Capítulo 19. Diana #4
Esa madrugada iba de repente a toda velocidad con las manos, estoica y decidida, sin alterar el gesto.
La niña de siete años, pegada a su pelota y sentada en la banqueta de la esquina, describió en lengua de signos una ristra de asesinatos.
Yo fui diciendo en voz alta lo que entendía y evitando los detalles: los muertos incluían a sus padres.
Había visto a los vecinos también, a su primo mayor y sus abuelos, pero no pude acertar quién hizo qué.
Alguien lanzó a alguien por la ventana. Alguien golpeó a alguien en el suelo.
Alguien agarró a Nadine y la escondió en la nevera, y luego ella consiguió salir porque no quería perder su pelota de fútbol.
—Y se fue a la calle al… —traduje—. Salió al rellano, creo, y estaba buscando a su madre. Y fue… Se cayó por las escaleras. Hasta abajo del todo. Hubo alguien abajo. No sé si… Y la encontró la policía.
Se hizo un silencio vacío en la consulta.
Mirelle, sobre la silla junto a la camilla recién desinfectada, tenía dibujada en la cara una expresión de terror sin nombre.
Cuando le toqué el hombro para reconfortarla, ella se encogió de un tirón sobre sí misma; giró, asustada, y su mirada bailó hasta encontrarme.
De pronto, la invadió el bochorno enorme, incómodo, de que yo ahora supiese todo eso de su familia. Se alejó, volviendo a los viales.
—Te tienes que ir —dijo—. Gracias. Voy a… Es mejor que te vayas.
—Pero…
—Gracias, Dina.
—Es Diana. No… Está mal escrito en la etiqueta.
Se ocupó a toda velocidad del catéter y me introdujo una última inyección. Me pegó una gasa al hombro y apartó la silla del camino. La vi secarse las lágrimas con el dorso de la mano conforme me guiaba, nerviosa, hacia la puerta.
—Mirelle…
—Vete. Está hecho todo. Adiós. La semana que viene no tendrás…
—Por favor —le pedí, y Mirelle paró en seco—.
Por favor, necesito que me ayudes. Antes de…
Me voy a ir ahora, te lo prometo, y no tenemos que hablar nunca de esto.
No ha pasado, esto. Pero antes tengo que pedírtelo, porque puede que no…
Porque nadie más me puede ayudar que no seas tú: me quitaron mis cosas cuando llegué.
Me quitaron el móvil y mi cámara de vídeo.
—Reformulé—: Tenía unos vídeos en la cámara grabados para mi novia.
Estoy yendo a por mi novia a España. No sé si voy a llegar con vida y estoy…
Si vuelve la cobertura, no tengo con qué llamarla.
No sabe nada de mí. Por favor. Si puedes…
Es lo único que te pido. No quiero nada.
Mirelle me miró a los ojos entonces, con la mascarilla ya cubriéndole la boca, y desvió su atención de nuevo a la ventana que daba al pasillo. La oí inspirar profundo un aire entrecortado. Se frotó la frente con los guantes y asintió.
—La semana que viene —dijo—, pide otro médico.
Esa noche, cuando el reloj de la carpa marcó la una de la madrugada, salí a hurtadillas entre las literas del dormitorio nueve.
Mirelle me estaba esperando detrás del edificio de las duchas, al norte del campo, escondida junto a los matorrales. Me dio el móvil y la cámara, que había perdido la tapa de las pilas, envuelta en una tela gruesa que luego entendí que no era una tela: era la chaqueta del yin yang de Bartek.
—Esto es lo que estaba —susurró—. Nada más.
—Sí. Es esto.
—Escóndelo debajo del colchón. En algún lugar, pero tienes que esconder. No llames. Se puede hacer interferencia. Hasta salir de aquí, no llames con el teléfono.
—Sí —repetí, y Mirelle y yo no hablamos nunca más—. Gracias. Muchas gracias.
—No cuentes a nadie.
—No. Por supuesto.
—Buena suerte en tu vuelta a España. Vete de aquí.
El patio era un espacio opaco bajo la cúpula y hacía un viento que crepitaba más allá, en los árboles al otro lado de la valla.
Yo me lo guardé todo debajo del mono gris, hasta el bulto grande de la chaqueta, y esquivé la luz de las farolas encendidas.
Volví de puntillas sobre la tierra, rodeando el dormitorio diez, que se alzaba delante como la sombra grande de una duna.
Me pegué al granero para llegar hasta el límite del campo oscuro.
Desde ahí, era solo un camino recto y rápido, siempre vacío, hasta el dormitorio nueve.
Pero al estar a punto de bordear la esquina, oí el chasquido.
Frené. Desde el comedor venía alguien caminando, con el rifle golpeándole el cinturón: un militar que hacía la ronda nocturna.
Me agaché. Vigilé, petrificada, su movimiento alrededor de una de las carpas.
Pareció darse la vuelta y yo gateé sin ruido, camuflada con el granero.
Iba echar a correr paralela a la valla, cuando una de las pilas de la cámara se desprendió y chocó con algo metálico. El golpe vibró como un campanazo.
«No».
El militar se giró. Lo oí acercarse por uno de los laterales.
Sin opciones, en un impulso, palpé las paredes del granero y di con el hueco de una ventana. Empujé el cristal y trepé. Salté al interior y volví a cerrar detrás. Un clavo frío me abrió la palma de la mano.
Estuve agazapada apretándome la herida durante cinco minutos en el negro absoluto del granero.
Dentro se oía un murmullo como de aire acondicionado y el forraje rígido y punzante me pinchaba los tobillos.
Olía a basura, pero no me moví. El pulso me latía en los tímpanos y me tapaba el ruido de las botas del guardia.
Este pululó alrededor de la ventana. Revisó la alcantarilla contra la que había chocado la pila.
No se oyó nada después, durante un instante que pareció una hora, y al rato entendí, cuando me llegó el tintineo de su cinturón a lo lejos, que se había alejado.
Cogí aire al fin. Saqué el móvil del bolsillo para encender la linterna. La pantalla táctil seguía rota y conseguí que reaccionara al décimo golpe de pulgar. El suelo del granero apareció ante mí, en un destello cegador y blanco. Desplacé la linterna, buscando una salida.
Y los vi.
El flas reptó sobre la pared e iluminó, de repente, una cara. Del susto, tropecé con una caja y mis propias piernas. El móvil se me cayó al suelo y la luz cubrió el techo.
En esa oscuridad concreta, de lámpara de mesilla de noche, los vi a todos y todos ellos me vieron a mí: una mujer y otra.
Un anciano sentado y un niño que podría haber ido a la primaria.
Una adolescente y un hombre con los ojos vacíos al que se le caía la piel a trozos.
Una treintena de humanos transformados, Laia, encerrados en compartimentos en el granero del campo de Estrasburgo, como un rebaño quieto, incapaz de gritar, cuya respiración solo producía un murmullo sordo de aire acondicionado.
Les habían arrancado las uñas. El hedor era de orina y estaban embarrados en suciedad, infectados y desnutridos, cubiertos de sarpullidos, quemados, algunos desnudos, a punto de morir.
Ese era el verdadero experimento. Ellos eran el milagro de la cura.