Aunque se acabe el mundo Capítulo 17. Diana
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Capítulo 17. Diana

En mi sueño, estábamos agarradas a la barandilla sobre el foso del Rectorado. Analizábamos a los gatos buscando a Tuerto y yo tenía dentro esta inquietud extraña de que tenía que salir de Alemania; tenía que echar a correr para llegar a algún sitio. Pero ya estábamos en él.

—Te va a parecer una chorrada, pero he tenido desde siempre —me dijiste— un sueño raro…

que se repite un montón, de que se acaba el mundo.

Me pasó contigo, cuando te desperté. Cuando tuve la pesadilla y te desperté en el cuarto de Cazalla.

Y en el sueño pienso que tengo que venir aquí, ¿sabes?

Porque es el lugar seguro, de todos los lugares de Sevilla.

A veces en el sueño estoy aquí, en el final del mundo, que ya ves tú qué sitio.

—¿En el Rectorado? —te pregunté.

—No, abajo.

—¿Abajo dónde?

En mi sueño, el cielo estaba ya dividido en cuadrados iluminados de azul, que eso es lo que ha sido siempre, en realidad, el cielo. Pero cuando te miré, Laia, e iba a alcanzarte con las manos, tú ya no eras tú.

Eras Mario transformado en Múnich con la cara cubierta de sangre.

— Abajo en e l f oso.

Me desperté.

Tenía la cara pegada a un metal caliente y las manos dormidas, pixeladas, gélidas.

Tiré de mis piernas para escapar. Estaba tumbada sobre el banco de una celda, entendí, porque a lo lejos la luz se seccionaba en barrotes y olía a polvo.

El cuerpo se me deslizó, respondiéndome a ratos, hasta el suelo oscuro. Tosí.

—¿Laia? —murmuré perdida—. Laia…

Nos habían disparado con dardos tranquilizantes.

—Laia…

— Cell D! —dijo alguien que ya se iba—. Awake !

Después, no sé ni cuándo, se abrieron las puertas de metal.

En la celda entraron dos militares con una silla de ruedas y solo entonces recordé, en un flasazo, a Jolie y a Klaus y al autobús de FlixBus.

Uno de ellos sacó una linterna cegadora y me iluminó las pupilas. Fue como mirar directamente al sol.

— Good —dijo—. Take her .

Parpadeé. Me lloraron los lacrimales.

De repente, me estaban subiendo a la silla de ruedas y la lengua aún me sabía a ácido, a la sustancia de un cuerpo obligado a volver a la vida.

Abandonamos la celda y me llevaron por pasillos que no podía enfocar bajo la mancha que me había dejado la luz en los ojos, y vi el cielo entre dos edificios, creo, durante un instante, y luego más pasillos limpios hasta que alcanzamos una enfermería.

Me sentaron en la camilla blanca.

Se oían murmullos de voces fuera y tenía un frío anclado en los huesos, incómodo.

Me habían quitado mi ropa. No tenía encima el móvil ni la cámara de vídeo.

Se habían quedado con la chaqueta del yin yang que tenía que llevarle a la hija de Bartek, y eso quizá fue lo primero que me alarmó: no tenía la chaqueta de Bartek.

Estaba enfundada en un uniforme gris, de paciente o de preso, en algún lugar elaborado y desconocido, y alguien, al otro lado de la habitación, terminaba de colocarse unos guantes junto a una mesa con viales.

Tenía la boca cubierta con una mascarilla. Se acercó y me abrió la mía. Testeó la respuesta de mis ojos.

—¿Nombre? —dijo en inglés, palpándome el cuello. Las luces del techo eran blanco pastilla—. Dime tu nombre. ¿Me entiendes? ¿Sí?

—Diana —respondí, ronca—. Diana Mena.

—¿Edad? ¿Sexo?

—Veinticinco… Mujer.

—¿País?

Me hizo girar la cabeza de lado a lado.

—España.

Aún no sé explicar por qué fui tan dócil. He abonado esta docilidad de perro durante toda la vida. Uno de los militares escribió algo en un papel detrás y vino para colarlo en el tarjetero de mi uniforme: DINA MENA , F, SP .

—¿De dónde vienes? —dijo el médico—. ¿Dónde has estado?

—Alemania… En Wurzburgo —respondí—. Estaba estudiando en Wurzburgo.

—¿Puedes decirme qué es esto? —preguntó enseñándome un euro.

—Moneda. —Agarró otra cosa de la bandeja—. Una llave.

—Deletrea « world » al revés.

—De… Ele, erre, o, uve do…

—¿Has tenido migraña, algún síntoma inusual, desde el estallido hasta aquí?

—No…

—Vale. Propre. —Y eso fue para los militares, que se activaron detrás y se llevaron la silla de ruedas.

El médico desenvolvió de un tirón una jeringuilla—.

Dina, vamos a tomarte muestras ahora, una de sangre y de orina también.

Se te llamará en los próximos días para una toma de médula.

Cuando salgas a la sala de espera, una mujer va a darte un bote transparente, y necesitamos que…

—Perdón, ¿dónde…? —lo interrumpí aún mareada—. ¿Dónde estoy? Tengo… Estaba yendo a España, tengo que volver a España, yo…

—Te explicarán en la orientación.

—¿Dónde están mis cosas?

El pinchazo me sorprendió en el nacimiento del brazo y no lo vi venir. Yo me giré entonces y vi por primera vez al enfermero a mi izquierda, que me había agarrado, y apretaba el final del contenido de la jeringuilla. Luego la aguja salió de mi piel.

—Es protocolo —me dijo—. No te preocupes. Bienvenida, Dina. Estás en el campo de refugiados de Estrasburgo.

Esto era la frontera, Laia.

Pasé la siguiente hora en silencio y descalza, sentada sola en una sala de espera.

Me extrajeron tres muestras de sangre oscura y las clasificaron como «0-».

Descubrí, al ponerme en pie, el moratón que me cubría la cadera de haberme golpeado al desmayarme con las escaleras del autobús.

Detrás de las ventanas opacas de la sala, entre carteles informativos en francés, se intuía un sol de mañana rosa y siluetas de gente.

Otra gente pasaba a mi alrededor sin mirarme, correteando por los pasillos, y yo estaba segura de que en algún momento se caería el decorado e iban a atacarme.

Llevaba dos semanas procesando miedo y de pronto estaba en un espacio controlado, pero lo único que supo producir mi cuerpo en esa situación fue otra cantidad de miedo diferente. Mi docilidad, incluso ante la posibilidad de que me matasen, me mantuvo esperando mi turno en una silla.

Después llegó la orientación.

—Dina Mena —me dijo la militar del mostrador, tras una pantalla de cristal sucia. Leyó unos papeles—: Sí. España, bien…

—Es Diana Mena —le dije—. Diana Mena, no… Mi DNI es veintitrés, cincuenta y siete, quince…

—Sí, sí —me cortó, con su inglés casi alemán—. Vamos a buscar los datos. Te entregaremos la solicitud en la semana. Debes firmar ahora el consentimiento explícito de los cuidados sanitarios, cara A y B. Se te ha asignado el dormitorio nueve.

—Pero… —intenté, nerviosa—. Tengo que ir a España. Estoy… No puedo quedarme aquí. Tengo que volver a casa, estoy sana.

—Debemos procesar tu solicitud para cruzar la frontera. Las Fuerzas Armadas estamos controlando el paso de las fronteras, para la seguridad.

—¿Cuánto van a tardar? ¿Cuánto va a ser eso?

—No es mi información. Se procesará tu solicitud la semana que viene.

—¿Y mis amigos? —pregunté—. ¿Sabe dónde está Jolie Lemaire? ¿Ha pasado por aquí Jolie?

Ella selló algo sobre su mesa, lo dejó en la de al lado y solo entonces, indiferente, me miró a los ojos.

—Se te ha asignado el dormitorio nueve.

Me devolvieron mis botas y mi sujetador empaquetados en una bolsa de plástico.

El militar asignado para guiarme fuera me prohibió acceder al baño para cambiarme, así que tuve que hacerlo allí, en la sala de espera.

Pregunté por la chaqueta y el móvil, pero nadie me respondió.

Se habían quedado mis cosas y posiblemente también nuestro autobús.

Salimos.

El campo de refugiados de Estrasburgo era un descampado de tierra cubierto de carpas de poliéster, un barrio improvisado de tiendas de campaña.

Habían instalado una veintena de ellas, grandes y añiles, alrededor de dos edificios militares.

Olía a gasolina y humo. No había ciudades en el horizonte.

Estábamos, comprobé, en el centro de ninguna parte, y solo teníamos árboles y caminos alrededor.

El terreno estaba rodeado de vallas electrificadas y la zona de salida la custodiaban dos todoterrenos del ejército.

Lo único que me confirmaba ahora que no había sido abducida a otro mundo era que sobre nosotros aún se extendía el tejido geométrico de la cúpula.

A lo lejos, junto a un granero viejo y periférico, alcancé a ver a una niña mirando sola el exterior. Estaban reteniendo a niños.

Mi guía no se volvió para hablarme siquiera. Rodeó la carpa cinco y se ajustó el fusil negro que llevaba a la espalda.

Una fila de personas entraba en ese momento por una puerta a la instalación más grande, una reunión de gente de todos los sitios, desarraigadas, esperando y murmurando en varios idiomas. Las flanqueaba otra gente armada, en uniforme.

Busqué entre sus caras.

Eran más de cincuenta y dentro del edificio se oía el murmullo de una centena más. Entendí, por el chirrido de las bandejas, que se trataba del comedor.

—Grupo A —dijeron los altavoces—: diez minutos. Dix minutes. Zehn minuten.

Entre ellos descubrí la figura gigantesca de Klaus.

Estaba en la cabeza de la fila y no reaccionó al verme; no dijo nada, para variar.

Llevaba puesto otro mono gris, como el mío y el del resto, pero a él no le llegaba ni a los tobillos.

Nos seguimos con los ojos nada más. Jolie no estaba con él.

Me tropecé con un hombre que iba de camino a la fila, sin dejar de mirarlo.

—¿Diana?

La voz me llegó como un silbido.

Me giré. El pelo se me volcó sobre la cara, ya más largo, llenándome los hombros.

—Diana.

Habría reconocido esa voz en todas las partes del mundo.

Me perdí en el mar de caras, buscándola. El pulso se me subió hasta la garganta, porque era imposible que la hubiese oído, hasta que no fue imposible y, de pronto, la vi: en el centro de la fila, tras un hombre que cargaba un bebé, me estaban mirando de vuelta los ojos de Alma.

Abrí la boca. El pecho me estalló confuso, con una nueva adrenalina. Alma estaba allí, con las cejas levantadas; Alma con sus deportivas de camarera aún; con toda mi vida dibujada en la cara.

—¿Alma?

—Diana. —Se movió hacia mí—. Diana… —Un militar intentó pararla y ella se zafó: le dio un codazo en la oreja y una patada al otro que venía—. ¡Suéltame! ¡Suéltame, hijo de puta!

Mi guía levantó el rifle. La gente, asustada, dio un paso atrás.

Podrían habernos matado entonces y no importó en absoluto: Alma corrió hacia mí. Yo corrí hacia ella. La abracé y su cuerpo compacto, conocido, su olor, era humano y real y lo llenó todo. Alma me abrazó de vuelta hasta hacerme daño.

—Creía… Alma, Dios, Dios mío, ¿cómo…?

—Estabas muerta —decía ella—. Estabas muerta en…

—Me dijeron que Berlín…

Me empujó el pecho, a punto de pegarme.

—¡No me respondiste! Y estabas muerta en el puto cuarto; pensé que la residencia, pensé que…

La abracé de nuevo. Alma estaba viva, Laia, en el campo de refugiados.

—Estás aquí. Alma, Alma, estás aquí.

En lo alto de nosotras empezó a llover, pero las gotas chocaron con la cúpula con el ruido plástico de un paraguas.