Aunque se acabe el mundo Capítulo 18. Laia #4
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Capítulo 18. Laia #4

Se cuajó un silencio típico, hecho a medida para ese mundo, mientras el gato al fondo lamía los cristales. Al otro lado, los autómatas del 3.º B seguían condenados a su balcón y nos observaban desde las sombras.

Después, Rey le dio un trago a su cerveza.

—Cuando le pasó a mi hermano —empezó de pronto—, lo metimos en la cocina entre mi madre y yo.

Me volví a mirarlo.

—Ah.

—Pensamos que estaba loco, tú sabes; que se había drogado…

Tiene quince. Parecía que estaba loco. Me mordió esta oreja y me la reventó.

Luego ya llegó mi padre, que estaría… Por la hora, pues estaría subiendo por las escaleras.

Venía de trabajar. —Lo vi roerse el interior de los carrillos—.

La mató de repente. O sea… Sin más, yo qué sé.

Yo, cuando llegué, ya la había matado y todo.

Y cuando le vi a mi padre la cara de zombi pues lo supe, que era algo tocho y ya está, y…

Sí. Porque no era solo mi hermano. Así que me fui.

—¿Mató a tu madre?

Rey asintió, mientras rebuscaba en unas patatas. Añadió, casi incómodo:

—No es que yo tuviera… Tampoco los quería yo un taco, ¿sabes? Eran solo… Pues mis padres, pero bueno. Fue toda la pesca. Mi padre se marchó, le he perdido la pista. Yo me escondí abajo.

—¿Abajo de dónde?

Rey me miró a los ojos y apuntó al techo.

—4.º A —dijo—. Tengo que sacar a mi hermano de la cocina.

En el salón del piso esa noche, sin luz apenas, a Rey se le marcaba un bigote ridículo que no se había afeitado y tenía la cara repleta de hematomas.

El pelo algo más largo, rozándole el mentón, seguía tan grasiento como la primera mañana.

Nunca le pregunté si había cumplido los dieciocho años siquiera.

Se me reveló en ese instante, sentados allí los dos, todo su parecido con Mario Volkswagen; con la vergüenza a su propia tragedia de los hombres Mario Volkswagen, incapaces de llorar por nada.

Habíamos creado este vínculo a golpes, que no era un vínculo, en realidad, sino una caída inevitable, de tanto compartir, en la intimidad.

No me lo dijo, pero solo con recordarlo supe que el hombre al que golpeamos con el telefonillo el primer día había sido su padre.

Alcé un botellín de cerveza. Rey bufó una risa y lo chocó con el suyo.

—Dios —me quejé tras probarlo—. Qué puto asco… Qué guarrería.

—Venga, con brío. Y viva España.

—¿Así tiene que saber? O está podrida.

—Y mucho peor que puede saber.

Las velas se agotaron a la hora. La luna en el cielo estaba llena tras los edificios y los ojos se nos acostumbraron a ver así.

Mi cuerpo, nada hecho al alcohol, fue perdiendo matices en la segunda ronda.

Pasado un rato, todo era ya una neblina poco relevante, obtusa, al otro lado de las ventanas, y llevábamos encima una cogorza estúpida de adolescentes.

La cúpula roja brilló en un punto a lo lejos. Murmuré:

—¿Qué pueden querer si son capaces de hacer eso? ¿Qué pueden querer que tengamos nosotros?

Rey respondió:

—Pues quedarse el cotarro. Matarnos seguro, cuando les molestemos. Lo que haríamos nosotros si descubriésemos un lugar.

Había pasado la medianoche cuando yo me acaricié la mancha de tarta de queso tatuada en el tobillo. Aún oía su voz de fondo, el recuerdo de su voz que me había dado la luz.

—¿Cómo se llama? —preguntó Rey.

Lo miré. Era la primera vez, o así se sentía, en la que hablábamos realmente de algo.

—Diana.

Él ladeó la cabeza y sopesó.

—¿Y es como…? ¿Está muy buena? —Le di un codazo y se le ensanchó la sonrisa—. ¿Es como para matarte hoy, por ejemplo? ¿Es tan en serio?

—Llevamos seis años juntas.

—Coño, qué pereza…

—La conozco desde siempre. Éramos… Hemos crecido juntas. No hay nada de lo que sea yo que no tenga algo que ver con Diana. —Asentí, muy borracha. Luego se hizo un silencio—. Está buenísima.

Rey se rio.

—Pero eso es lo típico que vas a decir tú.

—Te ibas a cagar, si tuviese una foto.

—¿Es rubia?

—Es una cosa impresionante.

—Pues yo pienso que tiene sentido. Que las tías estén con las tías, quiero decir, porque yo a las tías… Tampoco es que os entienda. Pero, ojo, que no soy un maricón.

—Me importa una mierda lo que pienses. Ya lo has jodido.

—¿Quién se coloca…? Tú sabes. El «apéndice».

—Vete a la mierda.

—¡No te rayes! No te rayes —se carcajeaba—. Bueno, ¿y en qué culo del mundo estaba? ¿Dónde era eso? ¿Bosnia Herzegovina?

Tuertón ronroneaba en el hueco bajo mi brazo.

—En Wurzburgo —le dije—. En una ciudad en el centro de Alemania.

Rey bebió de su quinto botellín, con la nariz aún hecha polvo bajo los ojos.

—Bueno —concluyó—. Pues va a tardar en venir, ¿no? Es un paseo. Vas a tener que salir a encontrarla.

Yo estaba casi dormida en el suelo del 3.º A. Tenía la piel de las manos achicharrada y los nudillos manchados de pintura. Sobre el suelo de granito, en el foso bajo el puente del Rectorado, había escrito con espray hacía unas horas una X grande, intercambiada de mil maneras desde hacía seis años.

Por un segundo, me imaginé a Diana en el pasillo del instituto, al otro lado de la piscina, en los hemisferios opuestos a los míos; Diana Mena existiendo de la forma correcta, sin tropezarse, preparada, desde siempre, para llegar hasta mí.

—Sí. Voy a tener que seguir encontrándola. [9]