Aunque se acabe el mundo Capítulo 21. Diana #3
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Capítulo 21. Diana #3

Me quedé unos minutos más en esa terraza, con las cejas alzadas en el centro de la Alameda, hasta que llegó el camarero y me di cuenta de que también se había ido sin pagar.

Intenté cubrir su parte contando mis céntimos patéticos de calderilla.

El sol se estaba poniendo y Sevilla estaba llena de gente, de voces rápidas, y nunca más en la vida, por supuesto, volví a saber de esa tal Macu.

En mi bochorno, que se hizo más grande cuando miré al frente y vi que me miraba, con sus ojos grandes, la chica del corto de las Carmelitas, me puse en pie a toda velocidad y me coloqué el abrigo. La felicité, creo, por su premio de tarjeta de Alsa, y me iba a ir a casa cuando ella se puso en pie.

—Diana, un segundo —dijo, y yo me volví sobre el paso de cebra porque creía que se me había caído algo—. Perdona. Mira, es que te quería decir que me has gustado.

La boca se me desencajó. Una moto pasó cerca y casi me lleva por delante.

—¿Cómo? —dije y luego intenté en un balbuceo—: ¿El…? ¿Mi corto?

—No, tu corto no lo ubico, perdona.

—Ah.

—Me has gustado al verte, y como ya te estabas yendo… Pues quería decirte que me gustas y podemos vernos otro día. Si yo te gusto. —La chica del vídeo de las monjas, con dos crucifijos sobre el pecho, me preguntó—: ¿Me puedes dar tu número del fijo?

Y así fue cómo conocí a Inma de los Santos.

He pensado en Inma en estos días, algunas veces, en qué habrá sido de Inma en este apocalipsis que nadie vio venir. Todos los que creen en algo supongo que están ahora esperando y buscando en el cielo una señal; supongo que están rezando porque la cúpula no sea, al final, el rostro de Dios.

Una semana después de ese momento, cuando yo ya había creído que me había vacilado, Inma me pidió salir de nuevo vía mensaje grabado en el contestador de voz.

Por ese entonces, pasaba que Inma no tenía número propio y solo llamaba a los demás desde fijos ajenos.

En su mundo focalizado, indiferente a la mayoría de las cosas, aún no se había inventado la tecnología portátil.

Llamó a mi casa a la misma hora al día siguiente y Emma fue la que descolgó el teléfono.

Estuvo llamando religiosamente cada día a las siete y diez, pero mi hermana le colgaba porque pensaba que era una teleoperadora; y a la sexta vez, cuando le saltó el contestador, dejó un mensaje en el que decía:

—Hola, llamaba porque soy Inmaculada, no soy de Movistar. Estoy llamando para hablar con Diana porque tenemos hablada una cita. Si le llega esto, por favor, que llame a este número del convento de Santa Ana. Gracias.

Cuando mi madre escuchó esto, se mareó sobre la encimera y derramó el café.

Organizó una reunión de emergencia e hizo volver a mi padre de su turno en la comisaría.

Ambos citaron a Alma porque pensaron que yo estaba a punto de meterme a monja, lo cual, de repente, les encajó con mi perfil: sin novios Regalito.

Sin decantarme ni manifestar una preferencia por mi futuro.

Yo, que nunca se había hablado de mí en casa, me vi de pronto al final de la mesa grande explicando todo esto, y así me sacaron de armario: hablando de AirPods y de Natalia el Árbol, y al final se hizo un silencio inaudito en el que no pestañeó ninguno.

—Diana —tosió mamá—. Bueno… Madre mía. Qué susto, bueno, pues qué alivio, mi vida. Qué susto más tonto. Que no es que… Vamos a explicarnos: no es que seamos gente intolerante. Que si hubieses querido la vida de Dios… ¿No, David?

—Sí —asintió mi padre, incómodo—. Sí.

—Pero que nos decíamos ¿de dónde viene esto? Si no está ni bautizada.

—Pero y lo de… —dije yo—. ¿Y os parece todo bien?

Tardaron un rato en entender qué se suponía que abarcaba «todo».

—¿Qué? ¡Ah! —se espabiló mamá—. ¡Ah, bueno, claro! David.

—Sí —asintió papá.

—Perdón, eso, sí. Mira, cariño, los padres suponen… Mira, tú no te preocupes de nada, que eso ya se sabía. Pero lo cristiano, pues es que nos ha desubicado. Y lo de llamar a Natalia «árbol», niñas, no está bien.

—¿Cómo que «se sabía » ?

De pronto, Alma, que había estado en su silla como atascada en un trance, soltó:

—Coño, ¿tú estás liada con Laia Bayón?

Yo abrí y cerré la boca.

—¿Qué? No me… No estoy liada con Laia Bayón.

—Te estás liando en los buses con la Laia Bayón.

—¡Alma, no me estoy liando en nada con Laia!

—¿La vecina de enfrente —preguntó mi madre—, Laia Bayón?

—¿Laia Bayón —exclamó mi padre—, la niña terrorista?

Y entonces se escuchó un chisporroteo. El rúter se apagó. La nevera emitió un pitido y Emma salió chillando del baño con el pelo entre mojado y en llamas.

—¡Me quemo!

Le había ardido uno de sus secadores.

Todo se aceleró de pronto: papá fue corriendo a buscar agua. Alma abrió la ventana y huyó de un salto al patio de la urbanización. Yo coleteé como un pez, intentando hacer algo junto a mi madre, y Emma ardía.

—¡Me voy a morir! —gritaba—. ¡Mamá, mi pelo, mi pelo!

—¡Tranquila! ¡Emma, no te muevas! ¡No te muevas!

—¡Mamá, me voy a morir!

Emma tuvo que cortarse el pelo chamuscado. Lloró como estrenando pulmones y volvió a nacer durante toda esa semana.

En casa no pudo importar nada más, así que se aplazó el cumpleaños de Nico y se prohibió el uso de secadores por estrés postraumático.

No se volvió a hablar de mí, para mi tranquilidad.

Yo dormí con ella hasta que se le olvidó el mal rato y conseguí que se tomase una tila.

Unas noches más tarde, en una revelación de subidón de infusiones, me despertó.

—Diana. Diana. Creo que voy a volver a Traducción.

Al día siguiente, cuando busqué mi cámara, abrí la funda y no estaba allí. Estuve buscándola dos horas completas por todos los recovecos de mi cuarto, en los altillos y en las estanterías. En cierto momento, volví a Emma, que estaba en el suyo metiendo en bolsas sus últimos secadores.

—¿El cacharro viejo? —me dijo—. ¿El de la mochilita? No, pues a lo mejor pasa que la he vendido por internet.

—¿Qué?

—Pero ¿funcionaba? ¿Esa es tu cámara? Es que he vendido mil cosas, o sea, pensaba que era de mentira. Es que con el negocio, Diana, bueno, no está siendo fácil disolverlo y Carlos puso pasta, ¿sabes? Y no sé si te enteraste de que lo hemos dejado por segunda vez.

Había perdido la cámara del abuelo de Laia.

Intenté localizarla en la tienda que le había comprado los trastos a Emma.

Consulté en foros de camarógrafos para comprar otra de ese modelo, pero ya nadie las vendía.

Era una reliquia del tiempo de los vídeos con fecha esquinera y no supe entonces ni con qué cara decirle a Laia que había perdido el recuerdo de su familia, porque eso eran las cámaras entonces: una fe de Laia en algo mío que yo no creía que sirviese para nada, por impráctico y, sobre todo, por mío.

—Que no importa —me aseguró ella—. Escucha, ¿qué me dices? Si era un trasto del pleistoceno.

Yo abrí mi mochila y saqué una bolsa de compensaciones.

—Te he traído dinero y también chicles. Una luz de bici, que no tienes… No es seguro ir sin luz. Un pack de pilas para…

—Diana.

—Se pone así, con este velcro en la…

—Diana. —Laia me sonreía—. Escúchame, ¿qué haces? Estás como las maracas. No vas a darme… Diana, ¿me estás pagando ochenta euros? No, escucha, mira: te juro que esto no viene a cuento. Esto lo devuelves y vamos a ir a buscarte otra cámara mañana.

Pero Laia y yo no fuimos a buscar nada, y ella desapareció ese mes en la órbita inevitable de Mario Volkswagen. Dejó de esperarme, por trasnochar, para ir juntas a clase en bici. Dejó de venir a los partidos.

La primera vez que quedé con Inma era domingo y habíamos dicho de vernos junto a un parque en el barrio del Porvenir.

Estuve mirando los árboles desde la acera treinta minutos, mientras me ajustaba cíclicamente el pelo.

Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas haciendo un estudio de campo: cómo se entrelazan los labios, cómo se abre la boca, cuál es la cantidad correcta de lengua, si llega a haber.

Practiqué un poco con la palma de mi mano.

Sabía salada y rígida, vergonzosa. Crucé los dedos para que, en el caso de que algo sucediera, ella no notase que nunca me había sucedido nada.

Inma no apareció. Empezó a bajar la luz del sol. Pasaron más de cinco autobuses.

Cuando ya comenzaba a creer que me había plantado, miré a mi alrededor y reparé, en la otra acera, en el armatoste moderno y abovedado de la iglesia del barrio. Por un segundo, me vino la idea ridícula de que estuviera dentro. La cuestión es que lo comprobé y la conclusión es que allí estaba.

—Diana, qué tarde —me saludó, cuadrada entre una fila de señoras. Inma encabezaba el coro de la misa de la tarde y todas empezaron a entonar entonces el Aleluya . Cuando yo me acerqué, medio dubitativa, me trató como si hubiese estado siempre allí—. Aquí las tienes —dijo, y me tendió un papelito.

Eran las letras de las canciones del repertorio.

—Pero yo…

—Vamos por la cinco.

—No, perdona, Inma, es que yo no pensaba… —le intenté susurrar en la iglesia abarrotada—. Yo… Te puedo esperar fuera si quieres.

—¿Para qué?

—Pensaba que estábamos… Que habíamos quedado.

—Claro. Son versiones de los Beatles —me aclaró, que al parecer debía dejarlo todo claro—. Yo creo que eres contralto, pero habría que ver. Ahora ya se comulga.

—Pero… —probé inútil—. Es que yo no estoy bautizada.

Mi primera cita con Inma de los Santos fue una misa de tarde en la parroquia de San Carlos Borromeo. Me vi cantando, no sé cómo ni por qué, el Alabaré y el Hosanna en el cielo en el banco apretado de contraltos. Me encasquetaron el cestito de recolecta y lo pasé por las filas sin rechistar.

Cuando terminó la eucaristía, ya había anochecido del todo sobre Sevilla.

Podríamos haber ido al parque antes de que lo cerraran.

Podríamos haber dado un paseo, pero Inma se tenía que confesar.

Luego, cuando tomamos algo en un bar, Inma no se explicó en absoluto, que fue algo muy suyo desde el inicio.