Aunque se acabe el mundo Capítulo 21. Diana
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Capítulo 21. Diana

Mamá llamó con los nudillos a la puerta de mi cuarto la tarde en la que Emma se prendió fuego. Media hora antes del gran evento, cuando prenderse fuego parecía requerir más trabajo, yo estaba haciendo el trabajo sobre Napoleón Bonaparte y Nico, en la otra cama, se peleaba con el audífono.

—Diana. ¡Diana! —Al levantar la mirada, mamá estaba en la puerta—. ¿Vienes un segundito, cielo? ¿Sales?

No usó la lengua de signos.

Cuando llegamos al salón, Alma estaba allí, sentada a la mesa grande con los brazos cruzados. A su lado, mi padre tenía puesto el uniforme de policía completo, con la placa y el palo antidisturbios.

—¿Qué ha pasado? —pregunté mirándolos a ellos y luego a mi madre.

Alma dijo intimidante:

—Pues tú sabrás.

Yo le dije:

—¿Yo qué sé?

—Pues bien que lo sabes.

—¿Qué dices, Alma? ¿Qué haces aquí?

—Diana, siéntate, anda —me pidió papá—. Que no pasa nada, solo vamos a hablar.

Yo agarré una silla y me senté en el otro extremo de la comisión. De repente, me alarmó una idea:

—Oli se ha hecho daño.

—No, Olivia está bien, cielo —dijo mamá—.

No le ha pasado nada a Olivia. —«Por ahora», avisó Alma, en su papelón de amenazarme—.

Diana, Alma ha venido aquí, ¿no? Porque nosotros la hemos llamado, porque ella te conoce muy bien y queríamos hablar con ella de…

Pero, por encima de todo, está todo bien y aquí todos te queremos.

Aquí todos lo que queremos es acompañarte por lo que ahora te está pasando. Y Oli está con su familia.

—Mamá —repetí anonadada—, ¿qué es lo que está pasando?

Papá tosió un poco y le tintinearon las esposas en el cinturón. Alma seguía mirándome con cara de diputado. Mamá acercó su silla a mí y me puso una mano sobre mis manos, y entonces, como a punto de revelarme que habían llegado los alienígenas con una luz que partía el cielo, abrió la boca.

—Ya nos hemos enterado —musitó—, que estás planteándote meterte de novicia.

El día que empezamos el segundo trimestre de segundo de bachillerato, yo tomé la decisión activa de que ese año tenía que enamorarme.

El verano de los dieciséis en Cazalla había hecho estallar algo en el centro del mundo: el amor había comenzado a suceder, casi con prisa, en cualquier parte y para todos. Fue un evento abrumador y colectivo que no me molestó hasta que cumplí los diecisiete sin haber besado a nadie.

De la noche a la mañana, en el 2.º B se habían formado tres parejas: Rocío y Beltrán, Rodrigo y Paula y el asunto indefinido de los dos Pablos.

Olivia y César, que en agosto se habían dado un pico, ahora se cogían de la mano en los recreos, pero solo un par de segundos, lo cual era más bien un saludo formal.

A Alma no dejaba de pedirle salir Joaquín Martínez, con el que tenía un lío porque durante las vacaciones le había salido barba.

El último día de noviembre, se lio una gorda porque Charo expulsó a Cristo al encontrarlo grabando en la pared «Cristo x Ana Solís» con una chica entre unos urinales, y luego se supo que había sido Cristo solo, y luego se descubrió, más tarde, que Ana Solís ni siquiera existía.

—No, pero que yo sí que tengo novia —nos juraba él—, lo que pasa que no la conocéis porque va a otro instituto.

Esas Navidades, la noche en la que Emma me rizó el pelo, estábamos charlando en su cuarto y me confesó que había dejado a su novio Beltrán de cinco meses, su novio Beltrán «el Importantísimo».

Iba a prometerse, decía entonces, con el amor de su vida, el hermano mayor de la familia Regalito.

Nos habíamos escondido las dos en el baño, mientras ella toqueteaba los botones de una plancha vieja, y había dejado un mes atrás Traducción para ser peluquera y revender por internet secadores usados.

—Porque Carlos es ingeniero y sabe de esto.

O sea, me ayuda con el negocio, porque sabe de inversión y de cacharros, y tiene…

No te lo imaginas, pero jugó profesional en el Betis junior.

Y yo lo llevaba viendo de siempre en el patio, ¿no?

Pero claro, de pequeño tenía un cabezón…

No era guapo, Diana. No te rías. Pero yo lo he visto desde siempre. ¿No es tela de romántico?

—¿El Betis junior?

—Calla. Que parece una cosa romántica de las películas.

—No era tan feo, tampoco. Era por los aparatos.

—¿Y tú con quién estás? —Emma me empujó—. Me lo dices ya, venga. Diana, que yo no cuento nada, ¿estás saliendo? ¿Estás con quién?

—Tú lo cuentas todo.

—Que te quemo. Tú que vas así siempre con tu voz tan seria, ¿quién es el niño? ¿Es de tu clase? O te puede gustar solo, eh. Alguien te tiene que gustar. Solo esto, dime esto: ¿con quién te has liado de tu clase?

Yo era delegada y sabía inglés y arreglar el proyector del salón de actos, y no tenía ni idea de lo que era el acto esencial de besar a alguien.

El amor (y lo adyacente, lo que conlleva el amor; el manoseo del amor.

El dolor punzante) me sorprendió ya humillándome, como una asignatura que, sin cursarla, ya había suspendido.

De repente, existía todo este lenguaje fundamental que se hablaba y se compartía, y el mundo entero lo practicaba menos yo.

Iba a cumplir los dieciocho en algún momento del siguiente septiembre sin saber la ciencia de los chupetones, pero nadie se planteó, incluso entonces, que yo pudiese estar falta de información en algo.

Cuando el González recibió una llamada en medio de la charla de Educación Sexual, me colocó frente a la pizarra con un panfleto y me dejó a mí respondiendo las dudas.

—¿Qué es lo que es el cunnilingus ? —preguntó Joaquín por hacerse el gracioso.

—Es un… —improvisé abochornada—. Una… zona erógena. Es algo que se hace. Siguiente pregunta.

—¿En el dónde?

—Pues… abajo, Joaquín, entre las piernas.

—Pero ¿es en el culo?

—¿Siguiente pregunta?

Cristo levantó la mano.

—Con el cunnilingus , ¿se puede embarazar a alguien?

Así que decidí que tenía que enamorarme pronto, por motivos empíricos, antes de que la gente supiese lo que sí que era un cunnilingus ; por saber qué se suponía que era, qué engranajes movía, esa cosa obtusa y magnífica que era «enamorarse».

—Todas las del equipo —me dijo Alma tras un partido— son unas pesadas moscardonas y dicen que están enamoradas de ti.

Luego bebió de su cantimplora y le escupió un chorrito a Cristo.

—¡Ah! —gritó él—. ¡Cafre! ¡Que se me enmarañan las patillas!

—Carapolla.

Yo pestañeé congelada por la sorpresa.

—¿Cómo?

El cuerpo se me fue poniendo escarlata y por la garganta me subió el fantasma de un hormiguero.

—Lo que te digo. Es alucinante. Las odio de siempre, y ahora que tienen la chirla ardiendo pues más. Chavales, vaya mierda de espectáculo, ¿no? Quince a treinta y dos. Y tu prima la fresca, ¿dónde está?

—Viene a la merienda —dijo Olivia.

—Pues eso que se ha ahorrao.

—Alma —la llamé mientras miraba de reojo a las chicas del equipo—. Alma, ¿quién te ha dicho…? —Carraspeé más bajito—: ¿Julia? O Sara la de… Porque sí que Julia me mira a veces, pero no sabía… O ¿en serio de mí? ¿Todas? ¿O quién…?

—¿Qué? —me cortó Alma, secándose la boca de un manotazo—.

Diana, tú no me has oído. Que están todas enamoradas del Ruiz.

—Y señaló con la cabeza entonces a Tomás Ruiz, el profesor de Tecnología.

Tomás tenía una hija en el otro equipo y estaba sentado también en las gradas—.

A estas se les aparece un viejo entre tanta madre y es la fiesta de la hormona.

Con respeto lo de viejo, don Ruiz, ¿eh? Que buenas tardes.

Tomás Ruiz contestó:

—Bueno, Hassan, ya es lo más bonito que te he oído en la vida.

La parte de localizar de quién enamorarse fue la más complicada.

Durante las primeras semanas de ese enero, estuve probando a prolongar cualquier intercambio de miradas que se me diese con otra chica, por no atreverme a más y por no preguntar, que se me hacía invasivo, como pedirle a alguien que me invitase al autobús.

Si mis ojos coincidían con otros ojos, esperaba. Si duraba más de un rato, sonreía.

Esto lo que generó, en su lugar, fue que todos creyeran que la tutora estaba organizando otra redada de auriculares, por el lastre ineludible de mi reputación de delegada.

El día de San Valentín, Reyes Rubio se acercó a mi mesa y sacó de su mochila una cajita rosa.

No contenía mi primera confesión de amor: era una recolecta pacífica de todos los AirPods.

En el equipo de baloncesto, Natalia el Árbol (a la que Alma llamaba así porque medía uno noventa) era la única chica de todas que me miraba a ratos, misteriosa y sugerente, chocándose por ello con el palo de la canasta. El partido en el que me acerqué a saludarla, me sonrió de oreja a oreja.

—Hola —le dije, como probando un micro—. Estás… Vais jugando genial.

— извини, я тебя не понимаю .

Era una estudiante de intercambio rusa y no entendía ni el inglés.

Tampoco sabía bien cómo se suponía que nacían estos acercamientos, si existían señales o un itinerario concreto del que yo no estaba al tanto.

Cuando se lo pregunté a César, una de nuestras tardes en la biblioteca, él le dio tantas vueltas que se quedó dormido sobre los apuntes.

Oli decía que el amor empezaba siendo amigos, pero amigos no tan amigos y no tan en serio.

Cristo decía que su táctica era «escupir en cualquier sobre, que alguno tiene que escupir de vuelta», que a saber lo que venía eso a significar, pero sonaba bastante antihigiénico.

Alma solo salía con chicos a los que detestaba, así que al final de todo llegué a la conclusión de que, en realidad, nadie tenía ni idea de cómo funcionaba, qué era o de qué se articulaba el amor; y que, de hecho, era una suerte incluso, dadas las circunstancias, que contra todo pronóstico el amor nos encontrara y sucediera.

—Anda, Diana, ¿qué te has hecho ahí? Casi te pilla el ojo, qué faena.

Todos los jueves por la mañana, cuando íbamos a salir a clase, Lucía Regalito y yo coincidíamos en la puerta de la urbanización.