Aunque se acabe el mundo Capítulo 20. Laia
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Capítulo 20. Laia

En el sueño del fin del mundo, todo ocurre desde el final y desde el principio: mi madre quiere matarme. Estoy frente al establo en Cazalla y no he conseguido liberar a las vacas. Me caigo al río y debajo oigo el rugido de una carrera de natación.

Es una historia completa, desordenada, que no puedo retener nunca de no haberla leído entera aún.

En el sueño, miro al cielo el último de todos los días y ahí están, debajo de la luz de la cúpula: una colmena de manchas negras flotando sobre nosotros, llegando a nosotros, por encima de todas las ciudades.

Pero el sueño acaba y yo lo olvido, y me levanto llamando a

—¡Mamá!

Rojo.

Abrí los ojos.

Aspiré un aire caliente y denso.

El cerebro me regaló un pinchazo tras las cejas.

Esto fue lo que entendí primero: el mundo era rojo. Pestañeé, y me volvió poco a poco el recuerdo del foso y la bicicleta. Las cervezas en el suelo.

Estaba tumbada en algún sitio bajo una manta roja.

Era la mañana siguiente a la borrachera con Rey y el sol en la tela quemaba como una vitrocerámica encendida.

Sentía una presión imposible en los pulmones y tenía migraña de resaca por primera vez en tantos años.

Me había quedado dormida sin enterarme, a saber cuándo, sobre el sofá del salón.

Tragué saliva, deshidratada. Aún me latía en las retinas la imagen difuminada del fin de los tiempos.

—Dios… —jadeé—. Joder…

Pero al destaparme y hacerme a la luz fuerte del nuevo día, allí no había sofá ni había salón: estaba en un coche desconocido, tirada en los asientos traseros.

Me incorporé.

Tuertón, el gato gordo, se bajó de mi pecho.

—¿Qué…?

Cinturones. Ambientador. Ventanillas cerradas. Mis ojos me miraron de vuelta en el retrovisor polvoriento. Corrí a pegarme a los cristales entonces y comprobé el exterior: el supermercado apagado en la acera contraria. Entre la ristra de accidentes, los restos del BlaBlaCar de la chica.

—No.

Miré en el suelo y debajo de los asientos, donde alcancé a ver una mochila. Dentro estaban guardadas mis deportivas sucias. Al otro lado de la ventanilla, el bloque nosecuantos de la avenida de Menéndez Pelayo se erguía, por primera vez, cerrado.

—No, no, no, no…

Hurgué en mi ropa, buscando las llaves. Fue en el bolsillo del peto donde encontré la nota.

La única frase que se podía leer, torcida y apiñada, en el centro del papel mojado, estaba escrita con el rotulador imantado de la nevera de la cocina del piso en el centro de Sevilla del que acababan de echarme.

Mi nombre es Andrés

—¡Rey!

Salí del coche. Me lancé contra el portal.

Rey había brindado conmigo. Habíamos sobrevivido y me había hablado de su hermano, horas atrás, y luego se había quedado las llaves y había esperado a que estuviera borracha. Había metido algo en mi bebida.

—¡Rey! —grité—. ¡Abre! ¡Hijo de puta, Rey, no puedes…! ¡¡¡Rey!!!

Los autómatas del supermercado se volvieron. Los oí venir entre los escombros.

Yo retrocedí y miré a todos lados, la ciudad inhóspita, enorme. La electricidad no había vuelto y no funcionaba el telefonillo. Tuertón me maulló de pronto, sentado en el bordillo, y tuve que cogerlo en brazos y esconderme con él.

A la calle le nacían humanos vacíos en las esquinas. Venían y ya no había puertas ni balcones: venían hasta matar. A mí me vibraba el pulso del shock y tenía náuseas y sed y miedo.

Andrés Rey se quedó con el refugio del 3.º A. Eso fue lo último de todo lo poco que supe de él.

El cielo estaba dividido en cuadrados y seguía latiendo en rojo esa mañana.

Las tiendas abiertas eran nidos y no existían lugares seguros.

Agazapada en el coche, en un hueco entre asientos como al principio de todo, me miré las rodillas del peto roto y manchado de sangre y entendí, como si no lo hubiese entendido mucho antes, que ya no me quedaban sitios a los que huir.

Había que subir la calle. Había que empezar la historia de nuevo, volver a casa y abrir la puerta.

Había que enfrentarse a mamá.