pasar. Quiero que sepas, por si acaso no te gusta, que no me he depilado.
Entonces Inma, por primera y última vez en nuestra historia, hizo algo extrañísimo para ella: se echó a reír.
—Pero si lo estás haciendo todo tú.
Perdí un trozo de virginidad con Inma aquella noche en la que me volví andando una hora hasta casa.
El resto de los trozos los fui perdiendo en los siguientes meses, como si Inma me estuviera rascando con una moneda el resto de mis cupones.
Fue instintivo, a ratos insulso, a ratos repentinamente fantástico, un descubrimiento incuantificable; y luego incómodo, anodino, equitativo, y finalmente abochornante cuando tuvimos que ir ambas en silencio a lavarnos las manos con jabón.
—¿Puedes hacerlo como llamando al ascensor?
—¿Cómo? —pregunté—. ¿De pie?
—No, a ver… Como pulsando los botones.
—Ah. Vale… ¿Así?
—Más a la derecha… Más abajo… Más arriba… Más… Ahí. Ahí.
Su cuarto en el piso de su abuela estaba forrado con crucifijos, estampas religiosas y calendarios de Semana Santa.
Tocar yo a Inma era sencillo; era lo que sucedía primero siempre y a lo que tendíamos ambas.
Que ella me tocase a mí no tanto, con Dios y toda su familia mirándome buscar y perder continuamente el orgasmo.
Pero el sexo se me reveló esa primera vez como algo bien pensado, una buena partida a un juego de mesa.
Alma me había dicho, dos años atrás, que era una «porquería pensada para los tíos».
Para mí, no fue eso. Fue un Peta-Zeta mojado tras una carrera de natación.
—No voy a ir a Selectividad —me confesó ella cuando acabamos—, porque casi todas las tardes tengo el voluntariado en el comedor.
Yo no grabo de esa forma, ¿sabes? De estudiar Audiovisuales y todo.
Me gusta más usar el Movie Maker. Yo hago voluntariado en las Carmelitas Descalzas en el convento de Santa Ana, ¿te suena?
Son de mi colegio de toda la vida. Entiendo que no eres cristiana, y quizá te ha preocupado lo de la misa, pero no es una cuestión cristiana.
A todos nos mueve alguna clase de fe. Yo llevo toda mi vida en las Carmelitas, entonces más que religión, es cariño.
Tú piensa que yo me llamo Inmaculada. «Diana», por ejemplo, viene de una diosa de los romanos.
—Me miró, despeinada—. Esto ha estado muy bien.
—Sí. Gracias.
—Gracias.
—Yo también —añadí, por si acaso—. Y para mí, quiero decir.
—Quiero que sepas que el año que viene quizá voy a ser monja, Diana.
No es que la noticia de que Inma fuese aspirante a novicia me sorprendiera del todo. Lo que me sorprendió fue que me llamase a la semana siguiente para hacer lo mismo, más o menos; con menos desafine en el coro, con más conocimiento del cierre de su sujetador.
Inma y yo estuvimos juntas toda esa primavera y hasta que llegó septiembre.
Quedábamos los fines de semana y, algunas tardes, ella faltó a sus voluntariados para reunirnos a no hablar, porque Inma y yo nunca hablábamos: nos entendíamos con las manos, que era algo que yo había practicado en casa durante el trascurso de toda una vida.
Inma era buena y se dedicaba en cuerpo y alma a las Carmelitas, que la querían como a una hija pródiga, la madre superiora anunciada para salvarlas de la muerte de los conventos.
Esto es lo que yo recuerdo ahora de Inma, en el fin del mundo: que tenía el pelo tan largo que le rozaba el cinturón, liso y enmarcándole la cara como una cortina; que no usaba móvil por convicción, y fue mi primera novia incluso con la amenaza acechante de su destino como madre superiora.
—¡Hola! ¡Que hemos oído hablar de ti un montón! —le mintió Oli, el día que le presenté a mis amigos en la cafetería—. Oli; quiero decir, que soy Oli de Olivia, no que Oli de holi. Bueno… Y este es César. ¡Pues como ahora nos caiga una lluvia, vaya guasa!
—Encantada —sonreía Inma.
—A Alma ya la conoces.
—¿Qué pasa? —Alma le dio dos besos que más bien eran dos golpes de pómulo—. Antes de que le hicieses la comunión, esta tía hasta venía a mis partidos.
—¿Qué partidos, si te han echado? —la reñí—. ¿O crees que no me entero?
—Mira, la vieja de siempre. Si eres vieja, ¿pa qué te enchulas?
—Perdón si hemos llegado tarde —dijo Inma—. Es que estábamos ayudando en el comedor social.
—¡Qué bonito! —se apresuró a añadir Cristo—.
¡No, pues hay que aprender! ¡Pues yo he donado arroz a comedores sociales!
Es una cosa que se tiene que hacer, ¿no?
La solidaridad. Yo te entiendo, Inmita, encantado; porque te juro que, si yo entro en un supermercado, al que pide en la puerta le cae un kilo de arroz.
César, que estaba concentrado en distribuir servilletas, preguntó:
—¿Y qué se puede hacer con un kilo de arroz en una puerta?
Inma era amable con mis amigos y escuchaba con atención el parloteo de Cristo.
No se inmutó cuando Alma la amenazó con una paliza si algún día me rompía el corazón.
Inma era incapaz de romperme el corazón, entiendo ahora, porque lo que me unía a Inma era la tranquilidad de estar emparejada al fin con alguien. Una mutua exploración física.
Laia estaba allí también, ese día, y creo que se me olvidó chistarle a Alma porque Laia estaba allí. Como una piedra al fondo del zapato, no podía estar atenta a otra cosa.
—Ay —le dijo Inma, cuando nos sentamos—. Tú eres la del pelo fosforito.
—¿Eh?
—Es que tienes otro pelo ya. Tú eres la del corto.
Laia parecía no haber dormido en tres meses.
—Ah, ya. Claro, pues sí.
—Parecías una deportista profesional.
—Ah. Claro, pues no.
Nadie notó nunca que yo no sabía nada del amor al final accidentado de mis diecisiete.
La versión de mí que proyecto frente al resto siempre me ha perseguido como una sombra.
Yo la persigo a ella, en realidad: un fantasma con un camisón.
Una niña abandonada en una gasolinera. Había una Diana Mena por ahí, más sabida e interesante que yo, que nacía ya con el conocimiento del amor, del cunnilingus y de la violencia.
Secretamente, yo no sabía si lo que compartía con Inma era amor.
Por ende, tampoco sabía al cien por cien si lo que hacíamos se podía considerar cunnilingus .
Cuando llegó la recta final para la prueba de acceso a la universidad, le pregunté un día en la cama de su abuela:
—¿Debería poner primero Derecho? —Y esa duda me siguió hasta que terminé Derecho—. En la lista para la PAU . El documento de las carreras.
—¿Por qué?