Capítulo 18. Laia #2
Nos desplazamos de lado como cangrejos y ninguno vigiló lo que dejábamos detrás.
Los naranjos proyectaban una sombra negra, alargada, que casi disimulaba la sangre pegada al suelo.
No había un alma, ni siquiera transformada, pululando entre los escombros de las tiendas.
Dejé de mirar la carretera en cierto momento por no ver lo que quedaba ya de la chica del BlaBlaCar.
Llegamos hasta las sillas de aluminio tumbadas. Cruzamos como camaleones el paso de cebra.
La última vez que había estado allí (huyendo de mamá, esquivando lo que ahora ya eran cadáveres), la calle había parecido fría e irreconocible, cubierta del humo blanco del shock . Ahora era, o nunca había dejado de ser, solo mi calle.
—Dentro —le dije a Rey, empujándolo hacia el bazar del barrio—. Entra.
Él me miró. Echó un vistazo al interior vacío.
—¿Aquí?
—Hay comida. Yo vigilo.
—Es de chuches.
—Hay ramen. Latas.
—¿Ratas?
Algo crujió detrás y nos enderezamos. Un carrito de bebé se había chocado solo contra una papelera.
—Yo vigilo. Entra.
Rey entró en el bazar y me llegó el chasquido lento de la cremallera de su mochila.
Estábamos tan desnutridos a esas alturas que nos habríamos comido hasta las bolsas sin abrirlas.
Esperé a escucharlo guardar lo que fuera, a entender el toqueteo de los paquetes en sus estantes, antes de empezar el verdadero plan.
Vigilé los alrededores un minuto, pegada a la puerta. Luego me deslicé calle arriba.
Subí rápido, sin alejarme de la pared, hasta la esquina de la freiduría cerrada.
Pasé bajo el toldo y paré justo antes del callejón.
El corazón se me aceleró en los tímpanos: estaba despejado.
Continué hacia delante, agachada, pasando el restaurante japonés y la zapatería, hasta alcanzar la entrada de la tienda de baratijas.
Entré en su oscuridad y fui a la esquina de siempre: en fila, como esperándome, los peores espráis para grafitis cogían polvo sobre su balda.
Yo agarré uno y lo metí en mi mochila. Cayó sin ruido junto a la cuerda del tendedero, que había serrado tres noches atrás desde la ventana que daba al patio de vecinos.
Iba a irme hasta al foso bajo el puente del Rectorado.
En septiembre, con un cielo pacífico en su ventana, le había dicho:
—¿Aunque se acabe el mundo?
Diana trazó una X sobre mi cuello.
—Aunque se acabe el mundo.
Era aún la niña fantasma y yo la había observado durante toda mi vida.
Diana estaba esperándome allí, o si Diana todavía no estaba allí, ante la posibilidad ínfima de que estuviera (viva, buscándome, mía), yo iba a ir al foso bajo el puente a dejarle el mensaje que le dijera que yo también lo estaba (viva, buscándola, suya) en algún sitio.
Lo que pasó después, sin embargo, fue que volví sobre mis pasos. Rey, con la mochila a estallar de bolsas, salió a su vez del bazar y me vio. Paramos en seco. Sus ojos me recorrieron, rápido; entendió, en un segundo, que me iba.
La única llave del piso pesaba en mi bolsillo.
—Laia —dijo, en voz alta—. No. Laia, ¿qué haces?
De repente, del bar en nuestra acera, apareció la chica.
No debía de ser mayor que ninguno e iba vestida con un traje de flamenca. Tenía la mitad de la cara chamuscada, derretida ya, con pústulas que ascendían hasta donde había habido pelo.
La autómata grande, alta y una cría, salió del bar y se plantó entre ambos, llamada por la voz de Rey.
Anduvo de cara a los coches. Después frenó, intentando localizar nuestro sonido.
Rey y yo nos contemplamos y se hizo un silencio inaudito, terrorífico, mientras el semáforo de detrás seguía cambiando a rojo.
Una mosca se me apoyó en los labios y me subió por el piercing.
A Rey le empezó a sangrar la nariz y le goteó desde la barbilla hasta manchar el suelo.
Pero en ese momento, de pie mirando al peligro, tuvimos que descubrir que ya no había escapatoria a eso; que eso solo se resolvería cuando alguien, uno de los dos, se moviera.
Rey me dijo con los labios:
—No.
El plan siempre había sido abandonarlo para ir al foso.
En mi plan, había dos prioridades: que Rey no me impidiera irme y que Rey no me impidiera volver.
Había esperado a que se recuperase para quedarme la llave y que no pudiese desatornillar desde dentro la cerradura.
Cuando apareció la autómata en la calle, lo vi allí, muerto de hambre, un desgraciado esquelético, tan solo un niño.
Me enfadé con mi propia culpa. Metí la mano en el bolsillo y le tiré la llave.
—¡Vete! —le grité.
La chica se giró.
La chica me vio y vino, imparable, como había venido mi madre, todos ellos, Lorena y la familia, sin pausa, achicharrada hasta la base de la nuca.
Eché a correr por el callejón de la freiduría.
Todo mi itinerario, mi mapa estudiado de escondites y papeleras y paradas de autobús, de pronto era absurdo y nunca había servido para nada: la autómata me seguía, andando detrás.
Yo huía como un animal hacia el foso del Rectorado.
La mochila me botaba en la espalda y me estampaba el espray contra los riñones.
Alcancé el portón del parque y casi tropecé con un cadáver tirado sobre la tierra.
Noté el crujido de una de sus manos secas bajo los zapatos.
«¡Diana Mena!», decía tras el agua Inés Aplauso.
Hacía un calor de verano esa tarde en los jardines de Murillo. Las palomas picoteaban el albero y la luz brillaba sobre los árboles. Las fuentes seguían encendidas.
«¿Diana Mena?», decía Olivia al otro lado de la línea.
Yo corría y nunca había hecho otra cosa que no fuese correr: llevaba semanas y semanas, años corriendo.
No había comido nada en más de veinticuatro horas y estaba deshidratada por vomitar los callos.
Me dolían las rodillas y un espacio junto al apéndice y me salía un aire angustiado e insuficiente por la boca.
Cuando giré la cabeza, no vi a la autómata ya, al comienzo de los jardines: vi a tres, cuatro de ellos.
Un quinto me seguía tras la ristra de arbustos.
Una sexta apareció bordeando el muro del Alcázar.
Salían de entre las esquinas por el estruendo de la carrera, que a lo mejor eran los pasos o el tintineo de la mochila.
A lo mejor era que se me estaban estallando los pulmones en el pecho. Aceleré mareada: venían diez.
«¡Diana!», la había llamado antes de caerme de la bicicleta.
La cúpula era un mosaico en el cielo.
Llegué hasta las puertas al otro lado del parque y me propulsé por la calle San Fernando sin mirar atrás. A la derecha, los restaurantes estaban destrozados y vueltos del revés. A la izquierda, enorme e impecable, se levantaba la fachada blanca del Rectorado.
El puente estaba en la cara contraria y corrí hacia la verja, pero había autómatas en el recinto.
Había sombras, alumnos aún cargados de apuntes, entre los restos del 100 Montaditos.
Me oyeron pasar junto al muro. Corrí rodeando la verja.
Torcí en la callejuela antes del hotel Alfonso XIII y tropecé con el bordillo y me caí. Me puse en pie con el peto roto.
«Qué vergüenza, Diana…», dije, bajo la lluvia.
Y entonces, en el límite de todo, a punto de perder, con veinte de ellos detrás, o más o todos los que cabían en Sevilla; me encontré por fin, como en mis sueños de niña, en medio del final del mundo frente al foso bajo el puente del Rectorado.
«¿Y tú qué, Diana Mena?».
Le di un tirón a la cremallera. Saqué la cuerda de tender y la até con un nudo a la barandilla.
Seis años atrás, había estado allí y Mario Volkswagen me había enseñado a hacerlo.
«Al lado del puente es el único sitio en el que luego, con suerte, se puede volver a subir».
Las manos me temblaban tanto que me hice un lío.
Mis ojos se iban todo el rato a la calle: iban a llegar.
Lo terminé de cualquier forma. Me enredé la cuerda en las manos.
Bajé al foso rápido, como lo había hecho a los diecisiete, apoyando los pies en el muro. Perdí el equilibrio al final y me raspé las rodillas. Llegué al suelo, que estaba embarrado de antigua lluvia, y miré, desesperada, a mi alrededor.
Diana no estaba allí.
El corazón se me estancó, ingenuo.
Ya los oía llegar a lo lejos: una hilera de pasos al unísono, casi militares, subiendo por la curva que daba al hotel. Desde la otra orilla, en el interior cerrado de la parcela del Rectorado, me observaban tres autómatas inmóviles como la familia del balcón.
Me movió la prisa: agarré el bote de espray y corrí debajo del puente. Escribí el mensaje para Diana sobre el suelo. La pintura salió con un silbido discontinuo y torpe.
Volví a la cuerda y la apreté entre los dedos. Coloqué los pies de nuevo en la pared. Empecé a subir, con un esfuerzo descomunal, con la poca energía humana que quedaba en mí. Las nubes bailaban, hechas un borrón, y me sudaban las manos sobre el material impráctico del tendedero.
Pasó tan rápido que ni lo entendí.
No había hecho bien el nudo.
La cuerda se desató de la barandilla. Caí de espaldas y me empapé de fango. Un dolor ciego me inundó la columna. Toda la longitud de la cuerda cayó sobre mí como un lazo inútil.
—No… —jadeé—. No, no…
Estaba atrapada en el foso del Rectorado. No tenía comida ni agua en la mochila. No había manera de escalar el muro.
Me puse en pie y toqué la pared, busqué hendiduras en el hormigón. «No», me repetía, sin aire, y no podía ni pestañear ante la idea, «no», y estaban viniendo ya todos por la curva, bajo el árbol, una veintena de autómatas lentos pero constantes, y yo iba, al final de todo, a morir allí.
—Por favor, por favor, por favor…
De repente, se acercó un ruido.
Pareció, al principio, un trueno bajo la tierra. Luego una moto se deslizó sobre la acera y se estrelló contra una farola. Cuando todo estaba dicho, y yo estaba con los ojos quemándome, con las cejas pinzadas, en el centro del foso, alguien asomó la cabeza:
—¡Laia!