Capítulo 19. Diana #2
—No. Pero si quisiera llevar el hiyab, que es mi cultura, la cosa es que ni me dejan, porque es una cárcel. Y si cualquier otra persona, si mi madre estuviera… —Se interrumpió a sí misma, con los ojos en blanco—. Mira, ¿tenemos que hablarlo delante de esta? ¿Tiene que saberse esta mi biografía?
Sentada a mi lado, en su silla de ruedas, Jolie Lemaire sorbía un batido de piña, muy poco interesada en nuestra cháchara española.
— Quoi? —dijo al ver que la mirábamos—. Jamón, jamón, paella. Continuez .
Alma se frotó la cara y jadeó: «¿En serio?». Yo le dije:
—Jolie me salvó de morirme en una gasolinera.
—Diana, es una francesa politoxicómana.
—Aaah, d’accord! —La señaló entonces Jolie, espabilándose—. ¡No, ahora sí sé! Yo te conozco, yo pensaba que me suenas. Tú eres… Espera. En Würzburg, ¿no? Oui . Que nos vimos. Tú eres de pizzería.
Alma se llenó los pulmones de aire.
—Soy Alma. Amiga de Diana, ¿te acuerdas? No, mira, te lo refresco: me diste en enero unas setas, tía, la única vez que te he visto en mi vida, unas setas que casi toqué a Dios en la nube y me dio un cáliz con la sangre del cordero.
—¡Aaah! D’accord … No. No recuerdo. Aunque quien seas, me debes dinero.
—Vete a tomar por el…
—Alma, Jolie puede llevarnos hasta Marsella —las interrumpí yo—. Si nos ayuda a llegar a Marsella, si colaboras, allí podemos coger un tren a España.
—O sea, que nuestro gran plan es confiar en la Armada y luego, más tarde, confiar en la droga.
Una figura alta, de pelo largo, pasó de espaldas hacia las bandejas.
—¡Eh! Chéri ! —le gritó Jolie—. ¡Aquí estamos!
—¿Y ahora qué coño pasa? —se quejó Alma—. ¿Qué viene también con su prima? —Klaus, barbudo, giró sobre sus talones y Alma se atragantó—. Coño. El Cigala.
La enfermera militar que se encargaba de revisarme cada mañana era una chica joven, diminuta hasta en las uñas, de acento francés y con las manos torpes.
Se equivocaba clavando las agujas y me susurraba una disculpa solo cuando lo hacía bien.
Con la mascarilla así, cubriéndole hasta la nariz, me recordaba a Inma de los Santos, mi primera novia, por los ojos brillantes y grandes como de cristal de Inma.
De su uniforme colgaba una placa plastificada en la que se leía «Mirelle Girard».
—¿Riesgo de embarazo? —me preguntaba todos los días.
—No.
—¿Relaciones sexuales? ¿Seguro?
—Seguro.
Todas las madrugadas que pasé allí, Mirelle tuvo sentada sobre una banqueta, en la esquina más oscura de su consulta, a una niña con un brazo en un cabestrillo que no llegaría a los ocho años. La niña de la banqueta nos observaba hacer nuestra rutina médica sin emitir un ruido.
—Cierra la mano —me ordenó Mirelle—. Bien. Sí. Suelta, suelta.
Cuando la bolsa de sangre estuvo llena, volvió a ojear los papeles.
—Ok, han pedido la médula… ¿Te han hecho ya toma de médula cuando llegaste?
—No. No han… ¿Es necesario incluso médula?
—Lo han pedido. No vas a notar, se usa anestesia. OK, hepático… Voy a ver. —Revisó algo que me estaban inyectando por intravenosa y luego removió los envoltorios en el cajón—. Espera aquí, por favor. No encuentro. Espera.
Agarró mi bolsa de sangre y salió por la puerta.
La niña de Mirelle, que supuse que debía ser algo para Mirelle, no se movió tampoco entonces de su sitio. Nos quedamos a solas, yo sentada junto a la mesa de extracciones y ella abrazada a una pelota en su esquina. Tenía la escayola embarrada y me miraba con una expresión estoica, sin vergüenzas.
—Hola —le dije.
No me contestó.
— Ça va? —intenté en francés.
Permaneció impasible, en silencio.
Solo en ese momento, me di cuenta de que la había visto ya antes, en mi primer vistazo a las carpas del campo: era la niña junto al granero que contemplaba el mundo tras las vallas.
Había algo en la forma en la que oía, que era que su atención no estaba en mis ojos, sino en mi boca, que se me hizo un gesto conocido.
Probé de otra forma: le ofrecí el sándwich empaquetado que me habían dado tras las extracciones. Le dije, en lengua de signos: «¿Quieres?».
La niña se irguió un poco, desconcertada.
«Para ti —gestualicé—. Te lo regalo. ¿Cómo te llamas?».
Su mirada viajó, nerviosa, de mi cara a mis manos.
Pero cuando fui a acercárselo y me puse en pie, el movimiento la asustó. Retrocedió y me tiró la pelota. Esta rebotó contra el soporte para sueros y, de pronto, estaban a punto de volcarse sobre los viales. Aún enchufada a la vía, yo me precipité a agarrarlo todo y el sándwich se me cayó al suelo.
Mirelle entró por la puerta.
—¡Nadine! —la llamó, enfadada. Nadine recuperó la pelota y volvió a su banqueta—. Tu fais quoi!? Reste là! Calme! Ne bouge pas de là! —Me miró—. Pardon , lo siento, está… ¿Te ha hecho daño? ¿Qué ha…?
—No —dije—. Ha sido… Es cosa mía. Ha sido culpa mía.
—Tienes que irte. Perdón. —Mirelle se apresuró a desenchufarme. Me humedeció el hombro con alcohol y me clavó la inyección de final de chequeo—. La médula es mañana. Puedes irte. Te llamarán. Vete.
A la salida, con el brazo de nuevo entumecido y el mono gris a medio abrochar, volví a acercarme al mostrador de orientación.
—¿Y no quedan más solicitudes? —insistí—. ¿Cuándo van a…? Puedo escribir mis datos en un papel.
—Se la llamará personalmente para entregarle su solicitud.
—Pero han pasado tres días. Tengo… No puedo quedarme aquí, tengo que irme a España. Mi familia está en peligro en España.
La militar desganada tras del cristal le murmuró algo a su walkie-talkie . Su compañero apareció para escoltarme.
—Se la llamará personalmente para entregarle su solicitud.
Estuve toqueteándome las botas toda esa tarde, sentada en la tierra junto al dormitorio nueve.
Por la noche me tocó limpiar las bandejas de la cena y rebusqué en los cajones de la cocina, como si fuese posible siquiera que alguien hubiera guardado allí mi móvil.
Pensaba en ti cuando miraba la valla electrificada, en una versión de ti, Laia, al menos viva; herida o transformada o necesitándome en algún sitio; a la que nunca conseguía alcanzar.
Esperándome en el foso como un gato bajo la lluvia.
Un día más tarde, al final de nuestro turno en las duchas, me peiné con los dedos y me puse la ropa junto a la taquilla. Cuando estaba saliendo por la puerta, algo tiró de mi manga: Nadine, la niña de la banqueta, estaba devolviéndome el envoltorio ya vacío del sándwich.
Me dijo, en lengua de signos francesa: «Gracias».
En la siguiente visita a la consulta, mientras Mirelle me buscaba el pulso, comentó:
—Voy a colocarte ahora un catéter. Perdón por muchas inyecciones cada día. No teníamos más catéter.
—No pasa nada.
—Luego se cierra y no es peligroso. Por si duele, mantén el brazo estirado.
—Vale.
—¿Sabes hablar lengua de signos?
Se bajó la mascarilla. Creo que hasta ese momento nunca le había visto la cara; tenía la nariz contraria a la nariz que yo había imaginado.
—Sí —dije, pillada por sorpresa—. Es… La hablamos en mi casa, desde siempre. Mi hermano es sordo.
—Bien. Sí. Claro.
El envoltorio del catéter se le cayó tres veces a la bandeja antes de que consiguiese abrirlo. Mirelle mantuvo el silencio durante la toma de tensión.
—Hoy no hay extracción. —Sonrió amable y yo le sonreí de vuelta.
Después de eso, se sentó de nuevo frente a mí—.
Mi sobrina, Nadine —comenzó de repente—, ahora mismo sus padres…
Está conmigo ahora aquí, a mi cargo. Lo siento por el accidente el otro día.
—Se le atropellaron las palabras en la boca—.
Nadine es sorda, también. Antes yo vivía lejos de ella, yo no…
No sé hablar lengua de signos. No puedo hablar con ella.
No quiere escribir… Creo que sabe leer, por la edad, pero no quiere…
Te vi hablarle a Nadine en lengua de signos.
—Sí. Era… Noté que me leía los labios.
—¿Sí?
—Era lengua de signos española. Sé un poco de la francesa, pero no son lo mismo. Hay puntos donde se entienden, pero no sé mucho.
—Sí.
—Nadine hablará lengua de signos francesa.
—Por favor —me pidió Mirelle sin escucharme—, ¿puedes preguntarle? Un poco. Como tú puedas, si lo intentamos, ¿puedes preguntarle por el brazo? O si es alérgica, una comida… Y por sus padres. ¿Qué le pasó a sus padres?
Me apretó la mano entre sus manos enguantadas.
—Claro —fue lo único que le pude responder—. Claro.
Años atrás, en aquella época en la que Nico pegó el estirón y se volvió de pronto más alto que papá, fui a un curso con él para aprender lenguas de signos de otros idiomas.
Era final de segundo de carrera y ya por entonces me insistías en que dejase Derecho; había pasado la noche en vela por los exámenes y me quedé dormida en la segunda clase de lengua de signos francesa.
Nico me dijo luego, volviendo a casa: «No te preocupes. Gracias por venir».
Yo le dije: «Perdón. Si quieres, que mañana venga mamá. Soy un desastre».
Él me dijo: «No seas tonta, D. Eres una exagerada. Es francés, ¿qué importa? Tampoco es que te vaya a servir para nada».
Al final del mundo, atascada en Estrasburgo en un campo de refugiados, Nadine y yo nos entendimos como pudimos con lo que yo aún recordaba de esa clase.
Mirelle me contó entonces que era la hija de su hermano mayor y que tenía tan solo siete años.
Había llegado a ella dos semanas atrás en una furgoneta de refugiados nuevos.
Me hizo preguntarle cuándo cumplía los ocho y en qué calle había estado viviendo su familia.
Nadine, de siete años, perdida en la frontera con alguien que ni la conocía, era inexpresiva por empeño, sentada siempre encorvada en su banqueta esquinera, y no respondió a nada hasta la mañana siguiente, cuando le ofrecimos otro sándwich empaquetado.
—Dice que el brazo le duele —traduje—, pero no quiere la escayola. Se está haciendo… Dice que está intentando romperla. Porque dice que la odia.
—Bien, gracias —respondió Mirelle, con los ojos empantanados. Se secó las lágrimas con la bata—. Muy bien. Bien. Gracias a Dios.