Aunque se acabe el mundo Capítulo 21. Diana #2
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Capítulo 21. Diana #2

Era tan puntual que casi parecía que se quedaba en un matorral esperándome. Intentaba entonces entablar una conversación rápida de lo que sea que se le ocurriera, antes de irse al coche de su hermano Carlos.

—¿Qué? —Me toqué la mancha sobre el párpado—. Ah, no, esto lo tengo… Es de nacimiento, no te preocupes.

—¿En serio? Pues no te lo he visto. —Lucía llevaba toda la vida hablándole a mi mancha—. O sea, que no se te nota ni nada. Pero ¿te duele?

—No, es mi piel. Es pigmento.

—Ah, ¿de una quemadura?

—No, es una mancha de…

—Se cayó rodando de un quinto piso —interrumpió Laia Bayón. Lucía se giró y la descubrió allí, subida a su bici junto al panel del porterillo—. ¿Qué te parece? Luego te lo cuenta. Don Quijote de la Mancha, vamos tarde a primera hora.

Lucía la saludó y se marchó pitando. Yo me subí detrás de ella, en nuestro ritual ya casi memorizado de cada mañana: mis botas en los raíles de su bici, mis brazos en la cintura de Laia. Laia mascando un chicle con su voz olor menta y la mitad del pelo ahora azul recogido en una goma.

—¿A qué ha venido eso? —susurró—. La Virgen… Las neuronas justas para no tragarse la lengua.

—No seas mala.

—¿Te has traído la cámara?

—Que me la van a quitar si me la ven en clase.

—Diana, no vamos a hacer el corto en la vida —se quejó—. ¿Tú no ves que anochece a las…? Equilibra. ¿Tú no ves que si vamos al skatepark por la tarde va a estar eso más oscuro que un mosquito?

A mitad de segundo de bachillerato, nadie sabía más sobre besar que Laia Bayón.

Era lo lógico, porque Laia había crecido en un arbusto. Laia le gritaba al mundo con más coraje que los demás, y quizá por eso el mundo siempre le gritó a Laia de vuelta.

En las reuniones en la cafetería, después de los partidos de baloncesto de Alma, Laia siempre aparecía doblando la esquina acompañada de alguien nuevo.

Nos presentó a algunos que hablaban y a otros que no, grandes y canijos, repeinados y sin pelo, que se iban sin pagar y que invitaban, alguno que lloró, pero casi siempre sonrientes.

Laia tenía un catálogo inmenso de sevillanos con la tarde libre.

Luego, cuando se le agotaron, empezó a traernos a gente de Portugal que nadie sabía de dónde sacaba.

—Te encuentras muchos —me explicó— que van remando en piragua por el río.

—Ah.

Por regla general, no los volvíamos a ver. Nunca repetía acompañante ni les daba la mano bajo la silla. Laia, a diferencia del resto, no hablaba del amor que practicaba.

Por ese entonces, salíamos en su bici cada mañana y nos buscábamos incluso en los intercambios de clase.

A veces iba a su casa durante las tardes, en la época antes de que se mudase al centro, y después de estudiar Historia nos quedábamos hablando en el patio hasta la hora de la cena.

Aunque yo sabía que los besaba, y la veía mirarme mientras yo los miraba, Laia nunca hablaba de ellos conmigo.

—¿Y de ti? ¿Cuándo vamos a hablar?

Me dio un toque con la rodilla en mi rodilla. Era el día en el que la había visto besar a Alfonso antes de subirnos al autobús y estaba sentada frente a mí, disimulando un bochorno gigante.

—¿De mí de qué?

—No sé. Algo interesante te traerás.

—Te puedo decir que Emma está saliendo ahora con el hermano de Lucía Regalito. Si eso no es un susto…

—¿Y tú qué de qué, Diana Mena?

Yo pensaba que habría sido todo más fácil si ella hubiese querido besarme a mí la noche de la botella en Cazalla.

En otra línea de tiempo, otra Diana con menos AirPods no tenía que evaluar el inglés de Natalia el Árbol porque ya había besado a Laia Bayón; ya lo sabía todo, la intimidad y el resto, lo que se siente en los labios contra el piercing de sus labios.

—Te contaré algo —le dije en su lugar— cuando haya algo que contarte.

Laia puso los ojos en blanco.

—Venga. Vale. Pues muy bien.

—Te lo digo en serio.

—Eso se tendrá que ver, ¿no? Porque eres… Estás hecha un crucigrama. Yo estoy aquí todo el día, que lo sepas, abriéndome en canal contigo. No hay justicia.

—Tienes muchísimo cuento.

Fuera era de noche, en la carretera junto al foso del Rectorado. Sus Nike marcaban un ritmo estable contra mis botas militares.

—He visto el corto, por cierto. En tu YouTube —me dejó caer, con su indiferencia malamente calculada—. No porque diera la casualidad de que me lo hayas pasado.

—No te lo he pasado porque no había nada que ver.

—Ah. ¿Estás diciéndole esto a la actriz principal?

—Perdón. Habrás notado que a la actriz principal se le borraron la mitad de los clips. Laia, es muy malo.

Laia hizo una pompa de chicle que desvió a su boca la luz del mundo.

—Vas a tener que ir ensayando otra cara —me dijo—, porque vas a ganar.

Pero no gané.

Me descalificaron, de hecho, cuatro días antes del fallo, por haber grabado sin consentimiento el borrón al fondo de un tal Mario Vielhaber.

Se había quejado a la organización por molestar, por unas risas con los amigos; por una pelea con machetes de una trama paralela que ya había empezado en otra parte.

La entrega de premios del concurso por el Desarrollo Sostenible se dio en el salón del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla.

Yo no me atreví a decirle a nadie más que a Laia que había participado, pero me movió esta emoción privada, vergonzosa aún, de ver algo propio proyectado para otra gente.

Cogí un autobús y me presenté sola, incluso sabiendo que no ganaría.

Acudieron más participantes que público y la mitad se fueron yendo conforme la tarde se agotaba. Al señor de delante se le caía la cabeza del sueño y en la sala casi vacía se sentó a mi derecha la representante de un corto presentado por una organización de monjas.

Cuando ya llevábamos cinco proyecciones en un silencio sepulcral, una chica abrió la puerta y se me colocó al otro lado.

—¿Han echado El Apocalipsis ? —susurró—. Perdón. Es que es mío, el de las casas okupa… El corto de las casas.

—Aún no.

—Joder —suspiró, aliviada—. Vengo engollipá, tía. No se acababa la clase y yo venga que venga… ¿Qué tal? ¿El tuyo cuál es?

—El del skatepark . De una chica, en una bici…

—Bua, pues qué bueno. Telita, pues me gustaron los contrapicados. Yo creo que te lo llevas.

—Gracias. —Carraspeé encontrando otra respuesta—: El tuyo también… Me gusta la ambientación del tuyo. Lo voté en la página. O sea, el mío no ha pasado, pero… He venido a ver solo.

—No me jodas.

—Pero fue cosa mía. Fue que no cumplí las normas.

—Qué tongo, tía —concluyó igual—. Pues yo me la jugaba al tuyo.

Te lo juro, que además no huele a caspa, que Sevilla es que es muy rancia…

—De pronto, el señor que se dormía dejó de hacerlo y nos mandó callar—.

Perdón, perdón. Ya me cuentas luego. Luego nos tomamos algo en la Alameda y me cuentas, ¿va?

La chica del corto del apocalipsis era morena y tenía el pelo rapado, despeinado en punta; la ropa rota y tres tallas más grande.

Mirándome entonces, en la semioscuridad del teatro, su sonrisa enorme se le subía hasta los pómulos y lo que yo pensé fue que me parecía guapa, y me pareció parecérselo yo de vuelta.

—Soy Macu, perdona —dijo—. O sea, Inmaculada, pero Macu. Y ya me callo.

—Yo Diana.

Macu y yo vimos los vídeos del concurso el resto de la tarde mientras garabateábamos nuestras puntuaciones en un cuaderno de su mochila.

Escribió insultos en los márgenes para los peores de ellos.

Después, fuimos hasta un bar en la Alameda y me pidió una cerveza sin siquiera preguntarme.

En un arrebato, antes de irnos del CICUS , invitó también al plan a todos los asistentes, que eran tres divorciados y una profesora.

Solo se nos unió al final la chica de las monjas, que de hecho había ganado el primer premio.

Macu hablaba por los codos y se dispersaba sin acabar ningún tema. Nos contó, aunque solo me miraba a mí mientras atardecía, que estaba estudiando una FP de Sonido en Mairena del Aljarafe.

—¿Y tú qué vas, para Audiovisuales?

—O sea, no sé —le respondí—. Estoy viendo aún. Tengo la Selectividad en nada… Pero había pensado Derecho.

—¿Derecho? ¿Qué me cuentas? ¡Tía, muy fuerte! ¿Qué coño dices?

—Tiene más salidas. Esto… Pues ya ves cómo me va.

—¡Pero que el cine es un mundo, que el cine no son…

! Mira, estos concursos, que te regalan de premio una tarjeta del Alsa, no son ejemplo de nada.

Muy bonito, pero se lo lleva siempre un pintamonas.

—Añadió volviéndose hacia la ganadora—: Con todos mis respetos, tía.

Tú, después de la PAU , Diana, te me dejas de tonterías, ¿eh?

Y te vienes para Audiovisuales. Yo ya te ubico y todo, que estás tonta. ¿Me dices que no?

—Okey —me reí—. Me lo pienso.

—¿Te lo piensas?

—Me lo pienso.

—La de Derecho haciéndose planos secuencia… —Macu tenía un aro de plata brillante en el centro del labio—. Oye, ¿y la chavala del vídeo? Qué guapa. ¿Pillaste a una profesional?

—Qué va, es mi… La conozco de siempre.

Ella preguntó:

—¿Es tu novia?

Yo respondí, con las cejas alzadas:

—Eh… No. No es… No tengo novia.

A Macu se le subieron solas las comisuras de la boca. Fue a decir algo, después de beber de su caña, pero de pronto sonó un ruido y era su tono de llamada. Se sacó un móvil del bolsillo de la sudadera.

—Calla —dijo—, que me tengo que ir. ¡Tía, dime tu número! ¡Corre!

—¿Te lo escribo?

—Dale. Ponte un corazón. —Me lanzó el móvil y yo tecleé con los pulgares mi número de teléfono—.

Ya esta semana te hablo y quedamos, que te quiero presentar a una gente…

Ay, ahí viene Juanjo, ¡Juanjo! —Macu movió los brazos y entonces dijo—: Es ciego mi novio, ¿eh?

El Juanjo, qué cansino. Y va sin las gafas como si nada, ¡Juanjo!

Oye, que me voy. Que no me está viendo, ¿vale? Ha sido un placer, niñas, ¡chao!

—Chao —dijo la otra.

—Chao —murmuré yo, como un pasmarote, viéndola correr hasta los brazos de un chico.