Capítulo 19. Diana
Alma había tenido el turno doble en La Santa María el día que empezó el fin del mundo.
La Santa María era un local cochambroso en el centro de Berlín, lleno siempre de turistas, donde servían unas pésimas patatas bravas.
Tenían colgada del techo una bandera de Ecuador y la mitad de su carta eran tacos.
Era una amalgama de latineces, una macedonia de identidades sin lógica narrativa, donde siempre se comía con el bombardeo del reguetón.
Alma, que era la mejor camarera de la plantilla, no cobraba ni como para salir de su piso compartido con tres estudiantes.
Llevaba trabajando allí ya un año y le debían dos meses y una veintena de horas.
Como acto de justicia, apagaba sus cigarros en los manteles y se llevaba a casa los saleros metálicos.
—Ojalá se acabe el mundo de una vez —me dijo una noche— para que este sitio roñoso se vaya a la mierda.
El día del turno largo estalló con los clientes clavándose los tenedores. Eso fue lo que me contó.
Un par de ellos, antes de eso, pidieron una ambulancia y vomitaron de camino al lavabo. Luego Alma corrió a cocinas, pero los azulejos ya estaban manchados de sangre. Su compañera Rosa, que llevaba allí mal pagada una década, se desangraba junto a los fuegos encendidos.
El Bergen, su jefe, fue el que la salvó y la arrastró con él hacia su descapotable junto a la acera.
Condujeron hasta las afueras de Berlín, que se había vuelto, ya en la primera hora, un río de accidentes y sirenas y humo.
Fue entonces cuando Alma se dio cuenta de que le habían rebanado tres dedos de la mano derecha.
De las falanges le chorreaba un líquido oscuro, ajeno, y se desmayó más tarde en el hueco entre los asientos.
Al despertar, la estaban cuidando en una cama.
A cien kilómetros de Berlín, una comunidad de supervivientes se había organizado para gobernar un hotel de carretera.
El Bergen, llorando a moco tendido, le explicó que iba a morir, que allí no podían hacerle trasfusiones, y que la habían vendado, pero seguía sangrando. Así que iba a morir.
Tres días más tarde, cuando sus dedos habían dejado de empapar la venda, El Bergen murió de un shock anafiláctico porque en el hotel tampoco había epinefrina.
Alma quiso llevarse el descapotable, pero no la dejaron: era un «bien comunitario» en el nuevo orden del hotel.
Me dijo que se fue a la semana siguiente hacia España, después de robarles un patinete eléctrico que se quedó sin batería a mitad de camino.
La encontraron deshidratada, agarrada aún al patinete, a las puertas del campo de Estrasburgo.
—No dejo de… No era su turno, siquiera. Rosa se me murió encima y no…
Joder —farfulló, sentada frente a mí, en una silla de la carpa—.
Estaba cubriendo el turno del Jonas. El gilipollas de…
Y pienso en sus putos críos, que tenía como tres; cinco años deben tener los críos de Rosa.
Coño… —Tragó saliva, con el ceño fruncido—.
Intenté avisar a su marido, antes de perder el móvil, claro.
Pero donde el hotel ya no había ni cobertura.
Y vi que tú habías oído mi audio. Tú siempre…
No me habías contestado. Entonces me hice a la idea de que estabas muerta.
Porque con la residencia hasta arriba, esa noche, y estarías…
Ibas a cenar con estos imbéciles. Así que me dije: Diana ya está muerta.
—Sara —la interrumpí yo—. Estaba… Fue en la cena, en su habitación.
—Ya.
—Sara salió del baño y mató a Jesús. No sé dónde acabaron Celia y Alberto.
Alma y yo nos miramos, en un silencio desolador. La oscuridad del noveno dormitorio, que era una hilera de literas bajo una cubierta de plástico, olía a humedad y de fondo se oía un murmullo en árabe.
—¿Los demás? —me preguntó ella—. ¿Sabes algo desde…? ¿Tus padres?
—No. Fui a cenar y se fue la cobertura…
—¿Antes?
—Antes de todo.
—Y no ha vuelto.
—No. No lo sé… Me han quitado el móvil. El móvil se me rompió en la gasolinera.
—¿César mandó su foto?
—Sí, justo antes. Justo a las nueve.
—¿Y Oli?
—No lo sé.
—¿Cristo?
—No lo sé.
Alma juntó las cejas y casi ni pronunció:
—¿Laia?
Yo abrí la boca para responder. No me salió nada.
Me sobrevino, de repente, una culpa enorme y absurda, como si hubiese fracasado en la tarea imposible de llegar hasta allí con algo más que yo.
Era la primera vez en semanas que oía tu nombre de otra persona.
La respiración me tembló y Alma vino hacia mí.
Me abrazó en un tirón, con rabia, que era, en realidad, su única forma de pena.
—Está bien —me dijo—. Eh, es Laia, ¿vale? Estoy segura.
—Le había dicho… —musité—. Justo antes de todo, Alma, la había cagado con ella. Le dije que en su cumpleaños…
—Y sabe quién eres —respondió—. Y tú sabes quién es. Laia está esperándote en Sevilla y vamos a salir de aquí. Te lo juro. Te lo juro.
Fuera caía la lluvia débil, gris, de las nubes que flotaban bajo la red de la cúpula. Los altavoces anunciaron que el grupo B comenzaba su turno en las duchas, al otro lado de los charcos de albero.
Alma llevaba más de una semana en el campo de refugiados de Estrasburgo.
Para cuando llegué yo, ya detestaba aquel lugar como la había visto detestar todos los lugares: el Microclima, La Santa María, la cancha del polideportivo.
Esa primera mañana me contó que cinco días atrás había dormido en el calabozo por un altercado con un militar que terminó en traumatismo testicular grave.
Aún con esas, como en todos los lugares, no echaron a Alma del campo: tan solo la dejaron en el banquillo.
—Les pregunté en el mostrador si lo de los «motivos de emigración» era un recuadro importante.
Pero no responden nada, porque la mierda esta es una pamplina.
Se la pela. Nos mandan a hacer el cuadernillo a ver si nos callamos, ¿no?
Y se limpian el culo con ellos. Dios… Te juro que me voy a morir si no consigo un cigarro.
Yo completaba su segunda solicitud para cruzar la frontera.
—¿Cómo es el segundo apellido? ¿«Elmeni»?
—«El mehdi», separado. Con hache en medio. Ahí. Con «di».
—¿Y qué pusiste en los motivos?
—No puse nada, tía, ¿qué voy a poner? Y luego me dicen: rechazada, sin motivos.
—¿Dejaste en blanco los motivos?
Alma levantó el brazo.
—Que tengo un muñón que parezco E. T. el Extraterrestre, Diana.
Que esta gente pretende que… ¡Les voy a hacer yo aquí un writin g !
, ¿no? Dime. Con este plan. Un TFG sobre que quiero irme a mi país, muchas gracias.
Que no es ni a Francia, es que nos dejen irnos a nuestro país.
¿Mis motivos son, a lo mejor, que ha estallado el puto apocalipsis de la Biblia?
— Have been working in Germany for two years … —escribí—. Want to cross France to get to Spain, which is my permanent home …
—Vale. Eso. —Asintió—. Eso también.
—¿Cuál es tu DNI ?
—Yo… Pues bueno. Pues no me lo sé.
—¿En serio?
—Perdón.
—Fatal, Alma. Fatal.
—Perdón.
Mientras rellenábamos a lápiz el formulario mojado, vi a Alma toquetearse la venda sobre los dedos perdidos con una brusquedad absorta. Antes de obligarme a dejarla firmar, mordiéndose las uñas, miró el patio iluminado fuera y susurró:
—Ya me puedo olvidar del baloncesto para toda la vida.
Aquella noche, entre el llanto incansable de algún bebé y los ronquidos del hombre que dormía sobre mi litera, Alma me abrazó con tanta fuerza que me hizo real y lloró como yo no la había oído llorar nunca.
No volvió a dormir en su dormitorio, que era el número cuatro, ninguno de los días que pasamos en el campo; nos apretamos todas las noches en mi cama como niñas, de nuevo, o niñas para siempre aún.
—La maté —me confesó—. Vino a por mí y no quería… La tuve que matar. Pero fue… Cogió el cuchillo y mis dedos…
—Lo sé.
—Maté a Rosa.
—Lo sé —le dije—. No es tu culpa. No es tu culpa.
Me citaron para la segunda revisión médica al amanecer de la mañana siguiente. Un vigilante me despertó sacudiéndome del hombro, con el rifle preparado entre las manos.
Tuve que ir en ayunas, sin haberme podido ni atar las botas, sobre los charcos del descampado hasta el edificio blanco del que había salido un día atrás.
Me hicieron desnudarme. Me pesaron en una báscula.
Pasé otro interrogatorio sobre una tanda nueva de posibles enfermedades, pero este fue, en realidad, nada más que el comienzo de la rutina habitual: a partir de entonces, alguien con un rifle me recogería cada mañana en el dormitorio y me llevaría a una revisión en el pabellón médico.
Nadie me explicaría por qué, ni qué estaban buscando.
Al resto de los refugiados los citaban solo bisemanalmente, en filas grandes que colapsaban las puertas.
—No te van a decir por qué —masculló Alma masticando una albóndiga—, porque este sitio es una cárcel.
El comedor del campo de refugiados se llenaba todos los mediodías.
Solo podíamos ocuparlo durante una hora cada grupo y la mitad de ella la gastábamos haciendo la cola.
Repartían una comida insípida, pegajosa, tras la barra acristalada, que al menos era más caliente que las latas de la gasolinera.
Nos repartían cubiertos de plástico lavados para que nadie se guardase un cuchillo y desde los laterales de la sala nos vigilaba un grupo de militares.
—No digas eso aquí —la avisé—. Están al lado, Alma.
—No nos entienden. Te lo digo yo.
—No lo sabes.
—Ya los he insultado igualmente a todos. —Alma arrancó un trozo de pan seco y duro—. Putos cerdos… Esto es comida de cárcel, y nos vigilan comerla con jodidas metralletas. Están haciendo lo que quieren contigo y con los demás, porque es un secuestro. Nos tienen secuestrados aquí.
—Es una base militar —le dije—. Están controlando las fronteras.
—Sí, pues claro.
—Ahí fuera, Alma, es una locura. No lo has visto bien. Las ciudades están destrozadas. Lo mínimo que se puede hacer ahora…
—¿Sabes que no me dejan ni llevar el hiyab?
La miré, sorprendida.
—¿Has empezado a llevar el hiyab?