Aunque se acabe el mundo Capítulo 18. Laia #3
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Capítulo 18. Laia #3

Y era Rey, el crío gilipollas. Su nariz seguía rezumando sangre y una gota me cayó sobre la frente.

Rey, sucio y huesudo, del que no sabía ni el nombre, con la llave del piso en el bolsillo y nada que ganar, hizo algo impredecible y nuestro, realmente, y llegó más enfadado que nadie al Rectorado a salvarme la vida.

—¡Lánzamela! —me ordenó—. ¡Coño! ¿¡A qué coño esperas!? ¡Laia, espabila, imbécil! ¡Lanza la puta cuerda!

—Rey —susurré.

Me agaché y le lancé la cuerda mojada de barro. Él casi se despeñó por agarrarla.

—¡Hazle dos! —le grité—. ¡Haz más de un nudo!

—¡No me jodas ahora! ¡Cállate un ratito, hija de puta! ¡Vamos a morir por ti!

—¿Le has hecho dos?

—¡Sube! ¡Ya está, venga, sube!

Caminé sobre la pared. Arriba, Rey tiraba y estábamos heridos, sudando, desfallecidos de la inanición, y apretamos los huesos hasta mudar los de leche.

Subí.

La congregación de autómatas venía por la calle, un desfile de gente en un estado deplorable, gente con sus residuos en la ropa, gente tuerta como un gato.

Rey me soltó entonces y yo caí un palmo.

Intentó desatascar el cuchillo de su cinturón, pero lo había recubierto de tanto celo que estaba fusionado a su pierna.

—¡Cipote! Pero ¿¡esto es de coña!?

Toqué la barandilla. Me encaramé como pude y la mochila se me cayó al foso.

—¡Corre! —le dije—. ¡A correr!

Pero no eran veinte ya. Había autómatas saliendo de todas partes.

Se acercaban de entre los coches, en una apatía irreproducible, blanca, paseando en dirección a nuestra voz. Una centena de ojos nos vieron correr calle arriba. Los talones me sangraban en rozaduras y me había quemado las manos. Él tenía un brazo en carne viva desde el codo hasta el hombro.

—¡Son doscientos! —jadeó.

Vi una Sevici oxidándose en la carretera. La levanté.

—¡Sube! —Rey me miró y luego miró las caras, las caras nuevas que venían del parque—. ¡Rey, coño, sube! ¡Sube atrás!

—¡La llevo yo!

—¡No, la llevo yo porque la he llevado toda mi puta vida!

Rey subió al portaequipajes.

Yo encajé las suelas en los pedales y de pronto mi cuerpo, la ciudad destruida entorno a mi cuerpo, me reconoció y yo también la reconocí a ella: era Laia Bayón.

Estaba subida a una bicicleta y les daba vueltas a los edificios del patio.

No había nada más primitivo que eso y por supuesto que eso me encontró incluso allí.

Apreté el manillar. Puse la segunda marcha.

Derrapé en la glorieta de la estatua del Cid.

Las cadenas se reajustaron en un crujido mientras pedaleaba.

Uno cruzaba la avenida y nos embistió.

—¡Dios! —dijo Rey, pero no caímos—. ¡Joder! ¡Tuerce, ahora tuerce…!

—¡Agárrate!

—¿¡Qué cojones es eso, Laia!?

A unos metros de nosotros, en el paso de peatones junto al parque del Prado, se intuía un bulto grande, negro, al que le brillaban dos banderillas en el lomo. El tranvía estaba volcado, hecho pedazos detrás. Había un toro bravo, huido de la plaza, quieto en medio de Sevilla.

—Dios mío.

Giré el manillar. La bici se desvió hacia el carril contrario.

Botamos sobre el bache de la acera intermedia, hacia la Fuente de las Cuatro Estaciones.

A lo lejos, vertiéndose sobre la rotonda, se acercaba una cofradía de autómatas imparable.

Venían de las entrañas de los restaurantes, de las orillas del río, del centro del mundo.

Eran demasiados y entonces lo supe: no lo íbamos a conseguir. Era solo cuestión de tiempo.

—¡Laia! ¡Laia, gira! ¡Muévete, Laia!

Y en medio de eso, junto a todo eso, en un zumbido de oídos que por un segundo pensé que era la muerte, de repente los naranjos temblaron y se encendió, deslumbrante, la luz del cielo.

Las ruedas de la bici dejaron, poco a poco, la carretera. Empezamos a flotar y flotó la gente, flotó la señal rota, los gatos en el foso, el agua de los charcos.

El cuadrado de la cúpula se iluminó como una linterna sobre el Prado de San Sebastián. Invirtió la gravedad y todo bajo él empezó a subir hacia las nubes. Fue un río de color rojo neón. El interior brillante y húmedo de una granada.

La luz escarlata, casi ámbar, de los que estaban orquestando el final, vibraba dentro, como un insecto, y creí entenderlo al verla: estábamos esperando la nave o el cometa o el ovni.

Pero el ovni ya estaba, siempre había estado, encima de todos nosotros.

La cúpula era el rayo que abduce y tenía el tamaño de toda la Tierra; lo empapaba todo, y todo era suyo, en ese breve momento.

Una lente terrorífica al intestino de algo.

—Pero como esté muerto… —oí de otro tiempo—, yo no tengo perdón…

—… con la habitación grande y tú con el otro baño, nada más…

—… los llamamos para que vinieran y nos…

—… preocupes, gusanito. Vamos a intentarlo otra…

—… Laia…

—… ¡Laia!…

—… ¿Laia?…

Rey empezó a elevarse detrás. La mochila se le escapaba tras la espalda.

—¡Laia! ¡No, no, no, no…! ¿¡Qué está pasando!?

Sus gritos en mis oídos estaban superpuestos a mil voces.

Se me aferró con un brazo y tiró de la mochila, que flotaba como un globo; la mochila con la comida por la que habíamos salido a la calle.

Yo miraba en mi bicicleta el cielo rojo, sobrecogedor.

Pero ese instante, como todos los demás, iba a acabar y ya lo había vivido.

Pedaleé.

—¿¡Qué haces!? ¡Laia, me vas a tirar!

—¡Agárrate! —le ordené—. ¡Es un mecanismo! ¡Va a apagarse ahora!

—¿¡Qué!?

—¡Agárrate!

Empujé la bici contra la fuerza magnética.

Nos desplazamos, sumergidos en su agua, lento y buceando entre la magia del rayo. Los autómatas volaban ahora y eran boyas de mar. Miraban todos hacia arriba, perdidos en el susurro secreto de la cúpula.

Apreté los dientes. El sudor me subió y se convirtió en esferas.

—Vale. —Fue lo último que oí, y era el recuerdo de una voz en abril. Paré y la busqué con los ojos. Jadeé: «¿Diana?»—. Lo hablamos entonces, si quieres. Te llamo a las diez. Adiós, Laia. —Empezó—: Te quie…

El cuadrado de luz se extinguió.

La bici nos impulsó hacia delante.

Todo volvió al suelo.

La energía reconcentrada, estática, eclosionó entonces: caímos en un estruendo más allá de la rotonda.

Las ruedas aullaron y echaron chispas contra el asfalto.

Dejamos atrás a los autómatas y nos siguieron luego, pero ya era tarde: subíamos como una bala por la carretera junto a los jardines de Murillo, y estábamos vivos, sangrando, con los oídos taponados de la presión.

Rey y yo tiramos la bici y los habitantes del supermercado se revolvieron. Nos metimos corriendo en el 3.º A de la avenida de Menéndez Pelayo.

Y sobrevivimos.

Esa noche, en una calma que aún pitaba ruido, la luz titiló y se volvió a ir. Todas las farolas se apagaron fuera.

Yo estaba en el salón, comiendo un plato frío de guisantes, cuando la casa se quedó de nuevo a oscuras. Encendimos velas de cumpleaños y las clavamos en una lata de paté.

—Toma.

Rey volvió de la cocina y me ofreció un botellín de cerveza. Teníamos la mesa cubierta de paquetes de nueva comida, en dudable estado, de pésima calidad, y nos sentamos ambos en el suelo.

—Gracias, pero no bebo.

—Venga ya. Esto es pa mear y no echar gota… Y estás empeñada porque sí en amargarte la vida. ¿Qué lleva, a ver? ¿Pis de mosquito?

—No es por vegetariana, lumbreras. No me gusta el alcohol.

—Estupendo. Más para mí.

Se hizo un sándwich montando dos raciones de fideos duros.

Les echó el condimento del ramen y luego, sobre todo eso, una bola sólida de helado de caramelo.

Estuve mirando de reojo la quemadura de su brazo, que centelleaba como de plástico bajo la luz de las velas, pero ninguno se quejó de la sangre después de sobrevivir.

Tuertón, que había estado chuperreteando el líquido de unas albóndigas, las dejó mordidas sobre el plato y se despatarró, modo espectáculo, para lamerse el culo. Luego se fue a maullarle al balcón cerrado.

—Se quiere pirar.

—Están ahí todavía. Fuera —le recordé yo—. No pueden oírnos hasta que se vayan.

—¿Todos? ¿Cuántos?

—Siete. Puede que ya menos. No durarán hasta mañana.

—Eso dependerá de cuánto chille el gato.

A mí se me deshacía entre los dedos la mitad descolorida de un Maxibon.

—¿Qué había allí abajo, al final? —preguntó Rey, en algún momento—. Porque eres tonta y estarías muerta. Me acordé, menos mal, de que estabas obsesionada con el foso por no sé qué pollas.

—No había nada —le corté—. No estaba allí.

Mi mapa inservible se había quedado en el fondo del foso vacío.

—¿Y ahora qué? ¿Te vas a ir por fin a tu casa?

Yo tomé aire, plegando en triángulos un envoltorio.

—Venía de casa cuando pasó. Me volvía desde Córdoba, porque estudio…

, bueno, o estudiaba. Da igual. Luego se fue la cobertura y mi madre intentó asfixiarme.

El resto pues te lo imaginas: escapé y llegué hasta un coche de los de ahí, pasé la noche, bla, bla…

La dejé encerrada, en casa. Estará… A lo mejor ya se ha muerto de hambre.

Probablemente. Y si no se ha muerto, me matará, cuando vuelva.

Así que no sé qué hacer ahora, si te digo la verdad.