Aunque se acabe el mundo Capítulo 19. Diana #3
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Capítulo 19. Diana #3

Fue a partir de entonces, y porque me vi haciendo las veces de intermediaria, que Mirelle empezó a hablarme de verdad por las mañanas.

Su complicidad comedida, de charla de ascensor, me indicó que en realidad Mirelle no tenía a quién hablarle; sin la boca cubierta, mordisqueándose los labios, tuve la certeza de que era demasiado joven para su puesto.

Estaba sola allí. Me contó que se había alistado a los dieciocho y que creció en Toulouse, y hablamos de mi segunda carrera dejada a mitad en Wurzburgo.

La habían destinado al campo cuatro días después del estallido.

—Eres donante universal —me explicó, el día en el que le pregunté por las pruebas—, entonces nos viene bien tener sangre.

Así que como eres sana y joven… Hay gente que llega herida aquí.

En el pabellón tenemos gente en cuidados.

—Terminó de extraer una muestra—. Voilà .

Pero es rutinario, todo es seguro. Ahora vienes en dos días más y pasarás una semana sin extracciones, para descansar. ¿Has entregado la solicitud?

—No me han dado la solicitud todavía. Pero… No sé cuánto tardan. Me la darán pronto.

—Bueno. A lo mejor entonces ya te vas.

Mientras preparaba el soporte para sueros, me fijé, o me había fijado ya de antes, en que tenía arañazos recién curados en las muñecas.

—¿Estáis cuidando a…? —pregunté con cuidado—: ¿Hay de Ellos también aquí?

Mirelle se aclaró la garganta.

—El ejército está ayudando en las ciudades.

Se están evacuando supervivientes para las fronteras —dijo, y luego añadió más bajo—: Hay por todas partes…

Hasta perdidos en la carretera. Se acercan aquí, cuando oyen los coches.

C’est terrifiant … Sobrecogedor. Pero el campo está preparado, no te preocupes. Todo es seguro.

—¿Se sabe qué es?

—La enfermedad… No es mi información. No debería decir nada. Pero es complicado, en una situación así, ¿no? Hacer estudios y saber.

—Sí.

—Lo que sabemos es que no es contagioso. Es buena señal, porque no hay más casos. Es cerebral, dicen. Un cuadro neurológico, porque se piensa que es un efecto por la luz del cielo.

—¿Por la cúpula?

Mirelle alzó las cejas y me miró, paladeando la palabra en español.

—Qué bonito. Sí —murmuró—. La coupole .

Tras eso, se hizo una pausa extraña en la que ambas supimos que no debíamos seguir hablando. Ella retomó su prisa habitual y guardó las bolsas vacías.

Al día siguiente, mientras preparaba la inyección que terminaba el chequeo, me atreví a decirle:

—He pensado en lo que me dijiste. De que no es contagioso.

—Mirelle alzó los ojos y supe que estaba tentando a la suerte—.

Si lo estamos parando… Si se está arreglando y no hay más enfermos, eso significa que no nos quieren matar.

Los que… Los creadores de la cúpula, ¿no?

A lo mejor es un mensaje de ellos. La enfermedad.

Ella se volvió rápido para mirar la ventana. La noté dudar entonces, incapaz a sus veintipico años de no cometer el error de hablar de más. Nadine cabeceaba de sueño en la esquina.

—No nos dejan… —susurró—. Aquí no se puede decir la palabra que empieza por A.

—Sí, claro.

—No la digas.

—No.

—Alarma a la gente, dicen, pero… La gente lo ve. Mira arriba y… La gente lo sabe. Es una locura —suspiró—. Se está intentando descifrar… El cielo tiene una radiofrecuencia, ¿no? Se está intentando con cohetes.

—¿Para destruirla?

—O contactar. O verlos. Pero solo hay silencio.

—Tomó aire—. Bueno… Perdón. No se puede hablar.

Así que ahora estamos luchando por la gente; estamos aquí con la vacuna.

Eso es lo que se puede hacer. Nuestra labor es la enfermedad y la gente.

No te preocupes. La enfermedad tú no la vas a tener ni es parásito del cielo.

Tenemos los medios para entender aquí, ¿vale?

—¿Qué? —barboté—. ¿Se está testeando aquí una vacuna?

Los ojos de Mirelle bailaron. El líquido caliente me tembló en las venas. Rápidamente, me quitó el catéter y apretó con un algodón.

—Pero no es… —Me regaló una sonrisa pequeña—. Perdón. No me has entendido. Era una idea, para que entiendas. No te preocupes. Todo es seguro.

Esa noche, mientras dormíamos, el hombre en la cama de arriba sufrió una embolia. Cayó desde lo alto de la litera y se sacudió en un espasmo. Tenía los ojos abiertos, límpidos, perdidos ya en otra parte.

Yo me arrodillé en el suelo e intenté hacerlo reaccionar. Alma le tomó el pulso.

— Help! —gritó, y se fue a por ayuda—. Please, at nine! Help!

Cuando llegaron los militares de guardia, nos apuntaron a todos con los rifles hasta que retrocedimos dos pasos.

Se lo llevaron en una camilla a saber dónde, para a saber qué, y nunca más volvimos a verlo.

Horas después regresaron y se llevaron sus cosas, que eran solo unos zapatos y una sábana, y nos dijeron que había muerto por una afección desconocida, después de semanas de visitas médicas, con menos de cincuenta años.

Yo lo sabía, Laia. Ahora lo sabía.

Estaban probando en nosotros una cura desesperada, a toda velocidad.

Los habitantes del campo de Estrasburgo se movían sin decisión, como hormigas, en un itinerario silencioso y calculado sobre el descampado rojo.

Había tiempos para consumir comida, tiempos para esperar papeles, tiempos exactos para lavarse en duchas atascadas y sin jabón, restregándose el pelo solo con agua.

Nos hacíamos casi indistinguibles bajo el mismo mono gris.

Nadie preguntaría por nosotros cuando muriésemos en la frontera.

Habíamos muerto ya todos, a ojos del mundo, en un fin del mundo en el que lo ausente estaba, seguramente, muerto.

Las Fuerzas Armadas nos habían atrapado en una aduana y éramos ratones a la espera de los efectos de una inyección.

Fuera de allí, la humanidad era un sistema enorme que se autodestruía a la espera de un milagro.

Para el milagro, iban a sacrificarnos por algo con más valor que nosotros.

—Hay que salir de aquí —me dijo Alma la noche que murió el hombre y no pudimos dormir de nuevo. Yo miraba el techo de la litera y sus dos dedos me agarraron la mano—. Es un matadero. Hay que salir de aquí corriendo.

Unas horas más tarde, al terminar el turno de desayuno, Alma tenía un papel sobre su cama en el dormitorio cuatro. Le habían rechazado la solicitud por segunda vez.

—¡Dejadme pasar! ¡No, llevo aquí dos semanas, cabrones hijos de puta! —le gritó a los militares—. ¡Me vais a dejar irme y me va a escuchar si quiero el papa!

— Back or we will shoot! —le ordenaba uno—. Back or shoot!

Los guardias que custodiaban esa mañana la salida del campo eran dos chavales alemanes que farfullaban un inglés malísimo.

Bajaron del todoterreno al oírnos acercarnos y fue imposible el intento de conversación: Alma llegó a ellos y ya se enredó una retahíla de insultos.

Los empujó para apartarlos y enarboló un pedrusco.

Cuando uno agarró el arma, yo me coloqué en medio.

— Please! —pedí—. Calm! Bitte!

— Back! —repitieron ellos—. Back!

—¡Están los motivos! —siguió Alma. Les lanzó la hoja de la solicitud por encima de mi hombro—. ¿¡Qué falta ahora!? ¿¡Eh!? ¡Que os jodan, putos nazis!

—¡Alma! —la llamé—. Alma, por Dios. Vas a conseguir que nos maten.

—Vamos a pirarnos. Quita de en medio, Diana. Quita o te juro que…

—¡No, vas a parar! ¡Vas a…! ¡Mírame! —Le agarré la cara—. ¿Qué coño te crees que haces? ¿Quieres que nos maten? ¿Quieres…? ¡Mírame, Alma, por tu vida!

Uno de ellos dijo detrás:

— Verrückte Schlampe … [10]

A Alma se le abrieron los ojos como agujeros.

—Pero ¿¡y tú qué ladras!?

—¡Alma, no!

Alma se lio a puñetazos con dos armas de fuego. Le dio una patada al rifle de uno y este se disparó solo al aire.

En el patio cundió entonces un pánico estúpido y vinieron refuerzos desde el comedor.

Acabamos ambas, ni sé ni cómo, siendo inmovilizadas en un charco por un escuadrón de seis militares.

A uno de los dos guardias se lo llevaron a la enfermería por otra torsión testicular.

Nos encerraron en una celda. Pasamos la tarde en el calabozo, justo donde habíamos empezado, sobre el suelo polvoriento, tras la ristra de barrotes sin luz.

A mí me sangraba la boca de un codazo y a Alma se le puso un ojo como una bombilla.

—Estarás contenta.

—Sí. —No estaba contenta.

—Esta es la clásica contigo, Alma, y no puedo más. Tienes un problema y no puedo más. Olvídate de otra solicitud.

—La solicitud es una basura. Hay que reventar este sitio con una bomba casera.

Doce horas después, cuando ya se había ido el sol tras el ventanuco minúsculo, una militar cargada de llaves apareció de pronto por el pasillo. Nos encontró dormidas sobre el hormigón caliente y abrió de un golpe la puerta.

—Fuera —dijo—. Venga, vamos. Os han cubierto.

—¿Qué? —murmuró Alma, espabilándose—. ¿Qué?

Al salir, Jolie nos estaba esperando bajo una farola. Le trapicheó una bolsa con dos pastillas a uno de los que patrullaban la zona y este asintió y la militar nos quitó las esposas. Se despidieron de ella con dos besos.

—Fianza cara por esta zona —nos dijo encendiéndose el porro—. Fatal para entrepreneur . Vive la France , ¿no? Nada como estar en casa. En fin… No sé mucho, pero pienso que se viene una crisis de la economía. ¿Vosotras qué tal?

Ambas la miramos, manchadas de barro y sangre en la oscuridad del descampado.

—¿Estás vendiéndole droga a los militares?

—No. Espagnola , ¿cómo piensas de mí? No solo a los militares. No soy tía clasista. —Luego le lanzó a Alma un cigarro y esta se tiró al suelo para atraparlo—. Fuma, a ver si calmas ya.

—Dios mío… —jadeó ella—. Dios mío, te putoquiero.

En el último chequeo médico antes de la pausa, Nadine nos contó a Mirelle y a mí la historia de su brazo roto.