Aunque se acabe el mundo Capítulo 18. Laia
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Capítulo 18. Laia

La última lata que agotó las provisiones del piso fue la de callos cocinados a la madrileña.

La dividimos en dos platos y luego los calentamos en el microondas hasta que echaron humo.

Sentados a la mesa, Rey se comió su parte con un ansia que casi lo asfixió, incapaz de respirar a través de los tapones de su nariz rota, mientras yo toqueteaba los trozos con mi cuchara, gelatina salada, agujereada, viscosa.

—¿Qué pasa? ¿Tienes la regla?

Solo había que darle un espacio de tiempo para que lo rellenase con alguna estupidez supina.

—No, imbécil. Soy vegetariana.

Rey bufó y tuvo que parar para toser.

—¿Cómo? ¿Vegetariana de qué?

—De más de seis años siendo vegetariana.

—Me estás vacilando. Pero si me robaste el final del táper de cachopo.

—Te he tirado a la basura tus tápers guarros con moho en el cachopo. No me los he comido.

—Pues deja de serlo —fue su conclusión—. ¿Qué ladras? En serio… Búscate un problema de verdad. Que nos están invadiendo los marcianos. Vas a ponerte ahora a llorar por las vacas y los pollos muertos. ¿Te parece una situación para ser vegetariana?

—Que no es eso, que me da un asco tremendo. No sabes ni lo que es: hace años que no huelo la carne. Mi cuerpo ya no sabe digerirla.

—Okey. Pues como tú quieras. Muérete.

El estómago vacío me regaló otra picadura de avispa.

Yo volví a analizarlos durante un rato en su salsa espesa, guisantes y chorizo; un extracto desconocido de víscera blanca.

Podían parecer setas pasadas por agua. Inspiré profundo y me convencí: son solo un intento terrible de setas.

Pero cuando llené la cuchara y me los bebí sin respirar, como un antibiótico, mi cuerpo decidió que no eran setas en absoluto y la boca se me llenó de sabor a grasa.

De repente, me estaba levantando. Iba a vomitarlos sobre el mantel.

—Tía —jadeó Rey, y se levantó también—. Ni se te ocurra.

Yo me aguanté una arcada con las manos. Agarré lo primero que vi, que fue su plato, y me lo coloqué bajo la barbilla para no vomitarlos sobre el suelo.

—¡Pero en los callos no! ¡No potes en mis putos callos!

Después del puñetazo el día del 3.º B, a Rey se le quedó el tabique tan doblado que estuvo a punto de conectar con la nariz de otra persona.

Primero le salió una sangre casi a presión, de grifo averiado, y empapó el cuarto de Julia y nuestra ropa.

Ahí tuve que recurrir a algo anticlimático, después de romperle la nariz yo, que fue envolverle la cara en toallas de ducha.

La sangre continuó encontrando una manera de salir por cualquier parte.

Nos desplazamos de un lado a otro, peleándonos y recopilando cubos.

Pasado un día, Rey había desarrollado la habilidad de respirar por el ombligo, supongo, y seguía escupiendo sangre sucia en el lavabo.

Las ojeras se le cubrieron de morado y también parte de los párpados y las mejillas, y como último síntoma solo era capaz de farfullar algo muy elaborado sobre defecarse en mis muertos.

—Tienes que salir tú —me dijo esa tarde—, porque nos queda solo hasta pasado mañana. Cuatro latas y los Chocapics, y yo no puedo salir así, tía. Si respiro…

—No voy a salir sin ti.

—Llévate la puta llave. Está en la cocina, si no te fías.

—No voy a salir sin ti.

—¿A ti qué te pasa, desgraciada de los cojones? —La voz le salía nasal, como la de un teleñeco—. Me has dejado hecho un cristo. ¡Mírame! ¡Me voy a morir por esto al final, y no tenemos comida, y nos vamos a morir los dos, por parguela, sin comida!

—No voy a salir por esa puerta para que te quedes tú con el piso.

Nada de eso enfadó tanto a Rey como compartir lo que nos quedaba de provisiones con el gato. Al gato, de todas formas, nunca le apasionaron nuestras provisiones. Las masticaba y las volvía a echar y luego las remojaba en su bebedero.

El fantasma futuro de Tuerto, que se quedó con nosotros en el 3.

º A y durmió a partir de entonces sobre mi garganta, era un espécimen indiferente, gordo hasta decir basta, que no se enteraba de mucho y que por no enterarse vivía mejor que el resto.

Tenía un maullido ronco, casi feo, que solo le dirigía a las arañas de las esquinas.

Se acabó a mordiscos nuestro bote de pasta de dientes, que era el único manjar que le apasionaba.

—Si nos deja sin nada —masculló Rey—, me lo voy a hacer al horno como un pavo de Navidad. Si le das un tercio de lo de mañana, te juro por Dios que me lo cocino al whisky.

Yo acariciaba al gato sobre la mesa, compartiéndole mis Chocapics en agua.

—El Tuertón —le susurré—. Así te vas a llamar. Sí, sí… ¿Qué te pasa? Estás rollizo.

—¿Sabes que si le das la oportunidad te va a comer la cara?

—Guaperas. Tuertote. El Torto.

—Sí… Tortazo en los huevos.

Tuertón volvía por las tardes a su casa y nos trajo de dentro algún que otro obsequio espectacular: una pelusa del tamaño de un puño. El envoltorio de una bandeja de aguacates podridos.

Si yo salía al balcón, podía verlos a todos allí: la familia de autómatas del 3.

º B, que estaban ahora los cinco junto a la barandilla, quietos y estancados por nuestro ruido.

El sol de mayo les quemó las mejillas. Tuertón les hablaba como a las esquinas y sus arañas.

Yo me senté entre las macetas a observarlos la última mañana, mientras Rey seguía respirando sangre por traidor y el estómago se me quejaba, solo lleno de agua con harina.

Pensé, por primera vez, que qué iba a hacer si había perdido a Diana a algo como eso, peor, quizá, que la muerte.

Doblé en nuevos pliegos mi mapa al Rectorado.

Ese mediodía, cinco días después del puñetazo en la nariz, me intenté comer mi mitad de la lata de callos y acabé vomitando una semana de sobras en el baño pequeño.

Estábamos famélicos y lo que quedaba en el plato se me volcó, y el gato se lo empezó a comer junto al hueco de la escobilla.

Rey se puso, para variar, como un energúmeno.

—¡Es lo último que queda! ¡Es mi puta comida, Laia, y se la das al gato obeso de los putos zombis!

¡Si la vas a potar, me la debes! ¡Estoy sangrando, tía, y no puedo ni respirar!

¡No duermo, porque mira lo que me has hecho, hija de puta, y no voy a sobrevivir así!

¡Me has condenado y no respiro! ¡Hablo de que parezco la Rana Gustavo metida de cocaína y ni siquiera quieres salir a traernos la comida porque eres una imbécil, porque no sirves ni para… !

Me giré a toda velocidad y le di un codazo a Rey en la nariz rota. Él gritó y retrocedió y se oyó un «crac» de reproductor de casetes. Cuando se apartó las manos de la cara, el tabique estaba en su sitio.

—¿Ya está? —le pregunté.

Él se tocó la nariz, respirando profundo.

—Ya está.

Nos cargamos con dos mochilas y las llenamos de bolsas de plástico. Cerramos las ventanas y yo me quedé el manojo de llaves, y dejamos el balcón abierto, por si acaso, para Tuertón.

Rey y yo salimos ese día del 3.º A del bloque nosecuantos de la avenida de Menéndez Pelayo.

Eran las seis de la tarde, rozando la mitad de mayo, y la luz sobre el suelo parecía recién estrenada.

Llevábamos casi un mes sin conocer otra cosa.

El mundo fuera se sentía un invento, un plató de televisión.

Abrimos la puerta del rellano y tardamos diez minutos en bajar el primer tramo de escaleras, pero fuera, en la calle, no había nada.

Había coches estrellados en cristaleras.

Contenedores carbonizados, aún llenos de basura.

La gente en el suelo, en el interior de los locales, era un concierto ya aburrido de moscas.

Antes de salir del piso, le había establecido:

—No hablamos. No hacemos ruido. Nada de discusiones ahí fuera, me da igual lo que quieras de mí. Andamos junto a las paredes. Nada de hostias.

—Tú te piensas que yo soy gilipollas.

—Átate los zapatos. Si quieres decirme algo, me lo dices por señas. «Sí» o «no». —Asentí y negué—. ¿Vale? Básico. Esto —hice una «T» con las manos—: «para». Tú vigilas detrás, yo voy delante. Si hacemos esto, se para.

—Esto —dijo Rey, e hizo una «X» con los brazos sobre el pecho—: «ayuda».

—Eso no es «ayuda», en lengua de signos. Eso es… —Tragué saliva, cerrando mi mochila—. Déjame los signos a mí.

—Ah, perdona, que tengo ahora que saberme el sordomudo. ¿Qué más te da, tía? ¿Qué te…?

—Nos va a anochecer —lo corté. Hice un gesto con el cuerpo como entregando una bandeja—. «Ayuda». Es así. Voy yo delante.

En la avenida, con el sol de Sevilla derritiendo las formas a lo lejos, la humanidad parecía haberse marchado a otro lugar y haber dejado el proyecto del mundo a medias.

Miramos ambos a los lados, esperando el primer golpe, pero nunca llegó.

Lo único que encontramos fuera fue un olor a abandono, nuevo y sin nombre, de basura recalentada y gasolina vertida.

Luego Rey hizo lo propio y pasó olímpicamente de lo que habíamos dicho: avanzó. Fue directo al supermercado.

En diagonal al bloque, al otro lado de la carretera, el interior de un MAS aún brillaba bajo una luz blanca, que parpadeaba a ratos, con la cristalera rota y una moto estrellada contra las estanterías.

Atrapé su brazo.

—No —le dije, con toda la cara.

Rey me dijo «¿Qué?» con toda su cara también. Discutimos como mimos.

—¡No!

—¡Sí! ¡Allí! ¡Comida!

Las puertas automáticas del supermercado se abrieron.

Dentro, entre las cajas aplastadas, paseaba sin rumbo, medio herido, un autómata atolondrado.

Había cuatro o cinco más al fondo, reproduciendo un espectáculo que yo los había visto hacer desde el balcón: daban vueltas en círculos, hipnotizados por la música que aún reproducían los altavoces.

Frenaban en seco en las pausas entre canciones, atrapados en un juego de sillas musicales.

Rey y yo retrocedimos. Pegamos la espalda y los codos a la pared. Él agarró el cuchillo que se había fusionado con celo al cinturón.

—Vamos —le ordené—. Vamos.